martes, enero 08, 2008
Apertura en maíz: ruido y hechos
Si a partir de este enero se hubiera permitido la importación de maíz libre de arancel por primera ocasión; si no hubiese existido un recorte gradual de los impuestos a la importación desde 1994; si la producción dominante en el País fuera la de maíz amarillo y no blanco; si Bush no hubiera impulsado el uso del maíz para producir etanol; si no existiera un incremento de la demanda mundial; si no hubieran pasado todas esas cosas, otra sería la historia.
Pero todo eso ocurrió y ha dejado a los productores de maíz en condiciones favorables para enfrentar la apertura final del 2008 o, por lo menos, sin el riesgo de ser arrasados por las importaciones. La apertura a la libre importación de maíz es una oportunidad política y emocional para tratar de levantar nuevamente una corriente en contra del libre comercio.Pero vamos por partes para entender lo anterior.
Cuando arrancó el Tratado de Libre Comercio, en 1994, la cuota de importación al maíz proveniente de Estados Unidos era de 206.4 por ciento. El año pasado, el arancel que se pagó fue de sólo 18.2 por ciento. El cambio más importante ya había ocurrido. Pero además, se establecieron cupos para poder importar maíz libre de arancel, que fue de 2.5 millones de toneladas en 1994 y el año pasado ya fue de 3.6 millones con importaciones totales de maíz que se estiman en casi 8 millones de toneladas del año pasado.Si tuviéramos un mercado en el que la producción nacional no lograra colocarse y en el que llegara por primera vez y de manera masiva la importación, entonces la amenaza para los productores sería realmente muy grande.
La importación, fundamentalmente de maíz amarillo, no se ha hecho para desbancar la producción nacional, sino fundamentalmente para cubrir lo que no se produce en México y se han destinado a las industrias almidoneras, cerealeras, harineras, de frituras y al sector pecuario. A lo largo de los últimos años, ha cambiado la dieta de la población y hay un mayor consumo de maíz amarillo, procesado en la industria o usado como alimento para animales. Si la producción dominante en México fuera de maíz amarillo, la competencia con las importaciones sería diferente, pero el cultivo dominante es el de maíz blanco.
El otro factor que está presente en la coyuntura es la situación del mercado internacional, que ha tenido un cambio estructural en los últimos años. La demanda del maíz para la producción de etanol en Estados Unidos, así como el crecimiento de la demanda mundial como insumo pecuario por los cambios en los hábitos alimenticios de China e India, han determinado incrementos de precios de hasta 100 por ciento en un par de años. En nuestro País, de acuerdo con el Banco de México, el incremento de los costos del maíz como insumo para la producción fue de 48 por ciento en los últimos dos años. Esta coyuntura es muy favorable para los productores en un mercado en el que ellos tienen el control.
Pero además, en el debate que se ha producido en las últimas semanas, los grandes ausentes -como casi siempre- son los consumidores. Se habla de los cientos de miles de productores de maíz, pero nadie alza la voz por las decenas de millones de consumidores de este grano en México. Desafortunadamente, las condiciones del mercado internacional van a impedir que la eliminación total del arancel signifique una reducción de precios.
Este cuadro no implica que a los productores de maíz en el campo mexicano les esté yendo bien de manera generalizada. Hay la polarización que es casi costumbre en México. Mientras productores como los de Sinaloa se benefician de los subsidios y son altamente competitivos, con empresas rentables, hay cientos de miles que siguen produciendo en condiciones de atraso y que utilizan una buena cantidad para el autoconsumo, directa o indirectamente, alimentando con él a los animales de traspatio que tienen. Esa condición de atraso del campo mexicano ni va a empeorar ni va a ser resuelta con la apertura. Para cambiarla se necesitaría una nueva vocación agrícola para cultivar productos más rentables así como el desarrollo de actividades industriales en el campo.
En contra de lo que se cree, la reducción relativa de la población en el campo ha sido mínima, de apenas 3 puntos porcentuales desde que existe el TLCAN y los 25 millones de personas que lo habitan requieren de una nueva vocación productiva.
Perfiles del campo
En esta década, el crecimiento de la producción de maíz alcanza 6.3 millones de toneladas, y las importaciones aumentaron 2.3 millones, casi sin modificación en la estructura total de consumo.
Enrique Quintana
enrique.quintana@reforma.com
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domingo, febrero 04, 2007
Mitos y Mercados
Siguiendo con las clases de economía básica, a veces leer libros o editoriales completas pudiera parecer aburrido, así que quizá entender cómo funciona el mercado pudiera facilitarse con un cartón, como éste de Paco Calderón.Y no nada más de economía, hay que saber de orografía y agricultura para entender que nunca podremos ser autosuficientes en maíz, al menos no al mismo nivel de eficiencia que las grandes praderas americanas.
saludos
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sábado, enero 27, 2007
Todo tiempo pasado... ...ya se fue
Algunas personas que hoy tienen 40 años o más están nostálgicas del mundo que teníamos cuando empezaron su vida productiva en las épocas en las que Salinas llegaba al gobierno o incluso antes.
Hay muchos que tienen la sensación de que la vida era mejor antes de que nos embarcáramos en la aventura de la apertura económica y comercial que comenzó en 1985, cuando el Gobierno de De la Madrid decidió abrir la economía mexicana unilateralmente.
