viernes, septiembre 11, 2020

 

Liberal o conservador

"No es tiempo de simulaciones. O somos conservadores o somos liberales". Andrés Manuel López Obrador

 

PUEBLA.- Al Presidente le gusta usar su privilegiada tribuna para atacar a quienes se atreven a cuestionarlo. Ayer dijo en su mañanera: "Porque hay quienes todavía dicen que no hay cambios, dicen: '¿Dónde están los cambios?' Estaba yo viendo un texto, una frase de un periodista de derecha, conservador, Sarmiento. No sé de quién es la frase. Él la usa, dando a entender que todo sigue igual, este señor Sarmiento".

 

La frase es "Todo cambia, todo se transforma: todo sigue igual" y es del irreverente cronista Carlos Monsiváis.

 

La expresión fue sin duda inspirada por la novela "El Gatopardo" de Giuseppe Tommassi di Lampedusa, quien pone en boca de su protagonista, Fabrizio Corbera, príncipe de Salina, estas palabras: "Si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie".

 

Sin embargo, yo no afirmé en la columna a la que se refiere el Mandatario, y que claramente no leyó, que él no esté realizando cambios.

 

Sí hablé de cómo descalifica a quienes cuestionan alguna de sus medidas. Apunté que los intelectuales de los que hoy se queja criticaron también a sus predecesores.

 

Añadí que López Obrador está cada vez más distanciado de los principios de la izquierda liberal que supuestamente representaba.

 

El Mandatario piensa que para descalificar un argumento basta con tildar de conservador o derechista a quien lo expresa. Con ello revela, sin embargo, un profundo desconocimiento del significado de los términos.

 

En realidad, muchas de las críticas que recibe provienen de las filas del liberalismo. No parece darse cuenta de que sus posiciones son conservadoras.

 

Quizá el Presidente debería consultar los diccionarios. "Liberal" es una persona que actúa con liberalidad, con generosidad; que rechaza el moralismo; que promueve las libertades políticas, económicas y sociales; que defiende al individuo frente al poder del Estado; que es tolerante con quienes no piensan como él.

 

López Obrador no comparte estas posiciones. Como hombre, y como político, es profundamente conservador.

 

En el gasto, lejos de ser liberal, se enorgullece de su tacañería. No le gusta gastar y presenta esta parquedad como virtud. Como político ha presentado presupuestos no solo conservadores, sino recesivos.

 

Esto no es necesariamente malo. Los presupuestos equilibrados han permitido mantener una razonable estabilidad del Peso, pero la tacañería ha llevado al extremo de dejar sin medicamentos a miles de pacientes de los servicios públicos de salud.

 

Un liberal defiende el derecho de los individuos a tomar sus propias decisiones morales. Los conservadores, en cambio, piensan que deben imponer su moral a los demás; citan textos sagrados y a líderes religiosos, como el papa Francisco, para justificar la imposición; piden que la sociedad rija su comportamiento por una cartilla o una constitución moral.

 

Los liberales defienden la pluralidad política ante los gobernantes autoritarios, que piensan que solo ellos tienen la razón. Son partidarios de las libertades económicas y de la libre competencia. Rechazan al Estado como rector de la economía.

 

Quizá lo más importante, sin embargo, es que los liberales son tolerantes con quienes piensan diferente.

 

Yo siempre he aplaudido la honestidad personal del Presidente y la admiración que ha expresado por los liberales del siglo 19.

 

La libertad, sin embargo, hay que defenderla aquí y ahora, en este siglo 21 en que los populistas conservadores quieren llevarnos de regreso a un mundo idílico que nunca existió.

 

Sergio Sarmiento


 

¿Un peligro para México?

En su crisis mañanera de ayer, el Presidente López Obrador farfulló que un periodista sólo referido, con difícil memoria fingidamente amnésica, como Sarmiento, lo había acosado. Ello porque en el epígrafe de su editorial en Grupo REFORMA propuso que todo sigue igual.

 

Escritor y medio de comunicación frecuentemente acosados por AMLO, quien de conservadores de derecha no los baja cuando disienten de sus decisiones y verbalizaciones o cuando no lo mencionan.

 

El tema de AMLO era la toma de la presa La Boquilla, en Chihuahua, por agricultores de ese Estado que lograron que se retiraran elementos de la Guardia Nacional obradorista, dejando la presa en poder de los manifestantes.

 

Pero con todo y el retiro de la policía militarizada del Gobierno federal o del ejército policiaco del ídem, dos manifestantes fueron baleados, presuntamente por miembros de la GN, que mataron a una mujer e hirieron gravemente a un hombre.

 

Según López Obrador, los policías estaban desarmados, pero dispararon balas asesinas perfectamente efectivas.

 

Los manifestantes de Chihuahua tomaron la presa, como López Obrador y los suyos tomaron Paseo de la Reforma, paralizando virtualmente por semanas el hoy ex DF en el año 2006 contra el triunfo electoral de Felipe Calderón, sin ser balaceados por autoridad alguna.

 

Los agricultores norteños tenían, entre otras motivaciones, la falta de agua agravada por la entrega del líquido disponible a Estados Unidos por añejos compromisos internacionales.

 

El Presidente acusó a todo organismo o persona existente de poner navajas en las manos vacías de los manifestantes y orquestar la toma de la presa, entre ellos el PAN, el PRI, el Gobernador Corral, el ex Gobernador Baeza, el político Gustavo Madero y los medios manipulados por sus enemigos.

 

Y contando seguiría AMLO si no hubiera llegado la hora de su siguiente mañanera, para acusar a más mexicanos de neoliberales y conservadores.

 

¡Como si estuviera prohibido ser conservador! O como si López Obrador no fuera uno de los Presidentes más conservadores que hemos padecido los mexicanos.

 

Y es conservador porque quiere que todo siga igual, como póstumamente dijo el difunto Monsiváis en el epígrafe del artículo de Sarmiento.

 

México sigue padeciendo una dictablanda, cada vez más dura, y corrupción -si me permiten escribir ¡Pío!- cada vez más desvergonzada asociada a la cada vez más dura dictablanda, bajo el disfraz del venerable viejito liberal que AMLO no es.

 

No es liberal, viejito quizás. Nadie debe contradecirlo, el statu quo suyo debe prevalecer y reinar sobre cualquier otro, para que cualquier ideología ajena a sus principios y finales sea excluida del Índice y sus crédulos juzgados por la Inquisición macuspana.

 

López Obrador es un conservador por excelencia, pero llama conservadores, despectivamente, a todos los que no coincidimos respetuosamente y en paz con sus atrasados postulados.

 

Así, los manifestantes que -en uso de la libertad defendida por el Presidente cuando le convenía- protestaron contra lo que consideraron injusto y traidor a México y tomaron la presa La Boquilla, son enemigos del Presidente y herencia de un pasado corrupto que, en el caso de AMLO, es un presente aferrado al pasado.

 

Cuando eran adversarios en competencia por la silla presidencial, Felipe Calderón acusó a Andrés Manuel López Obrador de ser un peligro para México. Eso fue injusto y desmedido en ese tiempo. Pero hoy las cosas no son iguales.

 

Hoy el hombre de Centla tiene el poder en Tenochtitlan, un poder prácticamente total, aunque el control de la Conago se le haya desecho entre las manos de Jaime Rodríguez Calderón.

 

Hoy, me horroriza creerlo y escribirlo, López Obrador sí es un peligro para México. El poder absoluto vuelve tontos a los inteligentes y a los que ya son tontos los vuelve locos, como pontificaba Arturo de la Garza González, otro gran ausente.

 

Felipe Díaz Garza


domingo, agosto 30, 2020

 

Costos y consecuencias

La democratización que ha experimentado el País en las últimas décadas trajo consecuencias no anticipadas con las que hay que lidiar porque la alternativa es absolutamente inaceptable. Quien gana una elección se siente libre de avanzar su agenda no sólo negando a la oposición, sino, como hoy, tildándola de enemiga.

 

En lugar de una democracia, hemos construido, o reproducido para el siglo XXI, la famosa frase de Cosío Villegas: una monarquía sexenal. En lugar de emplear la política para construir un futuro común, una interdependencia necesaria, se excluye y persigue toda visión y pensamiento crítico o disidente. Ésas son las formas de una dictadura y, cuando eso ocurre, deja de importar el signo o la persona a cargo: lo que importa es la realidad.

