sábado, julio 12, 2008

 

Cuba ¿comunista?

Anuncian a cubanos tiempos difíciles

(12 julio 2008, El Norte).- LA HABANA.- El Presidente de Cuba, Raúl Castro, anunció ayer a los cubanos que la situación económica del país obliga a un mayor control de recursos, a producir más, a aplicar impuestos e impide un rápido aumento salarial.

Al clausurar la primera sesión parlamentaria desde que asumió la presidencia de Cuba hace cinco meses, el General de 77 años emitió un discurso de casi una hora en el cual arremetió contra el derroche, la ineficiencia, la negligencia y el robo entronizado en el país.

"¡Hay que virarse (volver) para la tierra! ¡Hay que hacerla producir! (...) No puede quedar una hectárea apta sin sembrar", alertó el Mandatario, en la primera sesión anual del Parlamento.

Vestido de guayabera blanca, Castro advirtió que la crisis internacional puede empeorar y llevar a Cuba a hacer ajustes en la economía.

"Es inevitable que sufriremos cierto impacto en determinados productos y servicios", advirtió.

En ese sentido, Castro advirtió de la urgencia de elevar la producción agrícola en el país y revertir definitivamente la tendencia al decrecimiento del área de tierra cultivada, que entre 1998 y 2007 disminuyó en un 33 por ciento.

El Presidente añadió que la demanda social de aumentar y darle valor al salario dependerá de la situación económica del país.

"Es mi deber expresarlo con franqueza, pues no sería ético crear falsas expectativas. Decir lo contrario sería engañarlos", subrayó, y reiteró la disposición de su Gobierno de pagar a cada quien según su rendimiento.

"Igualdad no es igualitarismo. Éste, en última instancia, es también una forma de explotación: la del buen trabajador por el que no lo es, o peor aún por el vago", destacó.

Raúl Castro agregó que para elevar los salarios debe haber orden, control y rigurosa exigencia que aseguren eficiencia, ahorro y eviten robos o desvíos de recursos.

Anunció que, ante la falta de fuerza laboral y el envejecimiento de la población, se someterá a consulta un plan para aumentar en cinco años la edad de jubilación -60 a 65 los hombres y 55 a 60 las mujeres-.

Afirmó que se estudia también la posibilidad de autorizar el "pluriempleo", para que los trabajadores puedan percibir más ingresos.

También destacó que aplicará lo que llamó un "adecuado sistema de impuestos" y señaló la necesidad de eliminar gratuidades indebidas.


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Aumento de impuestos e imposibilidad de incrementar rápidamente los salarios. Incremento de salarios dependiente de la situación económica del país. Incrementar la edad de retiro. Y la joya: "Igualdad no es igualitarismo". Cada quien debe ganar según su rendimiento individual. ¿Qué tal? ¿Quién lo hubiera dicho? En Cuba ya están haciendo sus reformas. Y aquí en México estos conceptos no son políticamente correctos. Aquí en México pedir esas cosas es atentar contra los logros sindicales, es atentar contra los trabajadores. Aquí en México no se puede pensar en inversión privada o en una reforma laboral que premie a quien más lo merezca. ¿Por qué? Que alguien me explique.

¿Será que en Cuba no hay corrupción y allá si funcionará eso? :-)))

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domingo, mayo 18, 2008

 

Nuestra falsa excepcionalidad

Proceso publicó en su edición del 27 de abril un importante reportaje sobre la condición de la industria petrolera en Cuba, Venezuela y Brasil. Su propósito, que logra con creces, es ofrecer "un panorama que trasciende los lugares comunes sobre el tema". Firmado por los corresponsales de la revista en esos países, escrito con claridad, objetividad y sin tinte partidista, concluye lo siguiente: "Conducidos por gobiernos de izquierda, con sus particulares características, Cuba, Venezuela y Brasil mantienen alianzas con transnacionales para explorar, producir y comercializar el petróleo de su subsuelo y de sus aguas profundas. Lo hacen de distintas maneras: por medio de contratos de operación, con base en el establecimiento de empresas mixtas cuya mayoría accionaria recae en las compañías del Estado, y mediante inversiones de riesgo compartido para exploración y producción de crudo.

