domingo, noviembre 04, 2018

 

Gobierno para la prosperidad

Todos los Presidentes se sienten destinados a cambiar el mundo, pero ninguno lo ha logrado en el último medio siglo. ¿Qué diferencia podrá hacer el próximo?

 

Los recientes intentaron todo: gasto público exacerbado (Echeverría y López Portillo), pactos (Miguel de la Madrid y Peña Nieto), alianzas (Salinas), acuerdos (Zedillo) y tratados (como el TLC). Muchos planes, pero los resultados no son encomiables porque ninguno enfrentó el principal reto del País: el de cómo y, sobre todo, para qué gobernar.

 

Con AMLO existe la oportunidad de una transformación cabal porque goza de una legitimidad inusual, pero sobre todo porque no está comprometido a preservar el statu quo.

 

Si uno observa al País desde al menos 1964, cuando Díaz Ordaz asumió la Presidencia, todos los Presidentes comenzaron con grandes planes, pero, con la sola excepción de Zedillo, acabaron mal: unos porque provocaron crisis incontenibles, otros porque sus actos los desacreditaron al punto de no poder volver a ver la luz pública. Todos prometieron el cielo y las estrellas, pero pocos acabaron bien.

 

Sin duda, algunos dejaron legados trascendentales (como el TLC) y otros construyeron instituciones que han cambiado la naturaleza de la problemática. Todos, cada uno a su manera, intentaron reformar al País para lograr un crecimiento elevado y sostenido, pero ninguno logró que ése fuera el caso para el conjunto de la población.

 

Hoy es claro que nadie ha querido o ha estado dispuesto a enfrentar el problema de fondo de nuestra estructura institucional y política: aunque mucho ha cambiado, el Gobierno ha quedado igual. El País ha cambiado mucho, pero la prosperidad generalizada sigue sin llegar.

 

Si la economía y la demografía ofrecen ingentes oportunidades, la crisis de seguridad, la pobreza y la rijosidad política constituyen fardos que nos detienen y obstaculizan. Porque, a final de cuentas, si el propósito de gobernar no es la prosperidad, su función es irrelevante. Y el récord del último medio siglo no es encomiable en esta medida. Tampoco lo es la forma en que AMLO pretende gobernar, como ilustró la faena del aeropuerto.

 

Hace tres o cuatro años el Gobierno mandó hacer una encuesta de percepciones sobre el País. El resultado se expresaba en una gráfica de barras en la que aparecían, de mayor a menor, los asuntos que la población evaluaba de manera positiva, descendiendo hacia los que percibía como negativos.

 

De esta forma, había barras muy altas del lado izquierdo de la gráfica y otras muy negativas del lado derecho: las del lado izquierdo se referían a la naturaleza del mexicano, la comida, la afabilidad, el arte, la historia, las exportaciones y demás. Luego seguían muchas barritas pequeñas cubriendo asuntos que no se percibían como buenos ni malos, para acabar con una serie de barras hacia abajo, cada una peor que la anterior: éstas se referían a las Policías, la educación, el Gobierno, las autoridades hacendarias y los tribunales.

 

O sea, la población aprobaba todo lo que es parte de nuestra historia y de la población y reprobaba todo lo que se vincula con el Gobierno. Ése es el problema del País: no tenemos un Gobierno que funcione para lo relevante, para generar prosperidad.

 

A los políticos les encanta emplear el término "gobernabilidad" para referirse a la capacidad de hacer lo que les da la gana. AMLO no tiene ese problema y lo ha demostrado de manera cabal. El problema para él es que tiene que arrojar resultados: no es suficiente desmantelar programas existentes o tener una mayoría abrumadora en el Poder Legislativo. Si no logra la prosperidad del País, su enorme poder resulta intrascendente.

 

La historia enseña que recrear los mismos vicios, programas y estrategias que no funcionaron en el pasado tampoco funcionarán ahora. El País y el mundo han cambiado, lo que obliga a buscar nuevas formas de acceso a las oportunidades para toda la población.

 

Si quiere acabar bien, el Gobierno tiene que crear condiciones para la prosperidad de la población y, para eso, debe no sólo cambiar la estructura del Gobierno, sino construir medios de acceso para la población que siempre ha estado excluida.

 

No basta ser poderoso: para salir del hoyo es imperativo crear un nuevo sistema de Gobierno institucionalizado y con criterios explícitos de inclusión social.

 

La tragedia de su consulta sobre el aeropuerto es que sólo pensó en el cambio de relaciones de poder, sin reparar en sus consecuencias en términos de desarrollo a largo plazo.

 

Luis Rubio

www.cidac.org


 

Conducta e Incentivos

El área de comunicación del Presidente electo emitió el comunicado 071 "Presidente electo anuncia iniciativa de Ley de Responsabilidad Ciudadana; se suspende fiscalización y vigilancia a negocios". Y enlista, a modo de puntos destacados, una mezcla entre medidas administrativas, decisiones políticas y decretos omnipotentes.

 

Juzguen: "No existirá la figura de inspectores en ninguna dependencia federal. México será de los países con mayor honestidad en el mundo: AMLO". Acoto: de no haber mediado los dos puntos entre "mundo" y "AMLO", el enunciado sería premonitorio. "Habrá un nuevo pacto con la ciudadanía, partirá de la confianza. Estoy seguro que todos los ciudadanos van a actuar de manera responsable. Ciudadanos cumplidos recibirán reconocimiento público". Y más.

 

El próximo Presidente da a entender que aquilata la confianza como divisa personal y eje articulador de lo que llama "nuevo pacto" con la ciudadanía (en este sentido, y por la decisión de suspender el NAIM, su escudero fiel Alfonso Romo ya va perdiendo la batalla).

 

Nos describe un panorama donde no habrá fiscalización gubernamental, sólo revisiones aleatorias, donde bastará la palabra para manifestar que se conocen las leyes y se actuará de manera responsable. Y añade: "no se va a necesitar abogado, no se va a necesitar ningún contador público".

 

Si yo fuere de alguna de estas dos profesiones estaría preocupado, pero contento de vivir en un mundo sin litigios ni estados financieros. ¿Y si le añade que tampoco habrá enfermedades? (Perdón, amigos médicos).

