domingo, agosto 21, 2016

 

La CNTE y Thatcher

En 1979, cuando Margaret Thatcher llegó al poder, tenía razones económicas y políticas tan poderosas para enfrentar a los mineros sindicalizados, como Peña Nieto para imponer a los sindicatos de maestros una reforma educativa.

 

La historia del conflicto entre la Unión Nacional de Mineros (NUM) y el Gobierno de Thatcher, es una guía inmejorable de lo que un Gobierno debe hacer y, sobre todo, de lo que no debe hacer en una guerra contra sindicatos tan fuertes y politizados como el NUM o la CNTE.

 

La educación en México -de la cual depende el futuro del País- es como la industria del carbón en Gran Bretaña en los 70 -que generaba un porcentaje altísimo de la electricidad- una actividad estratégica muy costosa de rendimientos decrecientes.

 

México dedica un porcentaje considerable del gasto gubernamental a la educación pública (y bajo cualquier medición, el nivel de educación que reciben los niños, sobre todo en los estados controlados por la CNTE, es abismalmente bajo). Gran Bretaña tenía que dedicar subsidios crecientes a un sector económico improductivo e ineficiente.

 

Thatcher había llegado al poder en un escenario económico menos saludable que el nuestro hoy.

 

Gran Bretaña había abrazado en la posguerra el paradigma del Estado interventor, rector de la economía y dueño de industrias básicas, precios, salarios y subsidios. Un Estado regulador más preocupado por distribuir que por crear riqueza, que arrastraba un déficit creciente, una inflación de dos dígitos y presidía sobre una economía anémica.

 

Pero Margaret Thatcher tenía siglos de democracia parlamentaria y estabilidad política tras ella. Aunque el NUM y otros sindicatos se habían convertido en poderes paralelos que imponían sus demandas y negociaban de tú a tú con el Primer Ministro en turno, los ciudadanos estaban hartos de ser rehenes del NUM y sus aliados y la Policía cumplía aplicando la ley.

 

Thatcher enfrentaba un líder sindical -Arthur Scargill- tan ideologizado y radical como los de la CNTE, pero, a diferencia de López Obrador, la oposición laborista nunca se alió con un movimiento que pretendía imponer sus demandas por encima del Estado de derecho y del régimen democrático del país.

 

Aún con esas ventajas, el éxito del Gobierno nunca estuvo garantizado. El NUM era tan poderoso que nada más en los 70 tiró a dos Primeros Ministros. Margaret Thatcher misma había cedido en 1981 ante un primer desafío de los mineros. Pero aprendió la lección: en 1984 enfrentó la huelga minera ejerciendo un liderazgo firme y decidido y siguiendo una cuidadosa estrategia.

 

A diferencia de lo que ha sucedido aquí con la reforma educativa, cuando estalló la huelga, aquel Gobierno británico conformó el mejor equipo posible para enfrentar al NUM y despolitizó el conflicto. Lo redujo a un conflicto laboral.

 

Aquí los líderes de la CNTE no dialogan con la SEP: imponen sus demandas al Secretario de Gobernación. Allá, los mineros negociaban con el organismo encargado de la producción del carbón, no con los ministros.

 

Allá, el Gobierno apoyó a los mineros disidentes -en lugar de abandonarlos, como Peña a los maestros que quieren trabajar-, cultivó el apoyo de la sociedad civil -en lugar de permitir que el oponente convirtiera a los ciudadanos en rehenes para imponer su agenda-, y aplicó sin miramientos la ley.

 

Al final del conflicto, en 1985, la Policía había arrestado a 8 mil 688 mineros que habían violado la ley y congelado 8 millones de libras de fondos del NUM. Todo ello a pesar de que los daños que hizo palidecen frente a las pérdidas económicas que ha causado la CNTE, que destruye todo a su paso con total impunidad.

 

Peña Nieto perdió ya la guerra con la CNTE. No implementó la reforma educativa en 2012 cuando tenía la legitimidad para hacerlo; no midió bien a su contrincante; nunca tuvo una estrategia inteligente para enfrentarlo y le ha regalado el monopolio de la violencia (legítima) que es prerrogativa del Estado.

 

La CNTE es ahora un poder paralelo más poderoso que en 2012 y ha debilitado al Gobierno. Peña Nieto no parece tener otra alternativa que ceder ante la CNTE y abrogar, de jure o de facto, la reforma educativa.

 

Isabel Turrent


sábado, agosto 20, 2016

 

salidas falsas

La democracia es inherentemente inestable. Mientras más democráticos somos y más libertad tenemos para expresarnos individualmente, más difícil es reconocernos en los demás.

 

¿Usted cree que los líderes recientemente liberados de la CNTE se pusieron en los zapatos de familias enteras y comercios que quebraron por sus bloqueos incesantes en Oaxaca, Chiapas y Michoacán?

 

La paradoja de la democracia parece ser que tener más libertad nos lleva a ser más egoístas. Y no solamente la CNTE, sino el resto de la sociedad se manifiesta hoy con mayor libertad en este País.

 

Así, cuando comienza la disrupción y sentimos que hemos perdido el control de nuestro presente, buscamos figuras, ejemplos a seguir, líderes carismáticos que son capaces de traducir el sentir popular en algo que nos gusta escuchar, aunque sea una tontería irracional e inalcanzable. Como Le Pen en Francia, Trump en Estados Unidos y AMLO en México, que son ejemplos de estas salidas fáciles de la democracia.

 

De acuerdo con Platón, cuando una democracia está en niveles avanzados, la situación favorece la aparición de tiranos, que suelen ser personas de la élite que comienzan acusando a sus colegas como corruptos y se ofrecen como respuesta a la debacle democrática local.

 

Tienen retóricas poco detalladas y, en muchos casos, contradictorias como en México: proponen apoyar causas, como la de muchos maestros que no quieren ser evaluados y que no encuentran manera de ayudar al sistema educativo del País, del cual ellos son parte importante.

 

También estos tiranos en potencia comúnmente exaltan los sentimientos de enojo y odio de los demás, porque es la manera más fácil de evitar resolver los problemas de manera integral.

 

Ahí tenemos a Maduro manifestando que hay una guerra económica en su contra, cuando ya ni siquiera economía tiene, o Trump que busca deportar a 10 millones de mexicanos indocumentados que hoy aportan impuestos y valor a su economía, y la perdería irremediablemente.

 

Conectan con las masas populares y se venden como casos de éxito, como personas que viven el sueño que todos quieren alcanzar sin esfuerzo y sin arriesgar nada. Su mayor fuerza: apelan a la pasión en vez de a la razón.

 

No sólo las personas son quienes alientan esta polarización, también son circunstancias las que desencadenan reacciones, como el Brexit y la señal que emite del "fracaso" de la globalización.

 

Esto es así a pesar de que todos deberíamos saber que lo único que ha impulsado el mayor avance de desarrollo en muchos países ha sido el comercio y el intercambio libre de ideas entre las personas y las naciones.

 

Los movimientos populares/colectivos pocas veces comienzan cuando la situación es la menos favorable y tienden a aparecer cuando lo peor ha pasado, pero el futuro no se ve prometedor.