Quisieran que regresáramos a esa economía en la que el Estado era protector y fijaba los precios de tortilla y muchos productos más; cuando los chinos estaban lejos de ser una amenaza para los productores nacionales; cuando el Muro de Berlín estaba en pie y muy pocos esperaban que cayera pronto; cuando los trabajos eran seguros y para toda la vida, entre muchos otros ingredientes del pasado.
Con frecuencia, estos nostálgicos nos recuerdan que en la etapa del desarrollo estabilizador, con la economía cerrada y alejada de la globalización, crecimos a tasas promedio de 6 por ciento al año, las que ahora parecen inalcanzables.
El pequeño problema con el que nos enfrentamos es que el reloj sólo camina en un sentido.
El mundo en el que hoy vivimos tiene a China con todo lo que ello implica; el Muro de Berlín cayó hace muchos años y... la globalización no es una opción que podamos elegir. Se trata de un hecho que no tiene vuelta de hoja.
Como dice Joseph Stiglitz en su libro más reciente: en todo caso, hay que hacer que funcione.
Para garantizar que la economía mexicana pueda crecer a una tasa suficientemente elevada para generar cerca de un millón de nuevos empleos cada año no se requiere colocarse en un pasado que ya no va a volver aunque lo quisiéramos, sino, por el contrario, avanzar hacia el futuro.
La reflexión anterior no tendría sentido si no estuviera presente en América Latina esa tentación. No sólo se trata del reiterado caso de Chávez sino de otros regímenes, como el de Bolivia o Ecuador, y algunos más que pueden verse tentados a dar un golpe de timón como el de Argentina, Uruguay, Brasil, Perú y Nicaragua.
No es una broma. Hay una parte del mundo que pretende moverse hacia el pasado y otra muy importante que puede verse tentada a hacerlo.
No es imposible que, resultados electorales al margen, haya muchos que así quieran hacerlo en México.
El primer problema es que no se puede. Y el que segundo es que no nos conviene.
Ojalá que en su primer visita al Foro Económico Mundial de Davos, en su calidad de Presidente de México, Felipe Calderón pueda percibir con más claridad las direcciones en las que se está moviendo el mundo, en especial las naciones que han logrado éxitos económicos y que asimile las lecciones que nos dejan esos casos.
Hay que moverse en el único sentido que es posible hacerlo en el tiempo: hacia delante.
Inflación
Quizás algunos pensaban que el índice de precios al consumidor de la primera quincena de enero tendría que ser extremadamente elevado y resultó que apenas fue del 0.33 por ciento.
¿Se trata de un truco del Banco de México o de lo que realmente aconteció?
No hay truco. Las mediciones son transparentes. Lo que, en todo caso, puede haber, es una inadecuada ponderación de los ingredientes que componen el índice de precios pero eso habría que discutirlo.
De acuerdo con los datos que tiene el banco central, en promedio, los hogares mexicanos destinan el 22.7 por ciento de su gasto a alimentos, que es lo que ha aumentado de precio en mayor grado en lo que va del año.
El incremento quincenal de los alimentos fue de 0.46 por ciento y la tasa anual se ubicó en 6 por ciento. Sólo por contraste, por ejemplo, la ropa aumentó a una tasa anual de 0.9 por ciento o los muebles lo hicieron a un ritmo de 1.5 por ciento.
Desde luego que los hogares que destinan una proporción mayor de su gasto en alimentos son los que más resintieron este impacto.
En el controvertido caso de la tortilla, el incremento es de 4.75 por ciento en promedio nacional durante la primera quincena de enero. Si el cálculo se hace respecto a la cifra de hace un año, entonces el aumento es de casi 20 por ciento en promedio.
Del otro lado, hubo alimentos cuyos precios bajaron en la primera quincena del mes. El jitomate redujo sus precios en promedio en 14 por ciento.
Quienes destinan una proporción elevada de su gasto a tortillas, desde luego que habrán resentido una mayor pérdida de su poder adquisitivo que en el promedio.
Lo que, sin embargo, es un hecho, es que no hay una erupción inflacionaria, como podría anticiparse por la impresión de las últimas semanas.
Esperemos que las cosas sigan así.
Enrique Quintana, El Norte, 26 de enero 2007
enrique.quintana@reforma.com
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Esos tiempos ya se fueron, pero aún hay muchos populistas tratando de revivirlos.
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viernes, enero 26, 2007
Lo que la tortilla nos dejó
Un problema que comenzó como una calamidad -el alza en el precio de este alimento básico más allá de los 10 pesos por kilo-, abrió las puertas de un tema mucho más complejo, con múltiples aristas, que permite revisar varios asuntos interrelacionados que son vitales para concebir el futuro económico de México.
De la ruta que va de la tortilla al zurco, lo primero fue tratar de contener a los acaparadores y a quienes monopolizaban la comercialización agrícola; lo segundo, entender que los precios internacionales del maíz, impactan a nuestra cadena productiva. Simplemente no somos una isla en el mundo, la globalización de los mercados no es una hipótesis teórica, sino una necia realidad que se impone sobre los aislacionistas.
Lo que ha seguido son los esfuerzos por hacer que el impacto de ese mercado mundial, distorsionado, porque nadie puede seguir defendiendo el credo de que los mercados son perfectos, no deje sin alimento a los mexicanos, sobre todo a los que menos tienen.
Por delante está la tarea de definir qué queremos hacer con nuestro agro que, de acuerdo con la agenda del TLCAN, en 2008 tendrá que enfrentar la apertura comercial con Estados Unidos y Canadá, en condiciones de franca desventaja.
