domingo, febrero 17, 2008
¿Podremos?
Desafortunadamente, parece certero afirmar que, por mucho tiempo, la retórica pública seguirá concentrada en discusiones que poco tienen qué ver con los temas que podrían significar una verdadera diferencia para el desarrollo nacional. Tal parece que los temas de discusión seguirán enfocados en asuntos como el TLC agropecuario, las huelgas, los contratos colectivos o la propiedad de los recursos energéticos. Lamentablemente, nada de esto servirá a lo que realmente importa para el País y que tiene que ver con cosas como la productividad de la planta productiva, la calidad de la infraestructura física, el desarrollo del capital humano y la capacidad del Gobierno para articular una estrategia de desarrollo y sumar a la población detrás de ella.
En México siempre es fácil politizar todos los temas y debates. Sin embargo, aunque pudiera parecer igualmente inútil, necesitamos una discusión distinta a la actual. No es que muchos de los asuntos que se debaten carezcan en absoluto de mérito; el problema es que la discusión típicamente se concentra en las cuestiones relativas a los intereses de unos cuantos grupos de poder y no en lo que permitiría cambiar la lógica de desarrollo del País.
Tomemos un ejemplo evidente: el componente agropecuario del TLC. Nadie en su sano juicio puede dudar de la pobreza que caracteriza a buena parte del campesinado mexicano. Pero tampoco es posible dudar del hecho de que esa pobreza antecede por algunos siglos al TLC y, por lo tanto, nada tiene qué ver con este mecanismo orientado a normar el comercio regional. La retórica que estigmatiza al TLC esconde la realidad de los subsidios que acaparan las organizaciones campesinas (y la corrupción que de ahí se deriva) y no tiene relación con el bienestar de los agricultores o la productividad del campo. Suspender o "renegociar" el TLC, ese eufemismo inventado para evitar confrontar el tema de fondo, no haría sino desviar, una vez más, la atención de lo que es crítico para el desarrollo y, en este caso, del campo mexicano.
La retórica refleja una realidad y un estado de ánimo. La realidad es una de intereses creados que se preocupan porque nada cambie para preservar sus privilegios. Ahí tenemos a los sindicatos del Gobierno y sus empresas que se han convertido en los grandes depredadores de los recursos naturales y humanos en el País. Antes -en la era priista-, los sindicatos eran parte integral del sistema político y cumplían una función de control sobre los trabajadores a cambio de beneficios para sus líderes. Bueno o malo, el mecanismo le era funcional al sistema y sin duda contribuyó a la estabilidad política, pero nadie puede dudar que era, y es, contradictorio con el desarrollo del País o el incremento de la productividad. El sistema priista estaba diseñado para controlar a las bases a través de la mediatización de sus líderes, pero no tenía por objeto lograr un mejor desempeño de empresas y entidades clave para el desarrollo y por eso son como son los sindicatos de Pemex, el SNTE, el SME o de la UAM.
México requiere y merece una discusión seria sobre estos temas, no un conjunto de monólogos sobre los derechos de un sistema sindical que impide la búsqueda de la productividad que el País requiere para poder competir en el mundo. Esto crea un estado de ánimo derrotista, incompatible con las aspiraciones de la población, todo lo cual no hace sino beneficiar el statu quo.
Las reformas que modificaron la realidad en muchos ámbitos no cambiaron el paradigma político institucional que caracterizó al País por décadas. El paradigma priista era uno fundamentado en la noción de dominio y control, no de competencia y crecimiento de la productividad. Para un sistema dominado por jugadores únicos (igual el PRI que Pemex), lo lógico era privatizar un monopolio como Telmex sin modificar su estructura. Lo mismo es cierto del sistema político-electoral: pasamos del monopolio de un partido a una colusión partidista antidemocrática. Todos odian la competencia y hacen hasta lo indecible por minimizarla, cuando no extinguirla.
