martes, diciembre 27, 2022

 

¿Qué es el capitalismo?

Muchas personas, quizá la mayoría, creen que el #capitalismo es como la primer imagen. Un "rico webón" que se hace más rico a costa de sus trabajadores.

Pero esa "idea" es la que los socialistas han adoctrinado a muchas generaciones desde hace más de 100 años. Sin embargo es totalmente falsa. Y quienes la repiten solo muestran su ignorancia sobre lo que es el capitalismo.

 

La segunda imagen lo ejemplifica mejor. Y hay una frase medio lépera que un ex-jefe mío usaba mucho: "para sacar primero hay que meter".

Para que una empresa, un negocio, empiece a generar dinero para sus inversionistas, sus dueños, primero se tuvo que invertir, meterle, una gran cantidad de "capital".

Y ese capital original son ahorros del inversionista que arriesgó para emprender su idea de negocio. Muchas veces es deuda que adquiere porque le apuesta a que el rendimiento de su negocio será mayor que la tasa de interés del préstamo y podrá pagarlo y además le quedará una ganancia aceptable para ese riesgo.

El "capitalista webón" tuvo la idea y el valor para ponerla en marcha, arriesgarse a perder sus ahorros o quedar endeudado. ¿Cuántos trabajadores están dispuestos a hacerlo?

 

Y saldrán las licuadoras de 2 velocidades, on/off, a decir "eskedeke es muy difícil emprender..." o "eskedeke para poner un negocio primero hay que ser rico..." o "eskedeke solo los que heredan dinero de papi ponen negocios..."

Pero ahí están decenas de miles de emprendedores con sus changarritos, vendiendo ropa, productos de catálogo, tacos, barbacoa, talleres, y muchas empresas mas. Si, todos ellos son capitalistas aunque lo duden, arriesgan sus pocos ahorros y son sus propios jefes.

Y hay otra frase que la escuché por primera vez de Gloria Alvarez "ojalá te vaya tan bien en tu negocio que tengas que contratar empleados"

Y si bien no todos los emprendedores terminan como grandes empresarios, muchos les va bien que tienen que contratar 2-3 trabajadores, y luego 10-20, y así van creciendo. Pero para llegar a esos niveles no descansaron, buscaron clientes, mejoraron sus procesos, invirtieron en más y mejor maquinaria y equipo, trabajaron fines de semana y no salieron de vacaciones.

¿Dónde quedó el "capitalista webón" de la primer imagen?

Ay, San Alejo...

 

Si, quizá después de muchos años, décadas, los más exitosos empiecen a darse lujos de "descansar", tomarse mas vacaciones, tener grandes casas y autos, etc. Pero aun en esos casos siguen tomando decisiones correctas para mantener su empresa rentable y creciendo. Su valor agregado a la empresa son esas decisiones correctas, no el tiempo o esfuerzo físico invertido. Dicho sea de paso, en esas decisiones correctas está la de contratar empleados adecuados para que al negocio le vaya bien y siga creciendo.

 

Así que #aguzados mis socialistas de sillón, ya dejen de creer en la teoría del valor del trabajo Marx, andan ya más de 100 años retrasados. Los engañaron y siguen creyendo el engaño.

#liberalismo

 


lunes, diciembre 19, 2022

 

Mezquindad propiciatoria

Una capa metálica en la ventana de su coche le salvó la vida a Ciro Gómez Leyva. El blindaje detuvo la muerte. A unos centímetros de su cabeza, los proyectiles asesinos. ¿A dónde hemos llegado?

 

La muerte ronda el periodismo en todas sus órbitas. No es el riesgo que corren los reporteros que trabajan en las zonas capturadas por el crimen. Es el peligro que corren los periodistas más visibles, más reconocidos, más poderosos.

 

Un periodista profesional, y respetado estuvo a punto de morir en la capital del País. Imposible saber quién buscaba su muerte. El hecho es que los criminales pudieron detener su paso y rociar su coche con plomo sabiendo que corrían poco riesgo. En nuestro País es más peligroso investigar un asesinato que cometerlo. La impunidad cobija y estimula al crimen.