 

Esto es lo preocupante para nuestro País, pues a pesar de crecer poco, pero con baja inflación y bajo desempleo frente a otras economías, hay un descontento que cada vez se extiende más.

 

Entonces, cuando el bienestar se ve como una posibilidad de la que no seremos partícipes o no sentimos que la retribución será la "justa", la frustración mueve a la sociedad hacia la exigencia.

 

Cuando esa exigencia es irracional, la sociedad se vuelve violenta entre sí. Es entonces cuando creamos una especie de subcultura alienada y despreciada que exige salidas fáciles a su situación. Salidas que al no poder alcanzarse, como aceptar que nada es gratuito y que hay que esforzarse por hacer mejor lo que hacemos, devienen en erupciones violentas.

 

Por ello es fundamental alejarnos de esta desesperación y frustración que hoy permite la aparición de salidas fáciles que violentan la legalidad y al respeto.

 

Nunca como antes le debemos prudencia y serenidad a nuestro País. México no es un lugar de puros delincuentes o sólo Gobiernos corruptos con una sociedad poco participativa y escondida. Tampoco es un lugar donde las protestas mandan sobre el orden y la legalidad.

 

Hagamos bien y mejor lo que nos toca. Sólo así despresurizaremos esta tendencia de salidas falsas que parece que algunos en México quieren tomar.

 

Vidal Garza Cantú

vidalgarza@yahoo.com


sábado, agosto 13, 2016

 

Perdonavidas

Sus amigos hablan de Andrés, por sus iniciales AMLO. Sus críticos le dicen "El Peje". Su nombre oficial, Andrés Manuel López Obrador. Ha sido ya dos veces candidato a la Presidencia de México. Para llegar en el 2018 se anuncia como el perdonavidas.

 

Es un sureño extraño. Se cree el salvador de México. Se cree el único político honrado. Terco, terco, terco. Intelectualmente es una mezcla de Benito Juárez con Lázaro Cárdenas, con nivel de secundaria. Orgulloso guardián de la historia de México, sueña con retomar la ruta extraviada por la Revolución Mexicana.

 

En una contradicción andando, ¿un demócrata autoritario? Dueño de un partido, asegura que competirá sin alianzas. Él es absoluto. Hasta sus hermanos lo desconocen.

 

A quienes quieren un dictador de izquierda pregunto: ¿uno que conduzca a México viendo por el espejo retrovisor? Pregona su historia de víctima de dos fraudes electorales en giras constantes. Se le olvida que dejó a la gente plantada en la Avenida Reforma hasta que se cansaron de protestar.

 

Andrés se cree una especie de Gandhi mexicano. Personifica y habla a nombre de los mexicanos. Se ve a sí mismo como un pacifista, un mártir, y ahora... el adalid del perdón.

 

En tal carácter, su majestad López Obrador acaba de lanzar una proclama pública en la que perdona al "grupo en el poder".

 

"No los odiamos", dijo usando el plural. Anuncia "una amnistía anticipada" tan luego de su triunfo. ¡Perdona a nombre de todos! Claro, ya entendí. Para un santo la ley no existe.

 

En serio que es difícil razonar con alguien así. No escucha, no entiende, trae su rollo a la vuelta y vuelta. En el 2006, en una reunión a la que me invitó Porfirio Muñoz Ledo en la que estarían AMLO y otras 30 personas, pedí la palabra y sugerí que usara sus votos para negociar con Felipe Calderón.

 

¡Gran error! Hagan de cuenta que le hablé a la pared. Contestó cariñosamente a cada uno de los aduladores, pero a mí y a Agustín Basave, únicos disidentes, nos saltó olímpicamente.

 

Pienso que a López Obrador le fascina su rol de víctima. "Nunca me vi con la banda presidencial", confesó en esa ocasión.

 

No quiere ser Presidente. Le gusta ser el eterno y sufrido derrotado. Esa credencial lo autoriza a meter su cuchara con los maestros disidentes de la CNTE, que cometen más delitos por hora que ni los pistoleros de Pancho Villa. ¿Será que el perdonavidas, dos veces "crucificado" se siente el Jesucristo tabasqueño?

 

La Ciudad de México es su obra cumbre. Una verdadera joya arquitectónica de la política clientelar llevada a su máxima expresión. No hay manera de que pierdan una elección. La pobreza estructurada, los líderes maizeados con dineros públicos. Ya quisiera Obama. Eso es lo que podemos esperar para todo México si AMLO llega a la Presidencia.

 

Para el 2012 López Obrador ya estaba topado en poco más de 30 por ciento de intención de voto. Así lo escribí en EL NORTE. Así resultó. México no es socialista por más que AMLO le revuelva con el estandarte de la Virgen Morena y haya adoptado el apodo "Morena" para engatusar creyentes.

 

El socialismo fue construido hace más de 100 años siguiendo el paradigma burocrático de la especialización y la división del trabajo.

 

El Gobierno puede organizar todo un país y decirle a cada quien qué puede y debe hacer. En México se llama el Plan Nacional de Desarrollo, existe desde 1983 y para Andrés Manuel sería más paraíso que el de las 72 vírgenes de Islam. La señora Hillary se moriría de envidia.

 

Como lo advertí también en su momento, esto nunca ha jalado. Hoy por hoy, y a medida que avanza la revolución digital, las burocracias están condenadas a desaparecer.

 

No es por allí, pero AMLO sueña con tomar control de nuestras vidas.

 

AMLO no tiene, ni trae ni tendrá, la fórmula para la prosperidad construida con base en la suma de libertades individuales. Eso lo hace políticamente obsoleto e inviable.

 

No temo su ira. Y francamente su perdón me causa hilaridad.

 

Javier Livas

javierlivas@prodigy.net.mx


domingo, julio 31, 2016

 

La viga y la paja

Hay un vicio en las redes sociales que parece sintomático de algo más amplio: el ascenso de la irracionalidad en el debate público. Lo ilustro con un ejemplo personal en Twitter. Cada vez que expreso ahí una crítica al gobierno de Venezuela, un sector del público responde, más o menos, de esta manera: "Es vergonzoso que hables de Venezuela, ¿por qué no criticas la realidad mexicana?".

 

El reclamo parte de una falacia lógica que conviene desmontar: pensar que la crítica a X implica, directa y necesariamente, la indulgencia ante Y. Como si señalar los males ajenos condujera, obligatoriamente, al olvido de los propios.

 

Criticar al actual gobierno de Venezuela es un acto válido en sí mismo que no requiere de más justificación que los hechos objetivos que lo sustentan, hechos que están ahí, en las redes sociales, en imágenes dramáticas, en estadísticas y reportajes incontrovertibles, para todo el que los quiera ver: el hambre, la carestía, la inflación, el empobrecimiento, la falta de medicinas, criminalidad, la corrupción, etc...

