lunes, diciembre 19, 2011

 

Precampañas

"Algunas veces, las campañas políticas hacen que gente perfectamente decente hable y actúe como perfectos bufones". Tony Snow

Dice el calendario oficial del IFE que ayer, 18 de diciembre, comenzaron las precampañas para la Presidencia de la República. Esto quiere decir que los años previos de campaña no existieron. Shhhh. No evidenciemos a los candidatos y precandidatos ante el IFE y el Trife que no se han dado cuenta de nada.

¿A quién se le ocurre empezar una precampaña electoral una semana antes de Navidad? Solamente a los políticos que elaboraron la legislación electoral. Pero no hay que preocuparse demasiado. El que hace la ley hace la trampa. Los políticos han hecho campaña desde siempre. Andrés Manuel López Obrador ha recurrido incluso a spots de radio y televisión, de esos que supuestamente no se pueden comprar.

La trampa continúa. Supuestamente no hay precampañas todavía para cargos locales. Sin embargo, Mario Delgado, aspirante a la jefatura de Gobierno del Distrito Federal, aparece constantemente en entrevistas televisadas. Por doquier hay espectaculares del Senador Carlos Navarrete y la Diputada Alejandra Barrales. Una llamada telefónica interrumpe este sábado pasado mi tranquilidad hogareña para que una voz grabada narre los logros de Miguel Ángel Mancera como Procurador de justicia.

Una de las grandes ventajas del inicio formal de las precampañas es que, me imagino, dejaremos de escuchar el nauseabundo comercial del silbidito del Seguro Popular. Empieza, sin embargo, una nueva avalancha de spots electorales que hará palidecer incluso la que padecimos en 2009. Pronto estaremos vomitando el contenido de los spots.

Políticos de todos los partidos nos dijeron que uno de los propósitos de la reforma electoral del 2007 era eliminar la "espotización" de la política. El perredista Guadalupe Acosta Naranjo acusó a quienes se oponían a la nueva ley de defender "el país del spot y los ratings" frente a quienes querían impulsar "el derecho de los ciudadanos a obtener información que sirva para orientar sus decisiones". El petista Alejandro Yáñez afirmó que la nueva ley eliminaría la "espotización", acabaría con un sistema que convertía a los candidatos en meros "productos de mercadotecnia política" y abriría una nueva era de debate de altura e intercambio de ideas. La priista María de los Ángeles Moreno aplaudió el fin de "la cultura del spot" y afirmó que ¡ya no se discriminaría a los candidatos por ser feos o tener mala voz!

Algunos medios creyeron las promesas de los políticos sin molestarse en examinar la nueva ley. La Jornada proclamó triunfante el 13 de septiembre de 2007: "Sepulta el Senado la dictadura de los espots."
La verdad es que si bien en 2006 se emitieron 750 mil spots electorales, la cifra este año ascenderá, según la Cámara de la Industria de la Radio y Televisión, a 44 millones (el IFE dice 20 millones, pero al parecer no toma en cuenta los spots locales). Nunca México ha sufrido una tormenta de anuncios políticos de esta magnitud. Es posible que ningún país, ni siquiera los más autoritarios, haya vivido algo similar. El sistema político mexicano ha superado a Hugo Chávez.

Con el inicio formal de las precampañas, Josefina Vázquez Mota empezó su primer mitin en el Paseo de la Reforma de la ciudad de México el sábado 17 de diciembre, unos 10 minutos antes de la medianoche (con lo cual, formalmente, violaba la ley). Por primera vez pudo pedir abiertamente el voto de los ciudadanos. Toda la campaña anterior, con sus espectaculares, entrevistas y presentaciones de libro, simplemente no existió.

Sergio Sarmiento
http://www.sergiosarmiento.com/
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AMLO lleva en campaña prácticamente 12 años. Desde que fue candidato al GDF y luego ya en ese puesto, ha estado en campaña casi ininterrumpida y con acceso completo en los medios. No hay día que no haya salido al menos una nota de él en los medios. Igual Peña Nieto, ya lleva 6 años en campaña, con el apoyo de Televisa. La partidocracia en México es una burla. Esa es la verdadera mafia del país, los partidos políticos.

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martes, diciembre 13, 2011

 

Salario mínimo

"Los salarios mínimos altos matan empleos." Thomas Sowell

El virtual candidato del PRI a la Presidencia de la República, Enrique Peña Nieto, no se acordó, en una entrevista con el periódico español El País, cuál es el monto del salario mínimo en México. Una vez más se desató una oleada de críticas y burlas al aspirante, lo cual es inevitable dado que se encuentra en primer lugar en las encuestas en la carrera presidencial.

Qué bueno que nadie me preguntó a mí, porque yo tampoco sabía. Pero me puse a investigar. Este 2011 el salario mínimo en la zona A, la más cara, es de 59.82 pesos diarios, lo cual equivale a mil 794.69 pesos al mes (tampoco los reporteros de El País tenían bien la cifra ya que dijeron "ronda los mil 740"). En la zona B el mínimo asciende a 58.13 y en la C a 56.70. Con el aumento para el 2012, a partir del 1 de enero el mínimo en la zona A pasará a 62.33 pesos, o mil 869.90 pesos al mes. En las zonas B y C se alcanzarán 60.57 y 59.08 pesos.

Pero ¿cuántos mexicanos ganan el salario mínimo? Me dicen que alrededor de 5 millones, aunque muchos tienen un salario mínimo nominal y obtienen ingresos adicionales. Es muy común, por ejemplo, que los meseros sean contratados con salario mínimo, pero obtengan la mayor parte de su ingreso en propinas. Aun así, hay un número importante de trabajadores que solamente reciben el salario mínimo y otros más que ni siquiera llegan a ese monto.

Yo nunca he podido conseguir un trabajador, ni siquiera para las tareas más humildes, por un monto cercano al salario mínimo. El mercado al que tengo acceso empieza alrededor del doble. Sin embargo, tras preguntar al aire en mi programa de radio, un empleado de Lavatap, una empresa de limpieza de oficinas, me mostró un recibo que registra un sueldo diario de 57.46 pesos. Esto es incluso menos que el mínimo. Recibí también varias llamadas telefónicas de personas que me dicen trabajar en gasolineras. Señalan que no tienen sueldo y que viven simplemente de las propinas. El esquema me parece ilegal.

Una cosa son los salarios mínimos y otra muy distinta los medios. En septiembre del 2011 los salarios medios generales registrados por el IMSS alcanzaban los 245.84 pesos, cuatro veces más que el mínimo. Los trabajadores peor pagados eran los de agricultura, ganadería, silvicultura y pesca, pero aun así recibían 140.13 pesos, más del doble del mínimo. Los mejor pagados eran los de las industrias extractivas, particularmente la minería, ya que obtenían un salario medio diario de 386.95 pesos, más de seis veces el mínimo.

Hay que tener cuidado, sin embargo, con la idea de que la forma de combatir la pobreza es simplemente elevar el salario mínimo. El economista negro Thomas Sowell ha advertido que el salario mínimo ha representado un virtual genocidio contra la raza negra en los Estados Unidos. Antes de que se estableciera este mínimo, no había diferencia entre el desempleo de blancos y negros. El salario mínimo volvió inempleables a millones de negros; el desempleo entre los miembros de esta raza se elevó radicalmente y sus familias y comunidades fueron gradualmente destruidas.

La única forma de elevar el nivel de vida de un país es tener inversión productiva que genere empleos. Subir en exceso el salario mínimo en una sociedad en la que no hay suficiente inversión simplemente aumenta el desempleo. Eso es lo importante que deben entender los aspirantes a la Presidencia de la República. Los montos exactos de los salarios mínimos son una simple anécdota.

 Sergio Sarmiento
http://www.sergiosarmiento.com/

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El salario no es más que un precio en el mercado, es el precio, el valor del trabajo. Y se rige por la oferta y la demanda. Cuando el Estado interviene y por Ley se fijan salarios mínimos, se altera el libre mercado y tiene un costo: el desempleo. La única forma en que los salarios pueden subir sin afectar la oferta y la demanda del mercado laboral es con crecimiento económico, creando más empleos. A medida que el desempleo tiende a cero, los salarios empiezan a aumentar sin que haya necesidad de que intervenga el gobierno. Los salarios también aumentan cuando van emparejados con un aumento en la productividad. Aumentar salarios por decreto no es más que populismo y causa inflación y desempleo. Paradójicamente afecta a los más pobres.

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miércoles, octubre 01, 2008

 

¿Dónde están?

Tuve una larga conversación con mi amiga Josefina Vázquez Mota. La sentí más decidida pero también más agobiada que nunca. El rechazo que ha surgido en Morelos a la Alianza Educativa es grotesco. Desgraciadamente lo que ocurre con el "magisterio" de ese Estado es apenas una pequeña muestra del nivel de corrupción que ha alcanzado el sindicalismo en México, muy en particular, el sindicalismo oficial.

En los años dorados del PRI (que pronto estará de regreso con todos sus antiguos vicios), uno de los principales pilares que apuntalaba la "democracia" priista era el movimiento obrero. Esto explica por qué PRI y sindicatos cohabitaron de la sórdida manera en que lo hicieron. Los obreros, tutelados por sus líderes, le ofrecían al gobierno su apoyo irrestricto; éste a cambio les concedía cuanta locura y demasía se le ocurriera al líder para tener contenta a su borregada. Yo he leído el contrato de trabajo de varios de estos sindicatos y todavía no me repongo ni del horror de su redacción, ni mucho menos de las concesiones onerosas, lesivas y absurdas que se le hacen a los trabajadores.

Leer estos contratos ayuda mucho a entender el retraso de México y la magna ineficiencia de nuestra burocracia. Habiendo escalafón, ¿quién quiere prosperar mediante sus méritos y su eficiencia personales? Venimos prohijando a una amplia multitud de chambistas mediocres y esto no comenzó en Morelos hace unas cuantas semanas; esto viene de antiguo.

Esto suscita una pregunta que es clave: mientras todo esto pasaba, ¿qué hacían la ciudadanía, la sociedad, la gente de bien? Lo que hacían era mirar para otra parte y, tarde o temprano, apechugar con el inescapable absurdo de nuestros sindicatos y su burocracia. No estaban bien enterados, no querían líos con el gobierno, preferían llevar la fiesta en paz... Todo esto aducían los ciudadanos para disfrazar su pereza y/o su cobardía.