También parece que estamos a tiempo de definir si le entramos como país a la generación de etanol a partir de maíz o de caña de azúcar, que al parecer será una de las fuentes renovables de energía más solicitadas en un futuro cercano, una vez que economías como la estadounidense estén dispuestas a quitarse de encima la dependencia del petróleo. Actualmente no producimos gran cosa de etanol, pero una política de fomento a dicho sector debe analizarse por sus méritos, no por los mitos, aquellos de si somos o no un pueblo de maíz
Además, lo sano del debate democrático es que también podamos ponderar las atribuciones del Estado para intervenir en determinados mercados en favor de la población. Controles de precios y subsidios volvieron a adquirir vigencia en el contexto de estas dos semanas. Hay quienes plantean que no debe ser política sistemática; a otros les parece lo contrario. En lo que nadie puede estar en desacuerdo es en el reto más profundo: ¿qué hacemos con la pobreza? La estamos simplemente sobrellevando o realmente se trata de resolverla.
El debate del maíz y la tortilla, con todas sus implicaciones, es tan complejo que debe partir de consideraciones técnicas, sin partidismos. Se necesitan soluciones realistas, pragmáticas y con alto sentido social. No hay espacio para el dogmatismo. La pobreza no es propiedad de nadie, es responsabilidad de todos; eso es lo que debería recordarnos la tortilla.
Editorial de El Universal, 26 de enero 2007
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Soluciones pragmáticas, eso es lo que requerimos. Los campesinos necesitan ganar más, son de los más pobres entre los pobres en México. ¿Cómo pueden ganar más sin afectar a los consumidores? Porque la fácil, como muchos demagogos y populistas han hecho y propuesto, es subsidiar al campo. Pero eso no resuelve nada, prueba de ello es que el campo sigue igual. ¿Y si se aumenta el precio del maíz? Tampoco es una solución viable, pues como ya vemos afecta a los consumidores, y no todos los pobres son campesinos que siembra maíz. ¿Entonces? Que los campesinos siembren lo que más les reditue, con mayor eficiencia. Los dogmatismos, paradigmas, de que somos el pueblo del maíz, ya no tienen cabida en el siglo XXI.
Si hoy en día la tonelada de maíz se paga por arriba de los 2000 pesos, pues que siembren maíz, pero de manera eficiente, produciendo más de 8 toneladas por hectárea. Y si no es redituable por la orografía, el clima, o la extensión de tierra pequeña, pues ahí están las hortalizas. Y si México no es autosuficiente en un alimento no importa. Lo que importa es que la población tenga los suficientes ingresos como para comprar sus alimentos, sin importar donde hayan sido producidos. Por eso hay que producir, sembrar, fabricar, lo que nos deje más dinero, para lo que somos buenos, lo que sea más rentable.
¿Lo entenderán los populistas?
Dany Osiel Portales Castro
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miércoles, enero 24, 2007
El encanto populista de los controles de precio
Los gobiernos han tratado de fijar precios mínimos o máximos en todas partes y desde tiempos ancestrales. En México está muy arraigada la idea de que las decisiones burocráticas sobre la asignación de recursos solucionarán nuestros problemas económicos. De hecho, al ver la reacción del público ante las intromisiones gubernamentales, uno podría decir que somos víctimas del encanto de los controles. Ello no justifica, sin embargo, que una de las primeras acciones del gobierno de Felipe Calderón haya sido la interferencia con la operación del mercado en el caso de la tortilla y el maíz, ante el escándalo que se suscitó con el aumento del precio de esos productos.
El alza se debe, en gran parte, al incremento de precios internacionales del maíz por su uso creciente en la producción de etanol, y en menor medida a la política oficial de entorpecer la importación libre del grano. Nada tiene que ver el argumento fantasioso de las autoridades y del Congreso que culpa de ello a los especuladores y acaparadores del producto; pero si bien esos señalamientos carecen de sustento económico, tienen en cambio un gran contenido político, por lo que no extraña la decisión de anunciar un programa que incluye, entre otras acciones, el acuerdo de un precio tope a la tortilla.
La dimensión política de esta intromisión en el mercado del maíz y la tortilla se aprecia mejor cuando la comparamos con la inacción de las autoridades ante las oscilaciones del precio del tomate durante el año. Maíz y tomate son productos del campo y su cotización depende, entre diversos factores, de las condiciones climatológicas y la producción global, pero hasta ahora nadie se ha avocado a señalar cuando sube de precio el tomate que ello es resultado, como ahora en el caso del maíz y la tortilla, de especuladores y acaparadores del producto.
La tortilla subió de precio porque el maíz subió de precio. Y esto sucedió porque la cotización internacional del grano se elevó, como mencioné antes, al demandarse para la producción creciente de etanol. La liquidez que existe en la economía debido a la política monetaria laxa de Banco de México facilitó la transferencia de precios a los consumidores.
La solución económica es dejar que los mercados acomoden los nuevos precios relativos, mientras que la solución política, que no confía en los mercados, se inclina por leyes que controlen "la especulación y el acaparamiento", que le establezcan topes a los precios que se pueden cobrar con el supuesto fin de simbolizar la oposición a la escasez que existe. La escasez duele, ya que significa que no puedo tener todo lo que deseo. Sin embargo, lo único que logrará el gobierno con estas medidas es acrecentar las distorsiones que ellos mismos crearon en el mercado de maíz y, por tanto, en el de la tortilla.