 

Señalar esos males en 2016 es tan válido como haber denunciado, en los años setenta u ochenta del siglo pasado, los horrores de las dictaduras chilena y argentina. Pero nadie, que yo recuerde, dijo entonces que criticar a Pinochet o a Videla implicaba condonar la brutalidad criminal de Díaz Ordaz o Echeverría. Se trata, pues, de una falacia inducida ideológicamente. Para quienes incurren en ella, hay críticas que valen en sí mismas (las suyas) y otras que no valen porque les parecen interesadas, distractoras o de mala fe (las de quienes no piensan como ellos).

 

La falacia exhibe también la ignorancia de quien la practica. ¿Está seguro el inquisidor que el crítico de X nunca, o pocas veces, ha criticado a Y? Volvamos a mi postura frente al régimen de Venezuela. Es verdad que desde fines de 2007 (cuando visité Caracas por primera vez) he procurado seguir de cerca ese país que ahora vive sumido en un drama sin precedente en la historia latinoamericana y donde tengo tantos buenos amigos. Pero es obvio que en estos años mi atención hacia los grandes problemas de México ha sido mucho mayor. Y no he dejado de señalar la persistencia y agravamiento de cuatro males que han hundido al país en el desaliento: la impunidad, la corrupción, la violencia y la inseguridad. Quizá los airados tuiteros (creyentes en una crítica puramente nacionalista) no han leído esos textos, y están en su derecho. Pero es difícil que ignoren su existencia. Lo que su mensaje implica, entonces, no es una reconvención sino una descalificación. No es un argumento ni un reclamo honesto, menos una refutación: es puñetazo de 140 caracteres, un escupitajo verbal.

 

Lo curioso es que la falacia puede revertirse fácilmente contra quien incurre en ella. Imaginemos (aunque cueste trabajo) a un gobierno no dictatorial ni militar pero ajeno a la órbita cubana (o a la más reciente bolivariana), que incurriese de pronto en las violaciones flagrantes que caracterizan al de Maduro: intento de anulación del Poder Legislativo (electo por la mayoría), usurpación del Poder Judicial, bloqueo de la libertad de expresión en los medios tradicionales, uso de la violencia contra un pueblo desesperado que tiene hambre al grado de marchar en un exilio forzoso al país vecino para proveerse de alimentos y medicinas de primera necesidad. El escándalo sería cósmico. El desprestigio, infinito. El ostracismo, inmediato. El gobierno habría caído.

 

¿Por qué no hay un clamor mundial a favor del referendo revocatorio en Venezuela? ¿Qué protege, a estas alturas, a la dictadura de facto de Nicolás Maduro? Un oscuro entramado de complicidades, fanatismos, conveniencias políticas, bloqueos ideológicos. Y una espantosa indiferencia. Todo eso, y la hipocresía radical de quienes acusan al crítico de "ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio" cuando son ellos mismos los que ejemplifican a la perfección esa parábola del Evangelio.

Enrique Krauze

www.enriquekrauze.com.mx


martes, julio 12, 2016

 

¿Cómo se hace un gran maestro?

¿Cómo se hace un gran maestro?

 

El provocativo título de una portada reciente de The Economist (TE). Un tema muy apropiado ahora que algunos maestros en México "dan clases" de violencia, bloqueos y cómo dañar a niños.

 

Mientras aquí nos peleamos para ver si "se evalúa al maestro", en el mundo desarrollado esto ya no es tema. Allá buscan mejorar al maestro, el elemento clave en una educación de calidad.

 

"El secreto de buenas calificaciones y alumnos estelares son los maestros. Un alumno que toma clases de un gran maestro (del 10 por ciento superior) aprende tres veces más del que está en el grupo de uno malo (del 10 por ciento peor)", explica TE.

 

John Hattie de la U. de Maryland analizó resultados de más de 65 mil estudios de mejora en la calidad educativa aplicados a 250 millones de estudiantes. Sorpresa: no pesan tanto cosas que los papás aprecian como clases pequeñas, uniformes o dividir alumnos por habilidad.

 

Lo más importante: un gran maestro. Que por cierto no nace, se hace: "se puede hacer extraordinarios a maestros comunes y corrientes". Algo que puede revolucionar a las escuelas (y al mundo).

 

"Las escuelas olvidan enseñar a sus alumnos más importantes: los maestros. En la OCDE, el 40 por ciento nunca ha aprendido a presenciar clases de otros maestros", añade.

 

Un buen maestro establece metas claras, estándares altos de comportamiento (del alumno), planea bien sus clases y utiliza técnicas didácticas probadas.

 

"En la docencia, el camino a la maestría no pasa por teorías abstractas sino por práctica intensa basada en experiencias probadas y métodos pedagógicos". Lo que TE llama "el oficio del salón".

 

La revista reseña el estudio de Rob Coe de la U. de Durham que afirma que no funcionan técnicas de enseñanza generalmente aceptadas como alabar al alumno sin razón para motivarlo, aceptar o promover "estilos diferentes de aprendizaje" y pensar que alumnos pueden descubrir conceptos complejos solos.

 

No, el maestro tiene que guiar. Por eso, instituciones privadas y gubernamentales experimentan, generan y capacitan con métodos que sí hacen diferencia. Por ejemplo:

 

· Hacer preguntas provocativas aleatorias a todos y no solo a los "listos".

 

· Encargar tareas cortas por escrito.

 

· Planear clases con objetivos calendarizados.

 

· Liderazgo del maestro pero con alta interactividad grupal.

 

· Anticipar errores comunes.

 

"El oficio del salón" aplica recetas específicas obtenidas de observar y desmenuzar las mejores prácticas de los mejores maestros.

 

Por ejemplo, la revista británica cita las 62 técnicas de Doug Lemov. Tienen nombres pegadores, como "estíralo", "no pidas perdón", "empieza con el final". O una de mis favoritas, la 26: todos escriben (vea un video en nuestros sitios).

 

La premisa de esta técnica yo la he comprobado: escribir algo antes de discutir o exponerlo ayuda a tener mejores ideas. Bien dice Lemov: "reflexionar antes de convertir pensamientos en palabras da la oportunidad (al estudiante) de participar con mejores ideas y lograr mayor confianza".

 

El también autor del libro "Enseñar como Campeón" asegura que para llegar a ser experto en enseñar bien (y en cualquier cosa) se requieren tres cosas: práctica, práctica y práctica. Igualito que en los deportes.

 

"La forma como Roger Federer golpea un revés es el resultado de incontables horas de práctica y análisis. Al encontrar una falla en su juego (un gran atleta) la desmenuza en partes y trabaja en la ejecución de pequeños cambios", explica una nota reciente sobre la revolución educativa en el diario The Guardian.

 

Sólo con un sistema ingenieril para mejorar a los maestros se pueden obtener grandes alumnos que contribuyan poco a poco a mejorar a un país (relea "Los dos Méxicos").

 

El rotativo británico es contundente: "la globalización incrementa la presión para que los sistemas educativos mejoren".

 

Esta verdad indiscutible es para México una tragedia. Mientras que países desarrollados buscan potenciar su calidad educativa, nosotros estamos atascados en el primer paso. Condenados a verle las suelas a los que van a ganar la carrera.

