domingo, enero 26, 2020

 

Estancamiento sin inflación

La incertidumbre creada por los hechos y dichos del Presidente López Obrador ha tenido un efecto inesperado: el Peso fuerte. No es tan difícil de explicar.

 

1. Los despidos masivos de burócratas fueron arbitrarios, poco selectivos y hasta ilegales: sin indemnización, con renuncias forzadas. La población asalariada se redujo. También se redujo la falsamente no asalariada, que cobra sin derechos ni prestaciones laborales, con recibos de honorarios por servicios supuestamente independientes.

 

2. A esto hay que sumar los empleados públicos no despedidos, pero obligados ilegalmente a aceptar un sueldo menor.

 

3. El menor empleo y los sueldos menores redujeron el consumo familiar, la demanda agregada en la economía y el mercado interno.

 

4. El menor consumo redujo las importaciones y por lo tanto la demanda de dólares.

 

5. El menor mercado dejó en veremos los proyectos de inversión física: construcciones, instalaciones, maquinaria.

 

6. Las menores inversiones físicas redujeron la importación de maquinaria y equipo, y así la demanda de dólares.

 

7. El menor mtercado interno empujó a las empresas al externo: exportar.

 

8. Las menores importaciones y mayores exportaciones mejoraron la balanza comercial y aumentaron las reservas en dólares del Banco de México.

 

9. También aumentaron por las remesas de mexicanos que se fueron a buscar en los Estados Unidos y Canadá mejores oportunidades de empleo.

 

10. Ya no se diga por las elevadas tasas de interés que fijó el Banco: atractivas para las inversiones puramente financieras, disuasivas de las inversiones físicas y del consumo a crédito.

 

11. El menor empleo y los sueldos menores redujeron la recaudación de impuestos laborales. Esto (sumado a las indecisiones del arranque sexenal) redujo el gasto público en lo menos urgente: la inversión pública física.

 

12. Lo cual redujo el empleo, la demanda de materiales de construcción, las importaciones, la recaudación de IVA y de aranceles de importación, acentuando todo lo anterior.

 

De ahí el Peso fuerte.

 

Peor hubiera sido el estancamiento con inflación (stagflation: stagnation inflation) que padecieron los ingleses hacia 1970, cuando se quintuplicaron los precios del petróleo que importaban. Y los chilenos con el Presidente Allende. Y ahora los argentinos.

 

Políticamente, la inflación es peor que el estancamiento. El Presidente López Portillo llegó a decir: "Defenderé el Peso como un perro". "Presidente que devalúa, se devalúa".

 

La inflación es muy visible, el estancamiento tarda en mostrar sus efectos. El descontento por la inflación es general. El descontento por la economía estancada es primero empresarial.

 

Hay una corriente de pensamiento ecologista que aboga por el crecimiento cero, para reducir el daño a la naturaleza. Pero ningún país ha llegado al estancamiento voluntariamente. El crecimiento cero o negativo suele ser resultado de la política económica, no su objetivo.

 

No es tan difícil salir del estancamiento. Lo difícil es salir de la inflación, una vez que se desata.

 

El sexenio de Echeverría empezó con austeridad (llamada entonces atonía) y terminó en la desastrosa economía presidencial, manejada "desde Los Pinos" (no desde Hacienda); en pos de la quimera milagrosa de Allende.

 

El populismo dadivoso del Presidente de Chile tuvo éxito inicial: aumentó el consumo, la demanda agregada y el crecimiento. Después siguió lo que siguió: la inflación desbocada, el desastre económico y el golpe militar.

 

El populismo recortador ha sido menos malo que el populismo gastador, pero el crecimiento cero no puede prolongarse indefinidamente. Tampoco remediarse toreando las presiones de las cúpulas empresariales y el Presidente Trump. La incertidumbre, agravada por la inseguridad, no estimula el crecimiento: lo frena.

 

Para salir del estancamiento, el Gobierno puede construir caminos, presas y otras obras que sean realmente útiles, que tengan efecto multiplicador y que animen a los empresarios a invertir. Lo hizo el Gobernador de Nuevo León Bernardo Reyes, antes de que Keynes lo recetara.

 

Y es mejor una multitud de obras públicas pequeñas, repartidas por todos los Estados, que unas cuantas obras mayúsculas como la refinería de Dos Bocas y el Tren Maya, sobre todo si resultan elefantes blancos.

 

Hay que apoyar la creación de microempresas, el espíritu emprendedor que afortunadamente abunda en el País. Hay que reducir lo que sofoca su desarrollo: la falta de microcréditos y el exceso de trámites.

 

Gabriel Zaid


 

La 'auténtica democracia'

A menudo escuchamos a los voceros oficiales afirmar que la "verdadera democracia" nació el 1 de julio de 2018.

 

La afirmación no es sólo falsa, es injuriosa para quienes participamos en la ardua batalla democrática desde 1968 hasta las elecciones de mitad de sexenio en 1997, cuando un Instituto Federal Electoral Autónomo supervisó los comicios en los que el PRI perdió la mayoría absoluta en la Cámara de Diputados y Cuauhtémoc Cárdenas ganó la Jefatura de Gobierno del Distrito Federal.

 

Y es injuriosa también para los ciudadanos que votaron y participaron en cada elección, desde entonces hasta las más recientes.

 

Escamotear la verdad histórica es un recurso de las sociedades totalitarias. Trocar el sentido de las palabras es la fórmula orwelliana por excelencia.

 

En Oceanía "la libertad es esclavitud", "la guerra es la paz", "la ignorancia es fuerza". Pero no se necesita vivir en una sociedad totalitaria para padecer una mentalidad totalitaria. De hecho, la izquierda latinoamericana ha ejercido por décadas esa distorsión del pensamiento.

 

La refutación más ingeniosa a esa mentira metódica la escuché del eminente filósofo polaco Leszek Kolakowski. Ocurrió hacia 1985, en un seminario sobre el tema de los "Intelectuales" en Skidmore College organizado por Bob y Peggy Boyers, maestros de esa universidad y editores de la revista literaria Salmagundi.

 

Además del propio Kolakowski, aquel encuentro memorable incluyó luminarias como George Steiner, Edward Said, Conor Cruise O'Brien. No sé por qué me invitaron, pero acudí para presentar una ponencia sobre Octavio Paz y la lucha de la revista Vuelta por la democracia en México.

 

Al terminar mi ponencia, unos profesores latinoamericanos (de aquellos que, como decía Octavio Paz, "practicaban la guerrilla en los peligrosos cañaverales de Berkeley") adujeron que la democracia que lentamente estaba conquistando América Latina, la democracia que buscábamos en México, no era la democracia auténtica. Que la "auténtica democracia" no tenía que ver con los votos y las libertades. Que la "auténtica democracia" era "popular". En ese mismo sentido, algunos conspicuos intelectuales mexicanos sostenían que Cuba era la "auténtica democracia".