Sin embargo, estos gobiernos mantienen un férreo control sobre las operaciones petroleras e imponen a las empresas extranjeras impuestos y pagos por regalías tanto por volúmenes de producción como por márgenes de ganancia. Su objetivo consiste en acceder a tecnología de punta, garantizar la producción y comercialización del crudo y aumentar sus ingresos financieros".

El trabajo detalla las diversas condiciones de operación en cada país, incluye antecedentes históricos necesarios, datos económicos relevantes, así como varias entrevistas con los directivos de las respectivas empresas estatales y consultores independientes. Uno de ellos opina: "En realidad, los contratos de Cuba son más competitivos que aquellos de otros países de la región. México debería tomar lecciones de los cubanos en este tema". La pregunta obvia que se desprende del reportaje es: ¿por qué lo que en esos países gobernados por la izquierda es una práctica racional y provechosa, acá es considerado una aberración antinacional, una malévola conspiración de la derecha, un entreguismo incalificable y hasta una "traición a la patria"? ¿Hay algo que esos tres gobiernos no ven y que sólo en México vemos?

Mucha gente de buena fe piensa que la excepcionalidad mexicana existe, y se explica por la historia. El País, en efecto, sufrió el abuso de las compañías petroleras, que eran como un estado dentro de otro: explotaban los yacimientos a discreción, pagaban impuestos irrisorios y en 1938 llegaron al extremo de ignorar un laudo de la Suprema Corte. La decisión de Lázaro Cárdenas no sólo dio a la nación un orgullo legítimo, sino también una cohesión social que fue constructiva y benéfica. Años más tarde, el contexto internacional de la posguerra impulsó la industria, pero el mérito mayor en la edificación de Pemex lo tuvieron las generaciones de técnicos y trabajadores que tomaron una empresa embrionaria y en crisis, y llegaron a proyectarla a niveles de excelencia internacional.

El recuerdo arraigado del agravio y la satisfacción genuina por la hazaña (ambos reflejados en los libros de texto y en el "imaginario" nacional) explican la intensa emotividad que rodea al tema petrolero. Otro elemento adicional, también histórico pero más reciente, cierra la pinza de susceptibilidad: me refiero, claro, al desorden, la arbitrariedad, la prisa y la corrupción que caracterizaron a varias operaciones privatizadoras de principio de los 90. En suma: "La burra no era arisca...".

Todo eso es verdad, pero la razón histórica debe tener sus límites, sobre todo cuando sus paradigmas entran en conflicto con las circunstancias reales. Al menos tres afinamientos vienen al caso. En primer lugar, el miedo indiscriminado a todo lo que viene de afuera nos ha debilitado: en el siglo 19 retrasó irremediablemente la inmigración y en el 20 minó nuestra competitividad internacional. En segundo lugar, la historia -al menos en este caso- no puede repetirse. Por más voraces que sean, las compañías petroleras de hoy no pueden moverse ya con la impunidad de sus antecesoras en los años treinta. En tercer lugar, hay que reconocer alguna vez que nuestra victimada historia no es tan excepcional. Para no ir más lejos, si de agravios nacionales hablamos, Cuba nos rebasa con mucho. Y sin embargo, en las circunstancias actuales, las autoridades de Cuba darían la bienvenida a las mismísimas transnacionales estadounidenses. Yadira García, ministra de Industria Básica de la isla, declaró a Proceso: "Nosotros no tendríamos limitaciones. Las leyes estadounidenses son las que tienen hoy limitaciones para que las empresas de ese país hagan negocios con Cuba".

A menos que consideremos que los gobiernos de Cuba, Venezuela y Brasil no son de izquierda, la oposición de nuestra izquierda a cualquier apertura del sector es insostenible. Más aún si con un dogmatismo casi inquisitorial tacha de herejes a quienes no opinan como ellos. ¿Por qué, entonces, quienes adoptan esa actitud no sacan las conclusiones naturales de la lectura del reportaje? Muy sencillo: porque no todos obran de buena fe, porque no todos conectan su ideología con la realidad, o porque tienen intereses creados en creer (y hacer creer) que, en materia de petróleo, México es una excepción universal.


