sábado, julio 12, 2008
Cuba ¿comunista?
(12 julio 2008, El Norte).- LA HABANA.- El Presidente de Cuba, Raúl Castro, anunció ayer a los cubanos que la situación económica del país obliga a un mayor control de recursos, a producir más, a aplicar impuestos e impide un rápido aumento salarial.
Al clausurar la primera sesión parlamentaria desde que asumió la presidencia de Cuba hace cinco meses, el General de 77 años emitió un discurso de casi una hora en el cual arremetió contra el derroche, la ineficiencia, la negligencia y el robo entronizado en el país.
"¡Hay que virarse (volver) para la tierra! ¡Hay que hacerla producir! (...) No puede quedar una hectárea apta sin sembrar", alertó el Mandatario, en la primera sesión anual del Parlamento.
Vestido de guayabera blanca, Castro advirtió que la crisis internacional puede empeorar y llevar a Cuba a hacer ajustes en la economía.
"Es inevitable que sufriremos cierto impacto en determinados productos y servicios", advirtió.
En ese sentido, Castro advirtió de la urgencia de elevar la producción agrícola en el país y revertir definitivamente la tendencia al decrecimiento del área de tierra cultivada, que entre 1998 y 2007 disminuyó en un 33 por ciento.
El Presidente añadió que la demanda social de aumentar y darle valor al salario dependerá de la situación económica del país.
"Es mi deber expresarlo con franqueza, pues no sería ético crear falsas expectativas. Decir lo contrario sería engañarlos", subrayó, y reiteró la disposición de su Gobierno de pagar a cada quien según su rendimiento.
"Igualdad no es igualitarismo. Éste, en última instancia, es también una forma de explotación: la del buen trabajador por el que no lo es, o peor aún por el vago", destacó.
Raúl Castro agregó que para elevar los salarios debe haber orden, control y rigurosa exigencia que aseguren eficiencia, ahorro y eviten robos o desvíos de recursos.
Anunció que, ante la falta de fuerza laboral y el envejecimiento de la población, se someterá a consulta un plan para aumentar en cinco años la edad de jubilación -60 a 65 los hombres y 55 a 60 las mujeres-.
Afirmó que se estudia también la posibilidad de autorizar el "pluriempleo", para que los trabajadores puedan percibir más ingresos.
También destacó que aplicará lo que llamó un "adecuado sistema de impuestos" y señaló la necesidad de eliminar gratuidades indebidas.
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Aumento de impuestos e imposibilidad de incrementar rápidamente los salarios. Incremento de salarios dependiente de la situación económica del país. Incrementar la edad de retiro. Y la joya: "Igualdad no es igualitarismo". Cada quien debe ganar según su rendimiento individual. ¿Qué tal? ¿Quién lo hubiera dicho? En Cuba ya están haciendo sus reformas. Y aquí en México estos conceptos no son políticamente correctos. Aquí en México pedir esas cosas es atentar contra los logros sindicales, es atentar contra los trabajadores. Aquí en México no se puede pensar en inversión privada o en una reforma laboral que premie a quien más lo merezca. ¿Por qué? Que alguien me explique.
¿Será que en Cuba no hay corrupción y allá si funcionará eso? :-)))
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domingo, agosto 26, 2007
¿Por qué (tendríamos una izquierda moderna)?
¿Dónde están los genes, o los resortes, de ese entrampamiento? Para responder esta pregunta hay que analizar las distintas corrientes y afluentes de lo que en México llamamos izquierda. Veamos.
La tradición priista, nacionalista-revolucionaria, que confluyó en la fundación del PRD, es eminentemente autoritaria. Los priistas nunca creyeron en el sufragio efectivo como fuente del poder y como principio legitimador. Se asumían como la vanguardia de un movimiento revolucionario. Salvaguardar la soberanía nacional y asegurar la prosperidad de los obreros, los campesinos y las clases medias eran su santo y seña. El poder se sometía formal, pero no realmente, al veredicto de las urnas.