 

Kolakowski estaba sentado en primera fila. Movía la cabeza nerviosamente. Por un momento pensé que usaría su bastón para abalanzarse sobre mis críticos. Pero no, esperó a que terminaran su perorata. Entonces se puso de pie y les respondió, como solía a veces, con una anécdota:

"Quiero referirme brevemente a este asunto de la democracia. Un amigo me contó que hace mucho, cuando estudiaba en Alemania, se dio cuenta de que en los anaqueles de las tiendas había dos tipos distintos de mantequilla. Una era mantequilla simple y la otra era 'auténtica mantequilla'. La gente sabía que el envase rotulado simplemente como 'mantequilla' tenía mantequilla de verdad, mientras que el que decía 'auténtica mantequilla' tenía mantequilla falsa, echt-butter. Recuerdo esto cada vez que oigo hablar de la 'auténtica democracia' en contraposición a la 'democracia', o de la 'auténtica libertad' en contraposición a la 'libertad'. Llevamos décadas oyendo este tipo de diferenciaciones. Sabemos muy bien que eso a lo que se referían como 'auténtica libertad' no era sino la ausencia de libertad, o despotismo. Esto forma parte del vocabulario que suelen usar los Gobiernos marxista-leninistas y sus partidarios. 'Se quejan de que no tienen libertad cuando lo que tienen es una auténtica libertad', dice el dicho. Pero a estas alturas ya deberíamos saber que la democracia no trata sobre hallar soluciones permanentes a todo tipo de problemas sociales. La democracia misma es una institución que no puede garantizar la resolución de todos los males de la sociedad".

 

Agradecí mucho la intervención de mi amigo Leszek.

 

Hoy he vuelto a pensar en él. Quienes desde hace cinco décadas luchamos por una democracia sin adjetivos sabemos que la democracia es sinónimo de libertad: libertad de elección, de pensamiento, de crítica, de expresión. Sabemos que el Instituto Nacional Electoral es la institución toral de la democracia.

 

Quienes creen en la "auténtica democracia" confunden la democracia con las consultas a mano alzada, acosan a la prensa libre, organizan campañas de difamación contra intelectuales independientes y se empeñan en debilitar, vulnerar y someter al INE, órgano electoral.

 

Nuestra democracia puede volverse "auténtica democracia". No lo permitamos.

 

Enrique Krauze


domingo, enero 19, 2020

 

El mito del pasado

Para el Presidente López Obrador los 60 fueron el momento culminante de la vida pública del País. En esa era México crecía a tasas cercanas el 7 por ciento, había orden y no había conflicto social. El momento parecía idílico, mucho más, visto en retrospectiva.

 

Sin embargo, una mirada a la forma en que funcionaba la sociedad mexicana en aquella época revela circunstancias mucho menos encomiables y, en todo caso, irrepetibles.

 

La característica central de aquella época era la Presidencia todopoderosa que establecía el rumbo, fijaba prioridades, resolvía disputas y mantenía la paz.

 

Al menos ese es el mito, pero el hecho indudable es que el sistema postrevolucionario había logrado un equilibrio efectivo entre los diversos intereses de la llamada "familia revolucionaria" y los requerimientos de una economía pujante.

 

La coalición gobernante -y la estructura de control del partido que le permitía enorme latitud al Presidente- arrojaba una gran capacidad de decisión y acción que, en el contexto específico de la era posterior a la Segunda Guerra Mundial, creó un entorno excepcionalmente favorable para el crecimiento económico.

 

La poderosa Presidencia se mantenía gracias a la conjunción de circunstancias excepcionales que, años más tarde, dejaron de existir.

 

En primer lugar, el sector privado estaba fuertemente controlado a través de requisitos de permiso para invertir, exportar e importar.

 

El Gobierno regulaba la competencia y determinaba, indirectamente, la rentabilidad de las empresas. Para los empresarios lo importante no era la calidad o precio de sus productos, sino estar cerca de la burocracia.

 

En segundo lugar, los sindicatos funcionaban como un mecanismo de control donde los líderes se enriquecían a cambio de mantener el control de las bases. La clave era el control sin disidencia alguna.

 

En tercer lugar, los Gobernadores vivían bajo la férula del Gobierno central, siempre a sabiendas de que podían experimentar lo que se conocía como una "desaparición de poderes," o sea, su remoción, a la menor provocación.

 

En una palabra, se trataba de un sistema autoritario centrado en el Presidente que, a través de los tentáculos del partido y de los mecanismos de premiación y represión mantenía un férreo control del País.

 

Un diplomático europeo que estuvo basado en México en aquella época citaba a un funcionario soviético en la Embajada de aquel país, afirmando que, comparado con México, los rusos eran unos meros amateurs porque aquí se había logrado construir un sistema político autoritario con pleno control pero absoluta legitimidad, mientras que ellos sólo podían mantener el control por medio de una aguda represión.

 

El éxito de aquella época permite soñar con su recreación.

 

La noción de que se puede someter al sector privado a través de la subordinación de las decisiones económicas a las políticas llevaría la alineación de las prioridades y a la recuperación de altas tasas de crecimiento económico.

 

La libertad sindical, mandatada por la OIT y por el nuevo tratado de libre comercio, el T-MEC, facilitaría la eliminación de los liderazgos charros para su reemplazo por líderes entrenados en Canadá, con criterios anticorrupción nunca antes vistos.

 

El presupuesto favorece la reconstrucción de los controles políticos sobre los Gobernadores, subordinándolos al poder central y obligándolos a ceder sus ambiciones a los designios del gran líder nacional.

 

Finalmente, el Ejército se convierte en la piedra de toque que le permite al liderazgo central un control absoluto de todos los actores locales y sectoriales, sin consecuencia alguna ni riesgo de corrupción.

 

O sea, el Nirvana, versión siglo 21, pero con características de 1960.

 

El mundo de los 60 acabó mal, no porque estuviera mal concebido o estructurado, sino porque, simplemente, acabó dando de sí. Como dice el dicho, todo por servir se acaba y así le pasó a la era del desarrollo estabilizador.

 

Se acabó porque resultó insostenible: porque cambió la forma de producir en el mundo, porque hubo una revolución financiera y otra tecnológica y porque, poco a poco, las comunicaciones favorecieron la democratización radical de la información.

 

En lugar de apalancar lo logrado entonces para transformar la estructura productiva y política como hicieron tantas otras naciones asiáticas, europeas y un par de latinoamericanas, nosotros nos empecinamos en ir de crisis en crisis. Y ahí seguimos.

 

Pretender reconstruir aquella era no va a acabar distinto porque no tiene sustento en la realidad, sino en una nostalgia insostenible.

 

Luis Rubio


 

¿Cuál leviatán?

No es difícil imaginar a Acemoglu y Robinson -autores de "Why Nations Fail"- intercambiando información de todos los rincones del planeta y de cualquier resquicio de la historia para encontrar y, más complicado aún, comprobar una fórmula que garantice el progreso humano.