Así llegamos al año de 2008. De muchos modos me consta que la ciudadanía ha cambiado para bien, pero todavía no alcanzamos la lucidez suficiente como para entender que, más allá del retobo y de la opinión de sobremesa, hay que retomar la calle y manifestarnos. Aquí es donde encaja perfectamente la absurda rebelión de los "maestros" morelenses que quieren disponer de sus plazas como si fueran éstas el entrañable centro de sus propiedades. ¡Es absurdo!, ¡es inmoral!, ¡el gobierno no debe permitirlo!, ¡ya estuvo bueno!, esto y más decimos las buenas conciencias que pueblan este país. Todavía no pensamos que como ciudadanía y como sociedad tenemos que pasar a la acción. Y no se trata de ir a golpear maestros morelenses (aunque a mí y como diría mi mamá: cosquillitas me hacen las manos), sino de manifestar públicamente nuestro apoyo a la Alianza Educativa y nuestro rechazo por todas las antiguas formas, en particular, el mercado negro de las plazas. A mí me parece excelente que un maestro obtenga su plaza mediante examen de oposición y también celebro que los mejores maestros, los que ofrezcan mejores resultados, ganen más que los jumentos.

De esto hablábamos Josefina y yo en la referida conversación. Ella me decía con azoro: todos dicen que apoyan esta lucha en contra del viejo sindicalismo y estos pasos a favor de la mejoría sustancial de nuestra educación. Todos me manifiestan su apoyo, pero ¿dónde están?

Mi compromiso público con la Secretaria es encontrar los caminos para que esta voluntad ciudadana se manifieste. Te pido, lectora lector querido, que me ayudes a respaldar la gran transformación de la educación en México. ¿O vamos a dejar sola a la Secretaria?


Germán Dehesa

Cualquier correspondencia con esta columna que por fin avanza, favor de dirigirla a german@plazadelangel.com.mx (D.R)

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domingo, agosto 31, 2008

 

Cacicazgos sectoriales

El poder central de los aztecas era tan importante que Hernán Cortés no pudo limitarse a fundar Veracruz (a la orilla del mar, como casi todas las metrópolis del continente). Tuvo que subir a conquistar el centro.

Tres siglos después, los insurgentes que destruyeron el poder virreinal no querían virrey ni emperador ni presidente que dominara desde el centro. Formularon un teórico pacto federal, a la manera de los Estados Unidos, donde ni las tribus indígenas ni la corona inglesa tuvieron un poder central.

El debate interminable entre federalistas y centralistas, liberales y conservadores, republicanos y monárquicos; la inestabilidad de un Estado concebido en función de principios teóricos, no realidades prácticas; desembocaron en guerras civiles y extranjeras. Finalmente, se logró un consenso: la resignación ante la fuerza de Porfirio Díaz, que se apoyó, no en las mejores teorías, sino en los cacicazgos regionales, despojándolos gradualmente de poderes que centralizó.

Esta nueva pirámide, que desde el centro del país organizaba el poder en el espacio, tenía un problema: el tiempo. El hombre indispensable era mortal, y no aceptó la presión para que señalara a Bernardo Reyes como sucesor. Tampoco la propuesta, por demás razonable, de Madero: que en las elecciones de 1910 (cuando cumpliría 80 años) siguiera como Presidente, pero dejara a los votantes la selección del vicepresidente.

La Revolución (como la Independencia) destruyó el poder central sin reemplazarlo. Volvieron los debates de principios sagrados y la guerra civil, con una novedad: los magnicidios. Calles, como Díaz, se apoyó en los cacicazgos regionales para fundar un nuevo poder central, con una carta magna (no escrita): todos los partidos revolucionarios se fusionan en un partido único. Todos los revolucionarios tienen derecho al queso, pero no al asesinato, ni a la disputa armada o legal. El Presidente es el supremo árbitro de todos los conflictos.

Sobre esta reconstrucción del porfiriato, Calles añadió algo nuevo (iniciado con Obregón): el desarrollo de cacicazgos sectoriales, como contrapeso de los otros. Desde el imperio azteca hasta Porfirio Díaz, la base del poder central había sido espacial: tolerando, negociando y sometiendo desde el centro a los caciques locales. Pero las centrales campesinas (que sirvieron para amagar a los hacendados), obreras (para amagar a los industriales) y "populares" (brigadas de militantes, ambulantes, taxistas o manifestantes de alquiler para hacer bloqueos y plantones) fueron milicias revolucionarias novedosas: medios "pacíficos" de violencia central, que hacían innecesaria la intervención del Ejército, reservado como último recurso.

El Presidente Cárdenas, que se valió de las centrales revolucionarias para acabar con el maximato del ex Presidente Calles, lo expulsó del país (en vez de matarlo) y mejoró el pacto revolucionario: nadie llega al poder para quedarse. Al terminar su turno, puede llevarse el queso acumulado y disfrutarlo en paz, pero no estorbar a los que siguen.

Miguel Alemán añadió otra innovación: sacar al Ejército del partido único y acaudillar a los universitarios en la toma civil del poder central.

Así quedó redondeado un sistema de poder temporal (más que espacial, cronopolítico más que geopolítico) de extraordinaria capilaridad. La gran pirámide central permitía ascender mansamente haciendo cola, desde posiciones ínfimas hasta las cimas alcanzables por vía de la UNAM. A diferencia del porfiriato, que culminaba en don Porfirio, inmovilizando todo el aparato político, el nuevo sistema no tenía tapones: la cola ascensional se movía lentamente, pero se movía, abriendo oportunidades de ascenso en todos los niveles.

Con una excepción: el poder sectorial, taponado por líderes vitalicios, cuyo paradigma fue Fidel Velázquez. Aunque se decía que las centrales obreras eran simples correas de transmisión del poder presidencial, eran realmente cacicazgos subordinados, con sus propias bases de poder sectorial. Cuando algunos teóricos brillantes le hicieron creer al Presidente Echeverría que podía destituir a Fidel, tuvo que dar marcha atrás rápidamente.

Carlos Salinas de Gortari soñó en la reelección o el maximato (rompiendo el pacto) y el resultado fue la regresión a los tiempos anteriores a Calles: reaparecieron los magnicidios, se fragmentó el partido único y resurgieron los cacicazgos locales (el Presidente Zedillo no pudo destituir al Gobernador de Tabasco).

Las elecciones del 2000 consumaron la destrucción del poder central, y no lo reemplazaron. Volvió la guerra de principios sagrados, y se desataron los caciques: locales (gobernadores), sectoriales (líderes sindicales, "campesinos" y "populares") y criminales, que son híbridos. Como poderes regionales, son una regresión a los tiempos anteriores al porfiriato: bandidos que dominan territorios. Como poderes sectoriales, militarizan la lucha intersindical por la dominación del sector.

Ya no existe el supremo árbitro (capo di tutti capi), y todavía no hay instituciones democráticas suficientemente fuertes para que impere la ley. Los partidos mismos son cacicazgos sectoriales, dedicados a la guerra intersindical por el queso.


Gabriel Zaid


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viernes, agosto 01, 2008

 

El pastor y su rebaño

Hace dos décadas, la oposición de derecha y de izquierda peleaba por rescatar la independencia del Congreso de la secuestrada voluntad de un solo hombre

Hoy el PRD está secuestrado por un solo hombre. El "legítimo", dispuesto a todo para tirar a Calderón

Hace dos décadas, la oposición de derecha y de izquierda peleaba por rescatar la independencia del Congreso de la secuestrada voluntad de un solo hombre. A los diputados y senadores del PRI les decían borregos, descerebrados, sometidos, conciencias secuestradas, títeres. Hoy el PRD es copia fiel de ese PRI, y está secuestrado por un solo hombre, por el "presidente legítimo". Vemos la muerte del PRD y al PRI de aquellos años revivido. Va la historia.


Entre 1982-1988 las legislaturas 52 y 53 de la Cámara de Diputados mostraron una inédita pluralidad en la que no sólo estaban presentes PRI y PAN, sino que gracias a la reforma política de López Portillo participaban legisladores de PSUM, PMT y PRT -la izquierda de entonces-, a la que representaban políticos como Eduardo Valle, Ricardo Pascoe, Heberto Castillo, Jorge Alcocer, Pablo Pascual y Arnoldo Martínez Verdugo, entre muchos otros.


Las crónicas parlamentarias de entonces recrean con puntualidad los recursos discursivos preferidos de los opositores al PRI: "borregos", "sometidos", "conciencias secuestradas", "títeres", les decían a los del PRI desde la tribuna legisladores del PAN, PSUM, PMT y PRT, en tanto que los cartonistas dibujaban al jefe del Ejecutivo rodeado de un rebaño de borregos y a los diputados del PRI sin cerebro. Eran los "descerebrados".


Con discursos vehementes, a gritos, Valle, Pascoe, Castillo, Alcocer, Moncayo y Verdugo, y otros como el panista Juan de Dios Castro, pedían a los del PRI que pensaran con cabeza propia, que se sacudieran la tutela del Presidente, recordaban que representaban al pueblo, no la voluntad de un sólo hombre, al que unos motejaban como "el pastor" y otros como "el gran legislador". Los diputados del PRI eran "la borregada", porque todo era consultado en Los Pinos.


Diez años después, al inicio de la histórica 57 Legislatura -1997-, y en congruencia con décadas de lucha por la independencia del Congreso -y aunque usted no lo crea-, ese 1 de septiembre de 1997 desde la tribuna de San Lázaro se acuñaron declaraciones históricas como: "En México no se puede seguir teniendo un legislador unipersonal... para el grupo parlamentario del PRD, la nueva pluralidad en la Cámara de Diputados es producto de 30 años de lucha de las fuerzas democráticas del país, y sin mayoría de ningún partido, no habrá ni gran legislador ni patrón ni pastor; habrá contienda parlamentaria real". ¿Quién dijo eso? Sí, Pablo Gómez.


Pero no fue el único. En un lance poético, ese 1 de septiembre de 1997 el diputado Porfirio Muñoz Ledo dijo al responder el tercer Informe de Zedillo: "En México ya no hay espacio para que ningún poder quede subordinado a otro... la obcecación es contraria a la sabiduría y nociva para los quehaceres del Estado... el ejercicio democrático del poder es, ciertamente, mandar obedeciendo", y terminó con una advertencia al presidente: "Cada uno de nosotros somos tanto como vos, y todos juntos valemos más que vos".


Tampoco fue todo. En ese 1997 el jefe de los diputados del Partido del Trabajo era Gonzalo Yáñez, quien también desde la tribuna se aventó lo siguiente: "Terminaron los tiempos de sometimiento del Poder Legislativo... las prácticas de la Cámara de Diputados cambiaron porque este país por fin está cambiando... y no habrá más manipulación del Congreso".