 

¿Es posible que con tanta buena voluntad, con sus decretos y con su ejemplo el próximo Presidente pueda cambiar a la sociedad mexicana? Más allá de opiniones personales, veamos lo que dicen los expertos en comportamiento individual y colectivo.

 

En "La Verdad Honesta sobre la Deshonestidad", Dan Ariely, catedrático en psicología y economía conductual por la Universidad de Duke, concluye que hay factores que inhiben la deshonestidad: un código de honor, de ética o manifiesto firmado, recordaciones morales en lugares y momentos precisos, y la supervisión. No hay evidencia de que con el ejemplo de un Presidente cambie el comportamiento de la sociedad. Tampoco eliminando la supervisión.

 

En "El Efecto Lucifer", Philip Zimbardo establece que la conducta humana está sujeta a fuerzas del contexto o del sistema que harán que una persona buena realice acciones malas.

 

No se trata de decretos de los autores, son deducciones a partir de experimentos serios.

 

Esa fuerza del contexto o sistema es nada más ni nada menos que ¡la cultura!, es decir que para cambiar la conducta hay que cambiar el sistema (la cultura), pero el próximo Presidente no cree en esto, para él la palabra "cultura" es sinónimo de mexicanidad, nacionalidad. Percibo que se siente ofendido cuando se le dice que la corrupción sí es cultural.

 

Sin embargo, atina en decir que acabar con la corrupción "no depende de un sólo hombre, de un dirigente, de un Presidente, depende de todos". Ahora que alguien le explique al Presidente electo que la conducta se cambia modificando los incentivos, las señales cotidianas, eliminando las trampas (que, está comprobado, son contagiosas) y las acciones ilegales.

 

El comunicado también menciona que el próximo Presidente invita a los Gobiernos estatales "para que se sumen a este cambio en la cultura política que busca terminar con la corrupción...". ¡¿Ya lo leyó AMLO?! Dice "cultura política". ¿Por qué se reconoce que hay cultura política que debe ser cambiada, pero no cultura ciudadana?

 

Aplaudo que se vaya a reconocer a ciudadanos cumplidos. He mencionado anteriormente que Zimbardo propone un "nuevo heroísmo" en las sociedades enfermas, como la nuestra, para revalorar las conductas excepcionales (que ayer eran ordinarias).

 

La cultura (insisto: entendida como el sistema social de normas no escritas) se cambia para bien cuando vemos ejemplos positivos. Cambiar los modelos de conducta de niños y jóvenes será particularmente poderoso.

 

Si el Estado comandado por AMLO es capaz de administrar los incentivos correctos, podrá pasar a la historia en letras de oro. Si no, nada más pasará a la historia.

 

Eduardo Caccia

ecaccia@mindcode.com


 

Reducto de Libertad

Las expresiones y actitudes del Presidente electo sobre la prensa que no le agrada son altamente preocupantes. Y lo son más ahora, porque resuenan en las redes sociales como una orden de ataque.

Muy pronto, nada podría impedir que sus partidarios más enardecidos pasen de la batalla verbal a la física. Si ocurre en Estados Unidos (donde las arengas de Trump contra las supuestas "fake news" han provocado ataques a periodistas del New York Times, el Washington Post o CNN), nada impide que la prensa "fifí" -como la llama López Obrador- comience a sufrir embates similares.

La tensión entre los medios impresos y el poder tiene una larga historia. En un ensayo de 1954 titulado "La Prensa y la Libertad Responsable en México", Daniel Cosío Villegas escribió que la nuestra era "una prensa libre que no usa su libertad". El Gobierno, es verdad, tenía "mil modos" para "sujetarla y aun destruirla".

Piénsese, por ejemplo, en una restricción a la importación de papel fundada en la escasez de divisas; en una elevación inmoderada de los derechos de importación al papel o a la maquinaria; en la incitación a una huelga obrera y su legalización declarada por los tribunales del trabajo, en los cuales el voto del representante gubernamental resulta decisivo; etcétera.

Con todo -concluía don Daniel- la prensa tenía un margen de libertad que desaprovechaba. Era próspera, pero inocua, vacía de ideas e ideales y, sobre todo, servil: "simplemente ha aceptado la idea de la sujeción (al Gobierno), se ha acomodado a ella y se ha dedicado a sacar ventajas transitorias posibles sin importarle el destino final propio, el del País y ni siquiera el de la libertad de prensa, a cuya salvaguarda se supone estar consagrada en cuerpo y alma".

El razonamiento de Cosío Villegas tuvo su prueba de fuego en el sexenio de Luis Echeverría, cuando surgió un periódico decidido a rechazar la sujeción y defender la independencia crítica. Era el Excélsior de Julio Scherer. El Gobierno había empezado bajo la promisoria consigna de la "apertura democrática", la "crítica y la autocrítica". Por supuesto, era una treta.

Al poco tiempo Echeverría comenzó a perorar contra aquel periódico donde cada sábado aparecían los punzantes artículos del "escritorzuelo" Cosío Villegas. Cuando esa táctica intimidatoria falló, su Secretario de Gobernación contrató una pluma mercenaria para escribir un libelo titulado "Danny, discípulo del Tío Sam". Acto seguido, Echeverría indujo un bloqueo de publicidad privada (la oficial era muy menor). En última instancia, orquestó el golpe al diario, lo confiscó en los hechos, volviéndolo un esclavo del régimen.

Su sucesor, López Portillo, incrementó la presencia oficial en los medios para domesticarlos. Y, argumentando el famoso "no pago para que me peguen", cortó la publicidad a Proceso. Fue inútil. Para entonces, además de Proceso, habían nacido revistas y periódicos empeñados en ejercer la independencia crítica.

Vivimos otros tiempos, pero la tensión persiste. Sujeta a las viejas restricciones, y lastrada por sus vicios y conveniencias, nuestra prensa no usa plenamente su libertad. Dependientes de la publicidad oficial, muchos medios ceden a la servidumbre voluntaria. A riesgo de perder el alma, deberían resistir.

Tampoco el próximo Gobierno debe actuar de manera ilegítima contra la prensa. Es correcto que busque dar la mayor transparencia a sus vínculos económicos con los medios y acote o incluso cancele la publicidad oficial, pero no tiene razón en descalificar a los que le resultan incómodos.