 

Muchos de los excesos del Gobierno actual, sobre todo su manera de destruir instituciones y obligar a sus contingentes legislativos a seguir instrucciones, como si fuesen meros empleadillos, son sin duda reacción visceral a los excesos -de forma o de fondo- de administraciones anteriores. Pero el hecho de que un Presidente se pueda exceder evidencia la enorme fragilidad de nuestro sistema de gobierno, que la pandemia no hecho sino magnificar.

 

Elaborar y modificar leyes en una democracia es la función elemental del Legislativo que, en la división de poderes, constituye un poder igual y un contrapeso. Sin embargo, como dice Santiago Kovadloff de Argentina, "nosotros modificamos mucho más la Constitución de lo que la cumplimos". En México es el Presidente quien manda, legisla, ejecuta y viola la constitución, pretendiendo que gobierna, cuando en realidad instruye y sojuzga.

 

Las naciones en que la palabra es única, una imposición, la reversión es igualmente veloz. Lo que el Presidente está haciendo con las reformas parte de la negación del tiempo y del cambio de circunstancias.

 

Sin duda, lo que ha hecho posible desmantelar las estructuras administrativas, políticas y regulatorias es la poca legitimidad de que gozaban; pero, al actuar de la misma manera -de hecho, de forma mucho más arbitraria porque ahora ni las formas se cuidan- el Presidente está sembrando las semillas del siguiente contraataque.

 

En lugar de construir y gobernar, la población, a la que trata como súbdita, acabará viendo y pensando al Gobierno actual como le ocurrió con todos los anteriores. Nadie, ni AMLO, puede desafiar la ley de la gravedad.

 

La interrogante clave es qué harán esos mismos legisladores y jueces cuando los errores y carencias de este Gobierno rebasen al Presidente y exijan respuestas ante los problemas cotidianos, de esos que la pandemia acumula a una velocidad superior al crecimiento en el número de muertos.

 

Si una constante tiene el sistema político mexicano es que el rey es rey, pero sólo mientras está ahí; en el momento en que eso cambia comienza el calvario. No hay ni un solo Presidente en esta era que no haya pasado por esa criba, aunque algunos la hayan librado mejor que otros. Atizar el fervor vengativo sólo eleva los momios.

 

La otra constante es una infinita incapacidad para reconocer lo previamente logrado y construir sobre ello. El pasado siempre fue malo y tiene que ser modificado porque los nuevos siempre son más inteligentes que los anteriores.

 

La arrogancia es tan grande que ciega a todos: un país de más de 120 millones de habitantes es mangoneado como si se tratase de un pueblo perdido en la mitad de Tabasco.

 

El problema es que, con todos los errores y corruptelas, México es una de las principales naciones del mundo y la ciudadanía, aunque ninguneada, tiene aspiraciones, a mejorar y salir adelante. Y, a la larga, siempre se impone. Ni cerrando a toda la prensa evitará que la información sea conocida.

 

Sin embargo, el panorama hacia adelante no es halagüeño. Negar el número de muertos, la profundidad de la recesión o el número de desempleados (los reales, no sólo los del IMSS) no hace sino contribuir a la profundización y alargamiento de las dos crisis simultáneas: la sanitaria y la económica. El Gobierno ignora a la ciudadanía, pero ésta no puede ignorar su realidad, esa que le pega directamente a su ingreso y a sus posibilidades de sobrevivir.

 

Urge revisar el contenido de nuestra democracia para hacer reingeniería en la forma de gobernar. La ausencia de un proceso de reforma al sistema político es lo que ha causado la subordinación del legislativo, la disfuncionalidad del llamado pacto federal y las excesivas atribuciones -reales y nominales- de esta Presidencia. La alternativa no es de un color atractivo.

 

Luis Rubio


 

Asistencialismo

Es difícil creer que AMLO compare el apoyar a los más pobres con el trato que se les da a las mascotas, pero no es una noticia falsa inventada por sus adversarios. El martes, tras decir que los conservadores votaron en contra de la pensión a adultos mayores, explicó que ellos inventaron "de que, en vez de darles el pescado, había que enseñarlos a pescar. [...] si no hay agua, si no hay pescado, ¿qué?, ¿que se mueran de hambre? ¿Qué?, no, si tiene uno una mascota, un gatito, un perrito, tan fieles, con tantos sentimientos, ¿qué?, ¿no lo cuida uno?, ¿no le da uno de comer? O le dice: 'A ver, vete tú a buscar tu comida, aprende'".

 

La izquierda fue crítica de Progresa, programa que inició con Zedillo, por ser asistencialista. Su objetivo no era enseñar a trabajar, como argumenta AMLO, pero tampoco mero reparto clientelar. Buscaba mejorar la salud y educación de los mexicanos a través de incentivar el que los padres de familia llevaran a sus hijos a la escuela y al centro de salud y, a través de un pago diferenciado, apoyaba más a las niñas.

 

La izquierda se oponía por razones ideológicas: no se trataba de repartir de forma condicionada, sino de crear bienes públicos para todos. Había también una preocupación política: el reparto genera redes clientelares que favorecen electoralmente a quien reparte.

 

Para tratar de evitarlas, la oposición logró imponer reglas para prohibir el vincular directamente una transferencia de recursos públicos con el gobernante. Por ello, cuando este gobierno mandó créditos del IMSS a nombre de AMLO, el TEPJF argumentó que la Constitución prohíbe "que los servidores públicos utilicen propaganda gubernamental resaltando su nombre, imagen y logros, para hacer promoción personalizada con o sin recursos públicos".

 

A los gobiernos les encanta repartir dinero porque la gente lo agradece. A pesar de un desastroso manejo de la pandemia en Brasil, la popularidad de Bolsonaro está subiendo por las transferencias a los más pobres, como el reparto de 600 reales mensuales (unos 115 dólares) a 66 millones de brasileños que han perdido sus ingresos por la pandemia.

 

La apuesta de AMLO para el 2021 parte de dos premisas. La primera es distraer de la desastrosa realidad: los muertos por Covid-19, los 100 homicidios diarios y la caída histórica de la economía. Esta semana tocó de show la consulta ciudadana para juzgar a los ex presidentes.

 

La segunda y crucial es su conexión con los más pobres a través de sus políticas asistencialistas. AMLO como candidato en el 2018 criticaba "la política social asistencialista basada en la focalización y asignación de subsidios condicionados" porque el número de pobres seguía creciendo.

 

Ahora no son focalizadas y el nombre de cada programa trae el sello de AMLO, para que quede claro quién envía los recursos. Datos de John Scott muestran que las transferencias directas pasaron de 168 mil millones de pesos en el 2018 a 360 mil millones para 2020. https://bit.ly/2G1Uprz

 

El dinero lo distribuyen los llamados Servidores de la Nación, una red de activistas de Morena contratados antes de asumir la Presidencia para levantar el padrón de beneficiarios portando unos chalecos que los identificaban como simpatizantes de AMLO. Cero intermediarios, AMLO presume, pero los padrones no son públicos y todo está diseñado para que quede claro que el dinero viene de él.

 

Así como las mascotas son agradecidas con el amo, AMLO espera que sus beneficiarios lo sean por su ilimitada generosidad. Cree que le perdonarán el deterioro de los pocos bienes públicos que recibían, como el sistema hospitalario, donde faltan aún más medicamentos que antes; o que ya los eliminaron, como las estancias infantiles.

 

Lo triste es que cada vez tendremos más pobres. ¿O por eso le cayó la pandemia "como anillo al dedo"? Cada día que pasa, AMLO tendrá más clientes para su política social asistencialista.

 

Carlos Elizondo Mayer-Serra


 

Manipulación simbólica

Inicia así: "El cambio verdadero del país comienza por cambiar (sic) la forma tradicional de intervenir en los asuntos públicos". Se trata de la "Declaración de principios de Morena", un documento que consigna muy buenas intenciones. El problema, sin embargo, con la mayoría de los políticos es que una cosa es lo que comunica su fachada (léase promesas, declaraciones, postulados, principios) y otra lo que sucede en realidad. En el escenario gobiernan los actores (el sustantivo es preciso), tras bambalinas las personas, sin máscara ni maquillaje.