Bueno, pues ahora resulta que en esa grosera regresión democrática en México, sobre todo en el Congreso, están de vuelta los viejos tiempos del "pastor y su rebaño", de "el gran legislador", de los diputados "sin cabeza propia", y el Congreso se encuentra secuestrado por "la voluntad de un solo hombre", por el "presidente legítimo", rescate que festejaron como uno de los grandes triunfos de la democracia, ese 1 de septiembre de 2007, los diputados opositores Pablo Gómez, Porfirio Muñoz Ledo y Gonzalo Yáñez.


¿Qué quiere decir lo que vemos?


Está muy claro. Se confirma que los legisladores del PRD viven secuestrados por la voluntad de un hombre, el que se dice "presidente legítimo", como hasta antes de ese 1 de septiembre de 1997 los diputados del PRI vivían secuestrados por la voluntad de un solo hombre, el que despachaba en Los Pinos, al que todos conocían como el presidente constitucional. Y se confirma que así como hoy AMLO controla el Congreso con la violencia, lo hubiese controlado con la fuerza si hubiese ganado en julio de 2006.


Pero además, cuando se da a conocer la más reciente discusión entre AMLO y Carlos Navarrete, se confirma lo que aquí revelamos el 28 de mayo de 2007, una conversación similar, entre AMLO y Navarrete, en la que, palabras más, palabras menos, se dice lo que hoy aparece como revelación y, además, que el "legítimo" no está dispuesto a aprobar nada que sirva al gobierno. Está dispuesto a todo para tirar a Calderón, incluso, que se hunda Pemex.


No es un secreto -y lo confirma la grabación-, una feroz disputa por el control del PRD, de la izquierda, de los grupos parlamentarios. Pero lo más grave es que el PRD es hoy una grosera copia del PRI, porque sus diputados están sometidos no sólo a un hombre, a un mesiánico delirante de poder, sino que en una de las más grotescas farsas de la política mexicana se dice "presidente legítimo". Sí, les guste o no a los perredistas, están convertidos en todo aquello que dijeron combatir.


Los diputados del PRD son, incluso, un rebaño político idéntico al que criticaron en los tiempos de Gustavo Díaz Ordaz, Luis Echeverría, José López Portillo, Miguel de la Madrid, Carlos Salinas... Les han ordenado desconocer un proceso electoral y lo han desconocido, secuestrar al Congreso y lo han secuestrado, destruir al PRD y lo han destruido, dinamitar la democracia y la han dinamitado. ¿Hasta cuándo?

Ricardo Alemán
Itinerario Político


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Muchos en el PRD no son de izquierda. Son priístas de la vieja guardia, de los "nacionalistas revolucionarios" que tuvieron su máxima expresión en la docena trágica (1970-1982). Por eso aquí hemos dicho que en México no hay una izquierda progresista, como la del PSOE en España, la de Chile, o incluso la de Brasil. Siguen atados a paradigmas del pasado. Lucha de clases, dictadura del proletariado, la colectividad sobre la individualidad. Lo más triste no es que haya políticos que sigan ese juego para su beneficio personal o de su partido. Lo más triste es que mucha gente les cree.

Gracias George por compartir esta columna de Ricardo Alemán.

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jueves, julio 31, 2008

 

La 'Navaja de Ockham' y la política mexicana

Pareciera poco creíble que las ideas de un fraile franciscano del Siglo 14 pudieran ser de utilidad en el Siglo 21, pero así es.

Se trata de Guillermo de Ockham, que estableció un principio lógico que dice lo siguiente: en igualdad de condiciones, la solución más sencilla es probablemente la correcta.

Un principio que a veces parece totalmente ausente en México.

¿Por qué razón el PRD está promoviendo una consulta en la que los dados están cargados? La respuesta más sencilla a este problema es porque quieren parque político para oponerse a la reforma.

O bien, ¿por qué el PRI sí quiere sacar una reforma aunque sea diferente a la que planteó Calderón? Porque está interesado en ganar imagen y votos para las elecciones del 2009 y del 2012.

¿Por qué el PAN y el Gobierno van a darle luz verde a la reforma planteada por el PRI? Porque necesitan que la reforma petrolera salga, así sea rasurada y limitada, pues de lo contrario sería un gran fracaso para la administración actual.

En la política y en la economía mexicanas tenemos la tendencia a enredarnos o a aceptar explicaciones enredadas cuando las cosas tienen respuestas claras y sencillas.

Por ejemplo, si pregunta por qué el Gobierno le pedía al Banco de México que bajara las tasas de interés es porque al Gobierno le conviene que la actividad económica sea mayor probablemente sin importarle un costo de un punto o un par de puntos en la inflación.

Al Banco de México le importa menos perder un medio punto de crecimiento o poco más incluso si a cambio de ello se va a conseguir frenar la inflación, porque para eso está.

Si no cumpliera su propósito podría ser incluso demandado por falta de cumplimiento de su mandato.

Veamos ahora otra historia, también vinculada con un fenómeno que hoy se presenta por todas partes y que es el incremento de los precios de los alimentos.

Este fenómeno tiene dos explicaciones muy simples. Una parte del aumento tiene que ver con desequilibrios entre la oferta y la demanda a nivel mundial y otra con los procesos especulativos en los mercados financieros en los que se fijan los precios de muchos productos.

No es uno u otro, es la suma de ambos, punto.

Finalmente, déjeme ponerle un caso que tiene una relación más cercana con la política, que es donde a veces parecen enredarse más las cosas.

Los políticos -por lo menos casi todos los políticos mexicanos- piensan fundamentalmente en llegar y escalar en el poder.

Esto define una parte central de sus acciones. Si el Jefe de Gobierno del Distrito Federal quiere ser aplaudido por los cercanos de AMLO y también por los empresarios que van a desarrollar la infraestructura de la Ciudad de México es porque quiere escalar a una posición arriba, es decir, ser candidato a la Presidencia de la República, como él ya admitió.

Lo mismo puede decirse, lo admitan o no, de Enrique Peña o de Manlio Fabio Beltrones, en el PRI. No le demos vueltas.

O bien, tampoco hay que buscar una solución compleja frente a la actitud política de Andrés Manuel López Obrador. Le apuesto doble sobre sencillo a que en cuanto haya un dictamen de la reforma petrolera -o antes incluso- veremos nuevamente a sus huestes en la calle o tomando la tribuna.

El tema no es la reforma petrolera, sino la permanencia en la escena política como el político más conocido y el prospecto más fuerte para volver a ser candidato presidencial, aunque esta vez no sea "legítimo".

Enrique Quintana
enrique.quintana@reforma.com


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¿Para que tanto brinco estando el suelo tan parejo? Todos los políticos son iguales, sólo buscan su beneficio personal o de grupo. Uno como ciudadano, ante la partidocracia que tenemos y que no podemos eliminar, debemos escoger entre ellos el que nos brinde más beneficios y menos perjuicios, para toda la sociedad, a pesar de que el político, en lo personal, busque su propio beneficio. La clave no esta en los discursos, en el que, si no en los cómos.

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miércoles, julio 30, 2008

 

Sacralización

Sacralizaciones y perversiones: dos lados de una moneda de uso (y abuso) particularmente frecuente en nuestro medio político. Por razones de coyuntura (y conveniencia particular) se sacraliza lo que se desea inmovilizar y poner a salvo de cualquier posible cuestionamiento, con el consabido resultado de que se pervierte la vida pública en el País: se impide el desarrollo económico, se encumbran los intereses más perniciosos y se construyen mitos y leyendas que resultan negativos para la abrumadora mayoría de los mexicanos, sobre todo los más pobres.

Basta mirar nuestro entorno diario para observar la cantidad tan impresionante de vacas sagradas con que vivimos y que fueron debidamente sacralizadas en su oportunidad. No queremos cambiar, vaya, ni siquiera discutir, regímenes alternativos para la administración del agua: mejor la convertimos en un derecho constitucional, por consiguiente sagrado e intocable.

En el caso de la energía eléctrica, la expoliación que lleva a cabo el Sindicato de Electricistas es, faltaba más, un derecho adquirido, y, como tal, sagrado e intocable que, además, hace imposible evitar el robo de luz. Permitir que se desarrollen fuentes de energía privadas, así sean renovables, constituiría un sacrilegio: mejor sacralizamos la energía eléctrica.

El petróleo es, por supuesto, sagrado y por lo tanto intocable. El sindicato de Pemex es sagrado (y un dechado de virtudes). Sacralizamos (o se autosacralizan) líderes sindicales y políticos, intelectuales y empresarios. Todos quieren ser intocables para hacer lo suyo sin que nada cambie ni nadie los toque.

Todo lo que no queremos cambiar se vuelve sagrado y con eso se anula cualquier discusión o análisis. El tema se torna intocable, así que ya para qué hablamos del ejido o de las tierras comunales, de la supuesta gratuidad de la educación o de los pases automáticos.

Pero no por ser sagrados los temas se resuelven los problemas. El País enfrenta desafíos monumentales en todas las áreas mencionadas pero, por haber sido sacralizados, ni siquiera se pueden plantear como temas legítimos de discusión.

En algunos casos es el subconsciente colectivo el que crea las condiciones para que un determinado tema resulte ser intocable. Sin embargo, no tengo duda de que, en la mayoría de los casos, son los intereses particulares más mezquinos los que determinan la sacralización de un tema. En términos de valor y trascendencia, quizá no haya asunto más relevante que el del petróleo.

En el espacio público, el petróleo ha sido sagrado por muchas décadas: todos sabemos que hay infinidad de vivales escondidos detrás del statu quo (por supuesto, sagrado), pero cualquier cuestionamiento provoca la ira de los sumos sacerdotes, lo que acaba reforzando el muro protector que, por conveniencia personal o política, mantienen muchos de nuestros legisladores.

También hay un ejemplo maravilloso de cómo un grupo de interés, nada modesto, convirtió en sagrado su interés y, con ello, encumbró su posición en el mercado nacional. El lector recordará que uno de los acuerdos dentro del TLC era que se liberaría el tránsito de camiones de carga entre los tres países. La idea era que se eficientara el transporte de carga a fin de reducir costos a los productores y mejorar la competitividad de la economía mexicana.

Los primeros en oponerse fueron los poderosos sindicatos de transportistas gringos, los famosos "teamsters". Acostumbrado a proteger su monopolio, el sindicato de transportistas logró que su gobierno incumpliera su compromiso de liberalizar el acceso de camiones mexicanos a ese país. Dada la historia siniestra de los "teamsters", era perfectamente anticipable lo que harían, por lo que no fue sorprendente su capacidad de presión.

Lo que sí fue novedoso y, en cierta manera, asombroso, por inteligente, fue la forma en que los transportistas mexicanos reaccionaron ante la posibilidad de enfrentar la competencia de camioneros extranjeros en México. En lugar de quejarse y presentarse como unos debiluchos incapaces de competir, como casi todo el resto de nuestra economía, los transportistas mexicanos decidieron tomar la ofensiva: demandar la apertura del mercado estadounidense. En lugar de argumentar la necesidad imperiosa de proteger su mercado, los transportistas mexicanos aprovecharon las tendencias proteccionistas de sus contrapartes estadounidenses y se dedicaron a exigir la apertura del mercado del vecino país.

