domingo, noviembre 30, 2008
Los votivos del lobo
Les comparto un cartón de Paco Calderón que no tiene desperdicio. "Retrata" de genial manera la idiosincrasia del mexicano, la causa primigenia de nuestros males y problemas.Etiquetas: educación, idiosincracia, inseguridad, intelectual, pobreza, riqueza
domingo, junio 15, 2008
Oswaldo y las reglas
Para todos los que no aman y para todos los que no quieren al futbol, comienzo por aclarar que Oswaldo Sánchez es el portero titular de la selección nacional. El puesto de portero es (puedo atestiguarlo por una experiencia personal, ¡ay!, tan remota) el más sufrido pero también el más "heroico". El portero suele ser el líder del equipo. Oswaldo no sólo ha sido un excelente jugador y un gran líder sino un ejemplo de profesionalismo y seriedad.
Hace unos días, Oswaldo fue protagonista de un incidente incómodo. Tras el triunfo de la selección en un partido amistoso que tuvo lugar en Chicago contra su homóloga del Perú, Oswaldo y sus compañeros decidieron festejar ruidosamente en su habitación de hotel. Las reglas de silencio y privacidad no permitían este tipo de encuentros, por lo que los alegres amigos fueron reconvenidos algunas veces hasta que la policía irrumpió (al parecer, con severidad extrema) para detener al portero nacional y someterlo a juicio. Además de una sanción pecuniaria, Oswaldo tendrá que comparecer en una futura audiencia de la que, con toda certeza, saldrá bien librado.
El episodio no tiene importancia pero es emblemático de una cierta actitud nacional sobre la que vale la pena reflexionar. Los jugadores festejaban su victoria porque festejar es algo natural. Si las reglas del lugar eran contrarias a ese festejo el problema no era de ellos sino de las reglas, que seguramente no se tomaron la molestia, o no vieron la necesidad, de revisar.
Es la misma lógica que prevalece en incontables manifestaciones de nuestra conducta pública. Cualquiera puede atestiguarlo, por ejemplo, en el tráfico nuestro de cada día: la gente en México conduce su auto como una prolongación de su cuerpo, moviéndolo con naturalidad en todas las direcciones y a una velocidad discrecional. El único límite (a veces) es el instinto de supervivencia, o la precaución de no ser "cachado" por la policía, pero casi nunca la convicción racional o cívica de que existen leyes escritas que no se deben infringir. Si la ciudad es una selva y en la selva no hay semáforos, ¿por qué habría yo de obedecerlos?
Otro ejemplo más delicado es el abuso de los grupos o asociaciones sociales, sindicales, políticas de su derecho constitucional a la libre manifestación. Tomemos por caso la reciente toma del periférico de la Ciudad de México por un grupo de sindicalistas que apoyan al líder Napoleón Gómez Urrutia.
Aunque el frecuente conflicto entre el derecho de manifestación y el de tránsito es un tema complejo del que los legisladores o los ministros de la Corte deberán ocuparse alguna vez, es claro que tanto el taponamiento completo de las vías como la agresión a algunos automovilistas son actitudes violatorias de la legalidad, pero los manifestantes no se detienen en esas consideraciones menores. Ellos están en su derecho "natural" de protestar, un derecho superior a cualquier regla escrita. Más aún, si la autoridad pretende hacer valer la regla escrita, es inmediatamente acusada de represión.
Lo más extraño es que las propias autoridades comparten esa postura. Hace casi diez años, cuando en una operación legal, ordenada e incruenta el Gobierno intervino para poner fin al movimiento que había paralizado a la UNAM, un alto funcionario federal declaró (palabras más, palabras menos): "A veces las circunstancias son tan delicadas que uno no tiene más remedio que aplicar la ley".
La noción de preeminencia de la "ley natural" sobre la ley escrita se encuentra en un sustrato muy antiguo y profundo de nuestra cultura política. Proviene de la matriz neoescolástica que caracterizó a Nueva España, lo cual no explica todo pero explica mucho.
En México -como en la España del "Siglo de Oro"- todo pueblo es "el pueblo", toda parte es el todo, y por eso se siente con el derecho natural no sólo de manifestar su parecer o su agravio sin límite alguno, sino de tomar las medidas de hecho que crea pertinentes para hacerlo valer por sobre las falibles leyes humanas. En el fondo del "imaginario" mexicano, todo conjunto homogéneo y numeroso de personas es "Fuenteovejuna" y se siente con derecho a actuar contra los comendadores en turno.