 

Quienes llegan con renovados bríos al poder argumentan que no serán como sus antecesores que... y viene una letanía de fechorías y mañas que, según los nuevos, se acabaron, ¡no más! La evidencia muestra que parece haber una competencia por demostrar quién es peor, o quién es más cínico. Ejemplo: calificar de corrupción cuando otros reciben dinero al margen de la ley, y de "aportación" cuando lo reciben los de casa.

 

El PRI se apropió de los colores de la bandera de México, vil madruguete, abuso sin fisuras legales (las leyes las hicieron ellos) tan primitivo y eficaz como su discurso político en campaña durante años: "Vota así" junto a una equis negra sobre su emblema partidista. La oposición, naturalmente, quiso que el partido dominante cambiara sus colores, no pudo. Ahora vemos al gobierno de la Ciudad de México usando, para las festividades patrias de septiembre, el águila juarista, un símbolo asociado a Morena. ¿Es ilegal? No, tal como ha declarado la jefa de Gobierno, no es parte del escudo del partido Morena y lo usa como "una recuperación de la memoria histórica". Además, la Ley sobre el Escudo, la Bandera y el Himno Nacionales no lo prohíbe; regula, sí, el uso del Escudo Nacional, pero el águila juarista no es tal.

 

Se trata, sin embargo, de una mañosa apropiación simbólica que aprovecha lagunas en la ley, pues ésta debería limitar el uso de escudos nacionales con fines de recuperación histórica en los casos en los que pudiera crear competencia con el Escudo Nacional o al haber elementos que supongan la intención de hacer proselitismo. Ciertamente el águila juarista no es parte oficial del partido en el poder, pero sí uno de los símbolos que Morena y su líder de facto han usado. Las mismas mañas priistas.

 

Los símbolos nos ayudan a retener imágenes y por lo tanto a disparar narrativas al asociarlas con significados que emanan de ellos. Por ello, un símbolo nunca es nada más un símbolo, es un catálogo de significados en cascada.

 

Los símbolos nos ayudan a adoctrinar, reafirmar nuestra identidad, nuestras creencias y hasta a proyectar aquello que anhelamos.

 

López Obrador (no quien recibió el dinero en el video recientemente exhibido, sino el que se benefició de la "aportación") es un maestro para usar símbolos de persuasión. No es casual que su formación política haya iniciado, sí, en el PRI. En su caso, hay una tendencia muy marcada por el uso de símbolos religiosos. En varias imágenes donde es retratado comiendo en fondas, detrás de él hay "casualmente" una imagen de la Virgen de Guadalupe, símbolo de veneración nacional para millones de mexicanos, y acaso el primer antecedente de manipulación simbólica durante la Conquista, extraordinaria maniobra que suplantó a Tonantzin por la Virgen morena. ¿Morena?, bueno, en política, y menos para alguien tan astuto como AMLO, nada es casualidad. ¿El día de su registro como precandidato presidencial? 12 de diciembre.

 

El color que usa el gobierno de México es, ¡qué coincidencia!, el mismo de Morena. En sus anuncios promocionales del Segundo Informe de Gobierno, AMLO se apoya en símbolos religiosos; dice: "el Papa Francisco ha dicho que ayudar a los pobres no es comunismo, es el centro del Evangelio". Constantemente vemos el uso (y abuso) de símbolos religiosos y mensajes plagados de citas bíblicas a conveniencia. Justo es mencionar que Vicente Fox también usó símbolos religiosos, rompiendo el principio del Estado laico; empero, el de Guanajuato no llegó al extremo del cinismo como el tabasqueño: pretender emular a Benito Juárez, uniendo de nuevo Iglesia y Estado, entidades que separó el oaxaqueño. Un absurdo.

 

Diferentes actores, mismo guión. No les faltan aplausos. Mientras llegan al poder son comedia; cuando gobiernan, tragedia.

 

Eduardo Caccia


viernes, agosto 28, 2020

 

Pobrismo cristiano

Pobrismo cristiano

"Vended vuestros bienes y repartid el producto entre los necesitados". Jesús (Lucas 12:33)

 

Uno pensaría que solo un político conservador recurriría a la figura del papa y citaría el Evangelio para defender sus estrategias. Y quizá sea cierto. El presidente López Obrador lo ha hecho en uno de los videos con los que se está promoviendo en vísperas del segundo informe:

 

"Tenemos nuestra conciencia tranquila -dijo- y la dicha enorme de ayudarle a la gente humilde, a los más necesitados, a los desposeídos. Los conservadores sostienen de que [sic] estamos llevando al país al comunismo. El papa Francisco ha dicho que ayudar a los pobres no es comunismo. Es el centro del Evangelio. Es para decirles: ¡tengan para que aprendan!".

 

Ni el papa Francisco ni la Iglesia Católica ni el Evangelio son precisamente baluartes del pensamiento liberal. Tampoco el Presidente, aunque al parecer no se ha dado cuenta. El liberalismo es, después de todo, la "actitud que propugna la libertad y la tolerancia en la vida de la sociedad" o "la doctrina política que postula la libertad individual en lo político y la iniciativa privada en lo económico y cultural" (Diccionario, Real Academia), exactamente lo contrario a lo que él pregona.

 

Es claro que López Obrador no está llevando al país al comunismo. Su filosofía es mucho más confusa. Defiende en general ideas conservadoras e impulsa una visión moralista de la sociedad. Es también un firme creyente del asistencialismo y de lo que el filósofo liberal español Antonio Escohotado ha llamado el "pobrismo cristiano".

 

En su obra monumental Los enemigos del comercio: una historia moral de la propiedad, Escohotado sostiene que el comercio y la propiedad han sido las fuerzas que han permitido la liberación y la prosperidad de la humanidad. Atribuye el inicio de la animadversión hacia el comercio a los profetas Daniel e Isaías, quienes plantearon por primera vez que el comercio es un robo. La idea se fortaleció con la secta de los esenios, a la que pertenecía Juan Bautista, y evolucionó hacia Jesús y el pobrismo cristiano.

 

El pobrismo cristiano atacó las actividades comerciales y el crédito, que equiparó a la usura. Veía a la pobreza como una forma de santidad. "Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el reino de los cielos" (Mateo 19:24). Por eso Jesús expulsó a los mercaderes del templo y por eso predicó "Bienaventurados los pobres, porque de ellos será el reino de los cielos" (Lucas 6:20).

 

Ni los griegos ni los romanos de la antigüedad rechazaron el comercio o la prosperidad, pero para los primeros cristianos eran símbolos de perversión. Al llegar al poder cerraron el comercio y el crédito, y produjeron el largo periodo de estancamiento económico y cultural del Medievo.

 

Cuando Europa, maravillada por la prosperidad de los reinos de Oriente, dejó atrás las restricciones económicas, empezaron a surgir la apertura y la prosperidad del Renacimiento, que daría lugar a la Ilustración y después a la libre empresa. Desde entonces hemos vivido el periodo de mayor prosperidad en la historia.

 

López Obrador defiende las tesis conservadoras y el pobrismo cristiano. Prefiere mantener pobres a los pobres, regalar pescado antes que enseñar a pescar. Yeidckol Polevnsky, una alta sacerdotisa de su secta, lo explica: "Cuando sacas a gente de la pobreza, y llegan a clase media, se les olvida de dónde vienen, porque la gente piensa como vive, entonces cuando llegan a clase media se les olvida de dónde vienen y quién los sacó".

 

· NO INVESTIGAR

Eleazar Rubio Aldarán, diputado local de Morena en la Ciudad de México, presentó una iniciativa para convertir nuevamente la difamación en un delito. Argumentó que la labor de los periodistas "es exclusiva de informar, no realizar investigaciones o diligencias para resolver una carpeta de investigación".

 

Sergio Sarmiento


lunes, agosto 24, 2020

 

Derrumbe

A fines de 1999, Cuauhtémoc Cárdenas dejó el Gobierno del DF para competir en la elección presidencial de 2000. Como usted posiblemente sabe, este columnista formó parte de su gobierno, pero ya no fue invitado a la campaña presidencial. Se me solicitó ayudar a la nueva jefa de Gobierno, Rosario Robles. Aunque fui removido de mi oficina (que mi equipo había restaurado literalmente de las ruinas), seguí unas semanas colaborando, a la expectativa de que hubiese posibilidad de ayudar en lo que me correspondía: planeación. A inicios de 2000, sin embargo, lo que se me solicitó fue hacerme cargo del proyecto cien colonias, que consistía en repartir apoyos a las cien colonias más importantes para garantizar el triunfo del candidato del PRD a la Jefatura de Gobierno, un tal Andrés Manuel López Obrador.