 

En el blindaje de su coche, Ciro Gómez Leyva tuvo la protección que el Estado no le ha dado a tantos otros periodistas que han muerto por buscar y difundir la verdad. Agresión que no es solamente violencia contra una persona, sino contra toda una comunidad que quiere conocer lo que sucede. Un golpe que atemoriza a todos. ¿Quién sigue? ¿Hay condiciones para permanecer en la labor? Si el periodismo es oficio de altísimo riesgo en México es porque se mueve entre la intimidación del crimen y la hostilidad del poder. La barbarie de unos y la agresión de otros.

 

Ante el atentado que ha cimbrado al País y, en particular a la comunidad periodística, el Presidente no encuentra forma de empatía creíble. Apenas dedica un par de minutos de su perorata diaria a condenar el hecho para retomar de inmediato la agresividad de siempre.

 

Tras el atentado al periodista, repite que la prensa es enemiga del pueblo, cómplice de ladrones, esa mafia que debe ser vencida. ¿No era acaso ésta la ocasión para detener la agresividad contra la prensa? ¿No aconsejaba la sensibilidad más elemental el cambio de tono en el trato con periodistas críticos, tras el intento brutal de terminar con la vida de un profesional de altísimo reconocimiento?

 

La mezquindad es la marca de la Presidencia de López Obrador. El humanismo que predica es la carencia más profunda de sensibilidad humana. Es el trato de toda persona concreta como instrumento de su vanidad. Es odio enfermo y obsesivo por sus adversarios, es trato vejatorio a sus aliados, es fijación en un pasado que no puede superar.

 

Ante el aviso de las masacres, una carcajada. El Presidente de México ríe públicamente ante la muerte de mexicanos, si ésta es registrada por la prensa enemiga. Ante el reclamo de las víctimas que quieren ser escuchadas, el desprecio de quien considera indigno del decoro presidencial el encontrar a los dolientes.

 

Hay tiempo para cualquier frivolidad, no para escuchar a las víctimas. Ante el cadáver de un camarada, la arremetida contra sus enemigos personales. Frente a la viuda y los huérfanos, otro homenaje a sí mismo. Y ante el atentado a Ciro Gómez Leyva, tres palabras de cajón y, de nuevo, a la agresividad de siempre.

 

Un hombre mezquino gobierna México. Apunta su odio a los insolentes que se apartan de su cuento. Los periodistas, los intelectuales cargan el mayor peso de su inquina. Desde la máxima tribuna del País evade el debate para dedicarse al insulto. No ofrece información distinta, no aporta argumento contrario, se lanza a la descalificación moral del crítico.

 

Los periodistas independientes son pillos, son corruptos, son cómplices de las peores atrocidades. Son, dijo la víspera del atentado, nocivos para la salud. La mezquindad presidencial no es solamente una mancha anímica del demagogo de los sermones. Es irresponsabilidad criminal.

 

Por una parte, es indolencia frente al crimen que deja al país en la indefensión. Ofreciendo abrazo a los delincuentes, la violencia sigue extendiéndose en el país. La impunidad reinante invita al crimen. Por la otra parte, esa mezquindad ha hecho de toda actividad independiente un asunto de alto riesgo. Nunca se había sentido el miedo que se siente hoy ante la brutalidad del crimen y la agresividad del poder.

 

La expresión de odio presidencial hace de sus enemigos blanco de cualquier tipo de ataques. Diseminando el odio desde la tribuna del Ejecutivo, Andrés Manuel López Obrador ha minado el espacio público. Su mezquindad propicia la violencia.

 

Jesús Silva-Herzog Márquez

 

 


domingo, diciembre 04, 2022

 

Sin evidencia

Un gobernante incapaz de entender su entorno puede conducir a su país a un callejón sin salida. Entre más autoritario sea el Gobierno, más alto es el riesgo de tomar decisiones sin evidencia o continuar con ellas, aun cuando la realidad cambie.