 

Así debe haber sido la escritura de su nuevo libro, "The Narrow Corridor", publicado el año pasado. Como abreva de todas partes en el tiempo histórico y en el espacio geográfico, es un libro profuso y difuso que viaja de África a Oriente, y desemboca en Europa, pasando por Grecia y Roma, Chile, Guatemala y Arabia Saudita en los tiempos de Mahoma.

 

Se necesita paciencia, pero vale la pena.

 

La idea central del libro es que el progreso, el bienestar y la paz sólo son posibles cuando una sociedad transita por un estrecho corredor que se abre entre el eje del poder de la sociedad y el del poder del Estado o Leviatán.

 

Es un proceso complejo y reversible -el libro está lleno de salvedades: factores externos que afectaron el proceso, por ejemplo- y advertencias sobre todo aquello que puede llevar a una comunidad a salirse del corredor.

 

Se trata de un difícil equilibrio entre el poder del Estado y la capacidad de movilización y organización de la sociedad civil.

 

Cuando el equilibrio se rompe y el Estado domina y oprime a la sociedad, los países se deslizan al territorio del Leviatán despótico.

 

Cuando el Estado se debilita y no quiere o no puede proteger a sus ciudadanos y gobernar de manera eficaz, las sociedades entran en el terreno del Leviatán ausente, garantía del caos, la violencia y la pobreza.

 

En cualquier momento de la historia, sólo las sociedades participativas, que ayudan a diseñar el marco legal y lo respetan, y maniatan al Leviatán -que buscará ser siempre despótico-, y lo obligan a proteger a los ciudadanos, resolver los conflictos con justicia y proveer los bienes públicos -educación, salud, infraestructura- progresan en democracia.

 

La clave está en la libertad que es la única garantía de una sociedad civil vibrante: un bien escaso a lo largo de la historia.

 

Robinson y Acemoglu encontraron innumerables ejemplos de Leviatanes ausentes y despóticos. Ninguno ha garantizado, a corto o largo plazo, la protección de sus gobernados ni el bienestar económico sostenido.

 

Las excepciones son mucho más interesantes: las pequeñas ciudades-Estado del norte de Italia, herederas involuntarias de Grecia que, como Siena, formaron comunas y gobiernos electos por representantes de sus ciudades, aprovecharon la libertad de comercio, se enriquecieron e inventaron de paso la banca moderna. Y, por supuesto, Europa.

 

Robinson y Acemoglu usan la metáfora de la tijera para explicar por qué los países europeos de hoy, que habían estado por siglos al margen de la historia, entraron al corredor del equilibrio de poder entre Leviatán y sociedad para garantizar la libertad, la democracia y el desarrollo.

 

Una hoja fue el fortalecimiento desde finales del siglo 5 de sociedades tribales que convocaban asambleas y seguían normas de toma de decisiones consensuales. La otra, el legado institucional y jerárquico del Imperio romano (y la Iglesia cristiana) que permitió construir Estados eficaces.

 

Inglaterra es el caso paradigmático -pero no el único-. La larga tradición de participación de todos los estratos de la población culminó con la Carta Magna que maniató al Leviatán.

 

Para el siglo 14, la Cámara de los Comunes era prácticamente independiente de la de los Lores. Se habían colocado los cimientos de la actual democracia parlamentaria, que se ampliaría hasta otorgar el voto a todos los ciudadanos entre el siglo 19 y el 20, y las bases de la Revolución Industrial.

 

El libro habla muy poco de México (nos toca apenas haber inventado las tortillas), pero no es necesario que nos dedique un capítulo entero para saber que hemos vivido fuera del corredor durante una larga historia y dentro de él, menos de dos décadas.

 

Es el Leviatán latinoamericano despótico, ideológico, burocratizado e ineficiente del que pocos países de América Latina han podido escapar: el proyecto de López Obrador. A ese regresaremos en mi próximo artículo.

 

Isabel Turrent


miércoles, enero 08, 2020

 

¿En verdad el plástico contamina mas?

En los últimos años, meses, hemos sido bombardeados con noticias, información y ahora leyes/reglamentos que nos dicen que usar plástico es malo, muy contaminante y debemos usar otras opciones "ecológicas".

Sin embargo, ¿en verdad las otras opciones son "ecológicas", no contaminan?

 

La realidad es que TODAS las actividades humanas contaminan, en mayor o menor medida, y de diferentes formas. No hay productos que no contaminen de ninguna manera. Claro, hay unos que contaminan menos. Pero ¿Nos tomamos la molestia de investigar qué tanto menos? ¿Vale la pena el costo?

 

Por ejemplo, ¿alguien se ha puesto a pensar cuánta energía se requiere para hacer vidrio y luego botellas? La industria del vidrio es sumamente extractiva en recursos minerales, e intensiva en energía para hacer y moldear el vidrio. El uso de gas, quemándolo y contaminando el aire, es muy intenso. Mucho mas que la energía para hacer una botella de PET.

Claro, el PET flota, llega a ríos y luego al mar. Es visible.

Pero ¿cuánto le toma a una botella de vidrio degradarse en un basurero? ¿No es contaminación un pedazo de vidrio? ¿Y el CO2 entre otros contaminantes emitido a la atmósfera?

 

Las botellas de vidrio son mucho más pesadas que las de PET, por lo que moverlas y luego reciclarlas requerirá más combustible, quemado, para su traslado. ¿Eso no contamina?

 

¿Qué se tiene que hacer como sociedad para reciclar el 100% de las botellas de PET? ¿Pagar el costo real de recoger y procesar la basura?

 

#PreguntasCabronas

#aguzados #PoliticoLovers


sábado, diciembre 28, 2019

 

Soberbia e improvisación

Soberbia e improvisación son las dos palabras que definen los primeros 12 meses de la actual administración.

 

La soberbia se ha hecho evidente en cinco elementos. El primero es haber llamado a esta gestión de Gobierno "la cuarta transformación", antes siquiera de haber tomado las riendas del aparato administrativo.

 

Después de un año, lo único que hemos visto es la destrucción de las capacidades humanas, presupuestales y administrativas de gestión de Gobierno. Pero ninguna transformación en positivo de alguna institución relevante.

 

El segundo elemento que hace evidente la soberbia es el desdén por la técnica. "No tiene mucha ciencia gobernar", dijo el Presidente, con esa sonrisa que parece burlarse de antemano de quienes se quejarán de sus palabras.

 

La ciencia y la técnica han quedado a un lado, y así los grandes proyectos de este Gobierno están dominados por el cálculo político y el dominio de la narrativa del día. Primero el mensaje, después el cálculo político, y que la realidad se adapte a ambos.

 

El tercer elemento que evidencia la soberbia es la ausencia de diálogo con expertos y críticos que estén fuera del movimiento partidista del Gobierno. Los que no son leales no tienen ni tendrán voz, parece ser el mensaje permanente. En cambio, quienes aplauden al Presidente tendrán un lugar en la mesa de decisiones.

 

El cuarto elemento se observa en la utilización del poder del Estado para deshacerse, poco a poco, de personas incómodas que ocupan cargos claves en instituciones que el Gobierno no controla.