A sabiendas de que aquéllos no cejarían en su oposición, los mexicanos se envolvieron en la bandera y crearon un mito más, sacralizando el sector. Es decir, aprovecharon el incumplimiento estadounidense para crear una nueva vaca sagrada que les garantiza una posición monopólica para siempre. Admirable.

Lo sagrado, por definición, es intocable. Si todos los grupos interesados en que nada cambie siguen saliéndose con la suya, van a acabar por paralizar al País en todos los frentes. Por 70 años, el PRI logró sacralizar al ejido y a la supuesta democracia mexicana (rara, inusual, poco democrática, pero sagrada a final de cuentas). El petróleo es sagrado desde los 30. El agua en la última década. Uno por uno, nuestros intereses más mezquinos han logrado convertir en sagrado su interés particular. Paso a paso, se ha logrado pervertir la realidad nacional y crear hechos políticos que se tornan intocables.

Al mismo tiempo, cada vaca sagrada que se muere abre espacios de libertad y ciudadanía, como ocurrió con el régimen electoral en 1996. Es tiempo de matar vacas sagradas.

En este momento no hay mayor vaca sagrada que el petróleo. Por buenas o malas razones, una porción significativa de la población ha aceptado, o al menos condona, la mitología de que el petróleo es de todos los mexicanos, que el sindicato sigue las prácticas ascéticas y humanistas de la madre Teresa y que cualquier modificación al régimen vigente constituye un sacrilegio, una afrenta al mayor valor sagrado de nuestro régimen político. Esa parte de la población no se percata de que al aceptar esos valores, o participar en "consultas", no hace otra cosa que sacrificar sus propios derechos y su capacidad para acceder al verdadero desarrollo. Serán los traumas de nuestra historia de que hablaba Edmundo O'Gorman.

Aunque es de admirarse la capacidad de esos intereses particulares por protegerse, es en buena medida inexplicable la indisposición del mexicano común y corriente a desafiar esos valores e intereses, es decir, a velar por su propio interés. Gracias a esa pasividad, México se ha convertido en el reino de los intereses particulares, las vacas sagradas y los mitos. El problema es que de mitos no se come.

Luis Rubio
www.cidac.org


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¿Quiénes son los conservadores que quieren que continúe el status quo? Analícenlo y obtengan sus propias conclusiones.

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jueves, julio 24, 2008

 

Petróleo: guajolotes o riqueza + Dos enfoques: PRI-PRD y PAN

Luego de semanas de debate y de decenas de oradores, el saldo final del foro energético debe medirse en función del fin del ciclo petrolero priísta con el colapso de Pemex y del inicio del papel estratégico del petróleo en el desarrollo mexicano.

Asimismo, la conclusión debe medirse en función de ocho dilemas:

1.- Regresar al 1938 de Cárdenas en que el Estado expropió las empresas petroleras en contexto laboral irrepetible o dar el paso hacia delante y convertir al petróleo en el detonador de un nuevo modelo de desarrollo sin ceder el dominio constitucional del Estado.

2.- Regresar el Estado a los tiempos de Echeverría para que toda la industria petrolera dependa del sector público y burocratizarla o salvaguardar el dominio exclusivo del Estado pero utilizar la inversión privada para impulsar un más rápido desarrollo del sector energético controlado por Pemex como empresa cien por ciento paraestatal.

3.- Profesionalizar a Pemex para convertirla en una empresa fuerte y poderosa o esconder a la empresa para ocultarla detrás de los miedos a otras empresas o a la competencia y dejar pasar la oportunidad de los precios altos que exigen inversiones urgentes para más reservas.

4.- Mantener el Estado rector del desarrollo y la industria petrolera mixta que ya existe o regresar al Estado gestor directo del manejo de Pemex con la experiencia de que toda empresa paraestatal depende de los intereses del gobierno en turno y siempre pierde posibilidades por el manejo inevitablemente burocrático de su administración. La expropiación de la banca fracasó por el despilfarro de sus directores designados por el gobierno.

5.- Asumir el petróleo como un recurso comerciable en función de producción-venta o darle la noción misma de nacionalismo o establecerlo como el punto de definición de tres políticas que los gobiernos mexicanos han eludido: la política de seguridad nacional, la política de relaciones con los Estados Unidos y la política de contribución a un nuevo orden energético internacional.

6.- Optar por el Estado populista o neoliberal o buscar la opción del Estado promotor del desarrollo manteniendo el control del petróleo y la rectoría del desarrollo pero aprovechando el capital privado para reimpulsar la empresa. López Portillo expropió la banca para el desarrollo pero los banqueros estatales no pudieron convertirla en el pivote del desarrollo. Eso sí, los banqueros estatales expoliaron a los bancos.

7.- Aceptar el desafío de la reorganización del capitalismo internacional con una participación activa y sin miedos para defender posiciones o sumarse pasivamente a las corrientes de crítica a la corporativización de los Estados y por tanto rechazar cualquier inversión privada y desaprovechar el potencial energético, mientras de todos modos el capitalismo se reorganizará para beneficio de sus participantes y no de sus críticos.

8.- Definir si el problema de Pemex es de organización administrativa, presupuestal y productiva de la empresa o si debe definirse primero el modelo de desarrollo nacional, la política presupuestal del Estado y la estrategia de seguridad nacional y después darle su espacio a Pemex.

Además de los dilemas que tienen que ver con la alternancia --ahora sí-- partidista en la presidencia de la república, el foro en el Senado sirvió para fijar las posiciones de los partidos políticos: el PAN se quedó en la reorganización administrativa de la empresa sin evaluar los perfiles políticos, de seguridad nacional y de desarrollo; el PRI se opuso a cualquier reforma de Pemex que cambie la situación actual de una empresa típicamente priísta en materia de corrupción, saqueo sindical y manipulación política; y el PRD dejó claro que desea un petróleo bajo el control absoluto del Estado y de la burocracia gobernante.

Pero a pesar de las limitaciones en las posiciones y de debates mediocres, el saldo final coincidente fue bastante obvio: Pemex ya no debe ser la empresa del sistema político priísta y debe dar el paso a la modernización que permita un mejor aprovechamiento del potencial petrolero. Por tanto, el Pemex priísta fue condenado por todos los asistentes al foro, aún por priístas que criticaron a la empresa como si sus defectos hubieran sido producto de una gestión de extraterrestres de Marte. El Pemex que todos criticaron es el Pemex que heredó el sistema priísta después de 50 años de gestión, porque los directores bajo el foxismo habían sido priístas y el actual director Jesús Reyes Heroles fue --¿es?-- un importante político priísta, hijo de un priísta también director de Pemex.

Los documentos históricos hablan de una expropiación hecha contra la rebeldía laboral de las compañías extranjeras. La segunda expropiación petrolera debe fijar la política de convertir el petróleo en un detonador del desarrollo sin perder la soberanía absoluta del Estado sobre el recurso pero abriéndose a la inversión privada sin los complejos del pasado.

Si la expropiación de 1938 se pagó con guajolotes que donó el pueblo, ahora se trata de definir al petróleo como el instrumento del desarrollo y fuente de riqueza. El mejor nacionalismo es el que promueve el desarrollo.

Carlos Ramírez

(Blog e Indicador Político TV en www.grupotransicion.com.mx.)

cramirez@indicadorpolitico.com.mx

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domingo, mayo 25, 2008

 

Petróleo: delirios de AMLO

Como si fuera lo más importante, el enviado lopezobradorista José Agustín Ortiz Pinchetti dijo en el debate del martes en el Senado que gracias a López Obrador se habían podido realizar las reuniones. Con fina ironía, el senador priísta Francisco Labastida le contestó que no, que los foros habían sido decididos por los senadores antes de la toma de las tribunas. Sorprendido, Ortiz Pinchetti, antes un abogado de empresas trasnacionales en sus litigios contra el Estado mexicano, se quedó calladito. Su maniobra de lopezobradorizar el debate sobre la reforma energética fue otro fracaso político del candidato presidencial perredista derrotado.

El arranque formal del foro sobre la reforma energética mostró las limitaciones de sus alcances: no fue debate de propuestas abiertas sino la confrontación de dos posiciones encontradas e irreconciliables. De un lado, el populismo trasnochado del PRI-PRD clamando por el regreso del Estado echeverrista; del otro, el neoliberalismo panista promotor del mercado que, por cierto, ya había sido reivindicado antes por el priísmo salinista. El marco del debate fue definido ayer mismo por el grupo de intelectuales lopezobradoristas en una carta publicada en La Jornada. La reforma debiera regirse por tres principios:

1.- La preservación de la exclusividad del Estado sobre propiedad, dominio, gestión, explotación, refinación y petroquímica básica. 2.- Orientar la reforma a garantizar la demanda nacional, con precios y oferta. 3.- Recuperar capacidad tecnológica a través del Instituto Mexicano del Petróleo. Lo malo de la carta de los intelectuales lopezobradoristas es su estancamiento ideológico y su falta de comprensión de los fenómenos económicos. El punto clave no radica en el regreso a la cultura del Estado hegemónico sin intereses sociales, sino en el punto 2: petróleo manejado por el Estado para atender la demanda nacional. ¿Y quién encabeza la demanda? El sector privado.

Así que los intelectuales de Estado piden la hegemonía del Estado sobre el petróleo para seguir subsidiando al sector privado productivo. Nada dicen de políticas sociales o de modelos de desarrollo. Los intelectuales priístas y salinistas hoy lopezobradoristas pugnan por un Estado intendente del petróleo para beneficiar la acumulación de riqueza por el sector privado.

El debate energético se ha reducido a la administración del petróleo: el Estado o la participación privada. Y en términos de modelo productivo, el presidente Cárdenas expropio el petróleo para subsidiar el modelo capitalista. Así, el petróleo ha servido para consolidar el modelo de capitalismo monopolista, proteccionista y paternalista de Estado. De 1938 a 2000, el sistema priísta usó el petróleo no para beneficiar a la nación sino para consolidar el modelo productivo capitalista que ha generado desigualdad y falta de democracia.

El otro problema central del debate es la concepción del Estado: un organismo representante de los intereses de la mayoría no propietaria o un organismo pivote de la acumulación privada de capital. El sentido del Estado social mexicano se desvió con la burocratización de la clase gobernante. El petróleo apuntaló el modelo capitalista, no sirvió para el bienestar social y se fue por el caño de la corrupción sindical y burocrática.