El atractivo político de los controles de precios es fácil de apreciar. Aun cuando fallan en proteger a muchos consumidores y perjudican a otros, los controles prometen proteger a grupos de consumidores que encuentran particularmente difícil pagar los incrementos de precios. A pesar del uso frecuente de controles de precios, y a pesar de la lógica superficial de su atractivo, los economistas nos oponemos por lo general a ellos. La razón es que los controles de precios distorsionan la asignación de recursos y cuando se introducen en mercados donde la demanda no se satisface con la producción existente a los precios anteriores, como sucede ahora con el maíz y la tortilla, sólo hacen que las cosas empeoren.
En los sectores donde se aplican controles se debilitan, por un lado, los incentivos para que los consumidores disminuyan su consumo, mientras que por el otro, se desalientan a los proveedores de hacer inversiones adicionales para aumentar la capacidad de producción que, en última instancia, es lo que aliviaría en definitiva la escasez.
Cuando el problema es la ausencia de mercados competitivos, la solución no son los controles de precios, sino atacar las causas de que no exista la competencia. En el caso del maíz y la tortilla, es una tontería afirmar que no existe un entorno de competencia para que el precio refleje adecuadamente las condiciones del mercado. En todo caso, el problema está en los controles arbitrarios a la libre importación del grano y no en el precio de la tortilla, que sólo refleja las condiciones del mercado internacional del maíz.
La reacción del Presidente Calderón es preocupante no sólo porque no resuelve el problema, sino porque nos hace creer que los políticos, en vez de la competencia en el mercado, son mejores para determinar el precio de los productos, lo que en la práctica es una fórmula segura para el desastre. Además, los techos "temporales" de precios tienen una forma muy curiosa de ser finalmente no tan temporales. Los techos a los precios deben verse como lo que son: parte del problema y no la solución.
Salvador Kalifa, El Norte, 24 de enero 2007
salvadorkalifa@prodigy.net.mx
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Hay que decirlo con todas sus letras, la decisión de un pacto para el precio de la tortilla es una medida populista. Y como tal aquí lo denunciamos. Que se habran los cupos de importación de maíz, pero sobre todo que se promueva el uso de mejores variedades y más tecnificación en el campo. Si todas las hectáreas que hoy se siembran con maíz produjeran 8 toneladas c/u, no tendríamos este problema. Pero ojo, el precio del maíz estaría por abajo de 1000 pesos la tonelada en perjuicio de los campesinos. No hay lonche gratis, ni para un lado ni para el otro.
Etiquetas: economia, maiz, populismo, precios, subsidios, tortilla
lunes, enero 22, 2007
La demagogia salarial nos amenaza
En las próximas semanas, la pretensión de un aumento salarial de emergencia va a estar en el primer plano.
A lo largo de los últimos días se ha demandado una revisión de emergencia de los salarios mínimos y más aumentos en los contractuales.
¿Está justificada desde el punto de vista económico esta demanda?
Nuevamente voy a ser impopular, pero creo que el planteamiento es básicamente demagógico.
Si hay preocupación por el poder de compra de los sectores más pobres, la opción es aumentar los subsidios directos con objeto de compensar temporalmente el efecto del mayor precio de la tortilla y de otros alimentos.
En las últimas semanas se ha dicho que la tortilla es esencial en el consumo de la población.
Para poder observar qué tan esencial es, hay que ir a las cifras. Las únicas disponibles respecto a lo que pesa la compra de tortillas en el gasto de las familias son las de la Encuesta de Ingreso-Gasto de los Hogares.
De acuerdo con la información del último estudio, que se realizó en 2004, gastan en la compra de tortillas de maíz el 80.8 por ciento de los hogares mexicanos, lo que significa que compran tortillas aproximadamente 21 millones de familias.
La que come más tortillas en México es la clase media.
Entre la población que se encuentra en los deciles 4 al 8, es decir, a la mitad de la tabla de la distribución del ingreso, en 9 de cada 10 hogares se compran tortillas.
El gasto promedio diario por cada hogar era de 4 pesos con 60 centavos cuando se hizo el estudio. Considerando el incremento promedio del kilo de tortilla, ese monto era de 5 pesos con 50 centavos al final del año pasado.
En las primeras semanas de enero, con el aumento promedio que se ha dado y que anda en el 25 por ciento, para comprar la misma cantidad de tortillas, el gasto llegó a 6.90 pesos al día en promedio.
En los sectores medios, el desembolso adicional que ha tenido que realizarse en este mes es de 1.40 pesos diarios, lo que equivale a 42 pesos adicionales al mes.
Las estimaciones de la misma Encuesta señalan que el gasto total que realizan los hogares ubicados en esos segmentos es de alrededor de 6 mil 200 pesos mensuales en promedio.
El impacto específico del aumento reciente en la tortilla en el gasto total es de 0.7 por ciento.
En el caso del 30 por ciento de los hogares más pobres, el impacto es mayor porque de su gasto total, poco más del 3 por ciento se realiza en tortillas y el gasto que efectúa cada familia es apenas del orden de 2 mil 900 pesos.
Sería muy bueno que los salarios mínimos pudieran incrementarse en términos reales en una proporción mucho mayor y que los salarios contractuales también se pudieran revisar muy por arriba de la inflación.