 

EN POCAS PALABRAS...

 

"El maestro hace la diferencia, no el salón de clases".

Michael Morpurgo, autor inglés

 

Jorge A. Meléndez Ruiz

benchmark@elnorte.com

Twitter: jorgemelendez


sábado, julio 09, 2016

 

Claudicar por hartazgo

Las protestas se extendieron y masificaron. Los maestros por salir de vacaciones, y en lugar de mejorar sus materiales escolares o prepararse para el siguiente año escolar, decidieron marchar bloqueando las vías de comunicación.

 

Qué bueno que se manifiesten, qué malo que violen los derechos de millones de mexicanos en el camino. Qué bueno que en el País se respeten los diferentes puntos de vista y sus expresiones, qué malo que los maestros no tengan puntos de vista para mejorar la educación.

 

Qué bueno que se busque medir la calidad de la educación, qué malo que muchos maestros no quieran ser evaluados. Qué bueno que exijan, qué malo que no den nada a cambio.

 

Tenemos hoy muchos Estados sufriendo pérdidas económicas y sociales por las marchas y protestas de los maestros buscando proteger un sistema educativo con privilegios.

 

México ocupa el lugar 53 de 64 países evaluados en PISA. La mitad de todos los alumnos de primaria no entienden lo que leen y no pueden efectuar operaciones aritméticas simples. Alumnos que no funcionarán de manera efectiva para mejorar al País en pocos años.

 

El futuro de un país reside en su calidad educativa, no en su sistema educativo. Ésa fue la esencia de la reforma educativa que todos los partidos políticos aprobaron en febrero de 2013. Una que permitiera, como dice el decreto, "el ingreso al servicio docente mediante concursos de oposición que garanticen la idoneidad de los conocimientos y las capacidades de los docentes".

 

Una reforma que modernizaría el servicio profesional docente, crearía un sistema de evaluación educativa independiente, un sistema de información y gestión educativa y escuelas de tiempo completo, entre otras cosas.

 

Lo más importante de esta reforma fue mejorar la calidad educativa, permitiendo evaluaciones constantes que ayudaran a guiar una mejora medible y continua. A nadie le gusta ser evaluado, pero no existe otra forma de mejorar si no se miden con objetividad avances o retrocesos.

 

No importa si abundan análisis de que la implementación está fallando, o que no se tomaron en cuenta las opiniones de algunos maestros. Tampoco importa que los Estados del País tengan o no la capacidad para administrar a sus maestros, o que no haya más recursos para las escuelas.

 

Los maestros que se oponen a ser evaluados es porque no son maestros, son simples empleados de un sistema de favores y corrupción, muy distinto al que imaginó José Vasconcelos. Por eso no les importa violar los derechos de los demás, ni fallarles a sus alumnos.

 

Lo que ahora estamos padeciendo es precisamente lo que algunos políticos en campaña llaman la oposición de intereses económicos y grupos oscuros del poder.

 

Pero desafortunadamente este político tabasqueño no está viendo que los verdaderos intereses económicos que no quieren a México son los intereses de estos maestros pertenecientes al SNTE o la CNTE, que hoy amagan al Gobierno para rechazar una reforma que no conviene a sus intereses económicos oscuros del sistema educativo, que ellos han secuestrado para su propio beneficio.

 

Ahora entendemos que el valor de la representación de los maestros para mejorar sus capacidades y métodos pedagógicos que ostentan los sindicatos de maestros, en la realidad es y siempre ha sido simple retórica.

 

Se trata de robarle a México más presupuesto para seguir contratando marchistas y quejosos en lugar de maestros dispuestos a formar el futuro del País. Se han acostumbrado a pactar con el Gobierno para no esforzarse más y siempre de espaldas a la sociedad, a los padres y a los estudiantes.

 

Me parece que nuestro sistema educativo no tiene una vocación para mejorar y nuestro hartazgo está claudicando frente a este grupo de maestros que prefieren vivir con un sueldo, pero en la ignominia, que forjar un mejor país como muchos queremos.

 

Disculpen, por favor, todos aquellos buenos maestros que conozco y que incluso me han escrito a favor y en contra de mi postura sobre el magisterio.

 

Vidal Garza Cantú

vidalgarza@yahoo.com

Es director de Fundación FEMSA, AC. Profesor en la Escuela de Graduados en Administración Pública y Política Pública del Tec de Monterrey. Licenciado en Economía por el ITESM. Licenciado en Derecho por la UANL. Maestro en Políticas Públicas por Universidad de Harvard y Doctor en Políticas Públicas por la Universidad de Texas en Austin.

 

Leer más: http://www.elnorte.com/aplicaciones/editoriales/editorial.aspx?id=92436#ixzz4DxvHn55v  

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domingo, julio 03, 2016

 

Lecciones de vísceras (populismo)

La gran lección del voto británico es que nadie tiene el control de los procesos políticos.

En un mundo en el que la información es horizontal y todos tienen acceso a ella -como receptores e informadores-, nadie puede limitar lo que se sabe (sea cierto o falso), lo que se discute o lo que se concluye.

La información es ubicua y cualquiera puede conducir el debate: todo depende de su habilidad. David Cameron inició el proceso al convocar a un referéndum e instantáneamente perdió el control: una vez que el conejo salió de la chistera, el debate quedó en manos de los más hábiles y el control en los electores.

Más que suponer una conexión automática, absoluta e inexorable entre lo ocurrido en el Reino Unido y lo que pudiera pasar con Trump en Estados Unidos o con López Obrador en México, lo evidente es que el mundo ha cambiado y ya nadie tiene control: gana quien entiende mejor al electorado y le responde en sus términos.

Ésa es la genialidad de Nigel Farage (el principal promotor del rompimiento con la Unión Europea) y de Trump en Estados Unidos. Ellos comprendieron algo que los demás ignoraron.

"El sentir público no es racional, es emocional", dice Ariel Moutsatsos. Y sigue: "¿Puede alguien pensar en términos racionales respecto a sentimientos de derrota, impotencia, ansiedad o miedo?". Los "argumentos (de Trump y de los promotores de Brexit) no tienen sentido y hay un conjunto de razones lógicas, hechos y ejemplos tangibles que claramente los contradicen... no es algo racional, es emocional".

Los promotores del referéndum supusieron que era obvio, lo racional, quedarse en la UE y por lo tanto dejaron el terreno a la oposición, que entendió perfectamente la oportunidad porque leyó bien al electorado.

El "establishment" no entendió su aislamiento e insularidad: como dice George Friedman, "la élite no tenía ni la menor idea de lo que estaba ocurriendo más allá de su círculo de conocidos", lo que delata el verdadero problema que divide a nuestras sociedades.

En todos los países hay personas enojadas con el statu quo, resentidos por el choque de expectativas con la realidad cotidiana, el desempleo o subempleo y la percepción de estarse quedando atrás.

Hoy, unos cuantos merolicos que sí los entienden cambiaron todo: personajes capaces de articular esas emociones y sentimientos y convertirlos en una fuerza política.