Por tanto, Pemex hoy no representa un proyecto social de desarrollo sino que es propiedad de una burocracia de trabajadores, funcionarios y empresarios. De ahí que debate sobre la reforma energética deba pasar primero por tres temas:

1.- Redefinición social del Estado. Hasta ahora no hay diferencia en la reforma de Pemex que propone el gobierno calderonista porque es el mismo que ya había puesto en práctica el PRI con los perredistas hasta hace poco priístas.

2.- Modelo de desarrollo. El problema del país no es la pugna estatismo-privatización de áreas energéticas, sino la carencia de un modelo de desarrollo con objetivos generales de bienestar social. Ni el Estado ni el mercado garantizan la funcionalidad social del petróleo.

3.- Socialización de la propiedad. El PRI y el PRD quieren seguir manteniendo Pemex bajo el control de una casta burocrática y sindical y el PAN que quiere incorporar al sector energético a una empresa privada que hasta ahora no ha mostrado ninguna sensibilidad social o de Estado.

Lo peor de todo es que los abajofirmantes intelectuales no son novatos en la lucha de ideas. Pero en lugar de apostarle a una reflexión hacia adelante, se han quedado en el concepto del pensamiento intelectual de Estado del pasado que quieren reproducir una disputa por la nación entre el modelo populista del echeverrismo y el neoliberalismo del salinismo. La carta va refrendada por intelectuales afines al priísmo y Estadólatras: Rolando Cordera, Enrique González Pedrero, David Ibarra, Carlos Payán, José María Pérez Gay, Víctor Flores Olea, Carlos Monsiváis y Javier Wimer.

De ahí que el debate deba ser otro: un modelo de desarrollo social que subordine al Estado y al mercado o mantenimiento del Pemex priísta.

Carlos Ramírez

www.grupotransicion.com.mx

cramirez@indicadorpolitico.com.mx

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lunes, abril 28, 2008

 

Daño a la democracia

Algunas voces defienden el acto de fuerza perpetrado contra el Congreso por los propios legisladores del FAP y las "brigadas" y "comandos" obradoristas como una medida para impedir el "albazo" de la reforma de la industria petrolera y propiciar la más amplia discusión nacional sobre este importantísimo tema.

Es verdad que el tiempo empleado en la deliberación será siempre tiempo ganado, sobre todo en un país como México, donde el Ejecutivo ha sido predominante. Pero el medio que el FAP eligió es contradictorio con el propio fin que persigue y ha infligido un daño considerable a nuestra democracia.

Si por "albazo" se entiende la aprobación del proyecto sin discusión previa, había muchas vías para obstaculizarlo. Para empezar, en el propio Congreso. De no haber mediado la clausura, los diputados y senadores del FAP, y quizá varios del PRI, hubieran tomado la tribuna no con mantas y cadenas sino con argumentos sólidos y una actitud digna que habría movido muchas conciencias. La vía se desechó.

Otro camino abierto estaba en el uso de las libertades de manifestación y expresión. Hubiesen podido organizarse manifestaciones ordenadas y pacíficas (no "brigadas" y "comandos") con un impacto fuerte sobre la opinión pública. La vía se desechó.

Los medios han dado cobertura a las posiciones del FAP y su Jefe Máximo se ha placeado en varios noticieros de la radio y la televisión. De haber intensificado esa presencia, con firmeza pero sin amenazas, su prédica hubiese encontrado un eco en sectores medios de la población y en regiones donde las posiciones de izquierda son minoritarias. La vía se desechó.

Si la combinación de todas esas estrategias institucionales hubiera fallado y la mayoría del Congreso, en uso de sus facultades legales, hubiese votado en favor de la Reforma tal y como la presentó el Ejecutivo, a la minoría legislativa del FAP le quedaba el recurso de anteponer un amparo en la Suprema Corte de Justicia, que en varios casos delicados ha mostrado su independencia. La vía se desechó.

Pedir que el FAP hubiera acudido a las vías de derecho y no a las de hecho no equivale a soñar con una democracia perfecta. Equivale a sostener que en México deben respetarse los términos elementales, esenciales, imprescindibles de una democracia. No se respetaron por una razón evidente: para López Obrador la democracia liberal no es un modelo aceptable. "Al diablo con sus instituciones" (01-sep-2006), dijo, y lo ha venido cumpliendo cabalmente desde entonces, primero con el Ejecutivo (al que desconoce), luego con el IFE (que descabezó), el Trife (que descalificó), la Suprema Corte (que satanizó), el propio PRD (que dividió) y con el Congreso (que clausuró).

El peso real y simbólico del acto que tuvo lugar hace unos días, aunado al cerco que las "pacíficas" adelitas han tendido alrededor de los representantes del PRI y el PAN no sólo mina y socava sino que, en última instancia, niega la democracia representativa.

Los legisladores del FAP no parecen conscientes de la enormidad que significa el haber clausurado su propia casa. El hecho de que los diputados y senadores, imposibilitados de ejercer su trabajo, hayan sido electos por decenas de millones de mexicanos, los tiene sin cuidado.

El hecho de que el FAP no haya recibido el voto de la mayoría, los tiene sin cuidado. Ellos creen que representan al verdadero "Pueblo", a la verdadera "gente". ¿Y quién les confirió esa máxima representatividad? Una sola persona, su líder, intérprete único de la voluntad del Pueblo.

El acto contra el Congreso abre la caja de Pandora. A partir de ahora, cualquier minoría que quiera imponer su capricho a la mayoría seguirá la receta: bloquear, encadenar, clausurar, secuestrar. ¿Quién podría impedir que los antiabortistas clausuren mañana la Asamblea Legislativa del DF? ¿Quién podría impedir que los que apelan por la pena de muerte secuestren las instituciones hasta que no se haga lo que se les pegue la gana? Si a un grupúsculo religioso le da por revertir el laicismo mexicano tienen desde ya la puerta abierta. ¿Qué sentido tiene el Congreso mismo, y su carácter representativo, si cualquier minoría puede secuestrarlo e imponer su propia agenda?

El artículo 40 de la Constitución dice: "Es voluntad del pueblo mexicano constituirse en una República representativa, democrática, federal". A partir de ahora cada una de esas palabras, fundadoras del orden liberal desde 1824, está en entredicho.

El FAP las ha desechado a cambio de un proyecto caudillista al que le costará mucho trabajo alcanzar el poder por la vía de las urnas que él mismo ha negado. Si pretende alcanzarlo por otra vía, precipitará al país a una guerra civil.


Enrique Krauze

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martes, abril 22, 2008

 

La progresía alamanista

La toma priista del PRD ha tenido consecuencias funestas para el pensamiento crítico mexicano. Son consecuencias que desbordan los confines de la política y que afligen el espacio de la cultura y el debate. No solamente carecemos de una política socialdemócrata moderna; también estamos perdiendo la denuncia independiente y aguda que alguna vez tuvimos.

Se trata de una consecuencia inesperada de la transición democrática en México: en el sitio de la izquierda se ha conformado un duro, talentoso y audaz bloque antidemocrático y conservador. Su vocabulario es popular, pero sus ideas son rancias; sus estrategias colindan con lo insurreccional, pero su programa es profundamente conservador. Ese núcleo ex priista se ubica en la izquierda si atendemos la geometría de los partidos; pero es antidemocrática si consideramos su actuación política, tradicionalista si atendemos sus nostalgias, y antiliberal si desmenuzamos su actitud frente a la ley, frente a la diversidad, frente al debate. Paradoja transicional: la oposición a la democracia no se aglutinó en el PRI cuando éste perdió la Presidencia de la República en el 2000: se aglutina en los priistas que perdieron la Presidencia, seis años después.

El debate sobre el petróleo no es un debate ni es sobre el petróleo. Evocaciones de un pasado glorioso, manifiestos sobre la devoción debida a los símbolos patrios, juramentos de identidad nacional, invitaciones al paraíso por el atajo de una reforma limitada, testimonios de fidelidad a un caudillo, reiteración de odios y obsesiones. Me han sorprendido dos cosas de este circo: el absurdo de las desproporciones y que los opositores a la reforma de Pemex se piensen progresistas.

Una reforma que se anticipa modesta, decepcionante hasta para su promotor, es anunciada como proveedora de bienes infinitos. La reforma nos hará felices, anuncia Calderón, sin creerse ni la efe de la palabra. ¡Escuelas, hospitales, caminos! Una iniciativa extraordinariamente tímida presentada como surtidor de maravillas. Pero la cortedad de la iniciativa no acota la deliberación de tal modo que los actores políticos examinen sus límites, sus riesgos, sus costos. La propuesta presidencial ya había pasado la poda de lo que su temerosa voluntad juzga imposible. No se propone privatizar Pemex, no se toca la Constitución y, sin embargo, se desencadena la misma tormenta que habría suscitado la privatización integral de la industria petrolera y su obsequio a empresas extranjeras.

¿Cómo explicar esta tempestad a partir de aquel soplido? El debate se pierde en epopeyas de salvación nacional. La desmesura también llega por el camino contrario. Cuando se presenta lo inaceptable, se considera una nimiedad. El secuestro de las tribunas del Congreso es la inocente ocupación de un teatro. Incapaces de encontrar medida a las cosas, vamos de la dramatización de lo modesto a la trivialización de lo inaceptable.

Los argumentos contra la reforma a Petróleos Mexicanos se inscriben claramente en la tradición conservadora mexicana. Si quisiéramos rastrear el linaje de esta resistencia no nos ayudaría la visión juarista que era modernizadora e institucional. La imagen de Lázaro Cárdenas sirve como estandarte, pero no su proyecto ni sus ideas porque, como debería saberse bien, nunca se opuso a la inversión privada en la industria petrolera tras la expropiación. Para entender la argumentación de la progresía, valdría releer la famosa carta de Lucas Alamán a Santa Anna en 1853, en donde el sabio historiador sintetizaba las líneas del ideario conservador.

El primer elemento de este conservadurismo es la convicción de que el lazo nacional es vulnerable y de carácter religioso. No nos unen las reglas sino las creencias. No nos hermana el futuro sino una herencia. El país bajo amenaza necesita abrazar su pasado. Por eso debe defender la fe que le da existencia colectiva. Alamán hablaba de la religión católica como ese vínculo de identidad: "El único lazo común que liga a todos los mexicanos".

Hoy se trata a Pemex como el culto que nos cohesiona. Lo veía con risa y desdén el Presidente brasileño hace unas semanas, cuando declaraba que los mexicanos trataban a su empresa petrolera como si se tratara de una diosa intocable. Como bien ha visto Carlos Elizondo, en la defensa del petróleo hay mucha teología y poca economía. Tocar el petróleo es sacrílego porque es el sagrado líquido de la esperanza nacional. Si se toca Pemex, se pierde el país, sugiere la nueva clerecía progresista.