 

El combate a la corrupción se ha convertido en una letal arma discursiva, que señala sin pruebas, ni juicio, ni posibilidad de defenderse, a quienes osan contradecir o estorbar su proyecto.

 

Y el quinto elemento es el alejamiento de México de los foros internacionales multilaterales de alto nivel. "No necesitamos al mundo", parece decir el Presidente con su renuencia a participar directamente en las mesas multilaterales que discuten los grandes problemas globales.

 

De la soberbia viene la improvisación.

 

A lo largo del año hemos visto cómo el control del discurso y el mensaje político dominan sobre los procesos legales, planeados, técnicamente sólidos y financieramente viables.

 

Comprar pipas por adjudicación directa para transportar gasolina por tierra. Cancelar un aeropuerto viable y necesario, para construir uno inviable e inservible. Eliminar programas sociales y reducir gasto en salud para construir una refinería.

 

Continuar obras inviables e inservibles como el tren México-Toluca y el Tren Maya, pero eliminar el Seguro Popular que ha recibido todo tipo de reconocimientos internacionales y ha salvado la vida de miles de mexicanos.

 

Anunciar la creación de 100 nuevas universidades, que en los hechos no son más que pequeños centros comunitarios que imparten algunos cursos improvisados.

 

Y esos son sólo algunos ejemplos. El problema es que esto no es sólo el recuento de un año perdido, sino que es, al parecer, la constante que dominará el año que entra y los que faltan.

 

La desesperanza de muchos mexicanos, incluso de aquellos que votaron por este Gobierno, es que no parece haber ningún signo de que la soberbia y la improvisación dejarán de ser la fórmula que dirige el ejercicio de Gobierno.

 

Y por eso la pregunta es: ¿qué nos queda a la sociedad civil mexicana?

 

La respuesta: construir alternativas. Regresar la ciencia y la técnica al centro del debate de la agenda pública para diagnosticar y evidenciar todo lo que está mal, para después plantear la vía adecuada.

 

Volver a convocar a los grandes expertos que México sí tiene, en los distintos temas, para crear soluciones a los problemas viejos, y a los nuevos que este Gobierno ha creado.

 

Y así, demostrarnos que en una democracia, la responsabilidad de construir Nación es de todos.

 

Max Kaiser

El autor es especialista en temas de Integridad y Anticorrupción.


 

Desconfianza

Se termina el 2019 con el País envuelto en desconfianza. Eso comentan algunos de mis lectores. Ya no hay en qué ni en quién creer.

 

Los partidos carecen de atractivo, los líderes brillan por su ausencia. Sólo nos queda el señor que ganó la Presidencia en una tormenta política perfecta. No ganaron las ideas, ganó la persistencia.

 

La confianza es como el cimiento de una nación y aquí estamos construyendo sobre arena. Todos temerosos de que una marea alta o una ola arrase lo poquito que hay de pie. El señor de Palacio Nacional está minando poco a poco las instituciones. Si de por sí el gradualismo nos costó, ahora vivimos otro gradualismo, pero de reversa.

 

El problema de la desconfianza es que no se manifiesta como un agravio fácil de identificar. Cuando nos robaban los votos era muy sencillo poner el dedo en la llaga y quejarse a los cuatro vientos. Cuando la confianza se pierde, no hay víctimas visibles. El culpable puede fácilmente lavarse las manos.

 

La desconfianza es como la humedad. Se va desparramando en todo el cuerpo social. Afecta el clima para las inversiones. Nadie quiere apostar a un juego cuyo final está en manos del arbitro. Y además nadie entiende las reglas porque éstas se van creando a medida que avanza el juego. Nadie puede negar que, por ejemplo, la CFE ha tomado la dirección contraria a la que en teoría se trazó en la reforma energética.

 

En el caso de Pemex, el Gobierno está proyectando resultados que nadie cree sean posibles. No hay confianza en los administradores, ni hay confianza en quien los puso. Pemex bien pudiera ser la roca atada con una cuerda a nuestro cuello.

 

Otro factor de desconfianza es el romance del Presidente con los líderes latinoamericanos que destacan por el manejo ruinoso de sus respectivos países. Cuando se pone a Cuba como ejemplo de nación, la confianza da un salto hacia atrás. Cuando se solidariza con los corruptísimos líderes venezolanos pasa lo mismo.

 

La desconfianza viene acompañada de un sentimiento de impotencia. No hay quien organice el poder ciudadano. El Gobierno compra voluntades al por mayor, pero es regalar pescados, no es enseñar a la gente a pescar. El Gobierno no es un facilitador, sino que actúa como una voluntad monolítica que hace como que consulta, pero termina imponiendo.

 

Desconfianza es tener una brújula, pero saber que está descompuesta. Sería mejor no tenerla. La mitad de la gente cree que funciona, la otra mitad sabe leer las estrellas y tiene bien ubicado dónde está el norte, sur, oriente y poniente.

 

¡Ah!, pero el dueño de la brújula no necesita saber, para él basta que un número suficiente de incautos le crea. Después de todo, para eso es el capitán del barco.

 

Otra manifestación es sentir que existe una gran confusión. Cada decisión se aparta de lo racional. Todo tiene un ángulo político, todo se relaciona con el pasado y genera promesas que siempre se cumplirán en el futuro. ¿Y qué si no se cumplen? Será demasiado tarde para armar otra solución. Estas dudas son las que alimentan la desconfianza.

 

Desconfianza es también cuando nadie puede explicar cuál es el plan ganador que el Gobierno debiera estar empujando. No hay claridad, no hay puntos de referencia, no hay mediciones claras ni metas precisas. Se pasó todo 2019 y la violencia creció. Declaraciones vemos, corazones no sabemos.

 

Quizá el mal nacional es sólo un reflejo fiel de millones de males individuales. La desconfianza nacional es la suma de mexicanos que no apuestan a ellos mismos. Pocos apuestan a la superación personal. La gran mayoría prefiere apostarle al falso profeta que regala chupaletas en vez de soluciones de fondo.

 

La desconfianza seguirá creciendo en 2020. No se ve algo o alguien que pueda revertir la tendencia. Claro, eso no impide que nos intercambiemos deseos de tener un próspero año nuevo.

 

Javier Livas


jueves, diciembre 05, 2019

 

Chocolates amargos

"No importa que andemos desnudos.

No importa que no tengamos

ni para comer. Aquí se trata

de salvar la revolución".

Hugo Chávez

Un amigo venezolano estaba feliz. Durante un año había tratado de ganarse la vida en Caracas vendiendo chocolates que él mismo produce con una calidad excepcional; y lo sé, porque los he probado. La venta, sin embargo, resultó casi imposible en un mercado tan deprimido como el venezolano. Había meses en que no lograba vender un solo chocolate.