Su fuerza, como probó el voto contrario a la UE y como han mostrado hasta ahora los seguidores de Trump, radica en la voz que estos personajes les dieron hasta convertirlos en ganadores.

Los agravios son perfectamente comprensibles en términos racionales; su manipulación requirió una capacidad de movilización de emociones y sentimientos. Es ahí donde radica el triunfo de estos nuevos populistas: las razones dejaron de ser relevantes.

¿Hay algo que podamos aprender de esto los mexicanos? Dos cosas me parecen claras: primero, si hay agraviados en Inglaterra, España y Estados Unidos, en México hay muchos más y con mejores razones.

Quien logre capturar su atención -y sus miedos, enojos y frustraciones- puede fácilmente crear un movimiento político imparable.

Por otro lado, hay un sinnúmero de esfuerzos y acciones que encabezan el Gobierno, empresarios y diversos grupos de la sociedad que no hacen sino atizar esos fuegos.

Puesto en términos llanos, la fuerza de López Obrador no sólo radica en su propia e innegable habilidad, sino también en toda la información, acciones y evidencia del más diverso tipo que estos actores ponen en la vía pública todos los días.

Cada que el Gobierno presume sus logros y que el ciudadano no encuentra modo de identificarse con ello, se alimenta el enojo; cada que alguien publica evidencia creíble de corrupción (igual una fotografía que un estudio analítico), se atizan las emociones y se fortalece quien la denuncia día a día; cada que se hacen evidentes las enormes diferencias de riqueza -y las actitudes que las acompañan (como los casos de "lores" y "ladies")-, los resentimientos crecen.

Atizar emociones y agravios no hace sino fortalecer a quien sabe cómo manipularlos.

El País requiere nuevos referentes emotivos y racionales para transformarse. Los existentes -de todos los actores- no sirven y por eso el "mal humor social". Urge un liderazgo capaz de construir un futuro positivo, susceptible de ganar el favor del electorado.

La revista Economist resumió el momento como nadie: cuando "lo impensable se convierte en irreversible".

La gran pregunta es si en México lo entenderemos o, más bien, quién lo entenderá.

 

Luis Rubio

www.cidac.org

 

 


lunes, junio 06, 2016

 

Populismo en crisis

Tiempos hubo en que intelectuales de prestigio mundial elogiaron las políticas económicas y sociales de Hugo Chávez en Venezuela (por ejemplo, J. Stiglitz, 2007). Luego, algunos le concedieron el beneficio de la duda a su sucesor, Nicolás Maduro. Hoy día, es difícil encontrar un defensor (no oficial) de lo que se ha hecho en ese país a lo largo ya de 20 años.

 

Las noticias recientes no son otra cosa que una repetición de males agravados: producción desplomada; inflación explosiva; controles acentuados; desabasto lógico; colas consecuentes; devaluación inevitable...

 

El Gobierno venezolano atribuye el desastre a dos entes que atentan contra "el socialismo del siglo XXI": el yanqui imperialista y el burgués desnacionalizado. Como economista, no tengo competencia alguna para opinar respecto a la influencia de tales actores perversos. Los comentarios que siguen se refieren a unas cuantas variables económicas más bien prosaicas, pero relevantes.

 

Por ejemplo, las exportaciones venezolanas de petróleo representan más del 95 por ciento de las exportaciones totales de esa economía. En consecuencia, el extraordinario ascenso del precio del crudo, en general, entre 2000 y 2008, significó un flujo masivo de recursos fiscales. Ello permitió al Gobierno un aumento abrupto del gasto público, una parte del cual se destinó a programas sociales de todo tipo. La pobreza disminuyó. El régimen tuvo apoyo popular y buenos años económicos. (No siempre: en 2002 y 2003, el PIB real cayó estrepitosamente, un total de 17 por ciento, aunque es cierto que creció en forma espectacular los cinco años siguientes).

 

La Gran Recesión mundial llevó a su fin el auge petrolero. El precio se desplomó en forma dramática a finales de 2008. Sin embargo, volvió a subir y se estabilizó en un nivel alto, sólo para precipitarse a partir de la última parte de 2014. Esto provocó una grave crisis fiscal en Venezuela. En lugar de ajustar el gasto, el Gobierno decidió financiar el déficit resultante con emisión de dinero del banco central. Durante todo lo que va del siglo XXI, la oferta monetaria en Venezuela ha crecido a tasas enormes y erráticas. En consecuencia, la inflación ha sido en general elevada e inestable. Según ciertas estimaciones, este año muy probablemente merezca la dudosa distinción de ser la más grande (480 por ciento) del mundo.

 

Las autoridades han reaccionado al respecto con un conjunto de medidas probadamente ineficaces y muy dañinas: controles de precios y de cambios, denuncias, subsidios arbitrarios, expropiaciones, penas físicas, etc. La combinación del choque petrolero externo con el desorden interno ha generado una contracción de la producción. También en este aspecto el pronóstico es que la caída previsible, -8 por ciento, no tendrá competencia a nivel mundial.

 

En 2009, Sebastián Edwards publicó un estupendo libro con un título certero: Left Behind, Latin American and the False Promise of Populism. En la parte final del mismo, caracterizó el porvenir económico de los países que se aferraran al populismo: debilidad institucional, violación del derecho de propiedad, muy bajo crecimiento, rápida inflación, mercados negros, deterioro de las condiciones sociales e incremento de la inseguridad y de la corrupción. Frente a todo ello, los líderes culparán a "los sospechosos de siempre": el capitalismo, las empresas multinacionales, el Fondo Monetario Internacional y Estados Unidos. Eventualmente, concluyó Edwards, la terrible situación moverá a la población, fatigada de la retórica populista, a elegir un nuevo Gobierno. Aun si los precios de exportación se recuperaran, el rebote económico sería penoso, porque la intervención gubernamental y la inflación habrían causado un enorme daño a la confianza y a la estructura productiva. Así ha sido en el pasado, remató el autor, y no será distinto en el futuro.

 

La evolución reciente de Venezuela se ajusta a lo anticipado por Edwards, quien expuso el caso como su ejemplo potencial por excelencia.

 

Everardo Elizondo

El autor es profesor de Economía en la EGADE, Business School, ITESM.

 

Leer más: http://www.negocioselnorte.com/aplicaciones/editoriales/editorial.aspx?Id=90090#ixzz4AqC6Sb2G  

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viernes, junio 03, 2016

 

AMLO = CNTE

La vejación, humillación y denigración de la que fueron objeto seis maestros en Chiapas a manos de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE), por no querer sumarse al paro de labores de este sindicato insurgente, da una idea de lo que puede ser México en el futuro si AMLO llega a ser Presidente.

 

Hagan de cuenta un GULAG bajo Stalin, o un ghetto judío bajo los NAZIS.

 

Sabido y notorio es que AMLO y su partido, Morena, apoyan a la CNTE: por lo tanto AMLO apoya actos barbáricos como los cometidos por los huelguistas contra miembros de su propio gremio que todo lo que quieren es seguir trabajando.