Enrique Krauze
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Y no, la única causa no es la corrupción. Corrupción también hay, igual o más, en Brasil, Venezuela o Cuba. Corrupción hay en USA, en Inglaterra, en Rusia o en China comunista. Eliminando la corrupción no se podrá desarrollar la tecnología que no hemos desarrollado en 30 años. Y como lo he dicho varias veces en este foro, cuando vea los plantones y bloqueos afuera de la sede del sindicato de PEMEX (y también en el SME y el SUTERM), clamando que se acaben las canongías y privilegios se esas lacras, ese dia este blog se cerrará y apoyaré a AMLO.

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sábado, mayo 05, 2007

 

¡Patria o muerte!

La consigna completa es: "¡Patria o muerte! ¡Venceremos!". Son los tonos y los sonsonetes de los años 60 y 70. Fidel era un David que desafiaba y se enfrentaba al imperialismo yanqui. Cuba, primer territorio libre de América, trabajaba por la revolución en todo el mundo. Era el momento de crear uno, dos, tres Vietnams. El Che Guevara predicó con el ejemplo y murió en La Higuera. Nadie confiaba en la vía pacífica y mucho menos en la democracia. El golpe de Estado en 1973 en Chile barrió cualquier esperanza. La revolución no admitía medias tintas: ¡Patria o muerte!

Los 80 fueron los años de la desilusión y el colapso. El "socialismo real" no era el reino de la abundancia ni del progreso tecnológico. Estados Unidos le aventajaba en ambos terrenos. La URSS era una potencia militar, pero tenía pies de barro. Y eso sin mencionar la falta de libertades y la opresión bajo la que vivían los obreros y los campesinos. Cuba no era la excepción. Fidel Castro era la encarnación del Estado y el espíritu revolucionario.

La izquierda mexicana llegó mal y tarde a los cambios de la segunda mitad del siglo 20. La corriente marxista, en todas sus variantes, definía al "socialismo real" como una forma de organización superior al capitalismo. Los más críticos entre ellos reconocían deformaciones o insuficiencias, pero los logros históricos de la revolución obrera, de la planificación de la economía y de lo que definían como una sociedad igualitaria y más justa les parecían irrenunciables. Su convicción era la de Trotsky: el socialismo burocrático no era perfecto, pero había que tomar partido siempre por los Estados obreros y oponerse al capitalismo en su fase imperialista.

Los maoístas introdujeron algunas variantes. Definían a la URSS, por razones geopolíticas, como una potencia imperialista. La verdadera patria del socialismo era China, no Rusia. Frente al revisionismo del social-imperialismo, Mao había continuado el pensamiento revolucionario de Marx-Engels-Lenin-Stalin. Así que por ese lado tampoco había duda alguna. Las sociedades socialistas eran históricamente superiores al mundo occidental. La crítica de la economía de mercado y de la democracia burguesa, que formuló Marx en 1867, seguía siendo válida.

Los priistas de izquierda no compartían esa doctrina. La gesta de 1910 les parecía un movimiento precursor: la primera revolución social del siglo 20. Sin embargo, compartían con la izquierda una serie de valores: desconfiaban de la economía de mercado, cuestionaban la democracia formal, se asumían como la vanguardia de los obreros, los campesinos y las clases medias, combatían a la "reacción" y condenaban al imperialismo yanqui. En suma, no creían ni en el libre mercado ni en el sufragio libre y efectivo para mantenerse en el poder.

La caída del Muro de Berlín en 1989 y la posterior desaparición del bloque socialista e incluso de la URSS cayó como un balde de agua fría. Todas las proyecciones de la izquierda iban en sentido opuesto. El colapso del capitalismo había sido pronosticado por el propio Marx. Y ya en el siglo 20, antes y después de la Revolución de Octubre, las teorías revolucionarias explicaban científicamente el próximo derrumbe del mundo occidental.

El colapso del socialismo real borró de un plumazo las obras completas de Marx, Engels, Lenin, Stalin y Mao... para no hablar de Fidel Castro que tiene incontinencia verbal, pero es ágrafo. La izquierda se despertó así en una completa orfandad. Empezó entonces un proceso de rectificación. La economía de mercado no era tan mala, lo que era inaceptable era el "neoliberalismo". La democracia formal no debía ser sustituida por la dictadura del proletariado, pero debía ser adjetivada. La vía armada no era el camino y Fidel Castro estaba lejos de ser un santo de altar.