 

Hace unos días mi amigo pareció tener un golpe de suerte. A pesar de las dificultades para encontrar empleo en Venezuela, uno de los principales hoteles de Caracas le ofreció un trabajo formal como asistente de la chef pastelera. El problema es que le ofrecieron un salario de 460,000 bolívares al mes, unos 20 dólares al tipo de cambio de ayer (0.000044 dólares por bolívar, cuex.com), menos de 400 pesos al mes, por un trabajo de 10 horas diarias y seis días a la semana.

 

Es verdad que algunos precios en Venezuela son inferiores a los de México, pero otros no. Los 20 dólares al mes son simplemente insuficientes. La empresa proporciona transporte para que sus empleados puedan llegar al hotel a un costo de solo 10 dólares al mes, pero esto significa que al chocolatero le quedarán solo 10 dólares para sus gastos.

 

Y mi amigo no está tan mal como otros. El salario mínimo pasó de 4,500 bolívares el 1o. de diciembre de 2018 a 18,000 el 14 de enero, 40,000 el 1o. de mayo y 150,000 el 15 de octubre, que es el nivel que hoy rige. Este es un ingreso de 6.60 dólares al mes. A esto, los trabajadores de la economía formal pueden sumar un "bono de alimentación", o "cesta ticket", que deben pagar las empresas -lo cual castiga la creación de empleo formal- y que el pasado 15 de octubre subió de 25 mil a 150 mil bolívares al mes. Pero este bono solo añade otros 6.60 dólares a los salarios.

 

¿Qué tanto poder de compra tienen estos salarios en Venezuela? Los precios son muy cambiantes en una economía que cerrará este año, según el FMI, con una inflación de 200,000 por ciento; pero el portal Expatistan.com, que hace comparaciones internacionales, señala que un menú del día en la zona más cara de la ciudad cuesta 74,146 bolívares, una porción de 500 gramos de pechuga de pollo 19,557 bolívares, un litro de leche entera 12,710 bolívares y una docena de huevos grandes 21,278 bolívares. El alquiler de un apartamento amueblado de 85 metros cuadrados en una zona de clase media es de 3.6 millones de bolívares mensuales y los costos de electricidad y agua de dos personas en ese apartamento ascienden a 320,076 bolívares.

 

Ante esta situación no sorprende que el Banco Central de Venezuela haya dejado de publicar información sobre la economía desde 2015 y hasta mayo de este 2019, cuando súbitamente anunció que la economía del país se había contraído 52.3 por ciento entre 2013, cuando Nicolás Maduro tomó el poder, y 2018. Estas cifras oficiales, sin embargo, son consideradas demasiado optimistas por los economistas independientes. Venezuela ha pasado de ser uno de los países más ricos a uno de los más pobres de Latinoamérica.

 

Es verdad que los gobiernos logran popularidad cuando reparten dinero en dádivas a los ciudadanos; esto lo hizo Hugo Chávez y la política la continuó Maduro. No obstante, si todo el esfuerzo de un país se dedica a repartir y nada a producir, el resultado es la tragedia humana que hoy sufre Venezuela. Los sueldos alcanzan hoy para tan poco que ni siquiera alguien dispuesto a trabajar 10 horas diarias y seis días a la semana, como mi amigo el chocolatero, puede lograr un sustento digno.

 

· DESDE PALACIO

La orden de congelar la iniciativa de Napoleón Gómez Urrutia que prohibiría el outsourcing debe haber llegado de Palacio Nacional. No están las circunstancias del país como para asestar otro golpe a la inversión productiva.

 

Sergio Sarmiento


viernes, noviembre 29, 2019

 

La violencia como lenguaje

Para quien gusta de la historia, ya sea en libros, películas o museos, probablemente estará de acuerdo que la historia de la humanidad es una historia violenta. Desde la época de las cavernas cuando hordas familiares luchaban entre sí a muerte por el control de un coto de caza hasta éste siglo XXI, tal pareciera que la "inteligencia" del ser humano desaparece cuando hay desacuerdos e inconformidad, y todo se reduce a la violencia.

 

Bien decía Isaac Asimov que "la violencia es el último recurso de los incompetentes" pues ahí el que gana no es quien tenga la razón, la verdad, sino el que sea más fuerte físicamente.

 

El liberalismo es una ideología con fuertes raíces filosóficas que propone, entre otras cosas, que todos los seres humanos somos iguales en dignidad y derechos, aunque somos muy diferentes física y mentalmente. Por tal motivo los pensadores liberales siempre han propuesto el uso de la razón para convencer y no la fuerza, pues ¿de qué sirve creer en la libertad si vas a imponer por la vía violenta tu forma de pensar?

 

Por el contrario, son los movimientos opuestos al liberalismo, sean de izquierda o de derecha, quienes por lo general, en sus expresiones más extremistas, han llegado al poder por la vía violenta, pues no hay forma de que pudieran convencer a la mayoría de la gente.

 

Y es así como, en la narrativa dominante de siempre, está justificado, aceptado, el uso de la violencia para llegar al poder o para expresar nuestras opiniones, siempre bajo la excusa de que la causa es justa. El fin justificando los medios.

 

De esa forma, vemos grupos de todos tipos, con todas las causas "justas" habidas y por haber, expresándose de forma violenta pues "es la única forma en que se les hará caso". ¿Será? Mahatma Gandhi logró la independencia de la India de forma pacífica, ¿o no? Durante los años de su movimiento y ante represiones violentas, masacres, del Imperio Británico, siempre la respuesta fue pacífica.

 

El problema de usar la violencia como lenguaje para hacerse escuchar es que se normaliza aún más la violencia. Y es más contradictorio que inclusive grupos que luchan por víctimas de actos violentos caigan en el mismo juego de usar la violencia para expresarse. ¿Cuál es el límite? ¿Quién decide qué causa es lo "suficientemente justa" para cometer actos vandálicos y que queden en inmunidad? ¿Quién es el censor que decide qué causa es justa y cuál no?

 

No, no es falta de empatía, ni mucho menos que importen más objetos materiales que la vida de personas. Eso es una equivalencia falsa y por ende es una falacia lógica. El problema es el mensaje que se manda a toda la sociedad de que la violencia se justifica si la causa es "justa". "Qué importan unos cuantos miles de pesos del Erario si se hace llegar el mensaje" argumentan. Pues importan porque muchos de esos pesos pudieron usarse para pagar tratamientos de cáncer a niños o mujeres, o quizá pudieron haberse usado para comprar despensas para miles de personas que hoy sufren hambre. ¿O acaso el dolor de esos ciudadanos vale menos que la causa que tu defiendes?

 

O ¿qué me dicen de esos negocios destruidos que llevan a la quiebra a un pequeño emprendedor y deja sin empleo a un puñado de personas? ¿Qué pasa con ese ciudadano cuyo auto quedó destruido y no tenía seguro porque vive al día y no podía pagarlo? ¿Su sufrimiento no vale?

 

¿En verdad no soy empático? ¿No será que tú no eres empático mas que con la causa de tu predilección?