Dar tales aumentos sin que haya efectos inflacionarios es posible si la productividad del País crece.
Pero para que la productividad crezca, se requiere que tengamos un crecimiento del PIB de más de 5 por ciento anual de modo sostenido.
De acuerdo con la información disponible, la participación de los asalariados en el ingreso total del País ha tenido poca variación en la última década.
En 1995, el 29 por ciento del ingreso del País correspondía a los asalariados y en 2004 (último año con información disponible) esa proporción era del 28.8 por ciento.
Aunque en términos reales, el salario promedio de cotización del IMSS ha tenido un ligero crecimiento en los últimos años, ha sido poco significativo. Sin embargo, al menos desde los últimos años de la Administración de Zedillo y a lo largo del sexenio de Fox, se logró detener la caída de los salarios reales.
Hay dos realidades que a veces resulta difícil asimilar, pero que si somos honestos, debemos reconocer.
La primera es que hay un alto porcentaje de la población mexicana, alrededor de la mitad, que sigue bajo la línea de la pobreza, y a la cual cualquier incremento en los precios de los alimentos le implica una pérdida sensible.
Es a este sector al que se deben canalizar más apoyos, entregados de manera directa y transparente.
Pero, al mismo tiempo, la realidad es que el alza en los precios de la tortilla (todavía no hay información para valorar el impacto de todas las alzas) está lejos de justificar una revisión de emergencia en los salarios en 40 por ciento, como lo ha planteado el PRD.
Hay una obvia intención política en esa demanda, que tiene el propósito de ganar popularidad y restarla al Gobierno de Calderón, que, por supuesto, se va resistir a ella.
El Gobierno tendrá que enfrentar el reto de lograr que no se salga de control la conducción económica del País, aun si ello implicara una pérdida de puntos en las encuestas, como seguramente va a ocurrir.
Lo que sí debe cuidar Calderón es que no vaya a perder la legitimidad necesaria para emprender cuanto antes las reformas que por tantos años han quedado pospuestas en el País.
Enrique Quintana, El Norte, 22 de enero 2007
enrique.quintana@reforma.com
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miércoles, enero 17, 2007
López propone desde su "presidencia" subsidiar consumo de maíz
Expresó que para enfrentar la situación que el país vive por el aumento a productos básicos es urgente que se implemente un esquema de subsidio al consumo de esos productos, fundamentalmente el maíz, que es lo que genera las alzas en otros bienes básicos.
Di Costanzo, "secretario de la Hacienda Pública" del autodenominado "gobierno legítimo" de López Obrador, indicó que el subsidio consistiría en apoyos monetarios directos a la gente, como se hace en el caso de la leche Liconsa en el Distrito Federal con el gobierno de Marcelo Ebrard.
Señaló que el maíz que será importado es caro, cuando lo que debe hacerse de inmediato es establecer una política de subsidio al consumo y un programa de reactivación a la producción en el campo, en especial de dicho grano.
Recordó que en el proyecto de presupuesto para 2007 que propuso López Obrador se asentó una partida especial de nueve mil millones de pesos para atender el problema del maíz, con miras a la apertura de 2008 contemplada en el Tratado de Libre Comercio.
Agregó que la leche Liconsa, cuyo precio bajará de 4.50 a cuatro pesos, tendrá en realidad un incremento cercano a 15 por ciento y "si comparamos este aumento, aunque sea parcialmente subsidiado, es un alza de casi cinco veces más que el salario mínimo".
Etiquetas: AMLO, maiz, pobreza, populismo, subsidios
martes, enero 16, 2007
Lecciones de economía básica
México –que los medios de comunicación han magnificado hasta la histeria-
encierran cuatro valiosas lecciones de economía que, mucho me temo, vamos a
desperdiciar.
Lección uno: La ley de la oferta y la demanda funciona, aun para aquellos
que voluntariosamente se afanan en negarla, atenuarla, distorsionarla,
aislarse de sus efectos, posponerla. Cuando los inventarios totales de maíz
en EUA han bajado nueve por ciento de diciembre de 2005 a diciembre de 2006
(ver reporte del 12 de enero de 2007, del USDA) y cuando la oferta mundial
de maíz cayó 0.9 por ciento en 2006 respecto de 2005, en tanto que la
demanda mundial de maíz aumentó 3.5 por ciento en el mismo periodo (ver
reporte de la Universidad Estatal de Dakota del Sur), ¿qué sucede? Sencillo,
que los precios suben.
Lección dos: Los mercados – la gente, alguien, algunos- reaccionan
inteligentemente ante los precios altos (en este caso del petróleo y de sus
derivados) y buscan alternativas para ajustarse a la nueva situación, por
ejemplo: generar combustibles mediante insumos diferentes al petróleo, como
el maíz. En los seis años que han transcurrido de este siglo (2001 a 2006
inclusive) el consumo de maíz en Estados Unidos para producir etanol se ha
más que cuadruplicado. Así pues, los precios del maíz seguirán creciendo a
menos que rápidamente la oferta se ajuste al aumento de la demanda (poco
probable) o que los precios del petróleo se desplomen, desalentando
relativamente la demanda de maíz para producir etanol (evento incierto). Lo
inteligente es entender y atender lo que sucede en los mercados; lo estúpido
es ignorar los mercados, para entretenerse en fantasías demagógicas.