La tradición socialista (marxista-leninista) en todas sus variantes era igualmente autoritaria. Las urnas, la democracia formal, burguesa, no eran un método revolucionario ni un valor en sí mismo. Marx y Lenin estaban convencidos de que la igualdad formal, la de los ciudadanos, era un engaño que debía ser sustituido por la organización revolucionaria al estilo de la Comuna de París o de los soviets en Rusia. Lenin y Trotsky fueron más allá. El Partido Comunista debía conducir al proletariado a la victoria y en la construcción del nuevo orden. Su liderazgo no debía jamás someterse a las urnas.
Los priistas de izquierda y los socialistas de corte marxista-leninista (en sus distintas versiones trotskysta, maoísta, guevarista, et alii) coincidieron en 1989 en varias cuestiones: primero, la preeminencia del Estado sobre la sociedad y la economía. La Revolución Mexicana contenía avances que no había que echar por la borda. Notablemente: las empresas públicas, el sindicalismo, el movimiento agrario y el proteccionismo económico. Segundo, desconfiaban de la economía de mercado y del capitalismo. El individualismo económico era condenable. Tercero, "apostaban" por la democracia sin gran convicción. O en todo caso, se asumían como la encarnación histórica de la voluntad mayoritaria del pueblo.
Las corrientes radicales, las que siguen creyendo en la revolución violenta, en la vanguardia revolucionaria y en la dictadura del proletariado son una versión trasnochada de la izquierda de los años 60 y 70. En su calendario nunca cayó el Muro de Berlín ni desapareció la Unión Soviética ni se colapsó el régimen de Enver Hoxha en Albania. El marxismo-leninismo-stalinismo, etcétera, sigue siendo la doctrina revolucionaria que permitirá alcanzar el poder, aniquilar a la burguesía, y construir el nuevo orden socialista. ¡Revolución o muerte, venceremos! Es la consigna del EPR y otros movimientos.
El EZLN pertenece a esa tradición. Por eso sus primeras proclamas llamaban a la toma del poder y a la destrucción del Estado y el Ejército burgueses. Pero con el paso del tiempo, muy rápido a decir verdad, cambiaron de piel. Los valores, los usos y las costumbres de las sociedades premodernas, indígenas, se constituyeron en su nueva identidad. Fue un paso atrás en doble sentido. Echaron por la borda las reflexiones de Marx sobre el capitalismo y la modernidad. Anclaron la crítica de la democracia formal y de la economía de mercado en el pasado. La revolución le cedió el paso y el bastón de mando a un movimiento restaurador. La comunidad sobre el individuo y los usos y costumbres sobre la razón.
En México no ha habido una tradición socialdemócrata. ¿Qué se entiende por socialdemocracia? La corriente socialista europea, ajena al marxismo-leninismo, al socialismo real, que reivindicó tres principios fundamentales: 1) la eficacia de la economía de mercado y el abandono de la planificación estatista; 2) la renuncia a la violencia y la adopción de la competencia electoral como la única vía legitima de acceso al poder; 3) la crítica de los sistemas totalitarios (socialismo real) y la defensa de la democracia y el estado de derecho como valores en sí mismos. En suma, el abandono total y radical de las ideas de Marx y de Lenin.
En México, ya lo dije, esa tradición está ausente o es minoritaria. La reciente formación de Alternativa Socialdemócrata es innovadora. Pero ese pequeño embrión no acaba de tomar forma ni de nacer. Primero, porque los conflictos internos los consumen. Y segundo, porque están apostando a conquistar y ocupar un pequeño nicho de mercado (la defensa de los derechos de las minorías -muy respetable, por cierto), sin asumirse como un proyecto de largo alcance y aliento. Su comportamiento y su estrategia equivalen al reconocimiento de que la socialdemocracia nunca ha tenido ni tendrá la voz cantante en la izquierda mexicana.
Para acabar de documentar el pesimismo sobre el futuro de la izquierda en México hay que consignar un hecho adicional: los movimientos y las corrientes zurdas probaron las mieles del poder antes de emprender una reforma ideológica e intelectual. Esto derivó en un pragmatismo y oportunismo ramplones. Todos ellos saben que las curules, los gobiernos estatales y municipales se traducen en ingresos y emolumentos. Basta con referirse al presupuesto de la Ciudad de México, superior a los 80 mil millones de pesos. Amén de los salarios y las prebendas de los diputados y los senadores. ¿Qué ideología o principios pueden competir contra esos cálculos? Ninguno. Por eso AMLO sigue teniendo una enorme ascendencia: su imagen representa no la esperanza del cambio, sino la posibilidad de alcanzar el gran y jugoso hueso de la Presidencia de la República.