 

La vejación de la que fueron objeto cuatro hombres y dos mujeres, siendo trasquilados, descalzados y obligados a caminar con letreros señalándolos como traidores, es EXACTAMENTE igual a la que los NAZIS emplearon en POLONIA y dentro de Alemania contra los judíos.

 

La trasquilada y portar letreros en un acto de denigración o deshumanización PÚBLICA es clásico NAZISMO: sinónimo éste de intolerancia, de NULO respeto a la dignidad humana, es el rechazo absoluto a la máxima que dice "trata a los demás como te gustaría ser tratado".

 

Sus propios antecedentes de incendiario y de revoltoso han traicionado a AMLO y hoy en busca de la Presidencia por TERCERA ocasión ha caído en SOLAPAR actos de lesa humanidad, los cuales lejos de condenar, fomenta con sus actitudes retadoras y antisociales. Además de apoyarlos moralmente y, no duden ustedes, con recursos.

 

No contentos con comportarse como genuinos barbajanes, los terroristas de la CNTE amenazan ahora con BLOQUEAR el Aeropuerto de la CDMX este viernes 3 de junio, así que:

ALERTA, amigos, NO VIAJEN A LA CIUDAD DE MÉXICO EL VIERNES.

 

Ello porque la CNTE -como AMLO- no respeta autoridad alguna, e igual que él cuando tomó la Avenida Reforma, no le importa VICTIMAR a los ciudadanos inocentes de la CAPITAL causando el caos vial y paralizando el País, todo por el berrinche que traen básicamente rechazando la reforma educativa, es decir, rehusando avanzar hacia la modernidad, la evaluación, la capacitación y el ascenso escalafonario basado en el MÉRITO, no en prebendas heredadas.

 

Pésimo ejemplo le dan a la juventud de México estos malos maestros recurriendo a los métodos trogloditas que emplearon, aunque después del repudio social inventen que fue un "acto de infiltrados" cuando fotos y videos claramente demuestran que son los mismos paristas quienes denigran a sus colegas.

 

¿Y por qué?

 

Porque piensan diferente que ellos, porque no quieren paro, quieren trabajar enseñando a los niños bajo su cargo que asisten a la escuela con mucha penuria para ser INSTRUIDOS, educados, y no para ver a quienes les van a enseñar comportándose como verdaderos salvajes, demostrando cero clase, cero cultura, cero civilidad, cero respeto al "derecho ajeno", el que tanto veneraba y promovía Benito Juárez en México y en el mundo.

 

Ante estos actos vejatorios perpetrados por los maestros paristas, condenados ya por la CNDH, ¿con qué autoridad moral pueden esos maestros de la CNTE instruir a la niñez bajo su cargo? No hay forma, la única es lavándose el cerebro llenándose de rencores y odios para intentar justificar su comportamiento injustificable.

 

De nuevo, es exactamente lo que hicieron los NAZIS con su Ministerio de Propaganda bajo el malévolo Goebbels.

 

Dentro de las democracias hay formas, hay maneras de protestar, de inconformarse, manifestarse y expresar desacuerdo.

 

Por ello es que preocupa, y no poco, que azuzados por AMLO y su gente, la CNTE recurra a métodos por demás reprobables, pues muestran NULO respeto por los derechos de los demás.

 

Por ello en muchos infunde PAVOR la posibilidad de que AMLO y sus radicales seguidores lleguen al poder: ¡PORQUE NO SABEN RESPETAR a los demás, a quienes disienten de ellos o no se comportan como ellos!

 

Esta intolerancia y misantropía es idéntica a la que exhibe el odiado demagogo Donaldo Trump, el equivalente de derecha a AMLO.

 

Ante esto, agobiados en exceso estamos todos y no por la ocupación, ¡sino por la preocupación!

 

FRICASÉ / El Abogado del Pueblo

fricase@elnorte.com

 

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sábado, mayo 28, 2016

 

Aguas con la democracia

La democracia como forma de gobierno nunca había sido tan cuestionada como ahora. Quizá porque en el pasado coexistía con peores formas de elegir un Gobierno y se suavizaban sus propios yerros.

 

Soy un creyente de la democracia y de sus virtudes, pero hoy debemos analizar con detenimiento sus defectos para evitarlos.

 

Hoy padecemos una democracia pragmática. Una que está siendo operada con reglas trágicamente hechas por la misma clase política que nos gobierna y que ha provocado no sólo en México, sino en otros países la desdicha de elegir para gobernarlos no a los más aptos, ni los más capaces, sino a los más populares, a los que acaparan atención por las tonterías que dicen y a los más irresponsables para tomar decisiones por nosotros.

 

Candidatos que a base de mucho dinero -que consiguen de manera quizá hasta ilegal- compran medios, voluntades y votos para llegar al poder con una deuda gigantesca de favores por cumplir, de espaldas a las necesidades de la mayoría.

 

La democracia está secuestrada por personajes que les gusta moverse dividiendo, por partidos que usan el sistema electoral a su antojo, por una sociedad limitada sin formas de manifestar su malestar.

 

Los resultados de esta práctica son, por decir lo menos, muy preocupantes.

 

España tiene varios meses sin Gobierno por falta de consensos en su Parlamento. En el mismo tenor, tenemos a Donald Trump ganando la candidatura republicana, la reelección "democrática" de Nicolás Maduro para terminar de acabar con un país y los más de 10 años de campaña presidencial de un político en México que sale todos los días en la televisión sin proponer nada mejor. (AMLO)

 

También podemos verlo en el recién electo Presidente de Filipinas. Rodrigo "Rody" Duterte carga una historia de menosprecio por la democracia y una actitud bravucona para enfrentar a la criminalidad en su país, que ha cautivado a muchos, pero ha desconcertado a muchos más proponiendo tonterías como engordar los peces de la bahía de Manila con carne de los primeros 100 mil criminales que logre encarcelar.

 

Una de las democracias más estudiadas, la norteamericana, hoy ofrece un menú de candidatos posibles a sus elecciones de noviembre que distan mucho de ser los mejores para servir a tan importante país para el resto del mundo.

 

Aristóteles postuló tres formas de gobierno en función del número de gobernantes. Las clasificó como monarquía, gobierno de uno; aristocracia, gobierno de pocos; y la república, gobierno de la mayoría.

 

De la misma manera nos indica las depravaciones de estas formas de gobierno que son, respectivamente, la tiranía, la oligarquía y la democracia/demagogia, en donde sólo se salvaguardan los intereses de una parte de la sociedad.

 

Parece que estamos repitiendo la historia de uno de los impulsores de la democracia ateniense, Pericles, líder y gobernante carismático en la antigua Grecia que a pesar de ser admirado por su impulso a la cultura, el arte y derechos sociales de los más pobres, definió a la democracia con dos condiciones que van juntas y que hoy pueden verse como una advertencia.

 

Por un lado, la democracia es una forma de gobierno en donde prevalece una nutrida participación de los ciudadanos, pero también es donde las decisiones de la mayoría no son las más juiciosas.

 

Por ello es imprescindible buscar formas para ordenar y limitar a la democracia como un vehículo capaz de generar Gobiernos eficientes, justos y honestos, porque sola la democracia no los producirá.