 

Me tomé la libertad de informar a la jefa de Gobierno que eso era corrupción, porque se trataba de utilizar recursos públicos para beneficio de un candidato. Rosario no comprendía mi respuesta. Me insistió en que eso no era corrupción, porque no se robaban el dinero para ellos, sino que lo utilizaban para la causa política. Corrupción era robar, me decía; utilizar recursos públicos para la campaña no era nada parecido, era hacer política.

 

Preferí renunciar y alejarme desde entonces de esas actividades profesionales. Pero creo que vale la pena comentarlo ahora porque se ha hecho pública evidencia de cómo el presidente, el mismo Andrés Manuel López Obrador, no tiene empacho alguno en utilizar recursos, sin importar su procedencia, con tal de obtener el poder. Lo ha hecho toda la vida: en su pleito con Madrazo en 1994, en su campaña de 2000 a la Jefatura de Gobierno (como atestigüé), en la de 2006, de 2012 y de 2018. No le ha importado si ese dinero viene de gobiernos locales, de empresarios, sindicatos, o de cualquier otra fuente, con tal de que le sirva para avanzar en su camino.

 

Sin embargo, siempre ha insistido en que es honesto, porque vive en esa extraña dimensión en la que vivía Rosario: lo que se toma para la acción política no es corrupción, corrupción es robar para uno mismo. Por eso López Obrador insiste en que es honesto, porque (casi) no toma nada para él mismo. Aunque vivió doce años sin ingresos, pero nunca sin camionetas, guaruras, secretarios y apoyos, eso no es corrupción (en su lógica), porque se trata de trabajo político. No le parece corrupción haberse hecho de departamentos para cada uno de sus tres hijos, ni un rancho para pasar su vejez, porque eso es razonable para alguien que ha dedicado su vida a la lucha política. La Revolución le ha hecho justicia, pues, y eso no puede considerarse corrupción.

 

En su afán de distraer a los mexicanos de la trágica actuación de su gobierno frente a la pandemia y de la severa contracción económica, decidió traer a Emilio Lozoya para embarrar a todos sus adversarios. Se trataba de mostrar que todos, salvo él, son corruptos. La respuesta ha sido contundente: él también lo es. Su hermano y su asesor más cercano se dedicaron a recaudar para él, siempre con su conocimiento, siempre por encima de la ley. Es un corrupto en toda la línea.

 

Lo grave del asunto es que eso era lo único que le quedaba. Ya nos había demostrado que no tiene idea alguna de cómo gobernar. Ya destruyó la economía, la administración pública, ya polarizó al país, ya fracasó en materia de seguridad. Insistía en que la gran diferencia de su gobierno era que no había corrupción. Esto ya no puede sostenerse. No sólo hay evidencia abundante de cómo se está saqueando el erario en este gobierno. Hay evidencia ahora de que él mismo es un corrupto. No hay más.

 

Macario Schettino


domingo, agosto 23, 2020

 

No es casualidad

"Los reportes sobre mi muerte han sido altamente exagerados", afirmó Mark Twain. Lo mismo se puede decir sobre el capitalismo.

 

Desde 2008 innumerables políticos, estudiosos y opinadores han asegurado que el capitalismo quedó moribundo; 12 años después, la pandemia ha desatado una nueva ola de protestas y Casandras. Pero el capitalismo sigue y seguirá porque, dice Francesco Boldizzoni, en "Foretelling the End of Capitalism: Intellectual Misadventures since Marx", éste responde a la naturaleza humana.

 

La página de internet de "Black Lives Matter", el inspirador de las protestas recientes, dice textualmente que su objetivo es "el desmantelamiento del imperialismo, capitalismo, supremacía blanca, patriarcado e instituciones estatales".

 

Los agitadores que han aparecido en México, además de emplear términos que no son típicos del País (lo que sugiere "tecnología" importada) no tienen una página en internet, pero sin duda comparten esos objetivos.

 

En lugar de buscar crear condiciones para la prosperidad de sus huestes, muchos grupos de Morena abiertamente hablan de crear un caos para avanzar hacia el paraíso chavista.

 

La paradoja es que el liberalismo, que históricamente ha sido complemento inexorable del capitalismo, es flexible y adaptable, en tanto que los protestantes son dogmáticos y en buena medida arrogantes. Me dirán que no puedo juzgar al movimiento, pero su naturaleza destructiva habla por sí misma. Los agitadores y quienes los siguen ciegamente difícilmente representan a la población.

 

Es evidente que la situación económica, el desempleo y meses de semiconfinamiento han exacerbado los ánimos, pero de ahí no se puede colegir que la población quiere destruir lo existente, por más que el statu quo requiera y merezca cambios fundamentales.

 

Quien quema o destruye un negocio ciertamente no está pensando en los desempleados o la lacerante recesión. Es vandalismo puro con objetivos ulteriores.

 

Dos libros recientes se abocan a la persistencia del capitalismo. Boldizzoni comienza con una frase lapidaria: "Estos días el mundo parece estar llegando a su fin con asombrosa regularidad". La gran recesión, Brexit, Trump, el apocalipsis climático, el coronavirus y lo que se acumule esta semana, son todos anuncios del irreversible e inevitable colapso del capitalismo. Pero las masas nunca parecen aprender la lección.

 

Boldizzoni realiza un valioso recorrido de la historia del capitalismo: para Rosa Luxemburgo lo relevante son las teorías de la implosión, donde el capitalismo se colapsa por el peso de sus contradicciones.

 

John Stuart Mill y Keynes plantean el agotamiento del capitalismo que conlleva a su muerte luego de haber creado una base de prosperidad. El recorrido concluye con Schumpeter, a quien le preocupa que el éxito del capitalismo en crear riqueza y prosperidad conduzca al abandono de la ética de trabajo que lo hizo exitoso.

 

El texto coloca al capitalismo en su justa dimensión: es tanto una "actividad añeja de la humanidad (producir y comerciar) como un sistema socioeconómico moderno basado en derechos de propiedad bien definidos y empleo asalariado".

 

Aunque el autor es crítico del capitalismo y habla en términos catastróficos, su argumento es, en esencia, que el capitalismo es inherente a la humanidad y eso explica su persistencia a lo largo de los siglos.

 

Thomas Philippon ("The Great Reversal") sigue una línea muy distinta. Su texto compara las economías de Europa y Estados Unidos, evaluando la capacidad de adaptación y flexibilidad de cada una de ellas.

 

Su observación es que los americanos tuvieron dos grandes momentos de innovación en los 80 (la desregulación de la aviación y el fin del monopolio telefónico), pero después fueron los europeos quienes lograron mayor competencia en sus economías. Su conclusión es que el éxito económico depende de la capacidad de adaptación para generar riqueza y ésta se mide esencialmente en términos de acceso al mercado, que el autor considera superior en Europa.

 

La lección para México es evidente: el País cuenta con, literalmente, millones de empresarios que luchan de sol a sol para construir su futuro, pero no acaban de crecer y consolidarse porque la formalización es tan onerosa que nunca llegan ahí. Lo fácil es perderse en las empresas grandes, pero lo trascendente es el enorme número de empresarios en potencia, limitados por requerimientos regulatorios y fiscales que con frecuencia resultan insalvables.

 

Estos libros muestran lo importante que es tener un Gobierno competente que crea condiciones para la prosperidad. Lamentablemente, al día de hoy, esto en México no es parte de la ecuación.

 

Luis Rubio


 

La Convención

La Convención Nacional Demócrata (CND) que terminó el 20 de agosto fue un espectáculo. No era para decir algo. El objetivo era cerrar filas en torno a su candidato, Joe Biden, y estimular a los insatisfechos con Trump a salir a votar en su contra. Cada minuto estuvo perfectamente programado.