Por último, las izquierdas, todas ellas, con contadas excepciones, son alérgicas a la crítica y a la autocrítica. Sus herramientas conceptuales operan en sentido inverso. El pensamiento cerrado no duda ni se interroga, sospecha y denuncia. Amén de que los liderazgos autoritarios han encarecido la práctica: aquel que critica o alza la voz es inmolado en el altar de AMLO.
Vuelvo al principio y me corrijo: con ese pasado y contexto, ¡por qué habríamos de tener una izquierda moderna y democrática!
Jaime Sánchez Susarrey
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jueves, agosto 23, 2007
Something rather exciting is happening in Latin America

So it might be hard to believe that in many countries in the region, and especially in Brazil and Mexico, Latin America's two giants, things are in fact going better today than they have done since the mid-1970s. The region is in its fourth successive year of economic growth averaging a steady 5%. In most places inflation is in low single digits. And for the first time in memory, growth has gone hand-in-hand with a current-account surplus, holding out hope that it will not be scotched by a habitual Latin American balance-of-payments crunch.
What is more, financial stability and faster growth are starting to transform social conditions with astonishing speed. The number of people living in poverty is falling, not only because of growth but also thanks to the social policies of reforming democratic governments. The incomes of the poor are rising faster than those of the rich in Brazil (where income inequality is at its least extreme for a generation) and in Mexico.
In both these countries a new lower-middle class is emerging from poverty (see article). Low inflation, achieved through more disciplined public finances and trade liberalisation, has brought falling interest rates. Credit has at last returned. So these new consumers are buying cars and DVD players or taking out mortgages. No wonder Latin Americans are in an optimistic mood: earlier this year a poll by the Pew Global Attitudes Project found a greater increase in personal satisfaction in Brazil and Mexico over the past five years than in any of the other 45 countries it surveyed.
Keep inflation low and fix the schools
So if things are going so well, why have radical populists and leftists done well in recent elections? Look closer: they have in fact failed to carry all before them. Out of a dozen presidential elections in the region in the 13 months to last December, the radicals won only four. Moderate governments, of centre-left or centre-right, are in charge in most countries.
That said, politics sometimes lags economics. Even as things started to improve, many Latin Americans were in surly mood because they had suffered through five years of stagnation or worse between 1998 and 2003. Besides, the progress is not uniform. In some of the smaller and poorer countries, the populists' caricature has a grain of truth to it. That is why Mr Chávez has friends in places like Bolivia and Ecuador.
But the important point is that the course upon which most Latin American countries are set -of democracy and open-market economies- is finally bearing fruit. The new middle class in countries like Brazil and Mexico derives its income from the private sector, not from public employment. There lies the big difference with Mr Chávez's Venezuela, where falling poverty depends almost entirely on a vast increase in public spending, and is thus hostage to the oil price.
Of course plenty of caveats are in order. The first is that it is not just in Venezuela that growth has been underpinned by higher prices for commodity exports. Nevertheless, in many other countries export-growth is broad-based. With China and India industrialising, it is unlikely that commodities will be as cheap as in the 1990s any time soon. A second obvious worry is that the current financial-market flap will end up making a serious dent in the growth of the world economy. But -mirabile dictu- thanks to its current-account surplus Latin America is not in the front line of this particular market panic.
Another caveat is that for all its recent progress, Latin America remains a long way from enjoying widespread affluence. In the region as a whole, some 38.5% of people remain poor according to national definitions. The gains are still fragile. But the lessons for governments are clear. To bolster the new middle class, it is crucial to keep inflation low. So is improving the shoddy education imparted in the region's schools and universities. And businesses in the region are still held back by lack of transport infrastructure and an excess of red tape.
The commodity bonanza won't last forever, so now is the time to fix these things. Do so and Latin America's democracies could turn an important corner, in which inequality, poverty and populism give way to prosperous middle-class democracies where the majority has an interest in stability.
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sábado, mayo 05, 2007
¡Patria o muerte!