 

Para mí el Gobierno es una fábrica que genera políticas públicas con resultados medibles, con características de justicia, pero también de efectividad.

 

En este sentido, nos está quedando a deber no sólo en México, sino en muchos otros países por un mal entendimiento de que la democracia justifica cualquier Gobierno, aunque sea uno torpe y corrupto.

 

Vidal Garza

vidalgarza@yahoo.com

 

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sábado, mayo 14, 2016

 

El Estado interventor

Enfrente del edificio donde trabajo hay un parque muy bonito. Hacia las ocho de la mañana, unas cuantas gentes caminan por sus senderos, pero su estacionamiento está lleno de automóviles. ¿Por qué? Porque es gratuito y lo (ab)usan, lógicamente, muchos oficinistas que laboran en las empresas cercanas. Se frustra, por tanto, la intención original. Un letrero que advirtiera que el estacionamiento es exclusivo para los usuarios del parque sería inútil. Los estímulos económicos son más poderosos que las llamadas a la "conciencia social".

 

¿A qué viene la anécdota? La semana pasada, según una nota de prensa, el Senado de la República "emitió un exhorto a los Congresos de los Estados" para que, "en beneficio de los consumidores", se eviten "los cobros excesivos" en los estacionamientos de autos en los centros comerciales.

 

Para empezar, hay que notar que el cobro es una manera de racionar el uso de un bien escaso (y, por tanto, valioso): el espacio disponible para estacionamiento. De otra manera, el abuso sería el resultado (como en el parque referido). De paso, vale notar que los Senadores no definen qué es "excesivo".

 

El exhorto sugiere que el servicio sea "gratuito" sólo para quienes exhiban un comprobante de compra. Desde luego, eso es exactamente lo que ya hacen algunos comercios. ¿Por qué no todos? Porque no todas las compras lo justifican. Una bolsa de papas en 7/11 no es lo mismo que un traje en Zegna.

 

La medida, dicen los Senadores, alentará el crecimiento de los propios centros comerciales, porque al eliminar la tarifa, el consumidor podrá "adquirir otro tipo de artículo o servicio". Aparte de que, por persona, lo más probable es que el "ahorro" en cuestión no sería significativo, estoy seguro de que los comerciantes difícilmente necesitan los consejos de un legislador para apreciar dónde está su interés.

 

No es improbable que los Congresos estatales atiendan el exhorto aludido, porque ofrece una nueva oportunidad para interferir con la libertad de elección de los ciudadanos. La tendencia está de moda en todas partes.

 

En Estados Unidos, por ejemplo, en pleno proceso electoral, es evidente una postura antiglobalización. Donald Trump es su vocero más explícito y ruidoso, pero Bernard Sanders no es muy distinto y, me temo, Hillary Clinton (discretamente) tampoco. El nacionalismo económico tiene muchos partidarios, de izquierda y de derecha. Pero rara vez se destaca que, en lo fundamental, implica que el Gobierno limite, de una forma u otra, la libertad de las personas físicas y de las empresas para realizar transacciones con sus similares extranjeros.

 

La lista de actividades que el Gobierno limita o, de plano prohíbe, crece al parecer cada día. La afirmación puede parecer exagerada, pero no lo es. Los pocos ejemplos que siguen son parte de la lista mexicana.

 

· El Gobierno ha decidido que sabe mejor que los ciudadanos lo que les conviene comer y tomar. Específicamente, no quiere que haya sal en las mesas de los restaurantes, para que los hipertensos no sucumban a la tentación de usarla. Tampoco quiere que los sedientos beban líquidos azucarados, para evitar que se conviertan en obesos. Tutelar celoso de menores e incapaces, se preocupa por nuestra salud y nuestra figura más que nosotros mismos.

 

· El Gobierno ha determinado también que hay ciertas imágenes que no debemos ver en la televisión, y ciertas palabras que no debemos escuchar en el radio. Así pues, actúa como definidor y guardián de la moral pública y de la corrección lingüística.

 

· Lo anterior tiene consecuencias, pero son (creo) menores, si se las compara con los terribles efectos que acarrea la intervención del Estado en lo que toca a lo que alguna gente decide introducir en sus pulmones y/o en sus venas. En ese ámbito, el Gobierno ha resuelto que hay formas de diversión que no son permisibles, sin importar que sean voluntarias.

 

· Igualmente, el Gobierno cree saber mejor que nosotros qué nos conviene usar si nos enfermamos. Los antibióticos se expenden sólo contra receta, para prevenir una supuesta automedicación irracional.

 

· Y así por el estilo, en muchos (demasiados) espacios de la vida diaria.

 

No ignoro que hay actividades que realizan los particulares que tienen repercusiones negativas sobre terceros. Cuando ocurren, primero se debe precisar su significación y, luego, diseñar la mejor manera de compensarlas. Es posible que en algún caso la intervención estatal sea conveniente.

 

Everardo Elizondo

El autor es profesor de Economía en la EGADE, Business School, ITESM.


domingo, mayo 08, 2016

 

La generación de la discordia

Hace un mes esbocé en este espacio el método de las generaciones. En un artículo posterior tracé un perfil de la generación del 68, a la que pertenezco. Ahora doy inicio a una serie sobre las generaciones políticas que comparten el escenario en el siglo 21.

 

¿Cómo bautizar a la primera, nacida entre 1950 y 1965? Parece natural referirla al año axial que le abrió las compuertas de la historia: 1994.

 

Demasiado jóvenes para participar en el 68, vivieron bajo su signo. Sabían que el régimen estaba herido de muerte. Padecieron los desastres económicos de Echeverría y López Portillo, la parálisis gubernamental en el terremoto del 85, el fraude del 88, las luces y sombras del Gobierno de Salinas, el levantamiento zapatista, el asesinato de Colosio. A lo largo de sus vidas, la palabra "crisis" se volvió sinónimo de normalidad. Toda la tensión acumulada estalló en 1994.

 

Su designio fue superar la crisis endémica y fundar un nuevo ciclo histórico: construir las prácticas e instituciones de la democracia en México.

 

Tras el asesinato de Colosio, llegó al poder Ernesto Zedillo. Nacido en 1951, era un liberal auténtico y un demócrata convencido. A principio de su Gobierno abrió el debate de los partidos para lograr el esperado tránsito. Renovó y dotó de una autonomía sustantiva a la Suprema Corte de Justicia. Fortaleció al IFE, cuyo primer presidente ciudadano, José Woldenberg -nacido en 1952- pasó de la militancia sindical universitaria a la gestión nacional del aparato electoral, eje de la democracia.

 

En aquel promisorio fin de siglo, la Generación del 94 comenzó a afirmarse en los partidos de oposición. Muchos de sus líderes, de antigua filiación marxista, hicieron la autocrítica de sus creencias revolucionarias y guiados por el liderazgo de Cuauhtémoc Cárdenas asumieron cabalmente la vía democrática. Panistas y neopanistas vieron la oportunidad de reivindicar los valores democráticos de su partido. Aun en el PRI surgieron algunas voces democráticas.