 

El Premier chino Xi Jinping no calculó las implicaciones de una variante del coronavirus tan contagiosa como Ómicron. Encerrar a la gente dejó de funcionar, pero regresar a la normalidad puede llevar a cientos de miles de muertos, al no haber suficiente inmunidad entre la población. Al ver las gradas del Mundial con espectadores sin tapabocas, los chinos entendieron que hay otras rutas posibles y se atrevieron a protestar.

 

En las democracias también hay graves errores de juicio, como la invasión de George W. Bush a Iraq en 2003, y políticos oportunistas pueden impulsar en una campaña electoral medidas contrarias a la evidencia presentada por los expertos, pero populares, como sucedió con Brexit. Boris Johnson sabía que vendía ilusiones. El precio ha sido alto, incluido un menor crecimiento respecto a los países del continente. Nada de lo prometido se ha logrado. Bueno, sí: ya casi no reciben inmigrantes europeos, aunque éstos han sido sobradamente compensados por no europeos.

 

AMLO gobierna desde sus intuiciones. Por ello impulsa políticas públicas sin fundamentos técnicos y que ni siquiera son demandadas por una parte relevante del electorado. Las dos más evidentes son la cancelación del aeropuerto de Texcoco y la incesante búsqueda de regresarle a la CFE la dominancia en el sector eléctrico. Ambas políticas han costado muchos recursos fiscales y un menor crecimiento.

 

Nuestra estabilidad económica está apuntalada gracias a Carlos Salinas, quien, con base en evidencia, al ver que Europa se expandiría tras la caída del Muro de Berlín, optó por concentrarse en América del Norte. Con ese fin negoció y firmó un tratado de libre comercio con la región.

 

La economía de Estados Unidos es el principal motor de la mexicana. La relocalización de inversiones de China a lugares más cercanos o seguros geopolíticamente que ese país, el nearshoring, le da a México una oportunidad histórica de atraer inversión manufacturera y transformar al país.

 

China pasó de tener el 21.6 por ciento del mercado de importaciones de Estados Unidos en el 2017 al 17 por ciento ahora. La mayor parte de esa pérdida ha sido capturada por Vietnam, que ha doblado su participación en ese periodo. México solo aumentó medio punto porcentual.

 

A pesar de los obstáculos que representa la insuficiencia de suministro eléctrico, y la incertidumbre de si es genuinamente verde, varias ciudades del norte del país están en franca expansión. Por eso la inversión extranjera directa ha llegado a récords históricos. Pero se podría atraer mucho más y a mayores zonas del país si el Gobierno mexicano siguiera políticas energéticas basadas en las mejores prácticas en la materia. También ayudaría mucho usar la enorme capacidad de este Gobierno para hacer obras invirtiendo en infraestructura que acerque a Estados Unidos, en términos logísticos, a nuestros Estados más rezagados. En nada ayudan en ese objetivo las ocurrencias de Dos Bocas o el Tren Maya. En el mediano plazo mucho más se podría lograr con una estrategia educativa que incrementara la calidad de nuestros egresados y una política de salud inteligente que les permitiera a los mexicanos una vida más larga, sana y productiva.

 

Ahogados en lo inmediato y ya en la grilla del 2024, no estamos entendiendo los profundos cambios en el mundo. AMLO, concentrado en la sucesión presidencial y atado por las decisiones pasadas, difícilmente va a cambiar de dirección. Lo debe percibir como un signo de debilidad. Esto a pesar de que para manejar mejor la sucesión y el siempre complicado fin de sexenio, sería mejor una economía en expansión.

 

Carlos Elizondo Mayer-Serra

 

 


 

Socios dispares

El país lleva años viviendo en un entorno de tufo que no ha dejado satisfecho a nadie: a quienes se beneficiaron o a quienes se sintieron vulnerados. Crecía la demanda por darle significado y trascendencia a esa sensación de desasosiego, pero también de crecimiento sistemático de la clase media. El caldo de cultivo estaba listo para virar. La elección de 2018 representó un quiebre con años de desazón y, ahora sabemos, también con los avances que se habían logrado.