Los liberales del siglo 19 tuvieron perfecta conciencia del problema. Por eso en las leyes, en la Ley, como el único instrumento que nos permite vivir en convivencia y no "al natural", sometidos a la ley de la selva, a la voluntad del rey o a la del coro que lo aclama. El prestigio de la Revolución sobre la Reforma nos desvió de ese camino de construcción legal para retrotraernos a un orden regido por el pacto entre una porción del "pueblo", cuya voluntad soberana no se medía en votos sino en su capacidad de movilización y aclamación, y un caudillo a quien ese "pueblo" entregaba el poder para que lo ejerciese conforme a su muy personal concepto de "orden natural".
Seguramente Oswaldo no infringirá ya las reglas y seguirá defendiendo el arco de la selección. Por desgracia, en la cancha de nuestra vida pública, seguirá imperando la ley natural sobre la escrita.
Enrique Krauze
---------------------------
Ojalá los políticos de hoy en México fueran tan liberales y progresistas como los liberales del siglo XIX. Ah, pero eso si!, no dejan de usar el nombre de Juarez para todo. Ojalá fueran realmente seguidores de los principios de Juárez.
Hace unos días, Oswaldo fue protagonista de un incidente incómodo. Tras el triunfo de la selección en un partido amistoso que tuvo lugar en Chicago contra su homóloga del Perú, Oswaldo y sus compañeros decidieron festejar ruidosamente en su habitación de hotel. Las reglas de silencio y privacidad no permitían este tipo de encuentros, por lo que los alegres amigos fueron reconvenidos algunas veces hasta que la policía irrumpió (al parecer, con severidad extrema) para detener al portero nacional y someterlo a juicio. Además de una sanción pecuniaria, Oswaldo tendrá que comparecer en una futura audiencia de la que, con toda certeza, saldrá bien librado.
El episodio no tiene importancia pero es emblemático de una cierta actitud nacional sobre la que vale la pena reflexionar. Los jugadores festejaban su victoria porque festejar es algo natural. Si las reglas del lugar eran contrarias a ese festejo el problema no era de ellos sino de las reglas, que seguramente no se tomaron la molestia, o no vieron la necesidad, de revisar.
Es la misma lógica que prevalece en incontables manifestaciones de nuestra conducta pública. Cualquiera puede atestiguarlo, por ejemplo, en el tráfico nuestro de cada día: la gente en México conduce su auto como una prolongación de su cuerpo, moviéndolo con naturalidad en todas las direcciones y a una velocidad discrecional. El único límite (a veces) es el instinto de supervivencia, o la precaución de no ser "cachado" por la policía, pero casi nunca la convicción racional o cívica de que existen leyes escritas que no se deben infringir. Si la ciudad es una selva y en la selva no hay semáforos, ¿por qué habría yo de obedecerlos?
Otro ejemplo más delicado es el abuso de los grupos o asociaciones sociales, sindicales, políticas de su derecho constitucional a la libre manifestación. Tomemos por caso la reciente toma del periférico de la Ciudad de México por un grupo de sindicalistas que apoyan al líder Napoleón Gómez Urrutia.
Aunque el frecuente conflicto entre el derecho de manifestación y el de tránsito es un tema complejo del que los legisladores o los ministros de la Corte deberán ocuparse alguna vez, es claro que tanto el taponamiento completo de las vías como la agresión a algunos automovilistas son actitudes violatorias de la legalidad, pero los manifestantes no se detienen en esas consideraciones menores. Ellos están en su derecho "natural" de protestar, un derecho superior a cualquier regla escrita. Más aún, si la autoridad pretende hacer valer la regla escrita, es inmediatamente acusada de represión.
Lo más extraño es que las propias autoridades comparten esa postura. Hace casi diez años, cuando en una operación legal, ordenada e incruenta el Gobierno intervino para poner fin al movimiento que había paralizado a la UNAM, un alto funcionario federal declaró (palabras más, palabras menos): "A veces las circunstancias son tan delicadas que uno no tiene más remedio que aplicar la ley".
La noción de preeminencia de la "ley natural" sobre la ley escrita se encuentra en un sustrato muy antiguo y profundo de nuestra cultura política. Proviene de la matriz neoescolástica que caracterizó a Nueva España, lo cual no explica todo pero explica mucho.