Llamar a la prensa "fifí" es imputarle intereses ocultos o ideologías contrarias a la verdad histórica encarnada en el poder. Es un abuso. Si existen pruebas de esos intereses ocultos, que se exhiban. Y ningún poder tiene el monopolio de la verdad histórica.

No sólo falta a la justa razón el Presidente electo, también al derecho. En este tema incide el criterio de asimetría entre las partes, sobre el cual la Suprema Corte ha sentado jurisprudencia. Las sentencias que ha emitido en los últimos años han privilegiado la libertad de expresión bajo una idea rectora: entre mayor sea la relevancia pública del objeto de una crítica, mayor latitud tendrá la libertad de expresión para criticarlo.

Tomando en cuenta su posición de poder, y por respeto a la razón, el derecho y aun la vida de los periodistas, el Presidente electo debe mostrar la mayor tolerancia ante la crítica hacia su persona y su gestión. Y la prensa, contra viento y marea, debe seguir siendo un reducto de libertad.

 

Enrique Krauze


viernes, noviembre 02, 2018

 

El pueblo manda

"En una democracia es el pueblo el que manda, es el pueblo el que decide".

Andrés Manuel López Obrador

 

El Presidente electo no tenía por qué inventar una falsa consulta popular. La construcción del aeropuerto de Texcoco empezó por una orden del Ejecutivo y puede detenerse por una orden similar. El propio Enrique Peña Nieto canceló la refinería de Tula iniciada por Felipe Calderón sin recurrir a una consulta y sin hacer ruido en los mercados.

 

Sin embargo, una de las características de los gobernantes populistas es que "afirman que tienen una conexión carismática directa con 'el pueblo'... No les gustan las instituciones y buscan debilitar los equilibrios que limitan el poder personal de un líder en la democracia liberal moderna", según apunta Francis Fukuyama ("Identity: The Demand for Dignity and the Politics of Resentment").

 

Fukuyama se refería a Donald Trump, pero los populistas de todo el mundo actúan igual, al margen de las instituciones democráticas. Reciben órdenes directamente del pueblo. "Los mexicanos", dice Andrés Manuel, "quieren que se les consulte, quieren que se les pregunte y lo mejor para no equivocarnos es preguntar".

 

No es López Obrador el único que manda obedeciendo. Hugo Chávez decía: "Mándeme el pueblo, que yo sabré obedecer"; el subcomandante Marcos declaró: "Que manden los que mandan obedeciendo"; incluso Gustavo Díaz Ordaz afirmaba: "Quien supo obedecer, sabrá mandar".

 

Cuando los populistas enfrentan problemas no los resuelven en los tribunales, negocian personalmente con los afectados. Trump amenaza a las empresas que toman medidas con las que no está de acuerdo, como las que mudan plantas a México, y alaba a las que lo obedecen. López Obrador acusa de corrupción a las compañías que han participado en la construcción del aeropuerto de Texcoco, pero se reúne con sus directivos para tranquilizarlos, como Alberto Pérez Jácome de Hermes y Guadalupe Phillips de ICA.

 

Al igual que los ejecutivos de las firmas estadounidenses con los que Trump se sienta a hablar, los mexicanos se ven obligados a expresar públicamente su apoyo al "Señor Presidente". Sus empresas dependen de los contratos del Gobierno; no tienen más opción que aceptar la garantía personal del futuro Mandatario que los compensará por sus pérdidas, quizá con otros contratos.

 

Los contratos cancelados, sin embargo, deben compensarse en los términos del propio contrato, como en el caso del tren interurbano de Querétaro.

 

Si bien el nuevo Presidente tiene la facultad de cancelar la construcción del aeropuerto, no puede compensar las pérdidas otorgando contratos de manera discrecional. Lo que se construya en Santa Lucía tendrá que ser licitado, porque así lo ordena la ley.

 

Los gobernantes populistas afirman que son necesariamente buenos y sus enemigos serán siempre perversos. Trump lo reitera en cada tuit y en cada discurso. López Obrador, también, afirma que los gobernantes anteriores no "tienen llenadera", pero él, con su ejemplo de hombre honesto, hará que la corrupción desaparezca.

 

Esta semana afirmó que había encontrado un proyecto para convertir los terrenos del actual aeropuerto en un nuevo Santa Fe, lo cual explicaría por qué las empresas se oponen a la cancelación de Texcoco. No explicó que los terrenos son federales y el uso de suelo lo decide el Gobierno capitalino, por lo que los únicos que podrían hacer negocio ahí serían él y Claudia Sheinbaum.

 

La cancelación del aeropuerto es importante, pero la forma lo ha sido más. El Presidente electo nos está diciendo cómo va a gobernar. Y no es precisamente que el pueblo vaya a mandar.

 

Sergio Sarmiento

www.sergiosarmiento.com


martes, octubre 30, 2018

 

Guía para evitar el abismo

Tristemente se confirmó mi pronóstico del martes 23: se canceló Texcoco. Ganó el capricho disfrazado de consulta sobre la lógica y el beneficio del País (relea "Consultar mañosamente").

 

Es una pésima señal. Donde se le mete la lupa al detalle de las propuestas de AMLO encuentras ocurrencias y sinsentidos. Hace unas semanas le planteé 3 escenarios sobre el nuevo Gobierno: es bueno (ojalá: excelente, se acabó el problema), es malo y genera una crisis económica y es un populista que busca perpetuarse en el poder.

 

Hoy me enfocaré en el tercer escenario. OJO, no digo que vaya a pasar. Es demasiado temprano para saberlo. Pero ese es el punto: ¿a qué señales hay que prestar atención para ver si vamos por el peor camino? Para contestar la pregunta le propongo dos premisas:

1. El camino al despeñadero del populismo lleva tiempo. La destrucción de instituciones es paulatina.

 

2. Existe una ruta previsible.

 

 

Por lo tanto, si la amenaza populista se convierte en realidad en México tendremos señales de advertencia. Hay que estudiarlas.

 

La politóloga guatemalteca Gloria Álvarez explica muy bien (vea un video en nuestros sitios) los pasos generales del populista para derrumbar instituciones:

 

a) Elegir un enemigo interno (el antipueblo) y uno externo.

 

b) Demarcar la lucha: el pueblo bueno vs. el enemigo.

 

c) Fomentar odio al enemigo: la mafia del poder, la oligarquía, "los fifís", etc.