Los 80 fueron los años de la desilusión y el colapso. El "socialismo real" no era el reino de la abundancia ni del progreso tecnológico. Estados Unidos le aventajaba en ambos terrenos. La URSS era una potencia militar, pero tenía pies de barro. Y eso sin mencionar la falta de libertades y la opresión bajo la que vivían los obreros y los campesinos. Cuba no era la excepción. Fidel Castro era la encarnación del Estado y el espíritu revolucionario.
La izquierda mexicana llegó mal y tarde a los cambios de la segunda mitad del siglo 20. La corriente marxista, en todas sus variantes, definía al "socialismo real" como una forma de organización superior al capitalismo. Los más críticos entre ellos reconocían deformaciones o insuficiencias, pero los logros históricos de la revolución obrera, de la planificación de la economía y de lo que definían como una sociedad igualitaria y más justa les parecían irrenunciables. Su convicción era la de Trotsky: el socialismo burocrático no era perfecto, pero había que tomar partido siempre por los Estados obreros y oponerse al capitalismo en su fase imperialista.
Los maoístas introdujeron algunas variantes. Definían a la URSS, por razones geopolíticas, como una potencia imperialista. La verdadera patria del socialismo era China, no Rusia. Frente al revisionismo del social-imperialismo, Mao había continuado el pensamiento revolucionario de Marx-Engels-Lenin-Stalin. Así que por ese lado tampoco había duda alguna. Las sociedades socialistas eran históricamente superiores al mundo occidental. La crítica de la economía de mercado y de la democracia burguesa, que formuló Marx en 1867, seguía siendo válida.
Los priistas de izquierda no compartían esa doctrina. La gesta de 1910 les parecía un movimiento precursor: la primera revolución social del siglo 20. Sin embargo, compartían con la izquierda una serie de valores: desconfiaban de la economía de mercado, cuestionaban la democracia formal, se asumían como la vanguardia de los obreros, los campesinos y las clases medias, combatían a la "reacción" y condenaban al imperialismo yanqui. En suma, no creían ni en el libre mercado ni en el sufragio libre y efectivo para mantenerse en el poder.
La caída del Muro de Berlín en 1989 y la posterior desaparición del bloque socialista e incluso de la URSS cayó como un balde de agua fría. Todas las proyecciones de la izquierda iban en sentido opuesto. El colapso del capitalismo había sido pronosticado por el propio Marx. Y ya en el siglo 20, antes y después de la Revolución de Octubre, las teorías revolucionarias explicaban científicamente el próximo derrumbe del mundo occidental.
El colapso del socialismo real borró de un plumazo las obras completas de Marx, Engels, Lenin, Stalin y Mao... para no hablar de Fidel Castro que tiene incontinencia verbal, pero es ágrafo. La izquierda se despertó así en una completa orfandad. Empezó entonces un proceso de rectificación. La economía de mercado no era tan mala, lo que era inaceptable era el "neoliberalismo". La democracia formal no debía ser sustituida por la dictadura del proletariado, pero debía ser adjetivada. La vía armada no era el camino y Fidel Castro estaba lejos de ser un santo de altar.
El contexto histórico favorecía esa "renovación". Cárdenas había obtenido un resultado extraordinario el 6 de julio de 1988, el sistema se había caído, Salinas de Gortari había asumido el poder en medio de una crisis de legitimidad y en mayo de 1989 se había fundado el Partido de la Revolución Democrática. Los vientos eran propicios para que naciera una nueva izquierda comprometida con la democracia y con la economía de mercado. Por esos mismos años, el Partido Socialista Obrero Español renunciaba a la doctrina marxista-leninista y se aprestaba para ganar la Presidencia del Gobierno en España.
Pero los vientos del cambio soplaron de manera más compleja de lo previsto. La oposición sistemática del PRD al Gobierno de Salinas de Gortari confinó a la izquierda en un discurso contestatario. No sólo se atacó todas y cada una de las reformas económicas que eran indispensables, sino que además negó los avances graduales que se alcanzaron en el campo electoral. En ambas materias se equivocó: a) porque el modelo proteccionista-estatista era insostenible desde finales de los 70 y se colapsó con la crisis del 81-82; b) porque el 2 de julio de 2000 no se puede explicar sin el cambio gradual que se inició en 1989.