El contexto histórico favorecía esa "renovación". Cárdenas había obtenido un resultado extraordinario el 6 de julio de 1988, el sistema se había caído, Salinas de Gortari había asumido el poder en medio de una crisis de legitimidad y en mayo de 1989 se había fundado el Partido de la Revolución Democrática. Los vientos eran propicios para que naciera una nueva izquierda comprometida con la democracia y con la economía de mercado. Por esos mismos años, el Partido Socialista Obrero Español renunciaba a la doctrina marxista-leninista y se aprestaba para ganar la Presidencia del Gobierno en España.

Pero los vientos del cambio soplaron de manera más compleja de lo previsto. La oposición sistemática del PRD al Gobierno de Salinas de Gortari confinó a la izquierda en un discurso contestatario. No sólo se atacó todas y cada una de las reformas económicas que eran indispensables, sino que además negó los avances graduales que se alcanzaron en el campo electoral. En ambas materias se equivocó: a) porque el modelo proteccionista-estatista era insostenible desde finales de los 70 y se colapsó con la crisis del 81-82; b) porque el 2 de julio de 2000 no se puede explicar sin el cambio gradual que se inició en 1989.

Para colmo, el levantamiento zapatista del 1 de enero de 1994 despertó todos los fantasmas y los demonios que albergaban los perredistas. De un día para otro se vieron defendiendo y argumentando a favor de tesis y principios que habían abandonado. La vía armada dejó de ser condenable y las "inconsistencias" de la democracia burguesa les parecieron nuevamente inaceptables. La paradoja era mayor: Marcos era la negación encarnada de todo el proceso de renovación que había emprendido el PRD apenas en 1989.

La segunda caída ha sido grotesca y fatal. AMLO personifica al priismo más duro y rudimentario. Pero no sólo eso. Su "radicalización" ha puesto al PRD al margen de la legalidad y la política. Impera el vacío y el ruido. La consigna ya no es ¡Patria o muerte! ¡Venceremos!, sino ¡AMLO o muerte! ¡Perderemos! Todo esto se resume en una tesis simple: López llegó para quedarse. Es más, ya está en campaña para el 2012. El PRD no es ni será la izquierda democrática y moderna que México necesita. Es tiempo de voltear la vista hacia otro lado... le peje a quien le peje.


Jaime Sánchez Susarrey, El Norte, 5 de mayo 2007


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domingo, abril 22, 2007

 

La vida de los otros

Octavio Paz, el mayor y mejor interlocutor que pudo haber tenido la izquierda mexicana a lo largo de su historia, predicó en el desierto sobre la necesidad de que esa importante corriente política ejerciera a tiempo una autocrítica honrada sobre su propio pasado y sobre el de los regímenes del "socialismo real": la URSS, China, la Europa del Este, Cuba.

Paz no pedía una expiación pública (no era un espíritu religioso); lo que vislumbraba era la posibilidad de una enmienda intelectual, política y moral que habilitara a la izquierda para acceder al poder con una postura informada, una actitud tolerante y un ideario moderno. Su excitativa no halló eco: con excepciones contadas, lo que recibió fueron injurias, descalificaciones y ninguneos. Fue una oportunidad perdida, y ahora calibramos las consecuencias.

Esa falta de autocrítica sigue lastrando a la izquierda, atándola -como se vio el año pasado- a atavismos políticos y esquemas doctrinarios que sabotean su propio desarrollo y el del país. ¿Es tarde para corregir? Sí, por supuesto, pero nunca demasiado tarde. A casi 20 años de la caída del Muro de Berlín, nuestra izquierda (variopinta pero culturalmente hegemónica) tiene la oportunidad simbólica de suplir, en sólo tres horas, tres décadas de desinformación, engaño o autoengaño. La receta es simple: ver la película "La Vida de los Otros".