 

d) Enamorar al pueblo. Pueblo bueno = gobernante bueno.

 

e) Controlar los tres poderes y eliminar voces opositoras.

 

f) Adoctrinamiento masivo: redes, medios, educación, etc.

 

g) Mantener "feliz" al pueblo con gasto, subsidios, dádivas, etc.

 

 

Pero este "mundo fantástico" no es sostenible. El financiamiento se agota y el modelo se derrumba, como en Venezuela. ¿Cómo fueron Chávez y Maduro deteriorando las instituciones venezolanas? Si ser exhaustivo, el camino hacia el precipicio fue así (según la BBC):

· 1998: Chávez es electo y el siguiente año promulga una nueva Constitución. Inicia la "revolución bolivariana".

 

· 2001: pasan 49 leyes para redistribuir tierras y riqueza. Inicia la concentración de poder en el Estado al estilo Cuba.

 

· 2002: golpe militar fallido. 2003: inicia el control cambiario.

 

· 2005: Enero, nuevo decreto para eliminar propiedad de grandes extensiones de tierra. Marzo, se imponen fuertes multas a medios que "difamen" a autoridades. Diciembre, partidos leales a Chávez dominan la asamblea tras boicot opositor.

 

· 2006: gana tercer periodo presidencial con 63% del voto.

 

· 2007: Enero, nacionaliza compañías energéticas y de telecomunicaciones. Mayo, no le renuevan concesión a RCTV, televisora crítica. Junio, expropia a Exxon y Conoco.

 

· 2008: Enero, quita 3 ceros al bolívar. Agosto, nacionaliza el banco de Venezuela, de españoles. Noviembre, oposición gana Alcaldía de Caracas y otros puestos, pero Chávez controla 17 de 22 gubernaturas.

 

· 2009: se aprueba reelección indefinida.

 

· 2010: Enero, devalúa 17% el bolívar. Diciembre, el Congreso le da autorización especial para emergencias.

 

· 2012: Abril, se extienden controles de precios para lidiar con la inflación. Octubre, Chávez gana su cuarta elección.

 

· 2013: Abril, muere Chávez, asume Maduro. Septiembre, corte masivo deja sin luz a 70% del país.

 

· 2014 y 2015: protestas masivas donde mueren decenas y arresto de opositores como María Corina Machado, y Antonio Ledezma.

 

· 2016 a 2018: protestas masivas, muertes, hiperinflación, crisis económica generalizada con escasez y hambruna.

 

A este tipo de señales tendremos que estar atentos en México. Y añado una más que me platican algunos venezolanos: la gente buena (porque al inicio sí hay) que rodea al populista se va o es removida. Así se quedan con el Tlatoani sólo nefastos y lambiscones. El debate interno se acaba y muere la esperanza.

 

Habrá que levantar antenas. Si nuestras instituciones llegasen a estar en riesgo, sólo una sociedad activa podría evitar caer al abismo.

 

Sobre aviso no hay engaño.

 

 

EN POCAS PALABRAS...

"Lo único que requiere el mal para triunfar es que los hombres buenos no hagan nada".

Edmund Burke, escritor británico

 

Jorge A. Melendez Ruiz

benchmark@reforma.com

Twitter: @jorgemelendez


lunes, octubre 29, 2018

 

Precios sin garantía

"Se van a fijar precios de garantía para los productos del campo... Vamos a producir en México lo que consumimos".

Andrés Manuel López Obrador

Si alguna propuesta de Andrés Manuel López Obrador deja en claro que busca regresar a los tiempos del viejo PRI es la reimplantación de los precios de garantía. La ilusión es que estos precios artificialmente fijados por políticos generarán autosuficiencia alimentaria; la experiencia sugiere que redundarán en costosos subsidios, pobreza rural y corrupción.

 

La promesa de regresar a los precios de garantía que se abandonaron en 1994 la hizo López Obrador desde la campaña electoral. Los nuevos precios de garantía se aplicarán a cultivos de maíz, frijol, trigo panificable y arroz, así como a la producción de leche fresca. La Oficina de Transición de Agricultura y Desarrollo Rural anunció este 25 de octubre que el nuevo gobierno fijará precios muy superiores a los de mercado. La tonelada de maíz, por ejemplo, la pagará a 5,610 pesos mientras que en el mercado internacional se ubica en 2,770 pesos. El requisito es que los productores tengan parcelas de menos de 5 hectáreas, mientras que las compras se limitarán a 20 toneladas por vendedor.

 

Para que los precios de garantía no lleven a una escalada en los precios de los alimentos, el gobierno tendrá que dedicar una cantidad de recursos no especificada a subsidiar las compras. El monto puede aumentar en el futuro si bajan los precios de los productos agrícolas.

 

La enorme diferencia entre el precio oficial y el de mercado generará corrupción. La limitación del subsidio a los productores con predios de hasta 5 hectáreas creará un incentivo para mantener la actual fragmentación de la tierra. La producción se volverá más ineficiente. El maíz y el trigo requieren de grandes extensiones de tierra para ser competitivos, pero los precios de garantía atarán a los productores a pequeñas parcelas que los condenan a vivir en la pobreza e inhibirán la inversión en productos con mayor futuro, como el aguacate o las hortalizas.

 

A Conasupo, la Compañía Nacional de Subsistencias Populares, la creó Gustavo Díaz Ordaz (ese Presidente que los políticos de hoy quieren borrar de la historia) en 1965 y se convirtió en la institución insignia de la política alimentaria del viejo PRI. Fue un foco de corrupción y de pérdidas enormes. Sus actividades y subsidios se recortaron de manera gradual a partir de la crisis financiera de los ochenta y la compañía fue extinguida finalmente en 1999, al final del gobierno de Ernesto Zedillo.

 

Ignacio Ovalle, secretario particular de Luis Echeverría y director del Instituto Nacional Indigenista con José López Portillo, donde conoció a un joven Andrés Manuel López Obrador, fue director de Conasupo en el gobierno de Carlos Salinas de Gortari. Desde ese cargo lanzó los "tortivales", bonos para entregar tortillas a familias pobres y asegurar su lealtad al PRI. Hoy Ovalle regresa a la política con López Obrador como titular de Seguridad Alimentaria Mexicana, una institución que asumirá las responsabilidades de Diconsa y Liconsa y que busca convertirse en una nueva Conasupo. Junto con los precios de garantía, este Segalmex, que recuerda el viejo SAM, el Sistema Alimentario Mexicano, de José López Portillo, marca el retorno a un sistema de subsidios y precios de garantía que pretendió hacer a México autosuficiente en alimentos, pero que solo sirvió para comprar votos, generar corrupción y empobrecer el campo mexicano.