Para colmo, el levantamiento zapatista del 1 de enero de 1994 despertó todos los fantasmas y los demonios que albergaban los perredistas. De un día para otro se vieron defendiendo y argumentando a favor de tesis y principios que habían abandonado. La vía armada dejó de ser condenable y las "inconsistencias" de la democracia burguesa les parecieron nuevamente inaceptables. La paradoja era mayor: Marcos era la negación encarnada de todo el proceso de renovación que había emprendido el PRD apenas en 1989.
La segunda caída ha sido grotesca y fatal. AMLO personifica al priismo más duro y rudimentario. Pero no sólo eso. Su "radicalización" ha puesto al PRD al margen de la legalidad y la política. Impera el vacío y el ruido. La consigna ya no es ¡Patria o muerte! ¡Venceremos!, sino ¡AMLO o muerte! ¡Perderemos! Todo esto se resume en una tesis simple: López llegó para quedarse. Es más, ya está en campaña para el 2012. El PRD no es ni será la izquierda democrática y moderna que México necesita. Es tiempo de voltear la vista hacia otro lado... le peje a quien le peje.
Jaime Sánchez Susarrey, El Norte, 5 de mayo 2007
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domingo, abril 22, 2007
La vida de los otros
Paz no pedía una expiación pública (no era un espíritu religioso); lo que vislumbraba era la posibilidad de una enmienda intelectual, política y moral que habilitara a la izquierda para acceder al poder con una postura informada, una actitud tolerante y un ideario moderno. Su excitativa no halló eco: con excepciones contadas, lo que recibió fueron injurias, descalificaciones y ninguneos. Fue una oportunidad perdida, y ahora calibramos las consecuencias.
Esa falta de autocrítica sigue lastrando a la izquierda, atándola -como se vio el año pasado- a atavismos políticos y esquemas doctrinarios que sabotean su propio desarrollo y el del país. ¿Es tarde para corregir? Sí, por supuesto, pero nunca demasiado tarde. A casi 20 años de la caída del Muro de Berlín, nuestra izquierda (variopinta pero culturalmente hegemónica) tiene la oportunidad simbólica de suplir, en sólo tres horas, tres décadas de desinformación, engaño o autoengaño. La receta es simple: ver la película "La Vida de los Otros".
La trama -inteligente, sutil, finalmente desgarradora- alude a la vida cotidiana de un grupo de creadores teatrales (autores, artistas, directores) en Alemania Oriental en los años ochenta. Aquella atmósfera no era sólo sofocante, era carcelaria en el sentido anticipado por George Orwell en "1984". La Policía estatal, la Stasi, era el Big Brother omnipotente, omnisciente y sobre todo omnipresente, que espiaba la vida de los otros, y los otros eran virtualmente todos, incluidos los propios espías. En aquel universo cercado hacia afuera y cableado hacia adentro, no existía santuario posible para la intimidad. En la dialéctica entre el espía y el espiado se desenvuelve la historia. Su tema central es la supervivencia heroica del artista y la posibilidad redentora del arte bajo el totalitarismo. Su clave moral está en la fuerza irreductible de la libertad personal.
La película me remitió a un recuerdo personal. A mediados de 1980 apareció en The New York Review of Books una carta firmada por el filósofo Thomas Nagel y otros 31 colegas suyos, no menos eminentes (W.V. Quine, John Rawls, Richard Rorty). Estaba dirigida al Presidente de la República Socialista de Checoslovaquia y aludía a un episodio que, al año siguiente, llegué a conocer con algún detalle.
Un grupo pequeño de personas solía reunirse a leer a los griegos en el minúsculo departamento de un profesor sin cátedra, sin puesto y sin salario, llamado Julius Tomin. Como los otros firmantes de la famosa Carta del 77 (personas de todas las denominaciones religiosas, ideológicas y profesionales, entre ellos Václav Havel), Tomin había exigido al régimen respeto a los acuerdos de derechos humanos sancionados por la comunidad internacional. (En México, sólo Vuelta recogió el tema y dio seguimiento a la disidencia en el Este y en la URSS). Los firmantes habían sido encarcelados o, en el mejor de los casos, privados de sus puestos.