 

El juicio a Lozoya es un espectáculo similar. Todo está diseñado para manchar y dividir a la oposición y hacerla menos interesante para quienes están en desacuerdo con el proyecto de AMLO. Es también un esfuerzo por galvanizar a los amlovers con una bandera atractiva en medio del desastre actual.

 

Como en la CND, lo importante del juicio contra Lozoya ya se decidió. Fue la negociación sobre qué diría y qué no. Lozoya se ha ido contra sus adversarios del gabinete peñista; y sumó a los adversarios de AMLO, por ello en la batería de acusados salpicaron hasta a Calderón y Salinas.

 

La filtrada denuncia de hechos de Lozoya no ha aportado pruebas y muchos de sus argumentos son absurdos. Odebrecht, por ejemplo, no tenía razón para financiar la reforma energética. Su mundo era el de los contratos otorgados por el gobierno, como los concedidos por Lozoya antes de la reforma. Oderbrecht ha confesado que los sobornos eran para eso.

 

La CND es un acto de propaganda. Para eso existe. Un proceso judicial debería ser otra cosa. Los montajes, como concluyó la Corte en el caso Florence Cassez, tienen un efecto corruptor sobre un proceso judicial.

 

Les tocará a los jueces determinar qué tiene valor judicial y qué son meros disparates. Pero desde el punto de vista político, el tribunal relevante es el de la opinión pública. Ahí, todos ya fueron expuestos y AMLO espera que hayan sido condenados.

 

Ha habido tanta corrupción en nuestra clase política que veremos más videos incriminatorios. Ya aparecieron los del hermano de AMLO recibiendo dinero para apoyar al movimiento. Dar y recibir dinero para fines electorales en efectivo, sin reportarlo, es un delito. Supongo vendrán más videos de todos los bandos.

 

Con el juicio de Lozoya, AMLO quiere mostrar tener voluntad política de confrontar al pasado corrupto. Me gustaría que realmente la tenga. Ello requiere procesos pulcros y la voluntad de aplicar la ley a todos, amigos y enemigos. Justicia es castigar a cualquiera que haya cometido un delito con una pena similar. El gobierno de AMLO presume el imponer una multa de 13.5 veces el contrato de 74 mil pesos que la revista Nexos ganó en una adjudicación en el 2018. Con ese rigor en todas la compras gubernamentales, podrían dejar de cobrar impuestos y dedicarse a multar contratistas.

 

Filtrar videos y denuncias penales es ilegal y no sirve para erradicar la corrupción. Esto requiere un proceso judicial creíble e instituciones robustas para prevenirla. A AMLO no le interesan las instituciones fuertes. Hoy se pueden estar dando todo tipo de pagos a través de contratos públicos sin licitación, ¿quién lo puede saber? A pesar de la promesa explícita de AMLO de que no habría más asignaciones directas, éstas son más frecuentes que antes.

 

El escándalo mediático, incluso el de su propio hermano, sirve para enterrar las cifras de muertes por la pandemia y de más de un millón de empleos formales perdidos. También le permite a AMLO avanzar en su propia agenda.

 

El mismo día que se difundieron las declaraciones de Lozoya, se anunció que la CFE había aceptado regresar a las antiguas reglas para el retiro de sus empleados: nuevamente una mujer, sin importar la edad, se jubilará a los 25 años de servicio, y los hombres, si tienen más de 55 años y 25 años de servicio, o a los 30 de servicio sin importar la edad. No están claros los detalles, pero implica un alto costo para CFE.

 

Probablemente vendrá ahora un regalo similar a los trabajadores de Pemex que debilitará aún más sus precarias finanzas. Nos tocará a todos pagar los platos rotos. Mientras, estábamos entretenidos leyendo la denuncia de hechos de Lozoya.

 

Carlos Elizondo Mayer-Serra


lunes, agosto 17, 2020

 

Cifras negras

México está peleado con las cifras. Por algún motivo vivimos en una histórica inexactitud o ignorancia de muchos datos. Desde las víctimas del 68, los muertos en el terremoto del 85 o simplemente cuántos maestros hay en la nómina de la SEP. En los congresos médicos nacionales se suele escuchar la frase: "En México no hay estadísticas confiables". Hasta la segunda semana de marzo, por ejemplo, el gobierno federal desconocía cuántos ventiladores existían en los hospitales del país y en qué estado se encontraban.

 

Hoy, cuando vivimos la peor crisis sanitaria que se recuerde, las cifras reales de contagios y muertes por Covid-19, simplemente son inciertas.

 

Nuestra ignorancia numérica se acrecentó con la llegada de la 4T; y es que su ideología está peleada con objetivos, metas, indicadores de desempeño y todo aquello que huela a planeación estratégica. Números alegres, ocurrencias, hipérbolas o simplemente el primer número que les viene a la mente. Lo vemos en el manejo del presupuesto, así como en los programas sociales, donde aparentemente no nos duele.

 

En esta pandemia, sin embargo, los enfermos y los muertos sí duelen y no sabemos cuántos son.

 

Comenzó con la necedad y fantasía de una "epidemia lenta y prolongada", donde el objetivo era que "no se vieran las escenas de Europa", aquí sí habría camas disponibles. Sin embargo ¿cuántos pacientes se preveían? ¿Hasta cuántos contagiados consideraríamos exitosa la estrategia? Nunca se dijo.

 

Para medir se utilizó un modelo erróneo para una enfermedad equivocada y las cuentas no salían. Nos preguntamos por qué los contagios avanzaban más rápido en ciudades al norte de la frontera que en sus contrapartes mexicanas y la respuesta fue que en México, "somos diferentes". En abril, un Dr. López-Gatell acorralado por Richard Ensor, tuvo que admitir que la cifra negra de contagios se desconocía, porque el modelo Centinela no era la herramienta adecuada. La Covid-19 no es influenza y México podría tener ocho veces más contagios de los oficialmente reportados.

 

La tozudez de no hacer pruebas ha sido una constante que nos quitó visibilidad. Al no saber quién está contagiado estamos volando a ciegas; sin embargo, López-Gatell insiste en que hacerlas no cambia su estrategia porque no cambiaría la curva epidemiológica. López-Gatell trabaja para su hoja de Excel y sus barras PowerPoint, no para evitar contagios. Su objetivo nunca ha sido salvar vidas.

 

México comenzó a acumular fallecimientos. En menos de un semestre, de acuerdo con las cifras oficiales, la Covid-19 se convirtió en la cuarta causa de muerte en el país, sobrepasamos 55 mil fallecimientos y llegamos al tercer lugar en el ranking de mortalidad mundial, con una letalidad del 11%, muy por encima de la media en el planeta. El escenario empeoró cuando el New York Times y otros analistas nos dieron un baño de realidad: las cifras de muertes podrían ser tres o cuatro veces mayores y México podría tener ya, más de 160 mil fallecimientos.

 

Aun así, el gobierno federal no ha cambiado su estrategia y hoy la pregunta es: ¿cuál es una cifra aceptable de muertos?

 

Buscaron repartir culpas y por un momento, los mismos pacientes fueron acusados por su estilo de vida irresponsable. Al señalar a los alimentos de alto contenido calórico, otra vez se desconocen cifras: ¿Cuál es el índice de masa corporal de los fallecidos? ¿Cuántos refrescos consumían al día? Imposible saberlo ya que nunca se preguntó; vaya, ni siquiera hay un formato de captura para ello. Viendo al futuro, esta falta de datos hará imposible predecir la magnitud de las secuelas.

 

En México la gente desconfía de las cifras de la pandemia. Cada número que se reporta se recibe con suspicacia, si no es que con burla.

 

Las autoridades ya han perdido la credibilidad.

 

Xavier Tello

El autor es médico cirujano y analista en políticas de salud. @StratCons

 


domingo, agosto 16, 2020

 

Progresar

¿Qué es primero, el huevo o la gallina? El eterno acertijo tanto en la ciencia como en la vida cotidiana nunca se resuelve, pero lo trascendente, dice Matt Ridley en su nuevo libro sobre innovación, es cómo piensa uno al respecto.

 

La teoría de la evolución ejemplifica el punto de manera nítida: la evolución no nos dice nada sobre la existencia de un ser superior, pero prueba que si éste de hecho existe, no tiene, o aborrece, la planeación central.