 

 

· NOSTALGIA DEL PASADO

Para quienes sienten nostalgia por el viejo sistema alimentario mexicano, habría que invitarlos a releer a Arturo Warman, el fallecido autor de El campo mexicano en el siglo XX: "Un campo pobre, avejentado y conservador, que se repite a sí mismo en vano intento para ser lo que no fue, no es la tierra prometida".

 

Sergio Sarmiento

@SergioSarmiento


domingo, octubre 28, 2018

 

El anverso de la moneda

Todas las crisis que los mexicanos hemos experimentado han sido el resultado de un Presidente que dejó de hacer su trabajo o que lo hizo mal. Ése es el costo de un sistema centrado en torno a un solo individuo: sus humores, capacidades, aciertos y errores determinan el resultado para 120 millones de mexicanos.

 

El sistema político emanado de la Revolución constituyó la institucionalización del sistema porfiriano: en lugar de un dictador eterno, los Presidentes serían monarcas sin posibilidad de heredar su puesto, en las palabras de Cosío Villegas, pero monarcas al fin.

 

Ese régimen le confería facultades metaconstitucionales a quien ocupara la Presidencia, mismas que servían para ejercer el poder público de manera discrecional, tomar decisiones arbitrarias y asegurar la permanencia del statu quo a través de lealtades y clientelas nutridas por la corrupción. El Presidente en el centro del poder, disponiendo de los recursos públicos y de las llamadas "instituciones" para sus propios fines.

 

El gran beneficio de ese sistema fue la destreza con que se podían lograr cambios cuando esto era necesario, en tanto que el gran costo y riesgo radica en la inexistencia de contrapesos que impidieran costosos errores.

 

Este sistema llevó a profundas crisis cambiarias en 1976, 1982 y 1994-1995, todas ellas atribuibles a errores evidentes de quien ocupaba la Presidencia, pero también facilitó una rápida recuperación en el año siguiente bajo una nueva administración.

 

Mientras que los países debidamente institucionalizados pueden tomar años en llevar a cabo reformas para atacar problemas nodales de sus economías (como ocurre con los europeos), en México esas reformas se adoptaban casi sin chistar.

 

Es frecuente escuchar que las instituciones son fuertes y se les atribuyen poderes fundamentales para limitar el ejercicio del poder presidencial. Sin embargo, la evidencia no justifica esas pretensiones.

 

Cada que esas instituciones, o sus responsables, ofenden a los poderes fácticos o al Presidente, se les modifica: así ha ocurrido con el instituto electoral y con las comisiones de competencia y telecomunicaciones.

 

Desde esa óptica, no hay razón para pensar que, en un contexto de presión, lo mismo ocurriría con otras como la Suprema Corte o el Banco de México. Del Congreso y del Senado no es necesario hablar: el dedo lo hace.

 

Nuestro régimen político es unipersonal y eso implica facultades efectivas por encima de las instituciones: un Presidente con poderes extraordinarios que, en estos días, sólo está limitado por las capacidades personales de quien lo va a ostentar y por los mercados financieros internacionales que muy pocos en el mundo se atreven a desafiar.

 

Un sistema presidencial unipersonal tiene virtudes, pero todas dependen de las capacidades e integridad del Presidente. Los Gobiernos que así operan dependen de la seriedad, consistencia, entereza y carácter del Presidente. Si el Presidente erra o deja de hacer su trabajo, el País paga las consecuencias. Si el Presidente utiliza los recursos públicos para apostar el futuro del País, son los ciudadanos quienes se beneficiarán o padecerán los costos.

 

Cuando Enrique Peña Nieto se durmió después de Ayotzinapa, el País se congeló haciendo posible el advenimiento de un mesías. Nada es gratis.

 

A los mexicanos nos encanta saltarnos las trancas, dar vuelta donde está prohibido o estacionarnos en segunda fila. Nos parece que es impropio, equivocado o injusto que alguien más haga lo mismo, pero todos creemos que tenemos el derecho divino de hacerlo nosotros.

 

Esa manera de ser es un fiel reflejo del sistema político, donde el Presidente tiene poderes reales para comportarse igual, en los ámbitos de competencia de su función. Si queremos que la Presidencia se atenga a reglas y a mecanismos de contrapeso, también los ciudadanos tendríamos que cambiar nuestra forma de ser.

 

Cada seis años el País vive un momento de trance por el peligro inherente a que un loco, un destructor o una persona que postula un cambio radical llegue a la Presidencia.

 

Sin embargo, en lugar de enfocarnos en el problema de fondo -las facultades excesivas de la Presidencia-, todas las luces se enfocan a los supuestos o reales defectos y atributos de esa persona.

 

Nuestro problema no es que tal o cual individuo sea bueno y merecedor de la oportunidad de ser Presidente, sino que no existen límites efectivos en caso de que resulte que esa persona no era tan merecedora.

 

Aunque AMLO no lo reconozca, al País, y a él mismo, le urge un nuevo régimen sustentado en pesos y contrapesos efectivos.

 

Luis Rubio

www.cidac.org


 

Sueños de empleo

Hacia 1950, el futuro soñado por los universitarios era trabajar al lado de profesionistas eminentes y llegar a tener su propio bufete jurídico, notaría, consultorio médico, despacho contable, constructora o fábrica.

 

Sus profesores eran el ejemplo: profesionistas independientes que consideraban un honor volver a su alma máter una o dos horas por semana para trasmitir su experiencia y abrir a sus alumnos las puertas a la práctica, reclutándolos como ayudantes o recomendándolos. Pocas empresas eran suficientemente grandes para tener empleados con título profesional. Y trabajar en el Gobierno era mal visto. Los que aceptaban eso daban explicaciones a parientes y amigos.

 

Sin embargo, por esos mismos años hubo un experimento político que fue cambiando eso. Después de la Revolución gobernaban los militares. Pero un General revolucionario decidió que su hijo mayor no hiciera carrera militar: fuera abogado.