 

En el liberalismo se acepta el uso de la violencia, de la fuerza, solo para defender nuestra vida y propiedades. Nunca para atacar y despojar a alguien. Si las protestas que usan la violencia dañando propiedad privada y pública se justifican porque sólo así les hacen caso, ¿por qué no ir a vandalizar las casas de los políticos? Si ellos son los responsables de los problemas, de las injusticias, que exigen una pronta resolución, ¿a quiénes hay que ir a molestar en sus bienes para que se pongan a trabajar? ¿A los responsables directos a la propiedad común que nos cuesta a todos aunque no tengamos vela en el entierro?

 

Tu dolor y rabia será más comprendido cuando se reconozca que cada ser humano es único e irrepetible y que todos tenemos causas, que todos podemos sentir dolor y rabia por alguna injusticia que ninguna de esas causas es mayor o menor a otras.

 

#NoALaViolencia de ningún tipo


domingo, noviembre 24, 2019

 

Peligros de la obediencia

El 4 de noviembre de 2008, un Learjet 45 de la Secretaría de Gobernación, en fila para aterrizar en la Ciudad de México, se desplomó. Murieron los tripulantes, pasajeros y personas que estaban donde cayó la nave. Se dijo que el Secretario, piloto por afición, había tomado el mando del Learjet. De ser así, fue una abdicación del capitán: una obediencia irresponsable.

 

El Secretario era más que el capitán, políticamente. El capitán era más, aeronáuticamente. El cruce de sus autoridades no las revocaba. Seguían siendo válidas en su propia esfera. Pero las autoridades cruzadas son problemáticas. Crean tensiones de difícil solución.

 

En la administración industrial, hay autoridades cruzadas entre los responsables de la producción, la calidad, la seguridad, los costos, las ventas. Las tensiones suelen atribuirse a diferencias personales, pero son inherentes a la división del trabajo. Igual sucede en las cadenas de tiendas o de hospitales: hay tensiones entre el corporativo y los ejecutivos de autoridad local.

 

Las tensiones políticas del segundo triunvirato que gobernaba Roma terminaron mal. Finalmente, Augusto se impuso como emperador e integró en su persona la autoridad militar, la política y la religiosa.

 

Las tensiones entre el Rey Enrique VIII y el Papa Julio II también terminaron mal. El Rey asumió la máxima autoridad religiosa en Inglaterra. Todavía hoy, la Reina encabeza la Iglesia anglicana.

 

Este integrismo es milenario. Fue criticado en la doctrina evangélica sobre separación de poderes: "Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios" (Lucas 20:25). En el Sacro Imperio Romano, los teólogos medievales llamaron "conflictos de investiduras" a los del Papa y el emperador sobre nombramiento de obispos. Todavía en el siglo 20, los soviéticos exigían ser consultados en esos nombramientos.

 

La integración de todas las autoridades en una sola persona no resuelve el problema: lo complica. La separación de esferas de competencia se ha consolidado en los últimos siglos como un progreso.

 

Un Presidente de la República, como cualquier ciudadano, puede tener opiniones legislativas, judiciales, médicas, literarias, religiosas, académicas, pedagógicas, familiares o deportivas. Pero no autoridad para imponerlas. Aunque sepa mucho de beisbol, no le corresponde decidir si un lanzamiento fue bola o strike. O si hacen falta refinerías. O el mejor lugar para construir un aeropuerto.

 

Después de los horrores de la Primera Guerra Mundial, en el clima de decepción y desaliento que vivían las democracias liberales, surgieron movimientos integristas de adhesión a líderes salvadores.

 

Harold Laski, un socialista británico, publicó en 1930 "The Dangers of Obedience" frente al comunismo, fascismo y nazismo (después añadiría el franquismo). "No le debemos obediencia ciega e irracional a ningún Estado, a ninguna Iglesia". "Ningún Estado tiene cimiento más seguro que la conciencia de sus ciudadanos". Por buenas que sean las intenciones de un gobernante "siempre estará sujeto, dadas las limitaciones inherentes a toda autoridad, al error y la equivocación". ("Los Peligros de la Obediencia", Madrid: Sequitur, 2017, p. 36).

 

Erich Fromm psicoanalizó la abdicación ciudadana frente a los liderazgos mesiánicos en "El Miedo a la Libertad".

 

La obediencia puede ser racional y necesaria en muchas circunstancias (laborales, deportivas, escolares). Enseñar obediencia a los niños es fundamental para su seguridad y desarrollo, incluso para que después tengan contra qué afirmarse o rebelarse. Pero los ciudadanos no son niños. La obediencia es requisito de una operación militar, pero la vida civil no es militar.

 

Las instituciones democráticas que se someten al presidencialismo absoluto traicionan su propia naturaleza. Quienes abdican de su autoridad se dañan a sí mismos, al país y hasta la persona objeto de su servilismo, que puede estrellarse o enloquecer si, cuando pegunta "¿Qué horas son?", le responden: "Las que usted diga, Señor Presidente".

 

Alguna vez, el Presidente López Mateos, conversando con su amigo Manuel Moreno Sánchez sobre su experiencia en el poder, le habló de los problemas que el servilismo le causaba y del cuidado que tenía que tener al decir algo. Le puso como ejemplo que, llegando a una ciudad, le enseñaron lo que un periodista local había escrito sobre él. Se enojó y exclamó: "¡Pero qué se está creyendo este hijo de la chingada!". Al día siguiente, el periodista amaneció muerto.

 

Gabriel Zaid


sábado, noviembre 23, 2019

 

Desprecio por la administración pública

La capacidad de un buen político no sólo se refleja en sus discursos, sino también en su aptitud para gobernar.

 

Y gobernar es mucho más complejo que dar mensajes o incluso firmar decretos. Se trata de tomar las mejores decisiones, de deliberar respetando la ley y las instituciones, y persuadir con argumentos a los ciudadanos para avanzar en medio de muchas resistencias y obstáculos.

 

Gobernar bien es liderazgo en libertad.

 

Antes de ser Presidente de Estados Unidos, Woodrow Wilson, en su ensayo "El Estudio de la Administración", de 1887, estableció con claridad que la administración pública es la disciplina que analiza el orden de ejecución de los proyectos del Gobierno. Es propiamente la capacidad de éste para dar resultados.

 

Hablemos de dos ejemplos en los que nuestro Gobierno desdeña la administración pública: el programa de pensión a los adultos mayores y las becas a estudiantes de escuelas públicas.

 

Todos los adultos mayores de 68 años ahora reciben, sin distinción, una pensión gracias a nuestros impuestos. Para el próximo año se destinarán 130 mil millones de pesos para dar apoyo mensual de mil 275 pesos a más de 10 millones de beneficiarios.

 

Sería sin duda una excelente iniciativa, a no ser porque sustituyó un programa que apoyaba con mayor atingencia y efectividad sólo a los adultos mayores más necesitados.

 

Antes del actual programa, se tenía identificado que entre la población con más de 65 años, los que no recibían ningún tipo de pensión o apoyo de algún Gobierno representaban el 26 por ciento.