Impedir que el Congreso delibere sobre una posible reforma petrolera es oponerse activamente al régimen representativo. Los seguidores de López Obrador no habían cuestionado la legitimidad del Congreso. Hablaban de un "Presidente espurio", pero no de un "Congreso espurio". El lance contra el Congreso desnuda una persuasión antidemocrática. En los hechos y en el discurso, los lopezobradoristas desconocen la legitimidad de ese espacio plural y le impiden deliberar y decidir. Como Alamán hace siglo y medio, se oponen orgullosamente a la democracia representativa. "Estamos decididos... contra el sistema representativo por el orden de elecciones que se han seguido hasta ahora; contra los ayuntamientos electivos y contra todo lo que se llama elección popular, mientras no descanse sobre otras bases". Los seguidores de Alamán hacen suyo ese desprecio por el Poder Legislativo: lo que necesitamos no lo puede hacer el Congreso, decía el guanajuatense. Lo mismo dicen el tabasqueño y sus seguidores.

Hay otro elemento común: un engreimiento de superioridad moral: la gente de bien está con nosotros, decía Alamán. Lo mismo dicen sus continuadores de hoy.

Jesús Silva-Herzog Márquez
http://blogjesussilvaherzogm.typepad.com

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miércoles, marzo 26, 2008

 

Indignidad

"Quien no tiene vergüenza ¿qué bien tiene?".
Lope de Vega


En política hay días tristes. Éstos lo son. México está enfermo de indignidad. Para donde se mire aparece el mismo síndrome: el empequeñecimiento ético de los actores. Pareciera que han perdido la vergüenza, no respetan las normas escritas, pero tampoco un código mínimo de congruencia en la palabra dicha. No respetan a los ciudadanos, pero, peor aún, no se respetan a sí mismos. Digo peor aún, porque la falta de respeto a uno mismo conduce al cinismo. Hay mucho cínico conduciendo al país. Pareciera que estamos atrapados en un degradante círculo vicioso en el que el cinismo de unos da licencia al de otros. ¿Cuándo dio inicio este patético desfile? Difícil poner una fecha de nacimiento, más bien a la memoria viene una larga lista de indignidades recientes. Algo queda claro, empeoramos: no es un asunto de leyes sino de personas.

Cinismo el del ex candidato a la Presidencia y corredor de maratones que busca atajos. Qué imagen dejó entre los jóvenes. Cómo reparar el daño. Cinismo el del Gobernador de Puebla al no separarse de su encargo para facilitar la investigación sobre el terrible asunto de la pederastia denunciado por Lydia Cacho (ver el más reciente número de Enfoque). Cómo erradicar las dudas sobre su posible involucramiento. Cinismo el de los padres de familia de los mexicanos asesinados en Ecuador al fingir demencia frente a los hechos, pero también cinismo de los medios que erigen nuevos héroes a conveniencia del rating. Cinismo el de los dirigentes deportivos que no asumen ninguna responsabilidad ante las derrotas. Cinismo el del ex Gobernador de Morelos, quien tampoco se separó de su encargo durante las investigaciones que lo vinculaban con el narcotráfico.

Cinismo el de los múltiples saltimbanquis de la política capaces de hacer triples saltos mortales y nunca quedar fuera de la nómina. Cinismo el autosecuestro del ex Gobernador de Oaxaca. Cinismo del Secretario de Gobernación al no aceptar un error ético y además ¡querer vendernos su sacrificio personal al aceptar el puesto! Cinismo el de AMLO, profundo cinismo, con muchos capítulos, el increíble retorno de Bejarano y Padierna o, el más reciente, enrolar a 10 mil mujeres para sus nuevos "cercos". Cinismo el de los señores legisladores que no desaprovechan oportunidad para ausentarse y aumentarse ingresos y prestaciones. Cinismo el del ex Gobernador de Zacatecas y actual Senador al encorsetar a su sucesora.

El cinismo encontró un nuevo doloroso capítulo. La vergonzosa elección del PRD no es un asunto exclusivo de los perredistas. Es una tragedia política que afecta a uno de los tres principales partidos políticos nacionales. No vale la pena repetir la infinita lista de irregularidades y chanchullos que van del padrón inflado en millones, a la participación de gobernadores, al robo de urnas, a la incapacidad de brindar resultados confiables. La elección del domingo 16 ratifica una de las tradiciones de ese partido, vergonzosa tradición: procesos internos pestilentes. Se dirá ahora que hay una campaña de desprestigio montada desde los más altos niveles. Algunos actúan como si lo ocurrido fuera normal, nada hay de qué asombrarse. ¿De verdad no tienen nada de qué avergonzarse? Eso es pérdida del sentido de realidad o vil cinismo.

Los partidos políticos son entidades de interés público cuyas actividades son sufragadas por la ciudadanía. Esos dineros podrían ir a dar a escuelas, hospitales, carreteras. Pero se considera que el fomento de la vida democrática merece esa inversión que es muy cuantiosa. Son los partidos políticos los encargados por ley de difundir una cultura democrática, cultura democrática que comienza por la vida interna, cultura democrática que es el sustento último de las democracias. Por más que se mejoren las leyes, por más candados y contrapesos que se interpongan, si el comportamiento ciudadano es fraudulento nada lo contendrá.

Más allá de izquierdas o derechas, el PRD nació de la fatídica elección del 88, sacudiendo al sistema presidencialista y autoritario. Nació con la consigna de impulsar, lo dicen sus siglas, una revolución democrática. Con sus críticas y aportaciones, sumadas a las de otros partidos, se modificaron las instituciones políticas que hoy nos rigen. La alternancia en el 2000 fue en parte producto de esa apertura política. Pero el origen democratizador se ha desfigurando, perdido, al grado de que hoy muchos ciudadanos, allí están las cifras, desconfían de ese partido, de su papel en las instituciones y por supuesto de su "líder moral". A 20 años de aquel cisma político, el PRD es un partido con un gran caudillo -figura contraria a un espíritu democrático moderno-, un partido que reedita las peores mañas del sistema autoritario. Paradojas: han traicionado el origen que les dio la vida.

¿Es el comportamiento de sus militantes un referente confiable para la democracia mexicana? Eso es lo que está en juego. Con qué cara van a mirar a la ciudadanía que les da votos y dinero después del patético espectáculo de la elección, con qué cara van a seguir reclamando que el proceso electoral del 2006, en que participaron decenas de millones de mexicanos, no es válido si son incapaces de comportarse institucionalmente. Hoy cosechan lo que han sembrado, brutal arribismo, caudillismo galopante y enfermizo y la degradación que trae la lucha por el poder y la pérdida de principios, entre ellos el de la dignidad. Es dramático.

Federico Reyes Heroles





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domingo, marzo 09, 2008

 

Gran confusión

A río revuelto, reza el dicho, ganancia de pescadores. En el tema energético, parece haber tres tipos de actores: los que revuelven, los que intentan pescar y los que no saben para quién trabajan. Lo más interesante de la película energética actual es que hay un actor, López Obrador, dominando el panorama y obligando a todos los demás a confundirse. Porque el objetivo de AMLO no es el petróleo sino el protagonismo: está utilizando un tema políticamente cargado para lograr prominencia política.

En el camino está inhibiendo toda discusión seria, lo que abona a su protagonismo y, al menos hasta el momento, no se ha encontrado con nada ni nadie, excepto su propia violencia verbal, que desacredite su estrategia. La pregunta clave es dónde quedan los millones de mexicanos que siguen siendo pobres gracias al mito petrolero.

Lo más patético es que el debate sobre el petróleo, como el del País, sigue siendo sobre el pasado. Nadie parece tener la mirada en el tipo de industria petrolera que México requiere a la luz de la realidad de hoy, el siglo 21 globalizado, que en nada se asemeja a las circunstancias de 1938.

La solución no está en hacer pequeños cambios legales a la estructura de la empresa petrolera, sino en reconcebir la función que debiera tener la industria para beneficio del desarrollo nacional. Sólo una visión así puede cambiar la naturaleza perversa del conjunto de monólogos en que vive el País en la actualidad.

El problema de Pemex, todos lo sabemos, no es económico. Con toda su ineficiencia, corrupción y desperdicio, la empresa genera ríos de dinero. El problema del sector petrolero mexicano es que no existe una concepción integral de industria, ni una actitud abierta a reconocer las formas en que el mundo del petróleo y la energía han ido evolucionando en las últimas décadas hasta convertirse en sector central del desarrollo económico de los países productores.

Antes bien, en nuestro entorno político predominan los intereses particulares y las salidas fáciles para evitar decisiones difíciles. En adición a esto, para prevenir que se lleven a cabo discusiones serias sobre el tema se nutren mitos y más mitos, que no hacen sino alimentar la ignorancia y mantener el statu quo, que, no sobra decir, sólo beneficia a unos cuantos.

El principal de los mitos es la idea de que alguien -el gobierno, los malosos, el PRI, los empresarios, quien sea- quiere privatizar la industria. Nunca, desde luego, se especifica aquello que supuestamente se pretende privatizar.

El uso del término "privatizar" como adjetivo sirve para descalificar y, con eso, cerrar la posibilidad de cualquier discusión. Cualquiera que observe el panorama internacional va a notar que en la abrumadora mayoría de las naciones que cuentan con petróleo o gas es el gobierno el que es dueño de los recursos. Parecería evidente que ésa no es una discusión relevante en nuestro país: la noción de privatizar la propiedad de los recursos del subsuelo es simplemente absurda y no cuenta con un solo proponente (al menos serio).

La discusión de fondo debería ser sobre la naturaleza de la industria petrolera que el País requiere y sobre la forma en que esa industria debería estar integrada. En otras palabras, es indispensable partir de una definición del conjunto de la industria para luego enfocarse al papel que, en esa definición, correspondería a la empresa petrolera actual. Una discusión sensata sobre la industria (que evidentemente no es la que actualmente tenemos) debería comenzar por analizar la organización y características del mundo petrolero y energético mundial para, en ese contexto, situar el fenómeno mexicano.

Tendríamos que estar analizando y respondiendo a interrogantes como: ¿qué tipo de energía se va a requerir en los próximos 50 años? ¿Cuál es el futuro de los campos petroleros actuales? ¿Qué tecnologías requiere la industria? ¿Cuáles son nuestros rezagos respecto a otras naciones? ¿Cuál es la organización más eficiente para desarrollar y explotar los recursos con que contamos? ¿Quiénes son nuestros competidores? ¿Cuándo es más económicamente racional exportar crudo y cuándo es rentable emplearlo para producir petroquímicos y productos refinados? Por encima de todo: ¿qué papel juega, o puede jugar, la industria petrolera mexicana en el desarrollo nacional?