Lección tres: La liberalización o apertura comercial es el mejor aliado de
los consumidores en busca de precios bajos. La globalización es benéfica
para quienes menos tienen. Los políticos mexicanos, salvo excepciones, han
estigmatizado durante diez años la apertura comercial plena al comercio de
maíz –entre otros bienes- que habrá de darse en 2008, gracias al TLCAN. Hoy
esa apertura es su mejor aliado para bajar los precios. Ojalá hubiésemos
tenido dicha apertura desde 1994.
Lección cuatro: Los precios bajan por productividad, no por decreto. La
productividad promedio por hectárea de maíz en México es ridículamente baja
respecto de la productividad en esa materia en EUA y en el mundo. Aún en un
hipotético escenario sin subsidios agrícolas en EUA, los productores
mexicanos -también generosamente subsidiados- seguirían en desventaja. Lo
que, por cierto, comprueba palmariamente la existencia y los efectos de las
ventajas competitivas y de las ventajas comparativas. Pregunta: ¿Estamos
aprendiendo estas lecciones básicas o estamos lidiando el problema
"políticamente", a periodicazos?....
Ricardo Medina Macías, DF.
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Bien, lo que tiene que suceder, ¿qué crees?: Siempre termina por suceder. La
inflación es un fenómeno que tiene que suceder porque los bancos centrales
lo provocan artificialmente de vez en vez con su emisión desbordada de
dinero y crédito, intentando evitar otro fenómeno que también es inevitable
(sólo que, en vez de artificial, éste es natural en el sistema capitalista
que nos rige): los descensos en la secuencia de ciclos económicos. Una y
otra vez, los políticos y financieros amos del pandero gritan que "¡No es el
momento!" de una baja en el ciclo.
Consecuentes, los bancos centrales obedecen a ese grito desesperado y "toman
medidas" que ellos, siguiendo a Keynes, llaman "contracíclicas". Esas
medidas, en realidad, es una sola medida: aumentar la "liquidez" del
sistema. O sea, inflan artificialmente el circulante y atizan el crédito vía
el sistema bancario; crean dinero de la nada (pues se supone que eso
estimula la demanda, que a su vez activa la oferta, etcétera, sólo que ese
chulada de proceso es más pura teoría que realidad sólida). Con eso los
macro-economistas manipuladores aprendices de brujo se sienten muy chichos
porque "vencen" la tendencia normal.
Pero, claro, con esa medida solamente retrasan (y agravan) el problema:
piensa en un resorte que ellos comprimen y comprimen hasta que a la postre
la fuerza es demasiada y el resorte avienta una patada de regreso más
potente según haya sido la fuerza que antes lo comprimió. En fin, de todos
modos ellos siempre creen que "resuelven" el problema, aunque sólo sea por
un rato. Entonces la economía recupera su crecimiento, al menos a la tasa
ranita a que nos acostumbró la tríada Gil-Ortiz-Fox. Luego viene el rebote y
otra vez se pierde la estabilidad. En esta fase de rebote
(inflacionaria-devaluatoria, genéricamente conocida como "crisis") estamos
entrando. Adelante, secretario Carstens, la señorita tortilla le extiende la
más cordial bienvenida.
Guillermo Fárber, SIN/DF.
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Pues son lecciones muy básicas de economía, lamentablemente en México esta
educación no se le da a la gente en general, sólo unos cuantos tenemos
acceso a esta información. Por eso muchos luego luego piden subsidios,
precios controlados y otras barbaridades que ya esta más que probado que no
funcionan. Al contrario, dichas medidas en el mediano y largo plazo causan
más pobreza, desabasto, inflación y por ende, empobrecimiento de la
población. ¿Hasta cuándo aprenderemos?
Dany Osiel Portales Castro
Etiquetas: economia, globalizacion, maiz, precios
lunes, enero 15, 2007
AMLO y los monopolios
A este problema no es ajena la existencia de un monopolio que la prensa de López Obrador no se atreve a llamar por su nombre. Y, hay que decirlo, López Obrador recorre el país con una súbita y febril actitud enemiga de los monopolios que no tiene un ápice de credibilidad. Está furioso contra los monopolios... ahora, ya que perdió las elecciones. Pero en campaña nunca los mencionó como un freno al desarrollo nacional. Y cuando gobernó la capital del país los consintió, coqueteó con ellos, les dio a ganar muy buen dinero público, se fotografiaba con las cabezas de esos monopolios y les hablaba de tú a los capitostes del sector monopólico de la economía para dar a entender que eran sus amigos. ¿De cuándo acá López Obrador salió muy gallo contra los monopolios? En cada discurso se lanza contra ellos. ¿Por qué ahora?
Duro está López Obrador contra el monopolio de la telefonía que encabeza el consorcio de Carlos Slim. ¿Y por qué nunca lo mencionó en campaña? Al contrario, durante su gobierno López Obrador le entregó el Centro Histórico de la Ciudad de México a Carlos Slim. Lo invitaba a todos su actos, a los que algunos de ellos efectivamente asistía el ahora aborrecido capitán de un monopolio impresentable. Sí, Slim tiene un monopolio que encarece los servicios de telefonía en México y por eso una llamada de teléfono fijo a un celular es 134 por ciento más cara aquí que en Estados Unidos. Apenas ahora se acuerda López Obrador que en México pagamos 260 por ciento más que en Estados Unidos por el internet de banda ancha. Que pagamos 230 por ciento más por llamadas de larga distancia nacional. ¿A poco no sabía eso López Obrador cuando estaba en campaña? ¿No tenía la menor idea de cómo Slim se ha convertido en el segundo hombre más rico del mundo, a "sólo" siete mil millones de dólares de distancia de Bill Gates? Cuando se reunía con él, cuando lo agasajaba, cuando lo presumía en sus caminatas por el centro, ¿no sabía con quién se paseaba para ser retratado? López Obrador montó en cólera contra Slim porque el empresario se deslindó de él cuando no aceptó el resultado de las elecciones, tomó Reforma y empezó a echar improperios con ventilador. Fue un rompimiento por motivos personales, y no porque Slim sea la cabeza de un monopolio.