 

Así, un programa bien ejecutado por una administración pública con profesionalismo hubiera incrementado al doble la pensión de hoy, pero sólo apoyando a quienes verdaderamente lo necesitan.

 

De esta forma nos estaría costando este programa la mitad de lo que actualmente gasta el Gobierno en este esfuerzo social, y tendríamos además la certeza de que ese beneficio es para mejorar su calidad de vida, no como ahora, que nadie sabe para qué utilizan los recursos que les damos a través del Gobierno.

 

El otro programa que merece una crítica es la beca universal "Benito Juárez" para estudiantes de educación media superior.

 

Este programa contempla el apoyo económico indiscriminado a 3.5 millones de jóvenes de educación media superior. Otra vez, un programa que pudiera ser mejorado si contemplamos que más de 1 millón de jóvenes en México dejan sus estudios de preparatoria.

 

Sin embargo, lo que una administración pública seria hubiera hecho es analizar cuáles son las causas de esta deserción y hubiera encontrado, como está documentado por la SEP, que sólo el 38 por ciento de esos jóvenes abandonan por razones económicas. El resto lo hace por no poder avanzar en sus estudios al reprobar sus materias.

 

Esto significa que, en lugar de estar apoyando a todos los jóvenes en preparatorias públicas con transferencias bancarias, la administración pública pudiera ser más efectiva apoyando al 10 por ciento del total de inscritos en preparatorias públicas que realmente lo necesitan.

 

Por supuesto, también creando programas para que los alumnos puedan superar sus deficiencias en matemáticas, cálculo, física y química que los hacen desertar.

 

Es claro que el reto de estos dos temas tiene que ver con la capacidad de la administración pública para detectar a esos adultos mayores y a esos jóvenes que son los mexicanos que necesitan el apoyo económico para salir adelante. Algo que necesita trabajo, seriedad y una administración pública capaz.

 

Un Gobierno irresponsable regala recursos a todos de manera indiscriminada en lugar de a quienes más los necesitan.

 

Ésta es la diferencia entre un Gobierno que respeta la administración pública y otro que la desprecia.

 

Vidal Garza Cantú

vidalgarza@yahoo.com


viernes, noviembre 01, 2019

 

El relato del fracaso

Hay que reconocer que la mañanera del miércoles, si no algo inédito, sí resultó un ejercicio de comunicación notable, orquestado por los gurús de la narrativa de la Cuarta Transformación, en donde el Secretario de la Defensa, Luis Cresencio Sandoval, presentó un "cortometraje" para contar la versión oficial del operativo fallido en el que las Fuerzas Armadas terminaron rindiéndose ante el narcotráfico en Culiacán el pasado 17 de octubre.

 

El General Cresencio Sandoval no escatimó en detalles y apoyos visuales para explicar lo sucedido, a través de una amplia cronología que inició en la solicitud de extradición del presunto narcotraficante por parte del Gobierno de Estados Unidos, y concluyó en la decisión colegiada por parte del Gabinete de Seguridad de abortar la operación y liberar al hijo de "El Chapo" Guzmán.

 

La estrategia de la referida mañanera fue muy clara: saturar con detalles, ampliar la cronología de los hechos mucho más allá del Día D, para intentar que no se centrara la atención en las horas críticas y en el hecho concreto de la decisión de cancelar la operación. Fue un relato vistoso, y hasta cierto punto convincente, para justificar el resultado final del operativo: un rotundo fracaso.

 

La explicación parecía la del presidente de una compañía en la que se hablaba de todas las bondades de ésta, la capacidad y entrega de los colaboradores, la trascendencia de una misión importante y los pasos para concretarla, para después explicar que algunos factores externos muy críticos que no estaban previstos obligaron a abortarla.

 

El Presidente López Obrador salió desde luego a defender la narrativa y a criticar a todas aquellas voces que cuestionaban la decisión de replegar a las Fuerzas Armadas ante la respuesta violenta del Cártel de Sinaloa.

 

"Hay forma de garantizar la paz, en la que podamos resolver los problemas sin violencia, que no se violen los derechos humanos, que se use de manera regulada la fuerza, que sea en legítima defensa, que no haya ese afán autoritario y fascistoide que prevalecía", señaló.

 

Se sostuvo en que la 4T representa un Gobierno humanista y que la inseguridad no se combate con la violencia. Días después del fracaso de Culiacán, el Presidente habló inclusive del cristianismo, al que prácticamente comparó con su proyecto político, al decir que el cristianismo es amor, justicia social y humanismo. La misma "doctrina" que su Gobierno, y en la cual se basó para tomar la decisión de claudicar ante la delincuencia organizada en Sinaloa.

 

El Presidente ataca a todo aquel que lo cuestiona por lo sucedido el 17 de octubre, acusándolo de ser poco humano, al desestimar que si el operativo se hubiera concluido hubieran muerto muchas personas. El dilema no es ése.

 

Ningún crítico del Presidente anhelaba un derramamiento de sangre inocente, sino eficacia y contundencia para atrapar a los criminales, más allá de discursos moralizantes y falaces.

 

Es la postración ante los delincuentes y la falta de una estrategia eficaz en materia de seguridad lo que seguirá suscitando miles de muertes en México, no la acción contundente de los cuerpos de seguridad, que para eso están, para poner orden y garantizar la paz en un marco de legalidad.

 

El Presidente sigue hablando de los muertos de Calderón y del fracaso de Peña en materia de seguridad, pero tal parece que su discurso de "abrazos, no balazos" nos ha llevado a un escenario mucho peor que el de Gobiernos anteriores.

 

Es cierto que por un operativo fallido no se puede juzgar la estrategia de seguridad de un Gobierno, el problema es que en este caso no se aprecia ninguna estrategia, sí en cambio, un discurso de amor y paz que sólo tendría dos explicaciones posibles: un mesianismo delirante o un pacto de impunidad de la 4T con algunos grupos criminales.

 

Guillermo Velasco Barrera


domingo, octubre 27, 2019

 

Para entender al populismo

La retórica de la postverdad de aquellos líderes populistas que enarbolan una sarta de mentiras para llegar al poder o mantenerse en él es, a primera vista, caótica. Cada uno de esos líderes parece buscar soluciones propias a problemas diferentes.

 

En las últimas semanas, Trump trató de disfrazar como un triunfo diplomático uno de los peores errores de su Gobierno: el abandono de los kurdos -aliados tradicionales de Estados Unidos- a su suerte.

 

En Polonia, Jaroslaw Kaczynski, cabeza del partido populista Ley y Justicia, usó los muchos medios de comunicación que controla para convencer a los polacos de que la mayor amenaza para la supervivencia del país es la comunidad lésbico-gay.

 

En Gran Bretaña, el Gobierno de Boris Johnson se empeñó en disfrazar un acuerdo de última hora, lleno de huecos, con la Unión Europea como la receta perfecta para solucionar el dilema de Brexit.