 

Hay al menos tres factores indisputables en lo acontecido en aquella justa electoral: primero, el país llevaba casi tres décadas experimentando cambios profundos que habían mejorado innumerables factores, pero no habían resuelto problemas fundamentales que se venían arrastrando, como la inseguridad, corrupción, pobreza y desigualdad. Muchos índices habían mejorado, pero la calidad de la gobernanza, a todos niveles, se había deteriorado y ningún Gobierno desde al menos los ochenta, cuando comenzaron aquellas reformas, tuvo la capacidad o disposición para proponer y avanzar soluciones integrales a estas circunstancias. La mejoría era notable, pero también los rezagos, sobre todo porque afectaban a una enorme porción de la ciudadanía.

 

Un segundo factor, la proverbial gota que derramó el vaso, fue la enorme incompetencia y corrupción que caracterizó a la Administración de Peña Nieto. Un Presidente que triunfó en 2012 por su habilidad para comunicar capacidad de ejecución resultó absolutamente ignorante de las circunstancias que vivía el país, de la demanda por soluciones y del ansia por un liderazgo preclaro. Aquel Presidente comprendió la necesidad de completar las reformas que impedían la consecución de los objetivos, al menos en la economía, del proyecto reformador de los ochenta en adelante, pero fue incapaz de sumar a la población detrás de ellos. Paradójico para un Presidente netamente político, su actuar fue absolutamente tecnocrático, casi estéril, en la forma en que avanzó reformas de enorme calado político, trastocando artículos constitucionales sacrosantos. Además, imaginándose en otra era de la historia, fue negado para comprender que las viejas formas de la política, y la corrupción que las acompañaba, eran insostenibles en la era de las redes sociales. Casi se podría decir que se dedicó concienzudamente a prepararle el terreno a su sucesor y, con su respuesta a Ayotzinapa, a garantizar el triunfo de López Obrador.

 

El tercer factor fue el candidato sempiterno que llevaba dos décadas criticando al proyecto reformador, alimentando el resentimiento y dándole espacio y expresión a toda esa desazón y desesperanza que se había venido acumulando por siglos y que se había exacerbado con las reformas que él denominaba "neoliberales". Su discurso y su persona habían cobrado autoridad moral al expresar el malestar que había sobrecogido a muchos mexicanos. Luego de dos derrotas, llegó a la presidencia con la alfombra puesta por su predecesor, quien pareció haber diseñado su script expresamente para empatar las críticas del hoy Presidente.

 

Ya en el Gobierno, el Presidente ha probado ser un priista de cepa. Muy en el corte de sus predecesores, se ha abocado a reconstruir la vieja presidencia, aunque con un sesgo nada priista: su profundo rechazo a cualquier sentido institucional. La autoridad de la persona del Presidente basta para resolver los problemas que aquejan al país, todos ellos producto de la falta de voluntad de sus predecesores. No es necesario resolver los problemas que prometió: con atacar a sus adversarios se cubre el expediente. Los resultados a la fecha hablan por sí mismos y se manifiestan en el brutal contraste entre la popularidad del Presidente y la reprobación que caracteriza a su Gobierno. El Presidente retiene su credibilidad como persona, pero no por el ejercicio de su Administración.

 

El desencuentro es obvio, particularmente entre las clases medias, el gran logro de la era priista y que en nada alteraron las dos Administraciones panistas. El objetivo del régimen postrevolucionario había consistido en lograr el desarrollo con estabilidad, ésta última garantizada por una creciente y cada vez más pudiente clase media. Esa clase media, desencantada por la desigualdad y corrupción de las últimas décadas, se volcó hacia López Obrador en 2018 en una virtual sublevación. Paradójico que un electorado agotado de tantas promesas incumplidas llevó al poder a un Presidente rabiosamente opuesto a la idea misma de consolidar a las clases medias. Socios dispares, alianza insostenible.

 

Ahora que se aproxima el fin del Gobierno, todo está en la tablita. La coalición -formal e informal- que secundó al Presidente en su elección de 2018 se ha fragmentado, como ilustra el resultado del revocatorio en que el Presidente obtuvo la mitad de votos que en su elección original. El poder absoluto desmoraliza, escribió Lord Acton. México lo vive todos los días.

 

Luis Rubio

 


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