 

La evolución no sigue un patrón predecible, pero estudiarla permite tener una perspectiva distinta sobre las cosas y eso, afirma Alan Kay, tiene un valor superior: "Un cambio de perspectiva vale ochenta puntos de IQ". Si queremos salir rápido de la pandemia, la receta es crear condiciones para que florezca la innovación.

 

En "Como Funciona la Innovación. Por qué Florece en Libertad", Ridley insiste en ver más allá de las explicaciones evidentes y propone que al adoptar una manera creativa de resolver problemas disminuye el dogmatismo, especialmente cuando uno reconoce que puede haber más de una solución a un determinado problema y que cometer errores es parte del proceso y no un fracaso.

 

"La innovación es hija de la libertad y madre de la prosperidad". Éste es el corazón de su argumento: el progreso no se puede planear; al revés, la innovación es siempre disruptiva. "La innovación es evidente en retrospectiva, pero es imposible de predecir". Esto porque el proceso que produce la innovación no es lineal y siempre involucra errores y aciertos que, en conjunto, avanzan el conocimiento.

 

Subestimar la creatividad y las habilidades de las personas que actúan de manera voluntaria y sin coerción es el error más típico de las burocracias que pretenden avanzar la ciencia, el conocimiento y la tecnología por diseño y planeación central.

 

El factor clave es que nadie puede anticipar, planear o predestinar el curso del avance del conocimiento. "Es fundamental no subestimar el autoengaño y la corrupción por causas nobles: la tendencia a creer que una buena causa justifica cualquier medio". Esto es tan válido para la ciencia como lo es para la energía y el crecimiento económico.

 

El progreso no comienza en el laboratorio universitario: son los cambios e innovaciones que tienen lugar en las fábricas, talleres y oficinas los que luego son racionalizados y codificados por académicos, dándole sentido a sus propios estudios.

 

Darwin buscaba proactivamente la asesoría de criadores de palomas y caballos porque ellos entendían, de manera práctica, lo que luego Darwin llamaría "selección natural".

 

Casi siempre se concibe al empresario como un mero ser avaro sin interés más allá del dinero, cuando la empresa es el mecanismo de solución de problemas más exitoso que jamás se haya creado. "La innovación no es un fenómeno individual, sino un fenómeno de redes, colectivo, incremental y desordenado".

 

El factor de "desorden" parece ser crucial en el proceso de innovación. La noción de una "red desordenada" que produce un nuevo orden me parece fascinante porque no puede ser anticipada o planeada: es desordenada en el sentido en que depende de prueba y error, de falsos comienzos que van cobrando forma a base de experimentar. Se aprende haciendo, con la creatividad que permite y promueve la inspiración humana para lograr beneficios para la colectividad.

 

El subtítulo del libro resume todo su argumento: se progresa en libertad y se avanza probando alternativas y fracasando con frecuencia. Muchas cosas se entienden sólo en retrospectiva y rara vez hay un factor que resulta determinante en el resultado.

 

No hay momentos "eureka" que resuelven todo. El progreso requiere un entorno de libertad y condiciones que favorezcan la creatividad: una mezcla de políticas públicas y marco legal que promuevan mercados eficientes y permitan trabajar. La propuesta de Ridley no es un paraíso para la burocracia.

 

Los gobernantes y burócratas siempre creen que sus intenciones son resultados, que con sólo desearlo se va a lograr una transformación integral.

 

Ridley demuestra convincentemente que el progreso no se puede planear, sino que éste ocurre cuando existen condiciones propicias para ello, la más importante de las cuales es la libertad para pensar y actuar. Y esto nunca ha sido más cierto que en este momento de terrible recesión.

 

Conacyt , la SEP y el Gobierno se beneficiarían mucho de entender cómo es que avanza el mundo porque de lo que hagan y, sobre todo, lo que impidan, dependerá el futuro del País.

 

Luis Rubio


 

Camas libres

En 1987 Paul O'Neill fue nombrado director general de Alcoa, el mayor productor de aluminio de Estados Unidos. En su primera reunión con los analistas financieros anunció que su meta sería reducir los accidentes laborales.

 

Los analistas se alarmaron. ¿Habían contratado a un hippie? Para nada. Era el objetivo correcto. El director de cada planta debía encontrar, junto con sus trabajadores, la forma óptima para disminuir los accidentes. Por medio de esos diálogos descubrieron muchas otras mejoras operativas. Los accidentes disminuyeron, aumentó la productividad y la compañía incrementó sus utilidades.

 

El objetivo central de la estrategia de nuestro gobierno frente al coronavirus ha sido tener camas libres en los hospitales. Lo han dicho tanto López-Gatell como AMLO.

 

Tener camas era un paso indispensable para poder atender a los enfermos, pero como objetivo central ha llevado a varias perversiones. Si el director de una institución sabe que lo van a calificar en función de las camas disponibles, tenderá a dificultar la admisión de pacientes Covid. Son conocidas las historias de pacientes graves rechazados en varios hospitales. Acá algunos casos de horror: https://bit.ly/2XTPBe7

 

Otra perversión: los muertos liberan camas. La tasa de letalidad por coronavirus en los hospitales públicos es muy alta, en buena medida por los problemas operativos asociados con la improvisación. Hay médicos que tomaron un breve curso para aprender a intubar. El resultado: los pulmones de los pacientes estallan por exceso de presión. Si un paciente muere después de dos días intubado, por negligencia médica o porque llega demasiado tarde al hospital, ocupa la cama menos tiempo que uno bien tratado, el cual puede requerir semanas de uso de ventilador para recuperarse. Este video del doctor Francisco Moreno es muy útil: https://bit.ly/340fTPG

 

Ante las historias de alta mortandad y el aislamiento al que son sometidos los pacientes ingresados, muchos enfermos no van a un hospital. Mueren en casa. No hay una estrategia para promover que vayan pronto al hospital. Al contrario, al arranque de la pandemia se pidió que no acudieran innecesariamente a ellos si no tenían factores de riesgo. No ha cambiado el discurso, aunque se sabe la alta mortandad de quienes llegan enfermos de gravedad.

 

El sistema de salud cumplió con el objetivo planteado: hay camas libres. Pero los 6 mil muertos totales estimados por López-Gatell el 4 de mayo son hoy casi 60 mil muertos. Son los muertos de un escenario "muy catastrófico", como lo llamaba López-Gatell el 4 de junio. Esto con los datos oficiales, porque hay un grotesco subreporte.

 

Si el objetivo del gobierno hubiera sido minimizar el número de muertos y evaluar a los hospitales en función de su tasa de mortandad, toda la energía del sistema de salud se hubiera dirigido a lograrlo y habríamos tenido menos fallecimientos. En el camino se habría avanzado en mejorar el sistema.

 

Con sus decenas de miles de muertos por coronavirus a cuestas, el gobierno se justifica con el sonsonete de que el sistema heredado estaba en una situación desastrosa y la población tiene obesidad. ¿No sabían esto en marzo, cuando llegó el coronavirus, tras 16 meses en el poder? Peor aún, optaron por desaparecer el Seguro Popular y poner en marcha el Insabi, el centralizador modelo escogido por el gobierno para darles salud a todos los mexicanos, tan bueno como el noruego... Se arrancó sin tener reglas de operación, es decir, nadie sabía qué le tocaba hacer. Siguen así.

 

A pesar de que López-Gatell falló en forma dramática en sus pronósticos, tiene asegurado su trabajo. El subsecretario cumplió con el objetivo: tener camas libres en los hospitales. Ahí están. O eso dicen. Las presumen mientras se siguen acumulando más muertos. Evitar fallecidos no ha sido el objetivo. Para ellos basta un minuto de silencio y un mes de luto.

 

Carlos Elizondo Mayer-Serra


martes, julio 28, 2020

 

Repartiendo culpas

En la peor pandemia de la historia moderna, a México no le va bien. Al momento de escribir este texto, oficialmente más de 395 mil casos de covid-19 han sido detectados, más de 44 mil personas han perdido la vida, la enfermedad por SARS CoV-2 es ya la 4a. causa de muerte en México y en los próximos días ocuparemos el 3er lugar en muertes en el mundo. Un panorama nada halagador.