En México -como en la España del "Siglo de Oro"- todo pueblo es "el pueblo", toda parte es el todo, y por eso se siente con el derecho natural no sólo de manifestar su parecer o su agravio sin límite alguno, sino de tomar las medidas de hecho que crea pertinentes para hacerlo valer por sobre las falibles leyes humanas. En el fondo del "imaginario" mexicano, todo conjunto homogéneo y numeroso de personas es "Fuenteovejuna" y se siente con derecho a actuar contra los comendadores en turno.
Los liberales del siglo 19 tuvieron perfecta conciencia del problema. Por eso en las leyes, en la Ley, como el único instrumento que nos permite vivir en convivencia y no "al natural", sometidos a la ley de la selva, a la voluntad del rey o a la del coro que lo aclama. El prestigio de la Revolución sobre la Reforma nos desvió de ese camino de construcción legal para retrotraernos a un orden regido por el pacto entre una porción del "pueblo", cuya voluntad soberana no se medía en votos sino en su capacidad de movilización y aclamación, y un caudillo a quien ese "pueblo" entregaba el poder para que lo ejerciese conforme a su muy personal concepto de "orden natural".
Seguramente Oswaldo no infringirá ya las reglas y seguirá defendiendo el arco de la selección. Por desgracia, en la cancha de nuestra vida pública, seguirá imperando la ley natural sobre la escrita.
Enrique Krauze
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Ojalá los políticos de hoy en México fueran tan liberales y progresistas como los liberales del siglo XIX. Ah, pero eso si!, no dejan de usar el nombre de Juarez para todo. Ojalá fueran realmente seguidores de los principios de Juárez.
Etiquetas: conservador, demagogia, estado de derecho, idiosincracia, leyes, liberal, populismo
viernes, noviembre 02, 2007
¡Viva mi desgracia!, responsabilidad del ciudadano...
Cito de memoria un pasaje de Maquiavelo que le era particularmente grato e iluminador a mi ya difunto maestro Edmundo O'Gorman: entre los poderes del Príncipe no está el de impedir una tormenta o una inundación; pero sí es potestad y deber del Príncipe prever estas desgracias y edificar todas las obras que defiendan de ellas a su ciudad.
La tragedia de Tabasco es muy dolorosa. Es el cuerpo de nuestra República el que está gravemente herido. Sin embargo, entiendo que paralelamente a todas las tareas de ayuda y rescate a las que podamos sumarnos, tenemos, los mexicanos todos, otra tarea igualmente urgente: nuestra obligación es preguntarle al omnipresente PRI-gobierno qué tareas preventivas han realizado en esas tierras tan a merced de los elementos desatados. Esto por fuerza nos tiene que llevar a la pulcritud y transparencia en el uso de los dineros públicos y, la verdad, yo no sé si Madrazo, si Andrade, si Rovirosa, si tantos priistas que han sido titulares del Ejecutivo tabasqueño han hecho buen uso del dinero que les fue confiado. Propendo a pensar que la respuesta es negativa, que su bien ganada fama de abusivos inescrupulosos pasa o pasó por las arcas públicas y que mucho dinero que pudo haberse empleado en la protección de Tabasco sirvió para los lujos personales o las campañas del partido tricolor patrocinadas por estos jerarcas tropicales que, bien a bien, no se privaron de nada. El resultado está a la vista.
Ahora tenemos que poner sobre la mesa un asunto que a Maquiavelo, que jamás podrá ser acusado de demócrata, no le interesó en absoluto: la responsabilidad de la gente. Lo que quiero puntualizar es que sin la condición moral de los mexicanos, el PRI no podría haberse perpetuado tantas décadas en nuestro país. El PRI vino a resultar ideal, por lo menos, en dos términos: teníamos a quien limosnear y a quien mentarle la madre. Es, en determinadas condiciones, una situación ideal. Yo me pregunto: ¿qué hicieron los tabasqueños y en general los mexicanos para frenar de modo efectivo el robo sistemático de nuestros dineros? Si respondemos que lo único que hicimos fue refunfuñar por lo bajo, aquí hay un problema de responsabilidad compartida que me lleva a otra pregunta: ¿cuándo el ciudadano mexicano aceptará su parte en el ostensible deterioro de nuestro país? Me temo que tarde o nunca. Nuestra mirada tiene un entrenamiento especial para mirar lo que se nos hace y para ignorar lo que permitimos que se nos haga. No hay una corresponsabilidad. Ya me gustaría ver una manifestación que dijera: exigimos esto y ofrecemos esto otro; o un pedigüeño que me dijera ayúdeme y ofrézcame alguna pequeña tarea a cambio de su ayuda. Esto no se da entre nosotros. No hace mucho contemplaba horrorizado a los encuerados de los 400 Pueblos; pedían ayuda, no ofrecían nada a cambio y su talante era el de hacernos sentir que nuestra obligación moral era ayudarlos. Esto tiene que cambiar. Todos podemos y debemos darle algo a nuestro país. Lo demás es folclor y miseria.