En sus nuevos discursos, en que arremete contra los monopolios que efectivamente existen en el país, López Obrador se lanza contra Cemex de Lorenzo Zambrano. En todos los mítines se le va al cuello a Cemex. ¿Por qué? ¿Hasta ahora viene a descubrir que pagamos 223 por ciento más que los estadunidenses por el cemento gris? ¿De dónde le salió la ira contra el monopolio del cemento? En campaña nunca lo mencionó. Y como jefe de Gobierno le dio a ganar a Cemex con contratos considerados leoninos para la ciudad. A Cemex le hizo el favor de recibirle cemento para los segundos pisos, a cambio de predios en la zona dorada Santa Fe que valen oro. Así se comportó con los monopolios cuando fue gobernante y cuando fue candidato. Y ahora, de pronto, le subió la fiebre antimonopólica. ¿Se puede creer en su sinceridad?
A Televisa está duro y dale con el asunto del monopolio. En cada discurso les suena. Tremendo contra el consorcio de Emilio Azcárraga Jean. Pero cuando fue jefe de Gobierno les pagó hasta las ganas. La auditoría de la Contaduría Mayor de Hacienda de la Asamblea del DF detectó e hizo público que el gobierno de López Obrador pagó a Televisa por spots que nunca salieron al aire. Estaba feliz con "Emilio", como familiarmente le decía. Y desde luego tenía un trato de primera en Televisa. Entrevistas extensas, como a nadie. Y nunca dijo acuso de monopolio a esa empresa a la que, dicho sea de paso, debería tenerle gratitud. Además, Televisa dejó de tener el monopolio de la televisión comercial en 1993. López Obrador rompió con Televisa y se acordó del discurso anti monopolios, cuando la televisora no lo siguió en su aventura de desconocer al gobierno constitucional. Su ruptura no fue por la existencia de un monopolio, sino por una razón personal.
En su nuevo traje, López Obrador grita a todo pulmón contra el abandono al campo. Sí, claro que se ha abandonado al campo. ¿Y dónde estaba y con quiénes estaba López Obrador cuando se relegaba al campo. El sábado José Carreño publicó en estas páginas que en el gobierno de Ernesto Zedillo, entre 1995 y 2000 se desplomó el programa de apoyos al sector rural: el presupuesto de Procampo cayó de dos mil millones de dólares en 1994 a menos de 500 millones en 2000. Además -continúa Carreño-, se le quitó el apoyo a más de 600 mil campesinos y se redujo la superficie apoyada en 100 mil hectáreas. Recordemos también que en el gobierno de Zedillo quitó del padrón de beneficiarios de tortilla gratuita a un millón de niños. ¿Dónde estaba entonces el ahora indignado López Obrador por el abandono al campo? Era presidente del PRD, y como tal declaró que él y su partido serían soldados para defender al presidente Zedillo de fuerzas oscuras, según se registra en una memorable declaración suya hecha en Veracruz y recogida a ocho columnas por La Jornada. Nada dijo contra el desmantelamiento del apoyo al campesino. Ahora va a hacer una marcha a favor de los campesinos y en contra del alza a la tortilla. Que marche, pero... ¿qué va a decir?
Tal vez repita lo que dijo el sábado en Zacatecas: "el incremento al precio de la tortilla no tiene que ver con especulaciones ni nada parecido, sino con la dependencia que México tiene de Estados Unidos". Después acusa al monopolio de Maseca que "controla el 85 por ciento (sic) de la comercialización de la harina de maíz". Entonces, ¿el problema es la dependencia de EU o el monopolio de Maseca? No tiene la menor idea de lo que dice. En México la tortilla se hace con maíz blanco, del cual somos autosuficientes. Aquí se producen 20 millones de toneladas anuales de maíz, de las cuales 18.7 millones son de maíz blanco. Para consumo humano se necesitan diez millones de toneladas de maíz blanco al año. Hay de sobra. Por eso se han autorizado exportaciones. Y hay quienes lo destinan al consumo animal. Donde no somos autosuficientes es en la producción de maíz amarillo (1.3 millones de toneladas al año), que sirve para forraje de aves, ganado vacuno y otros animales de engorda.
Lo que tenemos, efectivamente, es un monopolio en la harina de maíz. Maseca controla el 80 por ciento (y no 85 como dice AMLO), mientras que el 20 por ciento restante es abastecido por 70 mil tortillerías de nixtamal. Ahí hay un problema severo, que lo sintetiza con precisión Jorge Medina Viedas en su artículo de ayer en Milenio: "si se protegen a los monopolios como ha ocurrido en este país, al presentarse una crisis mundial del precio del maíz, son éstos los que imponen localmente la política de precios, y los que a la corta y a la larga, van a reproducir los desequilibrios y las injusticias". ¿Sabrán algo de eso los que convocan a marchar contra el alza al precio de la tortilla?
