miércoles, marzo 26, 2008

 

Indignidad

"Quien no tiene vergüenza ¿qué bien tiene?".
Lope de Vega


En política hay días tristes. Éstos lo son. México está enfermo de indignidad. Para donde se mire aparece el mismo síndrome: el empequeñecimiento ético de los actores. Pareciera que han perdido la vergüenza, no respetan las normas escritas, pero tampoco un código mínimo de congruencia en la palabra dicha. No respetan a los ciudadanos, pero, peor aún, no se respetan a sí mismos. Digo peor aún, porque la falta de respeto a uno mismo conduce al cinismo. Hay mucho cínico conduciendo al país. Pareciera que estamos atrapados en un degradante círculo vicioso en el que el cinismo de unos da licencia al de otros. ¿Cuándo dio inicio este patético desfile? Difícil poner una fecha de nacimiento, más bien a la memoria viene una larga lista de indignidades recientes. Algo queda claro, empeoramos: no es un asunto de leyes sino de personas.

Cinismo el del ex candidato a la Presidencia y corredor de maratones que busca atajos. Qué imagen dejó entre los jóvenes. Cómo reparar el daño. Cinismo el del Gobernador de Puebla al no separarse de su encargo para facilitar la investigación sobre el terrible asunto de la pederastia denunciado por Lydia Cacho (ver el más reciente número de Enfoque). Cómo erradicar las dudas sobre su posible involucramiento. Cinismo el de los padres de familia de los mexicanos asesinados en Ecuador al fingir demencia frente a los hechos, pero también cinismo de los medios que erigen nuevos héroes a conveniencia del rating. Cinismo el de los dirigentes deportivos que no asumen ninguna responsabilidad ante las derrotas. Cinismo el del ex Gobernador de Morelos, quien tampoco se separó de su encargo durante las investigaciones que lo vinculaban con el narcotráfico.

Cinismo el de los múltiples saltimbanquis de la política capaces de hacer triples saltos mortales y nunca quedar fuera de la nómina. Cinismo el autosecuestro del ex Gobernador de Oaxaca. Cinismo del Secretario de Gobernación al no aceptar un error ético y además ¡querer vendernos su sacrificio personal al aceptar el puesto! Cinismo el de AMLO, profundo cinismo, con muchos capítulos, el increíble retorno de Bejarano y Padierna o, el más reciente, enrolar a 10 mil mujeres para sus nuevos "cercos". Cinismo el de los señores legisladores que no desaprovechan oportunidad para ausentarse y aumentarse ingresos y prestaciones. Cinismo el del ex Gobernador de Zacatecas y actual Senador al encorsetar a su sucesora.

El cinismo encontró un nuevo doloroso capítulo. La vergonzosa elección del PRD no es un asunto exclusivo de los perredistas. Es una tragedia política que afecta a uno de los tres principales partidos políticos nacionales. No vale la pena repetir la infinita lista de irregularidades y chanchullos que van del padrón inflado en millones, a la participación de gobernadores, al robo de urnas, a la incapacidad de brindar resultados confiables. La elección del domingo 16 ratifica una de las tradiciones de ese partido, vergonzosa tradición: procesos internos pestilentes. Se dirá ahora que hay una campaña de desprestigio montada desde los más altos niveles. Algunos actúan como si lo ocurrido fuera normal, nada hay de qué asombrarse. ¿De verdad no tienen nada de qué avergonzarse? Eso es pérdida del sentido de realidad o vil cinismo.

Los partidos políticos son entidades de interés público cuyas actividades son sufragadas por la ciudadanía. Esos dineros podrían ir a dar a escuelas, hospitales, carreteras. Pero se considera que el fomento de la vida democrática merece esa inversión que es muy cuantiosa. Son los partidos políticos los encargados por ley de difundir una cultura democrática, cultura democrática que comienza por la vida interna, cultura democrática que es el sustento último de las democracias. Por más que se mejoren las leyes, por más candados y contrapesos que se interpongan, si el comportamiento ciudadano es fraudulento nada lo contendrá.

Más allá de izquierdas o derechas, el PRD nació de la fatídica elección del 88, sacudiendo al sistema presidencialista y autoritario. Nació con la consigna de impulsar, lo dicen sus siglas, una revolución democrática. Con sus críticas y aportaciones, sumadas a las de otros partidos, se modificaron las instituciones políticas que hoy nos rigen. La alternancia en el 2000 fue en parte producto de esa apertura política. Pero el origen democratizador se ha desfigurando, perdido, al grado de que hoy muchos ciudadanos, allí están las cifras, desconfían de ese partido, de su papel en las instituciones y por supuesto de su "líder moral". A 20 años de aquel cisma político, el PRD es un partido con un gran caudillo -figura contraria a un espíritu democrático moderno-, un partido que reedita las peores mañas del sistema autoritario. Paradojas: han traicionado el origen que les dio la vida.

¿Es el comportamiento de sus militantes un referente confiable para la democracia mexicana? Eso es lo que está en juego. Con qué cara van a mirar a la ciudadanía que les da votos y dinero después del patético espectáculo de la elección, con qué cara van a seguir reclamando que el proceso electoral del 2006, en que participaron decenas de millones de mexicanos, no es válido si son incapaces de comportarse institucionalmente. Hoy cosechan lo que han sembrado, brutal arribismo, caudillismo galopante y enfermizo y la degradación que trae la lucha por el poder y la pérdida de principios, entre ellos el de la dignidad. Es dramático.

Federico Reyes Heroles





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