Por lo pronto, tenemos la tragedia enorme de Tabasco. Necesitan de todo, pero prioritariamente agua potable, alimentos listos para ser consumidos (si van en lata, que sean esas latas que pueden abrirse sin abrelatas), pastillas para desinfectar, costales para barricadas, toallas femeninas, pañales. En Berlín 33, esquina Marsella, está el Centro de Acopio. El teléfono es 5705-7413.
La desgracia de Tabasco no espera, pero los mexicanos creo que haríamos bien ayudando, pero también preguntándonos si somos o no parte de nuestra desgracia.
Probablemente predique en el desierto. Todos andan vacacionando. Bueno. HOY TOCA.
¿Qué tal durmió? MCLXV (1165)
¿Cuándo les toca a MONTIEL y Peña Nieto?
Germán Dehesa
german@plazadelangel.com.mx
-------------------------------------------------------------------------------
Muy cierto lo que dice Dehesa. ¿Y nuestra responsabilidad donde queda? Es muy fácil pedirle al gobierno que nos resuelva todos los problemas, ¿y uno que esta haciendo? ¿Pagamos puntualmente los impuestos? ¿Vamos a votar? ¿No ofrecemos mordida? ¿Respetamos los derechos de los demás?
Es patético como algunos tabasqueños le gritaban a Felipe Calderón que no había cumplido, mientras éste llenaba sacos con arena para reforzar un dique en Villa Hermosa. Ahí estaban, parados, simplemente viendo la desgracia. Su ciudad inundada, sus casas anegadas, pero parados sin hacer nada, criticando al Presidente. Y no es por defender a Calderón, es obvio que llenar los sacos con arena es parte de su show político. Pero si es patético cómo hay quienes a pesar de estar viviendo en la desgracia, no mueven ni un sólo dedo y exigen que el gobierno les resuelva todo. Esa es la mentalidad de muchos mexicanos. Quieren todo gratis, quieren que el Estado les resuelva la vida. Pero sin ellos poner su grano de arena. Por eso este país esta como esta, por esa idiosincrasia maldita, esa cultura cultivada por décadas por el PRI-gobierno y retroalimentada por la misma gente.
Saludos
La tragedia de Tabasco es muy dolorosa. Es el cuerpo de nuestra República el que está gravemente herido. Sin embargo, entiendo que paralelamente a todas las tareas de ayuda y rescate a las que podamos sumarnos, tenemos, los mexicanos todos, otra tarea igualmente urgente: nuestra obligación es preguntarle al omnipresente PRI-gobierno qué tareas preventivas han realizado en esas tierras tan a merced de los elementos desatados. Esto por fuerza nos tiene que llevar a la pulcritud y transparencia en el uso de los dineros públicos y, la verdad, yo no sé si Madrazo, si Andrade, si Rovirosa, si tantos priistas que han sido titulares del Ejecutivo tabasqueño han hecho buen uso del dinero que les fue confiado. Propendo a pensar que la respuesta es negativa, que su bien ganada fama de abusivos inescrupulosos pasa o pasó por las arcas públicas y que mucho dinero que pudo haberse empleado en la protección de Tabasco sirvió para los lujos personales o las campañas del partido tricolor patrocinadas por estos jerarcas tropicales que, bien a bien, no se privaron de nada. El resultado está a la vista.