Pablo Hiriart, La Crónica de Hoy, 15 de enero 2007
phiriart@cronica.com.mx
Etiquetas: AMLO, CEMEX, maiz, monopolios, PRD, Televisa, TELMEX
miércoles, enero 10, 2007
Rebasar por la izquierda??
Les comparto éste excelente cartón de Paco CalderónPara entender mejor a qué se refiere éste cartón, leer la editorial de Enrique Quintana a continuación.
Etiquetas: economia, etanol, inflacion, izquierda, maiz, petroleo, precios
No al populismo de los precios controlados
De repente han surgido de nuevo afanes controladores que piden detener a como dé lugar el alza de la tortilla.
El alza al precio de la tortilla no es de esta semana y no se va a detener. De repente pareciera que algunos se dieron cuenta de que ya no existía precio controlado y que costaba cada vez más caro el kilo.
Y también han surgido las voces que dicen que hay que regresar al esquema de controles. El razonamiento parece muy simple. Si la tortilla es un producto que consumen los sectores con menores ingresos y hay que evitar el deterioro del poder adquisitivo de estos grupos, pues simplemente hay que ponerle un freno a su precio con un decreto y asunto arreglado.
El problema es que esa forma de gestionar la economía dio lugar a quiebras, desabastos, mercados negros y enorme corrupción.
Pero el pasado no está tan distante. La propuesta de Ley de Precios Competitivos que planteó el "gobierno legítimo" de AMLO disfraza el regreso del control de precios con el lenguaje de la competitividad.
Un sistema de precios es simplemente un sistema de información en el organismo económico. Cuando se controlan los precios, generalmente lo que se hace es impedir que ese sistema de información funcione y se le reemplaza por las decisiones burocráticas que toman los que definen los precios controlados.
Esto no quiere decir que los gobiernos deban renunciar a las políticas sociales. Pero es mucho más sensato, por ejemplo, operar un sistema como el de Oportunidades o como el de los "viejitos" en la Ciudad de México, por citar dos de gobiernos y tendencias diferentes, que un esquema de control de precios.
Cuando el subsidio se da directamente al consumidor y se le entrega en efectivo, es seguro que él pueda asignar de mejor manera los recursos que si el subsidio se opera a través de los controles de precios.
Voy a ser impopular con esta afirmación, pero el peso específico que tienen las tortillas en el gasto de los hogares es mucho menos de lo que usualmente se piensa. En el total de los hogares mexicanos, el gasto en tortilla es el 1.37 por ciento del total.
En el segmento de los hogares más pobres, la proporción del gasto que se destina a tortillas es de 0.4 por ciento mientras que el 10 por ciento de más ingresos gasta el 1.8 por ciento en este producto. Los ricos comen más tortillas.
El problema de fondo no lo podemos ocultar con ningún control de precios. Lo que está ocurriendo es que en los últimos meses se ha dado un uso alterno al maíz, específicamente en la producción de etanol y biodiesel. Esto ha incrementado la demanda y la oferta no se ha movido al mismo ritmo.
La consecuencia es que el maíz se está encareciendo en casi todo el mundo y que el precio de la tortilla ya se había incrementado en 13.6 por ciento el año pasado y había sumado un 30 por ciento en los últimos 3 años.
No hay que engañarse, mientras no haya un fuerte incremento de la oferta a nivel mundial, lo más probable es que en los siguientes meses, el precio del maíz y con él, también el de la tortilla, sigan para arriba.
Voy a ser reiterativo deliberadamente, pero el camino para que esto no impacte en el poder adquisitivo de los grupos de menores ingresos, no es el control.
Las vías para minimizar el impacto son dos.
La más importante de ambas es el crecimiento y el empleo. Una economía en el que hay un crecimiento que es a su vez generador de empleos y de ingresos estables va a dar a las familias el margen para que este aumento de precios no sea relevante.
La segunda vía es que mientras que los sectores más pobres no puedan incorporarse al empleo, debe haber recursos del Estado que se entreguen directamente a los consumidores. Puede ser a través del pago de efectivo o de entrega en especie, en los lugares en los que haya deficientes sistemas de distribución.
El alza de la tortilla tiene otra cara que casi nunca se ve, la oportunidad que representa para los productores rurales.
De hecho, el uso del maíz como combustible puede abrir una opción a los productores del campo para que puedan generar ingresos en los sectores más pobres de las áreas rurales si se sabe aprovechar adecuadamente y se promueven programas de desarrollo.
Ya hay muy pocos que se acuerden -uno empieza a sentirse viejo por recordar estos hechos-, pero el desarrollo estabilizador que tanto enorgulleció al País en los 60 no se quebró sólo por obra y gracia de Echeverría, sino por los controles de precios a los productos agropecuarios.
Se logró mantener la inflación baja, es cierto, pero a costa de descapitalizar el campo y propiciar una masiva importación de mercancías. Al final, el déficit agroalimentario fue una de las causas de que la estabilidad ya no pudiera sostenerse y todo reventara finalmente con la devaluación de 1976.
Ojalá haya quedado bien asimilada la lección.
Enrique Quintana, El Norte, 10 de enero 2007
enrique.quintana@reforma.com
Etiquetas: economia, etanol, maiz, precios, subsidios, tortilla