 

Y en México, López Obrador ha adoptado, de plano, un "doble lenguaje" -el doublespeak orwelliano- donde las manifestaciones de oposición son "provocaciones", los ataques del crimen organizado son "lamentables accidentes", aplicar la ley es "represión", y la violencia legítima que el Estado debe usar para garantizar la seguridad de sus gobernados es una idea "conservadora".

 

En horas, convirtió un operativo militar fallido, que hundió a Culiacán en la violencia y culminó en el triunfo del narco sobre el Estado, en una "operación humanitaria".

 

El hecho de que el caos sea sólo aparente y que los líderes iliberales que pululan en el mundo usen los mismos medios y compartan aparentemente los mismos objetivos, ha puesto a pensar a muchos para descifrar los cómos y los para qué de esos movimientos populistas. Han descubierto que hay, en efecto, un patrón de acción política común.

 

La mentira es uno de sus cimientos. El modelo es una exportación rusa. Peter Pomerantsev, que conoce el fenómeno de cerca, escribió hace poco ("Rudy Giuliani...", NYT) que Rusia abandonó hace mucho la pretensión soviética de presentar sus enredados análisis ideológicos como factuales.

 

Uno de los estrategas de Putin antes de la elección del 2000 descubrió que las ideologías, en Oriente y Occidente, habían desaparecido y que los viejos roles sociales y las categorías políticas se habían vuelto cascarones vacíos. Su receta, que adoptarían los brexitistas y Trump en el 2016, fue fundir a grupos de interés diversos y resentidos y convencerlos, a través de la propaganda, que formaban parte de "una mayoría": un pueblo imaginario.

 

La manipulación de los medios que el Gobierno de Putin había tomado por asalto inventó una nueva y eficaz estrategia alternativa: no había que pretender nada. Lo único importante era sembrar la duda y la confusión. Bien sazonadas con una dosis de teorías conspiratorias y enemigos inasibles, pero poderosos, para crear un escenario tan oscuro que llevara a muchos a añorar (y votar, porque estos regímenes siguen convocando a elecciones), por un líder fuerte.

 

El modelo se sostiene también (Simon Kuper, "Sects, lies...", FT) porque muchos de los partidos de las democracias liberales se han vuelto sectas. Han sido tomados por grupos de creyentes, que se sienten elegidos y defienden a sus líderes y sus creencias irracionales por encima de la ley y de las instituciones democráticas a las que desprecian. Tienen, claro, sus "propios datos".

 

Los dos grandes partidos británicos, el republicano en Estados Unidos y Morena en México, no son organizaciones políticas democráticas, son sectas.

 

¿Qué buscan? Pocos lo han definido mejor que el gran escritor Simon Schama ("Who speaks...", FT). Lo que estos movimientos populistas quieren es cambiar el locus de la soberanía popular, de las instituciones representativas a una comunión intuitiva entre el líder carismático y los ciudadanos. Transformación orquestada en reuniones de los resentidos, el griterío que escenifican en las redes y en programas adulatorios y propagandísticos en los medios.

 

Han tenido más éxito en países pobres o aislados, con una cultura política autoritaria como Rusia, la Polonia rural y buena parte de México, pero muchos han empezado a resquebrajarse. No son invencibles.

 

Isabel Turrent


sábado, octubre 26, 2019

 

Crecimiento, Sr. Presidente

México, otrora la economía más grande de América Latina y el modelo a seguir de muchos países sudamericanos, ahora luce diluido, sin rumbo y falto de pensamiento estratégico.

 

Nuestro País está desvinculado de América del Sur y mira sólo hacia el Norte; amarrado con Estados Unidos y Canadá en su papel de maquilador y subcontratista. México ha demostrado poca capacidad para crear marcas propias, desarrollar canales de distribución e invertir en propiedad intelectual y diseño.

 

Políticamente, el Gobierno de México es visto por los medios internacionales como populista. AMLO se sigue acomodando en el puesto y su arma más potente es el carisma y el uso de símbolos, pero aún no decide utilizarlos para liderar un movimiento hacia el crecimiento económico.

 

Sí, el crecimiento económico. Repito, el crecimiento económico. Éste debe ser su foco y el principio guía de nuestro País.

 

Creo poder imaginar el conflicto tan grande de prioridades que debe enfrentar un Gobierno. ¿Qué es primero? ¿La seguridad, la pobreza, la educación, la delincuencia, el avance tecnológico, la regularización de la economía informal, la investigación, el turismo, la manufactura, los servicios?

 

Y la tentación a decir que todo es prioritario es grande, pero también es una receta para la mediocridad.

 

Si todo es importante, nada acaba por ser importante; si no hay renuncia, no hay estrategia; si no hay priorización, no puede pasar nada diferente.

 

Señor López Obrador: véndanos un sueño de crecimiento y enfoque al Gabinete hacia esa meta. Usted ya implementó una buena parte de sus ideas con fines sociales, y esto está bastante bien, pero se le ha olvidado que las clases sociales bajas también progresan al estar invertidos en una ola de crecimiento y que pueden ser altamente beneficiadas.

 

La meta de México tiene que ser el crecimiento económico. Si la economía crece, crecen los empleos, la educación, la inversión, el pago de impuestos y la riqueza en general. Si hay crecimiento y oportunidades, la gente deja de estar a la defensiva y busca subirse a la ola de progreso.

 

Con un crecimiento sostenido se alinean los factores económicos y la población se reenfoca a sectores rentables, de alto potencial y no se diga legales. Y también crece algo que es clave: la autoestima nacional y la expectativa de logro. Para qué perseguir el american dream si tenemos todo para crear nuestro mexican dream.

 

El crecimiento es algo medible y con impactos directos en sus ciudadanos. Cowen, de la Universidad George Mason, afirma que a un crecimiento anual de 5 por ciento, los estándares de vida se duplican aproximadamente cada 14 años.

 

La meta de México tiene que ser el crecimiento; tiene que ser su obsesión, su narrativa predominante, su principal noticia, su máxima referencia y plan a cumplir.

 

Si la meta de México fuera crecer, la agenda automáticamente quedaría establecida y alineada: ¿Cómo vamos a crecer? ¿Dónde somos más competitivos? ¿Qué sectores son los de mayor crecimiento? ¿Cuáles nos están frenando? ¿Qué decisiones se tienen que tomar para catalizar el crecimiento? ¿A qué tenemos qué renunciar?

 

Una meta concreta unifica criterios, establece una visión y asigna recursos. Una meta bien vendida, nos haría cambiar el discurso de Nación y hablaríamos menos de violencia, política estéril y trivialidades. Queremos hablar de éxito, de progreso, de mejorar el nivel de vida de nuestra familia, de triunfar. Queremos estar orgullosos de crecer con México.

 

Si en México no crecemos, decrecemos; si no construimos, nos autodestruimos; si no tenemos un rumbo claro y medible, caemos en la inercia, cedemos a fuerzas inferiores y nos perdemos en lo irrelevante.

 

Horacio Marchand


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