La trama -inteligente, sutil, finalmente desgarradora- alude a la vida cotidiana de un grupo de creadores teatrales (autores, artistas, directores) en Alemania Oriental en los años ochenta. Aquella atmósfera no era sólo sofocante, era carcelaria en el sentido anticipado por George Orwell en "1984". La Policía estatal, la Stasi, era el Big Brother omnipotente, omnisciente y sobre todo omnipresente, que espiaba la vida de los otros, y los otros eran virtualmente todos, incluidos los propios espías. En aquel universo cercado hacia afuera y cableado hacia adentro, no existía santuario posible para la intimidad. En la dialéctica entre el espía y el espiado se desenvuelve la historia. Su tema central es la supervivencia heroica del artista y la posibilidad redentora del arte bajo el totalitarismo. Su clave moral está en la fuerza irreductible de la libertad personal.

La película me remitió a un recuerdo personal. A mediados de 1980 apareció en The New York Review of Books una carta firmada por el filósofo Thomas Nagel y otros 31 colegas suyos, no menos eminentes (W.V. Quine, John Rawls, Richard Rorty). Estaba dirigida al Presidente de la República Socialista de Checoslovaquia y aludía a un episodio que, al año siguiente, llegué a conocer con algún detalle.

Un grupo pequeño de personas solía reunirse a leer a los griegos en el minúsculo departamento de un profesor sin cátedra, sin puesto y sin salario, llamado Julius Tomin. Como los otros firmantes de la famosa Carta del 77 (personas de todas las denominaciones religiosas, ideológicas y profesionales, entre ellos Václav Havel), Tomin había exigido al régimen respeto a los acuerdos de derechos humanos sancionados por la comunidad internacional. (En México, sólo Vuelta recogió el tema y dio seguimiento a la disidencia en el Este y en la URSS). Los firmantes habían sido encarcelados o, en el mejor de los casos, privados de sus puestos.

Por lo que hace a Tomin y a su inocuo seminario, la Policía irrumpía con violencia en las sesiones. Entonces se le ocurrió apelar a la comunidad filosófica internacional e invitó a varios filósofos de Oxford al seminario. Varios aceptaron. Uno de ellos, Sir Anthony Kenny, recordaba hace poco: "Mi charla fue interrumpida por la Policía, la sesión se disolvió con violencia y fui expulsado del país sobre la base de un artículo constitucional que prohibía el 'hooliganismo'. Yo no me había percatado de que el término incluyera el dar clases sobre Aristóteles en la sala de una casa". Lo conmovía el amor intelectual de esas personas por la filosofía, el riesgo asumido de caer en manos de la Policía por el pecado de leer algún 'texto abstruso de Aristóteles'".

Conocí a Tomin en Oxford, en el otoño de 1981. Había sido finalmente extraditado de su país y privado de su nacionalidad. Vivía en la pobreza, con su esposa e hijos pequeños. La mujer impartía alguna clase en un jardín de niños. El ambiente era de tensión frenética. Entre accesos de ira y un tono de apasionamiento eslavo, casi dostoyevskiano, Tomin me narró su vida acosada bajo el régimen del terror. Nadie podía hablar con libertad, ni siquiera con los hijos, salvo en espacios públicos o jardines, y al acecho siempre del espía personal. Todos los espacios privados estaban cableados. "Yo me tenía que cuidar hasta de mí mismo, me reprimía hasta de cantar en la regadera". El régimen se complacía en humillar a los artistas e intelectuales.

Tomin tuvo suerte. Aunque severamente lastimado por una paranoia incurable (hoy se proclama perseguido por los mismos profesores de Oxford que le dieron refugio), logró sobrevivir. Muchos otros sucumbieron, como los torturados protagonistas de "La Vida de los Otros". La película recoge esa experiencia extrema de opresión que ha desaparecido en Europa, pero que aún subsiste en algunas regiones del mundo, como Norcorea, y -con los atenuantes que se quiera, que a mi juicio no son muchos- en Cuba. ¿Cuál será el rostro del "Socialismo del siglo XXI" que predica Chávez? Seguramente no muy distinto del cubano, uno que ahogue las "libertades burguesas" y concentre todo el poder en el caudillo endiosado.

Ésta es la experiencia histórica que -salvo excepciones honrosas- la izquierda mexicana no quiso confrontar. La gran lección que puede extraer de la película es repensar el tema de la libertad.


Enrique Krauze, El Norte, 22 de abril 2007

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