 

Paradójicamente, las autoridades de salud no han hecho obligatorio del uso de cubrebocas y se niegan a realizar ampliamente pruebas para detectar, dar seguimiento y contener a los contagios. En su lugar, el Dr. López-Gatell ha decidido adoptar una nueva estrategia: señalar culpables.

 

La semana pasada, el discurso que ya había comenzado a dirigirse hacia comorbilidades presentes en algunos pacientes fallecidos (obesidad, diabetes e hipertensión arterial) y que en algún momento llegó casi a culpar a los mismos pacientes por padecerlas, encontró un nuevo blanco: los alimentos procesados, concretamente, las bebidas azucaradas. En un desliz verbal, el subsecretario de Salud llegó a hablar de "veneno embotellado", desatando una gran polémica y un rechazo escrito de la industria de bebidas envasadas. El mensaje era claro: Los alimentos procesados, específicamente los refrescos, están matando a la gente por covid-19. López-Gatell había encontrado a su culpable.

 

Antes de continuar debo aclarar dos puntos: Primero, no es de mi interés el defender a las refresqueras; ellas pueden hacerlo solas. Segundo, las enfermedades cardiovasculares y la diabetes son desde hace tiempo, las principales causas de muerte en México (INEGI 2018), seguidas por el cáncer y ahora, la covid-19.

 

Según la encuesta ENSANUT 2018, la prevalencia de diabetes en México es del 10.3%, la de obesidad en áreas urbanas del 19.5% y la de hipertensión arterial el 18.4%. De acuerdo con la OMS, México es el 2o. país en obesidad en adultos en el mundo, pero es el número 20 en diabetes (International Diabetes Federation). Pese a estos datos, el equipo de López-Gatell se apresuró a etiquetar a estas comorbilidades, concretamente a la obesidad, como la responsable de la muerte en los pacientes fallecidos por covid-19 y esta idea quedó en la opinión pública.

 

La conclusión es errónea. Si analizamos los datos de comorbilidades asociadas a defunciones, proporcionados por la misma Secretaría de Salud, observamos que el 45% de los pacientes fallecidos cursaba con hipertensión arterial, el 39% con diabetes y solo el 26% con obesidad. Llama mucho la atención, además, que los estados del país con mayores índices de obesidad asociada a sus muertes por covid-19, no correspondan a aquellos donde la prevalencia de este factor de riesgo es mayor. Hablar así de obesidad, como causa de muerte por covid-19, además de ser terriblemente arriesgado, refleja un gran error metodológico. Correlación no es causalidad.

 

En un estudio serio, se debe cuantificar la mortalidad de dos poblaciones de pacientes con covid-19: una con obesidad y otra sin ella y hacer un análisis que muestre si el número de muertes en la población obesa es mayor, con una diferencia que sea estadísticamente significativa. Se debe medir el índice de masa corporal (IMC), ya que la covid-19 se comporta de forma distinta con un IMC de 30 a 34, que con uno de 35 o más. Se deberá estudiar la ingesta calórica de los pacientes y el volumen de bebidas azucaradas consumidas, así como su tipo y origen.

 

Si de verdad se quiere analizar el papel de la obesidad y la relación que pudiera existir con el consumo de bebidas azucaradas, debe hacerse de forma seria. Si se va a acusar a alguien, debe hacerse con bases, no con razonamientos simplistas.

 

Lo mejor sería tal vez, no seguir buscando culpables y ponerse a trabajar con un solo objetivo en mente: evitar que sigan muriendo mexicanos.

 

Xavier Tello

El autor es médico cirujano y analista en políticas de salud. @StratCons


domingo, julio 26, 2020

 

Contagio moral

Es una forma de simplificar los estereotipos nacionales: alguien cuestiona cuánto cuesta educar a un mexicano. La respuesta, dice, son "los seis dólares que cobran en la garita de entrada a Estados Unidos". Luego retrata a un individuo que en territorio norteamericano extrañamente modera su velocidad al conducir, no tira basura en la calle, frena ante una señal de "Alto". ¿Qué fuerza misteriosa induce el milagro? ¡El sistema cultural de otro país!

 

Hace unos días vimos este cambio de comportamiento en un compatriota. En México no usa cubrebocas, bastó que estuviera bajo jurisdicción extranjera para que lo usara.

 

Arrastramos una longeva tradición de desprecio a la ley. Contrario a la concepción estadounidense de que su país es land of the free, es en México donde se vive la libertad de manipular las reglas. Nuestro código cultural (otra forma de llamarle a nuestra forma cotidiana de ser) fomenta y replica comportamientos rebeldes, hace de la ley una sugerencia, a diferencia de la sociedad norteamericana, acostumbrada a vivir con límites coercitivos, en cualquier ámbito de vida, al punto de que muchos mexicanos lo consideran "exagerado". Véase, por ejemplo, el que una alberca tenga una capacidad de ocupación; cualquier balneario mexicano reta las leyes de la materia, dos átomos sí pueden ocupar el mismo espacio. No extraña que los spring breakers se revienten en México, el país ofrece la posibilidad de transgredir, sin consecuencias.

 

En una de las postales que marcarán el tiempo de pandemia en México, el subsecretario de Salud Hugo López-Gatell creó su propio fantasma: "la fuerza del Presidente es moral, no de contagio", dijo. Al supeditar un interés político sobre la ciencia, tan propio de los regímenes políticos en México, López-Gatell y sus superiores han puesto en riesgo a millones de mexicanos por no ser enfáticos y oportunos para establecer el uso de cubrebocas como una forma de paliar el contagio.

 

La Organización Mundial de la Salud dice: "El uso de mascarillas debe formar parte de una estrategia integral que incluya medidas destinadas a eliminar la transmisión y salvar vidas..." y, si bien reconoce las limitaciones de esta medida, apunta: "la OMS recomienda a los gobiernos que fomenten la utilización de mascarillas higiénicas de tela por la población en general...".

 

López-Gatell atina en algo: el Presidente tiene fuerza moral. AMLO no sólo es seguido por multitudes, es querido, admirado y venerado como en otras culturas se escucha y obedece a un ayatollah o a un pastor religioso. Este culto a su personalidad le da una enorme "fuerza de contagio", para que a través de su palabra, y sobre todo de sus acciones, la población lo imite. En este sentido, teniendo la posibilidad de influir positivamente en tantas personas, durante un momento tan delicado como la pandemia, es muy lamentable (otros le han llamado criminal) el que no use cubrebocas durante actos públicos en los que está en proximidad con otras personas, menospreciando la situación, el virus, la enfermedad y exponiéndose él mismo, lo que equivale a exponer al Estado mexicano.

 

Es más lamentable la omisión presidencial, pues, siendo un modelo a seguir para millones de personas, reafirma el desprecio por la autoridad y las normas sociales, que caracterizan al mexicano. En gran medida la descomposición social que tenemos se debe a los modelos que inspiran conductas delictivas o al menos, adversas al interés social. Su justificación, de que las autoridades de la Secretaría de Salud le han dicho que no necesita el cubrebocas, muestra un lado egoísta de su personalidad; suponiendo que así fuera, debería poner el ejemplo a sus millones de seguidores al promover una acción que si bien no es infalible, ha demostrado disminuir las probabilidades de contagio.

 

La actuación del gobierno de México está en entredicho. La terquedad ante una medida de bajo costo y alto impacto, como es el uso de cubrebocas, pone de manifiesto que tenemos un liderazgo que, a pesar de su enorme legitimidad, desprecia el conocimiento científico, es supersticioso, manipulador y toma malas decisiones. La influencia y poder del Presidente podrían inclinar la balanza para bien, si él quiere; esa es la fuerza y la vulnerabilidad que genera el contagio moral.

 

Eduardo Caccia


 

Sexenio retro

Hay en este sexenio una nostalgia histórica profunda. El deseo de volver a una Edad de Oro, que no fue tan dorada. Aquel presidencialismo magno, magnánimo, magnífico.

 

Hoy abundan las noticias del futuro. Titulares:

Sin miedo, combatiremos la corrupción. Nos va a ir muy bien en economía. No van a faltar las medicinas. Pandemia no hará nada a los mexicanos. No se va a tirar un solo árbol por el Tren Maya. Especialistas decidirán, no vamos a improvisar. Facilitarán trámites a discapacitados. 400,000 empleos permanentes serán creados. Un millón de árboles frutales y maderables serán sembrados en 2019 y 2020. Se crearán 100 universidades en todo el país. Habrá Constitución Moral. Voy a purificar el país. Denunciar ante el ministerio público tomará sólo 15 minutos.