Por lo que hace a Tomin y a su inocuo seminario, la Policía irrumpía con violencia en las sesiones. Entonces se le ocurrió apelar a la comunidad filosófica internacional e invitó a varios filósofos de Oxford al seminario. Varios aceptaron. Uno de ellos, Sir Anthony Kenny, recordaba hace poco: "Mi charla fue interrumpida por la Policía, la sesión se disolvió con violencia y fui expulsado del país sobre la base de un artículo constitucional que prohibía el 'hooliganismo'. Yo no me había percatado de que el término incluyera el dar clases sobre Aristóteles en la sala de una casa". Lo conmovía el amor intelectual de esas personas por la filosofía, el riesgo asumido de caer en manos de la Policía por el pecado de leer algún 'texto abstruso de Aristóteles'".
Conocí a Tomin en Oxford, en el otoño de 1981. Había sido finalmente extraditado de su país y privado de su nacionalidad. Vivía en la pobreza, con su esposa e hijos pequeños. La mujer impartía alguna clase en un jardín de niños. El ambiente era de tensión frenética. Entre accesos de ira y un tono de apasionamiento eslavo, casi dostoyevskiano, Tomin me narró su vida acosada bajo el régimen del terror. Nadie podía hablar con libertad, ni siquiera con los hijos, salvo en espacios públicos o jardines, y al acecho siempre del espía personal. Todos los espacios privados estaban cableados. "Yo me tenía que cuidar hasta de mí mismo, me reprimía hasta de cantar en la regadera". El régimen se complacía en humillar a los artistas e intelectuales.
Tomin tuvo suerte. Aunque severamente lastimado por una paranoia incurable (hoy se proclama perseguido por los mismos profesores de Oxford que le dieron refugio), logró sobrevivir. Muchos otros sucumbieron, como los torturados protagonistas de "La Vida de los Otros". La película recoge esa experiencia extrema de opresión que ha desaparecido en Europa, pero que aún subsiste en algunas regiones del mundo, como Norcorea, y -con los atenuantes que se quiera, que a mi juicio no son muchos- en Cuba. ¿Cuál será el rostro del "Socialismo del siglo XXI" que predica Chávez? Seguramente no muy distinto del cubano, uno que ahogue las "libertades burguesas" y concentre todo el poder en el caudillo endiosado.
Ésta es la experiencia histórica que -salvo excepciones honrosas- la izquierda mexicana no quiso confrontar. La gran lección que puede extraer de la película es repensar el tema de la libertad.
Enrique Krauze, El Norte, 22 de abril 2007
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domingo, enero 14, 2007
La izquierda del PRD
Treinta años después las cosas han cambiado. Pero han cambiado, como en la fórmula de Lampedusa, para que todo siga igual. El socialismo real se colapsó con la caída del Muro de Berlín. Fidel Castro está al borde de la muerte y nadie, o casi nadie, define a Cuba como el paraíso de la igualdad y la hermandad. Y, sin embargo, ahí están Chávez, Evo Morales y Daniel Ortega en Nicaragua. En ese mismo lapso la izquierda mexicana apostó por la democracia y se organizó como el Partido de la Revolución Democrática. Y sin embargo, la convicción y las prácticas democráticas siguen brillando por su ausencia.
El PRD nació de dos tradiciones autoritarias: la socialista (marxista, en sus distintas variables: leninista, trotskista, maoísta, etcétera) y la nacionalista revolucionaria del PRI. Ambas tenían fe ciega en la intervención del Estado, condenaban o desconfiaban de la economía de mercado y no creían que el sufragio universal y el respeto del estado de derecho fueran la respuesta para los problemas de México. No sólo eso. La fusión y la organización se dio en torno a un solo hombre: Cuauhtémoc Cárdenas. Sin su liderazgo esa historia jamás se hubiera escrito. La izquierda seguiría hoy dividida y fragmentada en muchas corrientes.