La competencia electoral no ha resuelto los problemas nacionales esenciales o creado mejores maneras de discutirlos o resolverlos. En todo caso, lo contrario es más cierto: el fin del monopolio priista trajo consigo disfuncionalidades derivadas de la nueva realidad del poder: se debilitó la Presidencia de la República pero se dio la consagración de los gobernadores como amos y señores de sus tierras y la independencia de los sindicatos como entidades libres del yugo presidencial que era inherente al viejo sistema autoritario. Es decir, en lugar de que el cambio de régimen político liberara fuerzas y recursos, se crearon múltiples centros de poder que se caracterizan por un objetivo común, que es mantener el statu quo para preservar sus privilegios.
La realidad que esto arroja no es particularmente atractiva y por eso el tono de desazón evidente en la población y su indisposición a abrazar proyectos de desarrollo potencialmente transformadores. La población enfrenta en su vida cotidiana la realidad de un mercado que demanda mayor productividad y un mejor desempeño, pero por otra parte, puede observar el abuso de los sindicatos, la ausencia de soluciones y la fuerza de los grandes intereses que afectan su vida cotidiana. Es decir, el mexicano promedio vive una existencia un tanto esquizofrénica que resulta de la contradicción entre un mundo que se mueve con celeridad y la retórica de nuestros políticos que pretende conferirle legitimidad a un mundo de intereses particulares que hace miserable la vida a la población.
El potencial de modificar la realidad actual para enfocarnos hacia una era de crecimiento económico elevado está directamente vinculado con la capacidad que tengamos de romper con el viejo paradigma monopolista, controlador y hostil a la competencia. Es decir, tenemos que comenzar por identificar nuestras verdaderas dificultades, debatir sobre ellas y comenzar a encontrar salidas en el contexto de qué es lo que el País necesita para construir el mañana, en lugar de seguir atados a lo que queda de un pasado que no contribuye al crecimiento ni al desarrollo.
Luis Rubio
www.cidac.org
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viernes, enero 11, 2008
Campo y TLCAN
Marcel Prevost
Nuestros políticos han aprovechado nuevamente toda oportunidad para gritar: "Ahí viene el lobo". Ahora lo han hecho con motivo de la entrada en vigor este 1o. de enero del 2008 de la última etapa del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, el TLCAN.
En las últimas semanas hemos visto una verdadera avalancha de declaraciones de políticos en periódicos y otros medios de comunicación que nos anuncian que se aproxima el fin de la agricultura mexicana como consecuencia de la apertura total del mercado norteamericano para productos del campo.
Entre las declaraciones que he leído en los últimos días se cuentan algunas que señalan que se perderán millones de empleos por la apertura, que cientos de miles tendrán que migrar a los Estados Unidos, que la agricultura mexicana se desplomará, que los pobres del campo se multiplicarán, que los precios de alimentos subirán y que los precios de los alimentos bajarán (depende de quién lo diga).
La verdad es que estos escenarios catastrofistas son tan falsos como los que originalmente se lanzaron cuando entró en vigor el Tratado de Libre Comercio.
Lo que está ocurriendo hoy es que se da el último paso en un acuerdo comercial que entró en vigor hace 14 años para eliminar lo que quedaba de aranceles en unos cuantos productos, entre ellos el maíz, el frijol y el azúcar. La principal atención se ha prestado al caso del maíz. Distintos grupos políticos han organizado movilizaciones para exigir que se cierren las puertas a la importación libre de maíz porque esto, supuestamente, amenaza no sólo nuestra agricultura sino nuestra identidad nacional.
Quienes organizan estas protestas, sin embargo, al parecer no se han dado cuenta que desde hace años México ha estado ya importando maíz libre de aranceles... y exportándolo también. ¿Por qué? Simplemente por el hecho de que así lo han exigido los mercados.
México es autosuficiente en maíz blanco, el cual se utiliza preferentemente para el consumo humano y en especial para la producción de tortillas. De hecho, vendemos un pequeño excedente a Estados Unidos, que virtualmente no tiene producción de maíz blanco.