Ahora tenemos que poner sobre la mesa un asunto que a Maquiavelo, que jamás podrá ser acusado de demócrata, no le interesó en absoluto: la responsabilidad de la gente. Lo que quiero puntualizar es que sin la condición moral de los mexicanos, el PRI no podría haberse perpetuado tantas décadas en nuestro país. El PRI vino a resultar ideal, por lo menos, en dos términos: teníamos a quien limosnear y a quien mentarle la madre. Es, en determinadas condiciones, una situación ideal. Yo me pregunto: ¿qué hicieron los tabasqueños y en general los mexicanos para frenar de modo efectivo el robo sistemático de nuestros dineros? Si respondemos que lo único que hicimos fue refunfuñar por lo bajo, aquí hay un problema de responsabilidad compartida que me lleva a otra pregunta: ¿cuándo el ciudadano mexicano aceptará su parte en el ostensible deterioro de nuestro país? Me temo que tarde o nunca. Nuestra mirada tiene un entrenamiento especial para mirar lo que se nos hace y para ignorar lo que permitimos que se nos haga. No hay una corresponsabilidad. Ya me gustaría ver una manifestación que dijera: exigimos esto y ofrecemos esto otro; o un pedigüeño que me dijera ayúdeme y ofrézcame alguna pequeña tarea a cambio de su ayuda. Esto no se da entre nosotros. No hace mucho contemplaba horrorizado a los encuerados de los 400 Pueblos; pedían ayuda, no ofrecían nada a cambio y su talante era el de hacernos sentir que nuestra obligación moral era ayudarlos. Esto tiene que cambiar. Todos podemos y debemos darle algo a nuestro país. Lo demás es folclor y miseria.
Por lo pronto, tenemos la tragedia enorme de Tabasco. Necesitan de todo, pero prioritariamente agua potable, alimentos listos para ser consumidos (si van en lata, que sean esas latas que pueden abrirse sin abrelatas), pastillas para desinfectar, costales para barricadas, toallas femeninas, pañales. En Berlín 33, esquina Marsella, está el Centro de Acopio. El teléfono es 5705-7413.
La desgracia de Tabasco no espera, pero los mexicanos creo que haríamos bien ayudando, pero también preguntándonos si somos o no parte de nuestra desgracia.
Probablemente predique en el desierto. Todos andan vacacionando. Bueno. HOY TOCA.
¿Qué tal durmió? MCLXV (1165)
¿Cuándo les toca a MONTIEL y Peña Nieto?
Germán Dehesa
german@plazadelangel.com.mx
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Muy cierto lo que dice Dehesa. ¿Y nuestra responsabilidad donde queda? Es muy fácil pedirle al gobierno que nos resuelva todos los problemas, ¿y uno que esta haciendo? ¿Pagamos puntualmente los impuestos? ¿Vamos a votar? ¿No ofrecemos mordida? ¿Respetamos los derechos de los demás?
Es patético como algunos tabasqueños le gritaban a Felipe Calderón que no había cumplido, mientras éste llenaba sacos con arena para reforzar un dique en Villa Hermosa. Ahí estaban, parados, simplemente viendo la desgracia. Su ciudad inundada, sus casas anegadas, pero parados sin hacer nada, criticando al Presidente. Y no es por defender a Calderón, es obvio que llenar los sacos con arena es parte de su show político. Pero si es patético cómo hay quienes a pesar de estar viviendo en la desgracia, no mueven ni un sólo dedo y exigen que el gobierno les resuelva todo. Esa es la mentalidad de muchos mexicanos. Quieren todo gratis, quieren que el Estado les resuelva la vida. Pero sin ellos poner su grano de arena. Por eso este país esta como esta, por esa idiosincrasia maldita, esa cultura cultivada por décadas por el PRI-gobierno y retroalimentada por la misma gente.
Saludos
Etiquetas: demagogia, democracia, economia, educación, idiosincracia, México, pobreza, populismo, reaccionario, subsidios
miércoles, enero 17, 2007
Primero los hábitos populistas
Gobernar, el ejercicio verdadero del gobierno, supone modificar hábitos. Parafraseo a John Locke para quien toda acción humana repercutía en una manifestación externa. El entendimiento se formaba allí, en la posibilidad de ir a los hechos. No modificar hábitos, costumbres, convierte a quien pretende gobernar en un esclavo de la tradición. Por supuesto que defender las tradiciones -buenas o malas- siempre será más popular que enfrentar a los ciudadanos consigo mismos. Pero las consecuencias de esa esclavitud pueden ser la tumba de las naciones.
En México con frecuencia caemos en la tentación de exigir cambios para que nada cambie. Repitiendo la sentencia de Don Edmundo O'Gorman queremos la modernidad, pero no ser modernos. La actitud desnuda un profundo conservadurismo popular. Este País que nombra a diestra y siniestra a la Revolución como su sentido de vida lo que muestra en los hechos es un tradicionalismo de espanto.
Ahora bien, si estuviéramos en la gloria el conservadurismo tendría la defensa de los logros pasados. Pero no es el caso, de hecho, nuestras lacras y miserias conforman una larga lista. Lo más grave es que nuestros gobernantes, de uno y otro bando, parecieran ratificar la esclavitud frente a los hábitos. En las últimas semanas hemos tenido varios ejemplos de ello.