 

Los brasileños inventaron una chunga sobre las promesas políticas: "Brasil es el país del futuro ¡y siempre lo será!". Pero, en México, las visiones de un futuro mejor están teñidas de nostalgia.

 

En aquella Edad de Oro, hoy recuperable:

-El Estado hegemonizaba la política, la economía y la educación.

 

-La educación pública era perfecta. No hacía falta evaluarla.

 

-Los dichos, hechos y fotos del Señor Presidente eran el tema principal de las noticias.

 

-El Señor Presidente siempre tenía razón.

 

-Eran mal vistos los "moditos" de la prensa libre y la empresa libre.

 

-Se amenazaba con auditorías a las empresas rejegas.

 

-Pemex no era una empresa, era un símbolo de la independencia nacional.

 

-Los secretarios de Estado no hablaban sin mencionar al Señor Presidente.

 

-Regla fundamental: No se le dice No al presidente.

 

-Algunos funcionarios lo traicionaban. Desgraciadamente, era un santo rodeado de pillos.

 

-Los presidentes se daban "baños de pueblo" por todos los rincones del país.

 

-El comercio exterior era menos deseable que "¡Consuma lo que el país produce!".

 

-En la Cuarta Transformación, como en los últimos 83 años, La Hora Nacional es la hora feliz, feliz, feliz.

 

-En las grandes ocasiones celebradas en el Zócalo, se daba al resto del país la oportunidad de sumarse a la multitud en cadena nacional.

 

-Miguel Alemán militarizó las calles (1/V/1952).

 

-Ruiz Cortines preconizó la austeridad, combatió la corrupción y propuso una "Marcha al mar" para descentralizar.

 

-Luis Echeverría ganó la presidencia (con 86% del voto) ofreciendo el fin de la corrupción y la violencia, así como un cambio radical: Arriba y Adelante.

 

-El presidente Cárdenas casi no hablaba. Pero Echeverría, que se creía un nuevo Cárdenas, no podía contener su locuacidad. Hablaba a todas horas, de todo, en cualquier circunstancia, con monólogos interminables.

 

-Las finanzas públicas las llevaba Hacienda, hasta que Echeverría decidió que "Las finanzas se manejan desde Los Pinos" y el secretario de Hacienda renunció.

 

-Reyes Heroles habló de "populismo dadivoso" (1/IV/1977).

 

-López Portillo se identificaba con Don Quijote, que desfacía entuertos y combatía a los molinos eólicos.

 

-De la Madrid ofreció "renovación moral" y aseguró que en pocos años ya ni se hablaría de la corrupción. Así fue.

 

-En los años 80, hubo funcionarios temibles como Manuel Bartlett Díaz y Fernando Gutiérrez Barrios, luego acusados de muchas cosas.

 

-Regeneración de Morena evoca el periódico Regeneración, de los perseguidos hermanos Flores Magón. Afortunadamente, no se opone al régimen ni padece cárceles.

 

-Seguridad Alimentaria Mexicana recuerda al Sistema Alimentario Mexicano de López Portillo. Hasta con precios de garantía.

 

-Peña Nieto se entrevistó con Trump.

 

-El impulso retro más poderoso de todos es superar la división de poderes y volver a la Unidad Nacional. Nada de autonomía legislativa ni judicial. Ni estados "libres y soberanos". Ni fideicomisos autónomos. La división corroe el alma nacional. Todos los poderes deben subordinarse a uno.

 

En los tiempos del PRI, Renato Leduc recordó aquellos "Tiempos en que era Dios omnipotente y el señor Don Porfirio presidente. Tiempos ¡ay! tan iguales al presente".

 

Gabriel Zaid


sábado, julio 25, 2020

 

La suma de los muertos

Es un terrible y doloroso fracaso. No hay manera de presentar a los más de 41 mil muertos por la pandemia y a los 55 mil muertos por la violencia como un éxito de las estrategias del Gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

 

Los muertos por la violencia y el coronavirus en México no se pueden ocultar. Eran parte de nosotros y dejan un enorme vacío. Hay muchas excusas y explicaciones de por qué están muriendo tantos mexicanos en tan poco tiempo. El Gobierno de López Obrador suele echarles la culpa a viejos enemigos. Pero la realidad es que muchas de esas muertes pudieron evitarse.

 

No importa cuántas vueltas se le dé, las muertes por la pandemia son una tragedia nacional. AMLO asegura que no es justo comparar el número de muertos en México con países que tienen menos habitantes.

 

Así que me di a la tarea de comparar a México con naciones de población similar (y para eso usé los datos de la organización independiente Worldometer).

 

El pasado 24 de julio México (con una población de 129 millones de habitantes) tenía 370 mil 712 casos de coronavirus y 41 mil 908 muertes por Covid-19. En cambio, Japón (con 126 millones de personas) sólo tenía 27 mil 029 casos de virus y 990 muertes.

 

México también sale muy mal parado si lo comparamos con otros países de población similar. Bangladesh (con 164 millones de habitantes) sólo había registrado 2 mil 836 muertes por Covid-19; Filipinas (con 109 millones de personas) tenía mil 879 muertos, y Etiopía (de 115 millones de habitantes) reportó sólo 200 muertes.

 

En otras palabras, no hay manera de justificar la letalidad que ha causado el virus en un país del tamaño de México.

 

Hay que reconocerlo: lo que se hizo no funcionó. A pesar de que López Obrador ha asegurado que "vamos bien (y) se ha podido domar la epidemia", la terca realidad dice lo contrario.

 

El método Centinela nunca nos dio una idea clara de la verdadera dimensión del problema y es una ilusión decir que "vamos bien" sólo porque no se ha desbordado el sistema hospitalario. La tragedia se mide en tumbas, no en camas vacías.

 

Han dicho tantas veces que la curva del coronavirus se ha aplanado -sin ser cierto- que el discurso oficial ha perdido credibilidad. AMLO se equivocó al decir en un video el 22 de marzo que "si tienen posibilidad sigan llevando a la familia a comer a los restaurantes y fondas".

 

Lo hizo 11 días después de que la Organización Mundial de la Salud declarara una emergencia mundial por la pandemia. Se tardó mucho en reaccionar.

 

Y él, todo un maestro en el manejo de símbolos, no se quiso poner una máscara en público hasta que se subió al avión para ver a Trump el 7 de julio. Los cubrebocas salvan vidas, pero, por extrañas razones, no se le vio con uno por meses. Para entonces la pandemia ya había dominado a México.

 

Tampoco ha funcionado la estrategia del Presidente López Obrador contra la violencia. Desde que llegó a la Presidencia (del 1 de diciembre del 2018 al 30 de junio del 2020) han sido asesinados 55 mil 043 mexicanos, según cifras oficiales.

 

Su primer año en la Presidencia fue más violento que cualquiera de los ex Presidentes Enrique Peña Nieto o Felipe Calderón. Y las cosas no mejoran. De enero a junio del 2020 hubo más asesinatos (17 mil 493) que en el mismo periodo del año anterior (17 mil 205).

 

Puros datos. Esto es un fracaso. AMLO no ha podido contra el crimen. El problema de fondo es que no hay una estrategia clara, efectiva y transmitida.

 

Sé, como todos, de las acusaciones contra Genaro García Luna, ex Secretario de Seguridad Pública durante la Presidencia de Felipe Calderón, por supuestamente haber recibido sobornos del narcotráfico.

 

Eso es muy grave. Se trata, efectivamente, de una guerra vieja y perdida. Pero eso no justifica los errores cometidos ni las cifras de asesinatos en el último año y medio.

 

La suma de los muertos no miente. No hay otros datos.

 

Se acabó el tiempo de las excusas. Éste es el momento de los resultados. AMLO debe cumplir todos y cada uno de sus seis años como Presidente hasta el 2024. Ni un día menos. Ésa es la única manera de proteger y fortalecer una democracia. Pero al mismo tiempo AMLO debe hacerse responsable de su principal obligación: proteger la vida de los mexicanos.

 

Hasta ahora, en ese importantísimo punto ha fallado.

 

Jorge Ramos Ávalos

 


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