Mientras no respondamos a interrogantes de esta naturaleza, seguiremos trabajando para mantener el statu quo y, por lo tanto, la corrupción y la ineficiencia. Pemex es una empresa que se fue construyendo a lo largo del tiempo y respondiendo a circunstancias que nadie planeó de antemano. En el camino, acabó siendo presa de toda clase de intereses internos y externos.

El primero en apropiarse de la empresa fue el sindicato; luego vino a compartir el banquete su insaciable burocracia. A partir de los 80 , fue el Gobierno federal el que se llevó la gran tajada y se hizo dependiente de los recursos derivados del petróleo. Más recientemente, gracias a la ridícula fórmula de distribución de "excedentes", son los gobernadores los que se han hecho adictos al caudal de dinero que se deriva de la exportación de crudo.

En suma, tenemos una industria sin definición, a la deriva en un mar de intereses creados, y una empresa que no es otra cosa que la caja que nutre todo el desperdicio del Gobierno federal, de los gobernadores y, a través del sindicato, del PRI.

La verdad es que el statu quo es muy funcional para todos los beneficiarios de este proceso. Aunque sin duda hay políticos serios y responsables planteando y estudiando alternativas a la estructura actual de la industria, nadie está discutiendo lo esencial. Unos quieren proteger su fuente de ingresos, otros aprovecharla como plataforma política, pero nadie está replanteando la función del petróleo en el desarrollo del País.

Podemos discutir sobre la explotación de recursos en aguas profundas o sobre la gasolina que importamos, el estado de la infraestructura (oleoductos, plataformas y demás), las diferencias entre petroquímica básica y secundaria o sobre la participación o no de la inversión privada. Sin embargo, no es ahí donde está el meollo.

El tema central es la naturaleza de la industria que México requiere y cómo debe y puede construirse una industria idónea para el siglo 21. Éste es el tema de fondo porque es el que permitiría lograr lo que la mayoría dice que quiere: mayor eficiencia, productividad e impacto en el desarrollo del País. Y no hay que caer en la confusión intencional: la forma en que se resuelva esto es clave para millones de mexicanos que demandan prosperidad y no mitos o propiedades ficticias.


Luis Rubio
www.cidac.org
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No deja de ser interesante que quienes hoy dicen defender la soberanía del país, impidiendo cualquier tipo de inversión privada en el sector energético no toquen al sindicato de PEMEX (o al SME) ni con el pétalo de una rosa. Para reformar a PEMEX, sin que haya inversión privada, primero habría que proponer acabar con su sindicato, con todas las prebendas de las que gozan. ¿O no?

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domingo, febrero 17, 2008

 

¿Podremos?

¿Podremos romper los círculos viciosos que nos atan al pasado y que impiden a la población desarrollar su capacidad creativa? La pregunta no es retórica. México es como un gran buque, listo para zarpar, pero que permanece permanentemente varado en un dique seco porque la inmovilidad es lo que conviene a unos cuantos intereses particulares. Hoy el Gobierno y muchos legisladores parecen dispuestos a modificar esta realidad, pero enfrentan un entorno que hace difícil, si no imposible, romper con los círculos viciosos que tienen atado al País.

Desafortunadamente, parece certero afirmar que, por mucho tiempo, la retórica pública seguirá concentrada en discusiones que poco tienen qué ver con los temas que podrían significar una verdadera diferencia para el desarrollo nacional. Tal parece que los temas de discusión seguirán enfocados en asuntos como el TLC agropecuario, las huelgas, los contratos colectivos o la propiedad de los recursos energéticos. Lamentablemente, nada de esto servirá a lo que realmente importa para el País y que tiene que ver con cosas como la productividad de la planta productiva, la calidad de la infraestructura física, el desarrollo del capital humano y la capacidad del Gobierno para articular una estrategia de desarrollo y sumar a la población detrás de ella.

En México siempre es fácil politizar todos los temas y debates. Sin embargo, aunque pudiera parecer igualmente inútil, necesitamos una discusión distinta a la actual. No es que muchos de los asuntos que se debaten carezcan en absoluto de mérito; el problema es que la discusión típicamente se concentra en las cuestiones relativas a los intereses de unos cuantos grupos de poder y no en lo que permitiría cambiar la lógica de desarrollo del País.

Tomemos un ejemplo evidente: el componente agropecuario del TLC. Nadie en su sano juicio puede dudar de la pobreza que caracteriza a buena parte del campesinado mexicano. Pero tampoco es posible dudar del hecho de que esa pobreza antecede por algunos siglos al TLC y, por lo tanto, nada tiene qué ver con este mecanismo orientado a normar el comercio regional. La retórica que estigmatiza al TLC esconde la realidad de los subsidios que acaparan las organizaciones campesinas (y la corrupción que de ahí se deriva) y no tiene relación con el bienestar de los agricultores o la productividad del campo. Suspender o "renegociar" el TLC, ese eufemismo inventado para evitar confrontar el tema de fondo, no haría sino desviar, una vez más, la atención de lo que es crítico para el desarrollo y, en este caso, del campo mexicano.

La retórica refleja una realidad y un estado de ánimo. La realidad es una de intereses creados que se preocupan porque nada cambie para preservar sus privilegios. Ahí tenemos a los sindicatos del Gobierno y sus empresas que se han convertido en los grandes depredadores de los recursos naturales y humanos en el País. Antes -en la era priista-, los sindicatos eran parte integral del sistema político y cumplían una función de control sobre los trabajadores a cambio de beneficios para sus líderes. Bueno o malo, el mecanismo le era funcional al sistema y sin duda contribuyó a la estabilidad política, pero nadie puede dudar que era, y es, contradictorio con el desarrollo del País o el incremento de la productividad. El sistema priista estaba diseñado para controlar a las bases a través de la mediatización de sus líderes, pero no tenía por objeto lograr un mejor desempeño de empresas y entidades clave para el desarrollo y por eso son como son los sindicatos de Pemex, el SNTE, el SME o de la UAM.

México requiere y merece una discusión seria sobre estos temas, no un conjunto de monólogos sobre los derechos de un sistema sindical que impide la búsqueda de la productividad que el País requiere para poder competir en el mundo. Esto crea un estado de ánimo derrotista, incompatible con las aspiraciones de la población, todo lo cual no hace sino beneficiar el statu quo.

Las reformas que modificaron la realidad en muchos ámbitos no cambiaron el paradigma político institucional que caracterizó al País por décadas. El paradigma priista era uno fundamentado en la noción de dominio y control, no de competencia y crecimiento de la productividad. Para un sistema dominado por jugadores únicos (igual el PRI que Pemex), lo lógico era privatizar un monopolio como Telmex sin modificar su estructura. Lo mismo es cierto del sistema político-electoral: pasamos del monopolio de un partido a una colusión partidista antidemocrática. Todos odian la competencia y hacen hasta lo indecible por minimizarla, cuando no extinguirla.

La competencia electoral no ha resuelto los problemas nacionales esenciales o creado mejores maneras de discutirlos o resolverlos. En todo caso, lo contrario es más cierto: el fin del monopolio priista trajo consigo disfuncionalidades derivadas de la nueva realidad del poder: se debilitó la Presidencia de la República pero se dio la consagración de los gobernadores como amos y señores de sus tierras y la independencia de los sindicatos como entidades libres del yugo presidencial que era inherente al viejo sistema autoritario. Es decir, en lugar de que el cambio de régimen político liberara fuerzas y recursos, se crearon múltiples centros de poder que se caracterizan por un objetivo común, que es mantener el statu quo para preservar sus privilegios.

La realidad que esto arroja no es particularmente atractiva y por eso el tono de desazón evidente en la población y su indisposición a abrazar proyectos de desarrollo potencialmente transformadores. La población enfrenta en su vida cotidiana la realidad de un mercado que demanda mayor productividad y un mejor desempeño, pero por otra parte, puede observar el abuso de los sindicatos, la ausencia de soluciones y la fuerza de los grandes intereses que afectan su vida cotidiana. Es decir, el mexicano promedio vive una existencia un tanto esquizofrénica que resulta de la contradicción entre un mundo que se mueve con celeridad y la retórica de nuestros políticos que pretende conferirle legitimidad a un mundo de intereses particulares que hace miserable la vida a la población.

El potencial de modificar la realidad actual para enfocarnos hacia una era de crecimiento económico elevado está directamente vinculado con la capacidad que tengamos de romper con el viejo paradigma monopolista, controlador y hostil a la competencia. Es decir, tenemos que comenzar por identificar nuestras verdaderas dificultades, debatir sobre ellas y comenzar a encontrar salidas en el contexto de qué es lo que el País necesita para construir el mañana, en lugar de seguir atados a lo que queda de un pasado que no contribuye al crecimiento ni al desarrollo.

Luis Rubio
www.cidac.org

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viernes, diciembre 28, 2007

 

Ebrard, un López aumentado y sin corregir

En las épocas priistas, Marcelo Ebrard fue, durante cinco años, el principal operador de Manuel Camacho en el DF. En 2000 era candidato del efímero partido de Centro Democrático y resignó su candidatura para apoyar a López Obrador. Ya con éste en el gobierno terminó al frente de la Secretaría de Seguridad Pública capitalina, la cual tuvo que dejar después del asesinato de dos agentes de la PFP en Tláhuac, sacrificados junto con un compañero que sufrió graves quemaduras en los hechos, sin que el gobierno capitalino hiciera nada por rescatarlos. Pero fue premiado con algo mejor: la Secretaría de Desarrollo Social, encargado de la muy clientelar estrategia lopezobradorista (que en términos reales no es sino la continuación, corregida y ampliada, de la que llevaron a cabo Camacho y Ebrard entre 1989 y 1993 en el DF). Y, de ahí, con todo el apoyo del tabasqueño, saltó a la candidatura para la capital, donde ganó con amplitud.