México es un país con un severo y creciente problema de obesidad. Los datos para los jóvenes e incluso niños son verdaderamente dramáticos. Por supuesto, la diabetes se dispara. Las consecuencias y costos los habremos de pagar todos. La explicación radica básicamente en los malos hábitos alimenticios, entre otros ser el país número uno en consumo de refrescos por habitante.
Llegamos a la discusión sobre la Ley de Ingresos; se plantea la posibilidad de gravar especialmente esas bebidas. La industria lanza una fuerte campaña de lobbying, están en todo su derecho. Los legisladores se amilanan y dejan que argumentos insostenibles frente al interés de las mayorías prosperen y ganen la discusión. La izquierda mexicana -que a diferencia de la mayoría de las izquierdas pugna por bajar impuestos- termina apoyando los argumentos de la industria. Resultado: un triunfo de las costumbres, de las malas costumbres. Un país de millones de potenciales diabéticos es incapaz de gravar un producto cuyo consumo excesivo es una realidad que daña la salud de buena parte de la población.
Se trataba de un típico punto de acuerdo en el cual las diferencias entre unos y otros debía subsumirse al interés de salud pública en este caso. A consumir azúcar en exceso, a generar diabéticos cuyo tratamiento tendrá que ser afrontado por el Estado, por los contribuyentes. Del indebido impuesto a la fructuosa para beneficio de unos pocos y perjuicio de millones de consumidores mejor ni hablar.
Segundo caso, la tortilla. Muchos países tienen en su dieta básica alimentos derivados de cultivos tradicionales que son protegidos por el Estado. El arroz en Oriente o la cebada y el trigo en el centro de Europa. En la mayoría de ellos, la explicación de la popularidad del alimento se encuentra en la prosperidad natural del producto original. En México el maíz y la tortilla son sin duda parte de nuestra cultura, con un pequeño problema: nuestra productividad por hectárea es en lo general muy inferior a la de otros países. O sea que para mantener barata la tortilla hemos tenido que subsidiar por mil formas a los productores.
De pronto -debido a una nueva fórmula de producción de etanol a partir de grano- el precio del maíz se eleva. Es una excelente noticia para los productores mexicanos que desde siempre pugnan por mayores ingresos. Por supuesto, el precio de la tortilla debe elevarse o se deben buscar importaciones de grano de zonas con mejores índices de productividad. Vienen las reacciones: lo principal, mantener la costumbre. ¡Cómo va a ser que el consumidor tenga que repensar su compra o buscar alternativas! Nada de eso. Lo primero es la costumbre y ésa habla de tortilla barata a como dé lugar. No importa que buena parte del subsidio se lo lleven las productoras de forraje, entre otras grandes empresas. Hay que garantizar la continuidad del hábito, así se fomente mayor injusticia y se traspase dinero público a los pudientes.
¿Qué va a ocurrir con la próxima apertura de fronteras a la importación de maíz? Hemos tenido 12 años para reconvertir el agro mexicano. Poco, nada hemos hecho. En unos meses más tendremos que darle la cara a la cruda realidad. Nuestra costumbre, el tótem del maíz y por ende de la tortilla como producto 100 por ciento nacional es insostenible.
Otro ejemplo. Somos el país de la OCDE que menos recauda por vía fiscal. Alrededor del 40 por ciento de los ingresos de la Federación provienen del petróleo. No pagar impuestos o no pagar los debidos es una vieja costumbre nacional. Que paguen las generaciones futuras, nosotros nos consumimos su petróleo, pero no pagamos impuestos. Como no les cuadraban los números los legisladores subieron la expectativa del ingreso petrolero y echaron a andar su alegría presupuestal. Dos semanas después viene el tropiezo. ¿Y ahora qué hacemos? Regresamos a los recortes al de por sí insuficiente presupuesto o cobramos impuestos. Que corran las apuestas. Primero muertos que cambiar nuestros hábitos entre ellos la evasión y la elusión fiscal.
El único problema con nuestras costumbres es que son parte de la explicación de nuestra tragedia. Primero mexicanos que prósperos; primero mexicanos que responsables; primero mexicanos que racionales. ¡Que vivan nuestras costumbres, nuestros hábitos, con la miseria y la injusticia incluidas!
Federico Reyes Heroles, El Norte, 16 de enero 2006
Etiquetas: idiosincracia, pobreza, populismo, reforma fiscal