 

El joven tuvo la doble legitimidad de la Revolución y la universidad, era simpático y bueno para la política y los negocios de fraccionamiento. Fue litigante, legislador y Gobernador de Veracruz. Se ganó la confianza del Presidente Gral. Manuel Ávila Camacho, que lo dejó como sucesor, aunque no era militar.

 

El Lic. Miguel Alemán Valdés inició una nueva etapa del régimen, la del Partido Revolucionario Institucional. Gobernó con un grupo de compañeros universitarios, con los que había hecho un pacto de ayuda mutua. Logró que los militares, voluntariamente, dejaran la administración pública.

 

Desde entonces, los Presidentes han sido civiles, y a partir de su ejemplo, los estudiantes de Derecho de la Universidad Nacional empezaron a soñar con la Presidencia, las Secretarías o, de perdida, las direcciones generales; no el ejercicio libre de su profesión. Su amigo César Garizurieta inventó el sarcasmo: "Vivir fuera del presupuesto es vivir en el error".

 

Paralelamente, algunas empresas se volvieron gigantescas; en la Capital, por su capacidad de conexión con el Gobierno; en otras ciudades, por su capacidad de organizar grupos industriales en torno a una familia emprendedora.

 

Un principio fundamental de la Revolución fue la no reelección. Otro, complementario, fue retirarse al terminar su mandato, con la seguridad de no ser molestados (aunque tuviesen fortunas mal habidas o crímenes impunes), siempre y cuando no molestaran a los sucesores. De hecho, se retiraban de la vida política. Pero podían hacer negocios con sus ahorros, y ése fue el origen de nuevos grupos industriales.

 

En los grupos industriales, los altos puestos eran para la familia, con excepciones en algunas especialidades. En el Gobierno, los altos puestos fueron para los compañeros de escuela, que funcionaron como una especie de familia, sin que dejaran de pesar los parentescos.

 

Para colocar a los amigos, parientes y "compañeros de banca" se crearon direcciones adjuntas, subsecretarías y empresas del Estado. El mercado de ejecutivos que no son de la familia ni del partido en el poder tardó en aparecer.

 

Los ideales universitarios cambiaron: de soñar en la independencia a soñar en el puestazo, con ingresos altos, poder, viajes y privilegios laborales. Pequeño problema: no hay más que miles de puestazos para millones de aspirantes a ocuparlos. Crear oportunidades para tantos favoreció la hinchazón del Estado.

 

Los microempresarios, los profesionistas libres, los especialistas independientes y todos los que trabajan por su cuenta están en el mercado de los bienes y servicios, no en el mercado del empleo. De hecho, crean su propio empleo y crean empleos para otros. Verlos como un problema terrible (la economía informal) es una ridiculez del mundo burocrático, que no sabe admirar más que su imagen y semejanza.

 

Hay que facilitar el autoempleo con más créditos y menos trámites. El trabajo subordinado no es la aspiración universal de la especie humana, aunque así lo crean personas bien intencionadas. Ofrecer a todos empleos formales y bien pagados es pura demagogia, irrealizable e indeseable. Por el contrario, hay que prestigiar y promover los oficios, profesiones y trabajos independientes.

 

El prestigio de los puestazos ha generado frustración en millones de personas que nunca llegarán a ocuparlos. También en miles que sí llegaron y padecen la grilla de las luchas por el poder, las arbitrariedades, las humillaciones y ansiedades que originaron la variante: "Vivir dentro del presupuesto es vivir en el terror".

 

Gabriel Zaid


 

¡Valor simbólico!

Suelo repetir con terquedad, como epifanía personal incluso, que las cosas valen más por lo que significan que por lo que son. De ahí mi obstinación -como forma de entender el mundo- por tratar de encontrar significados detrás de las cosas, las marcas y las personas.

 

Hoy termina un proceso de consulta ciudadana que pretende arrojar una decisión sobre qué hacer ante la saturación del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México. La decisión significará mucho para el País.

 

No sólo está en juego la forma de solucionar un evidente problema, sino el posicionamiento de México en el mundo.

 

Desde la antigüedad los imperios, reinos, gobiernos y sus líderes han querido dejar un manifiesto perdurable que habla de su poder, su visión o su talento. Obras extraordinarias que hoy maravillan se hicieron por la visión de líderes, no por consultas populares.

 

El Taj Mahal, Petra, Chichén Itzá, el Coliseo Romano, la Gran Muralla China, la Torre Eiffel, la pirámide de cristal en el Louvre seguramente no existirían hoy si se le hubiese preguntado a la gente lo que quería.

 

Uno de los manifiestos más fuertes que puede tener un país para construir marca es su aeropuerto. Es la puerta de entrada, la bienvenida, marca un precedente y genera expectativas.

 

No sólo es el valor funcional de la construcción, sino el valor simbólico que permite que los extranjeros tengan una idea del País y también un símbolo interno que aquilatan los locales.

 

Si no fuese así, el pueblo de México no presumiría su magnífica Catedral Metropolitana de la Ciudad de México, el Palacio de Bellas Artes, el Castillo de Chapultepec y tantas otras obras de resplandor que pudieron no hacerse para ahorrarse muchos pesos.

 

Inclusive nuestro acervo prehispánico es motivo de gran orgullo. Teotihuacán no se hizo por consulta ciudadana. Y sí, Bellas Artes pudo haber tenido barro y mosaicos en vez de mármol, la Pirámide del Sol hubiera costado menos si la hubieran hecho menos grande, el valor de las grandes obras es simbólico más que funcional.

 

Entiendo a quienes alaban que por primera vez se toma en cuenta la voluntad del pueblo para hacer una obra de tal magnitud, pero de ninguna manera estoy de acuerdo en que una consulta ciudadana sea la forma más efectiva de tomar la mejor decisión.

 

Se elige a un gobernante para que tome decisiones, no para que las delegue en el pueblo. El valor democrático que le ven a la consulta ya se dio en la elección presidencial pasada. El pueblo mexicano escogió un líder, no a un encuestador.

 

Está comprobado que los consumidores no saben lo que quieren, pero pueden identificar lo que les conviene cuando lo ven. La papeleta con la que se hace la votación es una burla en comparación con la proyección y el impacto que tiene un aeropuerto como el planeado en Texcoco. En dado caso la gente debería decidir después de ver dos películas, dos narrativas.