Infancia, decía Freud, es destino. Y lo que es cierto para los individuos, también puede aplicarse a los partidos -o cuando menos al PRD. El perredismo nació en 1989 a la sombra de un hombre fuerte. Su liderazgo moral le dio cohesión y dirección. Diecisiete años después, las cosas lejos de haber cambiado han empeorado. Cárdenas ya no es la figura central. Su lugar, ahora, lo ocupa el Peje. Nada se mueve al margen de este Mesías de Macuspana. Los perredistas de todos olores y colores están postrados y aterrados frente al nuevo timonel. Con una agravante adicional: AMLO no tiene la mesura, la prudencia ni la estatura de Cuauhtémoc Cárdenas.
No hay, entonces, por qué sorprenderse. El PRD juega un doble juego. Se mantiene en la legalidad, pero descalifica a las instituciones. Emprende marchas y movilizaciones al margen de la ley, pero las financia con los recursos que le proporciona el Estado. Opera en sentido estricto con una "lógica revolucionaria". El fin justifica los medios. Todo se agudizó después del 2 de julio. La denuncia del fraude, la violación de la ley y la amenaza de impedir la toma de posesión del Presidente electo fueron la regla. Detrás hay un mar de fondo: las caídas y las recaídas de los perredistas no son casuales. Su temple y su convicción siguen siendo "revolucionarios". Por eso cayeron de hinojos ante el EZLN en 1994 y por eso, también, jugaron a la insurrección banquetera en el Paseo de la Reforma.
En suma, los perredistas no son confiables. Su compromiso con la legalidad y la democracia es muy frágil. No apuestan a las instituciones. Carecen de palabra y de memoria. A final de cuentas, la palabra del caudillo es la única que cuenta. Basta decretar que hubo fraude o que se violó la ley. No importan las pruebas. Se borra lo elemental. Ahí están los hechos: la reforma de 1996 fue modelada por el PRD. Ernesto Zedillo cedió ante todas y cada una de sus peticiones. Su intención era integrarlos en forma definitiva al pacto democrático. Poco duró el gusto. Bastó y sobró con una derrota y un personaje de pacotilla (ahora, presidente "legítimo" de cacahuate) para que todo se viniera abajo.
El drama de la izquierda mexicana es muy simple: no es moderna ni se ve cómo podría modernizarse. En términos económicos carece de proyecto. Peor aún. El programa de su ex candidato a la Presidencia de la República no tenía consistencia ni viabilidad. Era un regreso a las políticas populistas de los años 70: precios de garantía y desayunos escolares, amén de otras extravagancias como el tren bala del DF a Tijuana o la conversión de las Islas Marías en un parque ecológico. Lo más grave, sin embargo, está en los procedimientos internos. Que López sea un hombre limitado, inculto y rupestre es comprensible. A final de cuentas, nació y se crió en el Jurassic Park del PRI. Lo que resulta espeluznante es que este personaje haya impuesto ese galimatías como el programa del PRD sin que nadie, con la excepción de Cuauhtémoc Cárdenas, chistara.
Triste realidad, pero no hay otra. En el interior del PRD el diálogo y el debate son inexistentes. Hay corrientes (tribus) que pugnan por puestos y presupuesto. Nada más. El contenido del programa y la oferta a la población los tienen sin cuidado. Una política concentrada en la denuncia no demanda más. Como tampoco demanda más un partido sometido a un caudillo cuyo programa es el mismo caudillo. A eso se reducen las "prácticas democráticas" en el perredismo. Los entornos de López Obrador lo confirman ampliamente. Son los priistas (Camacho, Monreal, Díaz, Muñoz Ledo) marginados y derrotados en los últimos años. Todos respiran por la herida y tienen sed de venganza, no importa el costo ni las consecuencias.
Cómo esperar, entonces, el ejercicio de la autocrítica o el examen de conciencia en semejante organización. Lo que se puede esperar es lo que hay: complacencia, servilismo y ambivalencia. Los mantras del perredismo suenan y resuenan a todas horas: AMLO no perdió ni cometió errores, le robaron la elección. AMLO siempre tiene la razón. Hay que mantenerse en la nómina y estirar la liga para obtener todo lo posible. No hay que tocarse el corazón para romper el diálogo o cualquier entendimiento. En política no hay compromisos ni lealtades. Vamos por todo. El fin justifica los medios. AMMLO, AMMLO, AMMLO, AMMLO...
Jaime Sánchez Susarrey, El Norte, 13 de enero 2007
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