La situación es completamente distinta en el caso del maíz amarillo. En éste tenemos y hemos tenido siempre un déficit por lo que importamos millones de toneladas al año de Estados Unidos. Este maíz amarillo no se utiliza en general para consumo humano sino como forraje para ganado y como insumo para la producción de alta fructosa. Hasta ahora la importación de este maíz estaba nominalmente sujeta al pago de un arancel, pero el gobierno ha ampliado unilateralmente los cupos de importación sin arancel debido a que necesitamos el producto.
A principios de este 2007, cuando se registró un aumento en la tortilla como reflejo de un alza en el precio del maíz en Estados Unidos, el gobierno mexicano tuvo que hacer malabares para traer a nuestro país una mayor cantidad de maíz amarillo. Para eso amplió los cupos de importación sin arancel. Ya estamos importando maíz sin arancel.
¿Que el campo mexicano es pobre? Claro. Pero eso no es culpa de una medida que apenas entrará en vigor este 1o. de enero o del Tratado de Libre Comercio que se ha aplicado a lo largo de los últimos 14 años y que ha permitido un aumento muy importante en las exportaciones de productos agropecuarios y alimentos de México a Estados Unidos.
La pobreza del campo mexicano es producto de otros factores. Uno de ellos es estructural. México no ha concluido la transición poblacional que todos los países del mundo han llevado a cabo en su proceso de desarrollo y que implica la transformación de una sociedad rural a una urbana. Quienes piensan que de alguna mágica manera México puede quedar exento de este proceso mundial simplemente están tratando de engañarse a sí mismos o a los demás. Lo que necesitamos como país es tomar medidas que permitan la generación de empleos en la industria y los servicios en el campo y no a tratar de mantener, a base de subsidios, una actividad agrícola; es imposible conservar 20 o 25 millones de campesinos en nuestro país.
La otra razón de la pobreza del campo mexicano es la fragmentación de la tierra. La reforma agraria, motivo de orgullo para tantos políticos, es responsable en buena medida de la pobreza del campo porque ha dejado la geografía mexicana desgarrada en parcelas diminutas, de un promedio de cinco hectáreas, que no permiten la inversión ni la productividad.
Éstas no son faltas del Tratado de Libre Comercio. Ni este acuerdo comercial traerá consigo este año el desplome de la agricultura nacional. Quienes lo anuncian sólo buscan el aumento de subsidios a sus organizaciones.
Subsidios
El gobierno de Estados Unidos gasta una enorme cantidad de dinero de los impuestos en subsidios al campo y especialmente al maíz amarillo. Esto es un abuso para los contribuyentes estadounidenses, pero los mexicanos nos beneficiamos. ¿Por qué? Porque tenemos que importar de todas maneras el maíz amarillo para forraje que no producimos. Si el gobierno estadounidense no diera estos subsidios, los mexicanos simplemente tendríamos que pagar más por este maíz y subirían los precios del pollo y la carne que consumimos.
Sergio Sarmiento
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jueves, enero 10, 2008
Pura demagogia y populismo
Les comparto un cartón de Paco Calderón. Etiquetas: campo, demagogia, economia, pobreza, populismo, riqueza, TLCAN
martes, enero 08, 2008
Apertura en maíz: ruido y hechos
Si a partir de este enero se hubiera permitido la importación de maíz libre de arancel por primera ocasión; si no hubiese existido un recorte gradual de los impuestos a la importación desde 1994; si la producción dominante en el País fuera la de maíz amarillo y no blanco; si Bush no hubiera impulsado el uso del maíz para producir etanol; si no existiera un incremento de la demanda mundial; si no hubieran pasado todas esas cosas, otra sería la historia.
Pero todo eso ocurrió y ha dejado a los productores de maíz en condiciones favorables para enfrentar la apertura final del 2008 o, por lo menos, sin el riesgo de ser arrasados por las importaciones. La apertura a la libre importación de maíz es una oportunidad política y emocional para tratar de levantar nuevamente una corriente en contra del libre comercio.Pero vamos por partes para entender lo anterior.