 

Si la gente sacara en conclusión que le irá mejor al País, a la ciudad y a su familia con una de las dos alternativas, la gente no dudaría por cuál votar. El asunto ha pasado a significar una victoria política del nuevo grupo en el poder, así provoque un retroceso para el País.

 

Una mundialmente famosa empresa fabricante de muebles de oficina innovó en el mercado de sillas ejecutivas en la década de los 90. Antes de lanzar al mercado la novedosa silla, le preguntaron a la gente su opinión (mostrándoles un prototipo). Todos los grupos de consumidores rechazaron la silla por "fea" (fue la primera silla en tener superficie de malla, había sido inspirada en la textura del bejuco) aunque le concedieron alta calificación en ergonomía. Alguien tuvo el tino de apuntar que cuando la gente le decía "fea" tal vez significaba "diferente", pues no sabían de sillas ejecutivas innovadoras. A pesar de lo que dijo la consulta, lanzaron la silla al mercado. Ha sido el éxito más grande en más de 100 años de la firma.

 

Si por mí fuera, seguiría adelante con la obra en Texcoco, eso sí, con una auditoría y sanciones ejemplares en caso de encontrar ilícitos. López Obrador ha dicho que quiere pasar a la historia como el mejor Presidente de México. Tiene la oportunidad. Necesita construir valor simbólico.

 

¿Despegará?

 

Eduardo Caccia

ecaccia@mindcode.com


domingo, octubre 14, 2018

 

¿Cuál fue el error?

Los mexicanos estamos hartos de la violencia, las matanzas, la extorsión, los secuestros, la falta de seguridad y la displicencia que al respecto manifiesta la autoridad. En eso hay un consenso casi absoluto y universal.

 

Donde se divide -y polariza- la opinión es en qué hacer al respecto y, sobre todo, si Felipe Calderón cometió un error al atacar las bandas del crimen organizado.

 

Para algunos, el verdadero problema fue creer que la inseguridad es un problema: hubiera sido mejor, dicen, negociar la paz con los criminales, dejarles su espacio y, con eso, vivir en paz. Es decir, en esta lógica, el error fue "pegarle al avispero" porque eso provocó la violencia.

 

Detrás de la discusión sobre la seguridad pública yacen dos asuntos que con frecuencia se mezclan, pero que son distintos: por un lado, la función del Gobierno en materia de seguridad y, por otro, la estrategia que debe o puede seguirse para lograrla. O sea, lo primero es el objetivo al que debemos aspirar y lo segundo es cómo avanzar en esa dirección.

 

Aunque la disputa respecto a la seguridad se centra en lo segundo, la realidad es que lo importante es lo primero. Quienes perciben que el problema fue "pegarle al avispero" no comprenden que fue la naturaleza del régimen político lo que hizo posible la paz en el pasado, además de que desprecian el pánico en que vive la ciudadanía.

 

Hay una enorme dosis de nostalgia en la noción de que se puede retornar a esa era mítica de paz y tranquilidad que funcionaba porque el Gobierno "negociaba" con los criminales.

 

Esa nostalgia, que alimenta el discurso de AMLO y ha sido la guía de acción del Gobierno actual, parte de una premisa errónea: que la paz y estabilidad que efectivamente existía en los 50 o 60 era producto de un sistema de seguridad efectivo, cuando en realidad la paz y seguridad que México vivió por algunas décadas fue más producto de controles autoritarios que de un sistema de seguridad sostenible.

 

En pocas palabras, a menos que alguien crea que es deseable, o posible, reconstruir los 50, no hay a donde regresar.

 

Es en este contexto que debe evaluarse el actuar de Felipe Calderón en materia de seguridad. El gran mérito de Calderón fue que reconoció que el Gobierno es responsable de la seguridad pública. Cualesquiera que hayan sido sus errores -de estrategia o de implementación-, nada le resta el mérito de haber aceptado que el Gobierno es responsable de la paz entre los ciudadanos. Esto no es algo menor.

 

Su estrategia, en esencia, consistió en construir una Policía Federal que se dedicaría a confrontar a las organizaciones criminales.

 

Hay tres fuentes de crítica: unos no ven un problema y creen que Calderón lo creó. La paradoja de esa crítica es que la ola de muertes comenzó a declinar al final de su sexenio, sugiriendo que al menos algo bueno estaba ocurriendo.

 

Otros argumentan que se debió atacar las fuentes de dinero más que a los narcos mismos, o sea, un asunto de estrategia.

 

Finalmente, se argumenta que todo se concentró en atacar a la criminalidad y no en construir la base de un nuevo sistema de seguridad.

 

Los expertos evaluarán las críticas, pero no hay duda de que el legado relevante de Calderón es el haber reconocido la responsabilidad del Estado en esta materia. El reto ahora es construir un nuevo sistema de seguridad.

 

Más allá de lo que se haya hecho o dejado de hacer en materia de seguridad en las décadas que siguieron al declive del autoritarismo, estamos muy lejos de llegar a un consenso sobre la naturaleza del problema, lo que nutre los mitos y prejuicios que pululan la discusión sobre lo que debe hacer el próximo Gobierno.

 

Muchos de los planteamientos existentes, desde el mando único hasta la legislación en materia de seguridad interior, responden a intereses o situaciones particulares que nada tienen que ver con el temor que aqueja a buena parte de la ciudadanía.

 

El resultado es que tenemos una Policía Federal desquiciada y desanimada y ninguna visión o estrategia para construir seguridad de abajo hacia arriba, además de que quien ha sido responsable de la poca paz que hay -el Ejército- está bajo ataque.

 

La falacia de los nostálgicos radica en su suposición de que la seguridad se puede imponer cuando en realidad se tiene que construir. Y esa construcción debe ser de abajo hacia arriba, con todo el apoyo de la Policía Federal y del Ejército. Es decir, esas fuerzas deben enfocarse a hacer posible la construcción de capacidades policiacas y judiciales locales. Todo el resto es demagogia.

 

Luis Rubio

www.cidac.org


sábado, septiembre 15, 2018

 

¡El borracho va en contra!

Hace poco conviví (junto con Horacio Marchand) con un lector con el que tuve una discusión muy reveladora. Polos opuestos, porque él es súper fanático de Trump y defendía a Mr. Orange a muerte.