Nadie puede dudar que Ebrard conoce la ciudad y sus manejos políticos. Tampoco, que es un político inteligente e informado. Por eso su llegada al gobierno capitalino (con sus evidentes deseos de ser candidato presidencial en 2012) hacía esperar mucho más de Ebrard. Su actuación a lo largo de este 2007, sin embargo, ha sido, para quienes esperábamos la construcción de una alternativa moderna desde la centroizquierda, decepcionante. Ebrard ha sido más de lo mismo: pistas de hielo con un costo de un millón de pesos diarios (como todo el mundo sabe, el patinaje sobre hielo es una de las tradiciones culturales y deportivas más cercanas a nuestra sociedad, junto con el snorkel en los canales de Xochimilco y el esquí en el Peñón de los Baños); la inauguración, utilizando hasta el mismo camioncito que usaba AMLO, de obras viales inconclusas y mal diseñadas, como el llamado distribuidor vial de La Concordia, en la salida a Puebla (que fue inaugurado el domingo y cerrado el martes); negocios y obras públicas entregadas a los amigos por la vía de adjudicación directa; programas sociales en dinero en efectivo de los que no existen ni padrones de beneficiarios ni cuentas públicas; como López Obrador agotó el esquema del cambio de placas para recaudar dinero ahora lo que se cambiarán serán las tarjetas de circulación y, pese a que lo que sobran son taxis y éstos no terminan de cumplir con la normatividad mínima, se "legalizarán" los más de 20 mil pirata, claro, todos aquellos afiliados a las asociaciones ligadas al PRD y al ala bejaranista, como los llamados Pantera, que son, además, donde se comete la mayor cantidad de delitos sin que nadie los moleste. La lista podría seguir y abarcar, por ejemplo, la intolerancia de las autoridades, con la diferencia de que ahora, cuando el jefe de Gobierno es criticado, como ocurrió con el secretario del Trabajo, Javier Lozano, no sólo se le organizan manifestaciones de los grupos fascistoides que encabeza Fernández Noroña, sino que además se le amenaza por conducto del secretario de Seguridad Pública, Joel Ortega, quien por lo visto no tiene nada mejor que hacer para defender a los capitalinos de la inseguridad.

Ello tiene relación con lo que es más grave: la negativa pública a observar y atacar un problema que rebasa a las autoridades locales, el del narcotráfico y la violencia. Aparecen tres personas decapitadas en el Distrito Federal y los hechos de violencia se han sucedido uno tras otro a lo largo del año, con ejecuciones y ajustes de cuentas de todo tipo, sin embargo, para el jefe de Gobierno, no ocurre nada: los decapitados no son producto de ninguna ola de violencia, ajustes de cuentas no hay y cuando ocurren corresponden a "conflictos originados en otras entidades". El narcotráfico en la ciudad no existe, ni opera aquí, dicen las autoridades locales, cártel alguno. No sólo es mentira: se trata de una negligencia absoluta. Por supuesto que en la Ciudad de México operan todos los cárteles del narcotráfico: aquí es donde se consume el mayor volumen de droga del país; es la plaza más importante para el lavado de dinero; un lugar privilegiado para la operación y el refugio de sus jefes; existen vías de comunicación con todo el territorio nacional y con el resto del mundo, para recibir y enviar droga, armas y dinero. En el oriente de la ciudad hay zonas donde las autoridades policiales reconocen que ni siquiera pueden entrar y allí existen grandes depósitos de drogas, armas y artículos de contrabando. No es ningún secreto de Estado.

¿Es responsabilidad directa del gobierno de Ebrard esa situación? No, es algo que se ha ido gestando a lo largo de los años, pero al desconocer esa realidad, al tratar de negarla, como ocurrió con la marcha contra la inseguridad o los asesinatos de los miembros de la PFP en Tláhuac, lo que se hace es permitir que el fenómeno crezca y se desarrolle. Si todos estos y muchos otros problemas que la ciudad debe afrontar de la mano le guste o no de las autoridades federales son negados y esa colaboración rechazada, que nadie se asombre entonces porque la competitividad de la capital se rezaga con respecto al resto del país o que las inversiones bajen y el desempleo crezca al mismo tiempo que aumentan los subsidios directos y, por ende, el endeudamiento. Es, en términos estratégicos, un desastre, porque el deterioro de la calidad de vida, con o sin pista de hielo, es evidente.

Pero es también un pésimo cálculo político: si Ebrard se limita a aplicar, corregidas y aumentadas, las mismas políticas que implementó López Obrador, ¿por qué Ebrard sería mejor candidato que El Peje en 2012?, ¿por qué éste estaría dispuesto a ofrecerle la candidatura a alguien que no ha hecho sino seguir al pie de la letra sus instrucciones? Ebrard está cometiendo, quince años después y en otro tono, pero con el mismo sentido, idénticos errores que cuando buscó la candidatura presidencial con Manuel Camacho en 1993. El resultado, si él no cambia, será el mismo.

Jorge Fernández Menéndez

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domingo, diciembre 02, 2007

 

Los tres escollos de la reforma

El estancamiento que sufre en estas horas la reforma al Código Federal de Instituciones y Procedimientos Electorales responde a varias contradicciones que se derivan de las insuficiencias que mostraba la misma desde sus orígenes. Era evidente que estaba planteada y concebida en torno a los tres principales partidos, PRI, PAN y PRD, y que el objetivo central pasaba por la recuperación del control sobre el proceso comicial. Si eso en sí mismo era problemático, algunas de las decisiones adoptadas, en particular lo relacionado con los mecanismos de operación, los cambios en los integrantes del IFE y el tema de la relación con los medios de comunicación, sin duda hicieron más difícil el proceso.

Oculto, además, por la discusión en torno a la publicidad en los medios estaba otro debate: el limitado acceso que tendrían a los mismos los partidos minoritarios y los obstáculos que se les colocaban para mantener su registro, sobre todo de parte del PRI y el PRD, que habían conformado alianzas muy costosas con partidos pequeños que terminaron recibiendo mucho más de lo que podían ofrecer. Paradójicamente, fue el PAN el que resultó con mayores beneficios de ese proceso, al ir solo a la contienda y no aceptar una alianza con el Partido Verde o, por lo menos, con la corriente de Bernardo de la Garza, demasiado onerosa en posiciones y recursos. El PRI y el PRD, por el contrario, para lograr presentarse como coaliciones, invirtieron demasiado en esos aliados, con un costo alto en recursos, mas también en las posiciones legislativas que finalmente entregaron.

Entonces la reforma tenía una cara pública muy evidente que era ajustar cuentas con los medios, pero también estaba la intención de hacerlo con los partidos pequeños: quitándolos de los medios, colocando exigencias mucho más altas para mantener u obtener el registro y además obstaculizar las coaliciones y reemplazarlas por candidaturas comunes. La promesa de los tres grandes partidos a la chiquillada, como la llamó en su momento Diego Fernández de Cevallos, era que algunos de esos puntos se podrían solucionar en la ley secundaria. No ha sido así, al contrario, las exigencias y las limitaciones se acentuaron.

Es verdad que sin el actual sistema de coaliciones buena parte de esos partidos no hubieran podido mantener el registro, pero nadie obligó al PRI y al PRD a aliarse con ellos y a un costo tan alto. Sucedió lo mismo que con los medios o la publicidad: nadie obligó a los partidos a establecer un tono determinado de campaña, eso lo definieron y siguieron ellos mismos. Es falso que lo hayan marcado los medios de comunicación.

Pues bien, el martes no se pudo presentar la iniciativa de reforma del Cofipe porque los partidos pequeños se oponen a ella y se ve difícil alcanzar los consensos con miras a sacar la reforma por unanimidad. Los partidos mayores no lo necesitan y eso coloca a los pequeños contra la pared. El punto es que, desde la oposición, en términos de opinión pública, podrían torpedear la reforma y algunas alianzas, como la del llamado Frente Amplio, correrían el serio riesgo de desintegrarse. Pero en los tres grandes partidos existe la convicción de que si hoy no se llega a un acuerdo seguirán solos. Habrá que ver entonces hasta dónde llega la rebeldía de los pequeños.

Otro punto de debate es el de los medios. Debe insistirse en que el sistema planteado es muy desafortunado desde la reforma constitucional, al no dejar espacios para la contratación de publicidad a través de los partidos y ahora se ha reforzado también algo difícil de explicar: la prohibición de contratar publicidad por personas o instituciones del sector privado, tanto en medios electrónicos como en periodismo escrito. El tema es controvertido, mas resulta lesivo de los derechos individuales. Jorge Alcocer, uno de los ideólogos del tema, explicó ayer en su artículo en Reforma que únicamente se busca alejar a los ricos de la posibilidad de pagar por sus opiniones y pone un ejemplo contundente: le preguntó a su sirvienta si ella pagaría por publicidad para criticar o apoyar a un candidato y ésta se limitó a pedirle un aumento de sueldo. Y establece, en un súbito regreso a la lucha de clases, que la reforma trata de equilibrar en las elecciones a los pobres con los ricos. Un argumento que, definitivamente, no está a la altura de un hombre como Alcocer, por superficial y falso: porque no se trata de ricos y pobres y, en todo caso, buena parte de los sindicatos están en mejores condiciones de pagar este tipo de anuncios que muchas empresas a quienes se les prohíbe por ley y no se los permite su código interno. El tema puede analizarse de distintas maneras, aunque definitivamente no se esclarecerá preguntándole a la sirvienta de Alcocer, quien por cierto presentará (Alcocer, no la sirvienta), el próximo viernes, su propuesta para integrarse al futuro IFE.

Pero también está el tema de la libertad de expresión por las restricciones que se impondrían con base en los documentos originales conocidos de la reforma. En ese sentido, existiría una propuesta de integrar un artículo para explicitar que no habrá límite para la libertad de expresión en los medios y el tema de sanciones y lineamientos se referirá sólo a los spots publicitarios. Hasta el momento de escribir estas líneas, la mayor oposición a ello estaba en los perredistas. Y quedaba un tercer tema, la llamada publicidad negativa: ¿cómo prohibir en una contienda electoral que un partido o un candidato critique a otro o muestre sus insuficiencias o supuestos desaciertos anteriores?, ¿de qué se trataría, entonces? Criticar, obviamente, no es lo mismo que difamar, y el delito de difamación ya está normado en las leyes y los criterios. En este caso, sin embargo, tanto el PRI como el PRD estarían de acuerdo en no modificar ese capítulo, de los más controvertidos y menos viables de la nueva ley.

Jorge Fernández Menéndez

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Yo en en lo personal estoy a favor de que ya no se puedan hacer las coaliciones como antes. Que si puedan presentar candidaturas comunes, pero que cada partido ponga su logo y saque los votos que realmente le corresponda. Pero definitivamente me opongo a los enormes requisitos que existen para crear un partido. Son barreras para evitar la entrada de competidores lo cual sólo beneficia a los 3 "grandes". Y sobre todo a que ya no se permiten candidaturas independientes, sin la intermediación de partidos. Eso es un atentado a las libertades individuales. Tampoco me parece correcto que los ciudadanos independientes no puedan participar en politica opinando. Ya no se podrá criticar a nadie, aunque sea verdad lo que se diga. Estamos ante un retroceso en la democracia. La partidocracia se consolida y eso conllevará a que el resto de las cosas que están mal en el país (educación, pobreza, seguridad, corrupción, etc.) no se corrijan de fondo. Al tiempo.

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