Cuando arrancó el Tratado de Libre Comercio, en 1994, la cuota de importación al maíz proveniente de Estados Unidos era de 206.4 por ciento. El año pasado, el arancel que se pagó fue de sólo 18.2 por ciento. El cambio más importante ya había ocurrido. Pero además, se establecieron cupos para poder importar maíz libre de arancel, que fue de 2.5 millones de toneladas en 1994 y el año pasado ya fue de 3.6 millones con importaciones totales de maíz que se estiman en casi 8 millones de toneladas del año pasado.Si tuviéramos un mercado en el que la producción nacional no lograra colocarse y en el que llegara por primera vez y de manera masiva la importación, entonces la amenaza para los productores sería realmente muy grande.
La importación, fundamentalmente de maíz amarillo, no se ha hecho para desbancar la producción nacional, sino fundamentalmente para cubrir lo que no se produce en México y se han destinado a las industrias almidoneras, cerealeras, harineras, de frituras y al sector pecuario. A lo largo de los últimos años, ha cambiado la dieta de la población y hay un mayor consumo de maíz amarillo, procesado en la industria o usado como alimento para animales. Si la producción dominante en México fuera de maíz amarillo, la competencia con las importaciones sería diferente, pero el cultivo dominante es el de maíz blanco.
El otro factor que está presente en la coyuntura es la situación del mercado internacional, que ha tenido un cambio estructural en los últimos años. La demanda del maíz para la producción de etanol en Estados Unidos, así como el crecimiento de la demanda mundial como insumo pecuario por los cambios en los hábitos alimenticios de China e India, han determinado incrementos de precios de hasta 100 por ciento en un par de años. En nuestro País, de acuerdo con el Banco de México, el incremento de los costos del maíz como insumo para la producción fue de 48 por ciento en los últimos dos años. Esta coyuntura es muy favorable para los productores en un mercado en el que ellos tienen el control.
Pero además, en el debate que se ha producido en las últimas semanas, los grandes ausentes -como casi siempre- son los consumidores. Se habla de los cientos de miles de productores de maíz, pero nadie alza la voz por las decenas de millones de consumidores de este grano en México. Desafortunadamente, las condiciones del mercado internacional van a impedir que la eliminación total del arancel signifique una reducción de precios.
Este cuadro no implica que a los productores de maíz en el campo mexicano les esté yendo bien de manera generalizada. Hay la polarización que es casi costumbre en México. Mientras productores como los de Sinaloa se benefician de los subsidios y son altamente competitivos, con empresas rentables, hay cientos de miles que siguen produciendo en condiciones de atraso y que utilizan una buena cantidad para el autoconsumo, directa o indirectamente, alimentando con él a los animales de traspatio que tienen. Esa condición de atraso del campo mexicano ni va a empeorar ni va a ser resuelta con la apertura. Para cambiarla se necesitaría una nueva vocación agrícola para cultivar productos más rentables así como el desarrollo de actividades industriales en el campo.
En contra de lo que se cree, la reducción relativa de la población en el campo ha sido mínima, de apenas 3 puntos porcentuales desde que existe el TLCAN y los 25 millones de personas que lo habitan requieren de una nueva vocación productiva.
Perfiles del campo
En esta década, el crecimiento de la producción de maíz alcanza 6.3 millones de toneladas, y las importaciones aumentaron 2.3 millones, casi sin modificación en la estructura total de consumo.
Enrique Quintana
enrique.quintana@reforma.com
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domingo, enero 06, 2008
Apertura agrícola del TLCAN
Les comparto el excelente cartón de Paco Calderón publicado en distintos medios el día de hoy.Lo que realmente quieren esas seudo organizaciones campesinas es conservar los subsidios que han recibido por décadas de parte del gobierno mexicano. Dinero que ha enriquecido a los "líderes" pero ha mantenido al campo mexicano en el atraso y abandono.
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