 

Sólo una nube opacaba el horizonte democrático: el movimiento zapatista. Sus demandas -antiguas, lacerantes, justificadas- conmovieron a la sociedad. Lo encabezaba un miembro de la Generación del 94: el carismático Subcomandante Marcos (nacido en 1957).

 

También Marcos quería la construcción de un nuevo orden, pero no democrático sino revolucionario. Su postura instauró la discordia en el ala izquierda de la Generación del 94: ¿democracia o revolución? El País no tenía dudas: prefería la democracia.

 

En el Gobierno de Fox descollaban dos proyectos: actuar contra los vestigios del antiguo régimen u optar por una política de conciliación. En las vacilaciones provocadas por esa tensión interna se perdió la "ventana de oportunidad" que ofrecía la arrolladora popularidad inicial del Presidente.

 

El tiempo pasó muy rápido y se creó un vacío de poder que aprovecharon poderes regionales y fácticos, lícitos e ilícitos, y un nuevo líder carismático, el Jefe de Gobierno del DF, Andrés Manuel López Obrador (1953).

 

Tomando la estafeta de Marcos (que se desvaneció en la penumbra y la leyenda), López Obrador ahondó la discordia interna en la Generación del 94. Su plataforma no proponía la construcción de un orden democrático nuevo, sino la vuelta al orden antiguo de la Revolución mexicana, en su momento cardenista.

 

Hágase la cuenta de los últimos 20 años y se apreciará el predominio de la Generación del 94. Representan ideologías distintas, proyectos diversos. En ciertos ámbitos (la Suprema Corte, el INAI, el INE) han hecho aportes al nuevo orden. A esa generación pertenece Felipe Calderón (1962). Más allá de sus aciertos y desaciertos, su Gobierno preservó el frágil edificio de la democracia.

 

La destrucción de ese edificio no es imposible. A partir del 2006, la política mexicana se volvió una batalla campal en el seno de la Generación de 1994.

 

El líder de su ala radical opina que el modelo económico es absolutamente erróneo. Y sostiene que no vivimos en democracia. Está en su derecho, pero sus afirmaciones contradicen su propio lugar en la vida pública: tiene la propiedad privada de un partido político, goza del financiamiento público que eso supone y una exposición sin precedente en los medios de comunicación.

 

Su postura presagia lo que sería su Gobierno. El advenimiento de un caudillo mesiánico a la Presidencia, hecho inédito e incompatible con las leyes e instituciones de una democracia.

 

La discordia se dirimirá en el 2018. El legado de la generación está en vilo.

 

Enrique Krauze

www.enriquekrauze.com.mx

 

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domingo, abril 10, 2016

 

Pobreza y desigualdad

"Resolver la pobreza sin que importe la desigualdad de oportunidades", dice Gonzalo Hernández Licona, de Coneval, "podría implicar que los participantes relevantes [en la sociedad] seamos los mismos de siempre".

 

Efectivamente: es imposible negar el hecho de la desigualdad. Pero la pregunta pertinente es ¿qué hacemos mientras se resuelve el problema de la desigualdad, presumiblemente más complejo que el de la pobreza? La respuesta es todo menos obvia y requiere más que insultos y frases gastadas para entender y mitigar los problemas de fondo.

 

Ante todo, la desigualdad es parte inherente a la humanidad, pero existen dos fuentes claramente diferenciadas: una, la desigualdad que genera la creatividad humana y que es fuente de crecimiento de la economía.

 

El desarrollo tecnológico de las últimas décadas ilustra esto a la perfección: unas cuantas empresas tecnológicas han revolucionado al mundo, además de creado una casta de ricos nunca antes imaginable.

 

Lo mismo ocurre con grandes artistas, deportistas y actores: la creatividad humana. Esta fuente de desigualdad debe ser aplaudida porque es producto de la competencia abierta, la creatividad y la innovación. Combatirla implicaría matar la gallina que pone los huevos de oro.

 

La otra fuente de desigualdad es la más difícil de resolver, pero es la que genera mayor polémica: la desigualdad producto de monopolios, prácticas sociales, corrupción, subsidios, concesiones y, sobre todo, ausencia de competencia.

 

Esta fuente de desigualdad es resultado de decisiones políticas y burocráticas históricas que sesgan el ingreso, protegen a favoritos, preservan cotos de caza, y sobre todo impiden el acceso del ciudadano de a pie a la movilidad social.

 

Esta fuente de desigualdad es la que ha marcado al País desde la Colonia, creando una nación de pobres, polarizada en sus clases sociales y con un acentuado racismo, así como una total ausencia de oportunidades para la inmensa mayoría de la población.

 

El verdadero problema es cómo enfrentar este desafío. Lo fácil es proponer medidas regulatorias y aumentos de impuestos a los mayores ingresos (que siempre encuentran vericuetos fiscales) para luego distribuirlos entre los pobres.

 

Parece obvio, pero no deja de ser irónico que se proponga que los mismos políticos y burócratas que crearon el problema -y que lo preservan- sean quienes ahora lo vayan a resolver. Es decir, sólo para ejemplificar, se propondría que nuestros diligentes Gobernadores, esos que dispendian recursos, roban el dinero del erario sin consecuencia alguna y dejan deudas multimillonarias, ahora se dediquen a redistribuir el ingreso a favor de los pobres.

 

Para realmente transformar al País, generar condiciones para un crecimiento económico acelerado y eliminar la segunda fuente de desigualdad, se requiere un cambio integral del régimen socio-político. Lamentablemente, muchos políticos y candidatos -y sus asesores- prometen erradicar la desigualdad en un santiamén cuando su único propósito es lograr el poder.

 

Si uno acepta que la desigualdad es producto de una serie de sesgos que la causan y preservan, la única forma de acabar con ella es eliminando esos sesgos y ése es un asunto político: implica modificar las estructuras sociales, políticas y económicas que sostienen un sistema que desvía los beneficios a favor de una parte de la sociedad y discriminan contra el resto.

 

Desde mi perspectiva, sólo un sistema liberal de gobierno podría lograr esto: un sistema fundamentado en la igualdad de oportunidades, igualdad real ante la ley, acceso integral a la justicia especialmente para los más modestos y reglas del juego conocidas de antemano y que se hacen cumplir sin distingo. En este contexto, el combate a la pobreza debe orientarse a eliminar barreras a la igualdad de oportunidades, comenzando por educación y salud.

 

En suma, enfrentar la desigualdad no es asunto de regulaciones o impuestos, sino de un régimen sociopolítico distinto.

 

Como veo poco probable un cambio en esa dirección, me parece que el combate a la pobreza es la única forma en que podríamos proceder, al menos por ahora. Más allá de acciones en este frente, sólo el crecimiento económico acelerado puede permitir reducir la pobreza de manera significativa y eso requiere un cambio de enfoque en la política económica.

 

Lo que no se debe hacer es confundir causas con resultados y pretender que asuntos de esta trascendencia son meramente técnicos y no sujetos a explotación electorera o preferencias ideológicas.

 

Luis Rubio

www.cidac.org  

 

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