 

Su biblia informativa es Fox News y veía (como Donaldo) conspiraciones de los medios para engañar a todos y así tumbar al mejor presidente en la historia de Estados Unidos.

 

"El reclamo es que los medios (y columnistas) o son ineptos o forman parte de la conspiración", me explicaba.

 

Si usted me lee sabrá que no nos pusimos de acuerdo. Para mí Trump es un narcisista mal informado que sólo escucha porras. Su poder y malas ideas eventualmente tendrán graves consecuencias para Estados Unidos y para el mundo.

 

Total, al final de una divertida y picosa charla, me dijo: "no entiendo porque todos los medios están en contra de Trump y sólo Fox News lo defiende". Te voy a contestar con un chiste, le dije.

 

Es el cuento del borracho que iba en contra en la avenida principal del pueblo. Va escuchando la radio, donde advierten: "¡Cuidado, un borracho circula en contra en la calle X!". Consternado exclama el briago: "¿Uno? ¡Si son un chin...!".

 

Entre risas concluí, el tiempo va a decir quién va en contra: Trump o el resto del planeta. La charla me dejó pensando sobre la comunicación en la era de las redes sociales y la superficialidad.

 

Tres factores de nuestro tiempo contribuyen a que los diálogos de sordos sean cada vez más comunes en la política, los negocios y la vida:

 

1. Perdieron peso los curadores de la información. Los medios masivos administraban el proceso de comunicación de cualquier comunidad. La democratización que trajo internet permite hacer públicas opiniones diversas de todo tipo: algunas certeras y otras descabelladas y falsas.

 

2. Hiperconectividad y masificación. La combinación de smartphones y planes de datos baratos permite masificar fake news. Como bien dice Bill Maher: "la súper carretera de la información se convirtió en el bulevar de la mentira".

 

3. Polarización grupal. El ecosistema de redes sociales (sobre todo Facebook) que busca maximizar clicks para ganar más plata funciona acercándonos sólo puntos de vista similares a los nuestros. Por ende se rigidizan ideologías y se radicalizan posturas.

 

Un coctel muuuy peligroso. The Economist advirtió en una portada de septiembre de 2016 que la política estaba entrando en la era de la postverdad. Dos años después el diagnóstico es todavía peor: la era de la mentira afecta todos los aspectos de nuestras vidas.

 

"Hay un ecosistema de medios sostenido por la atención. Punto. Y eso no nos hace más inteligentes, sino que nos idiotiza. Donald Trump es síntoma de esto". ¿Sabe quién dijo esto? Evan Williams, cofundador de Twitter. El remordimiento de Víctor Frankenstein al darse cuenta de lo que creó: una monstruosidad de clicks que estorban al progreso.

 

¿Qué hacer? Difícil parar una pandemia social con un mecanismo de contagio instantáneo y omnipresente. Pero le sugiero aplicar siete consejos prácticos que le compartí hace unos meses en su círculo cercano:

 

1. Limitar el uso de dispositivos conectados. Trabajo, juntas, reuniones familiares o con amigos, etc. Ah, y sobre todo controlando el uso a los chavos (dificilísimo).

 

2. Discriminar fuentes de información. Relea "Las 3 Eses".

 

3. No compartir noticias de las que no se esté seguro.

 

4. Buscar puntos de vista alternativos, sobre todo en temas clave.

 

5. Leer también con profundidad. No sólo en "140 caracteres".

 

6. Tener pasatiempos que no involucren una pantalla.

 

7. Ser selectivo en sus clicks. No sólo representan el uso de su tiempo, sino que moldean sus ideas, opiniones y acciones.

 

Cierro con algunas frases de Joseph Goebbels, el terrible genio nazi de la propaganda, que nos compartió el lector:

 

- "La propaganda funciona mejor cuando los manipulados piensan que actúan por su propia voluntad".

 

- "La verdad es el enemigo más grande del Estado".

 

- "La propaganda no requiere ser intelectualmente rica".

 

Tristemente bien podrían terminar siendo el nuevo sello de nuestra era. De nosotros depende que así no sea. A fin de cuentas, el que maneja en contra tarde o temprano se terminará estrellado.

 

Posdata. Se confirma el peor error de AMLO sobre el que advertí en mayo pasado: van a tirar la reforma educativa. Relea "Andrés, te equivocas".

 

EN POCAS PALABRAS...

"Si vas a decir una mentira, que sea grande". Joseph Goebbels, criminal nazi

 

Jorge A. Meléndez Ruiz

benchmark@elnorte.com

Twitter: @jorgemelendez


domingo, agosto 12, 2018

 

Contra el olvido

"Todo se ha dicho ya, pero como nadie escucha es preciso contarlo de nuevo". André Gide, Le Traité du Narcisse

 

No está escrita la historia definitiva de la democracia en México. No lo está, en la doble acepción del término: ni como texto ni como realidad.

 

Hoy, quizá más que nunca, es necesario volver al origen para recordar la naturaleza plural de sus protagonistas y reafirmar su inseparable vínculo con la libertad.

 

Más allá de sus antecedentes venerables en los siglos 19 y 20 (la saga de los liberales en la Constitución de 1857, la Reforma y la República Restaurada, el apostolado de Francisco I. Madero y su desdichada Presidencia, el movimiento vasconcelista, la fundación del PAN por Gómez Morin y su "brega de eternidades", los aportes de pensadores de izquierda como Narciso Bassols), la democracia moderna en México tiene dos etapas claras: la batalla y la construcción.

 

La primera transcurrió a lo largo de tres décadas, de 1968 a 1997, año en que por primera vez tuvimos en México elecciones supervisadas por un Instituto Federal Electoral independiente. La segunda es una obra evidentemente inacabada.

 

La batalla fue larga, ardua, no pocas veces sangrienta. La protagonizaron mujeres y hombres de todas las filiaciones políticas y personas sin filiación, artistas, periodistas, intelectuales, académicos, estudiantes, sindicatos, ex guerrilleros, empresarios, sacerdotes, grupos de la embrionaria sociedad civil.

 

Todos convergieron poco a poco en un proyecto de transición democrática que todavía en los años 80 parecía imposible y hasta inimaginable.

 

Lo era, en efecto, para la élite del PRI que desde 1968, esgrimiendo siempre la razón de Estado, se había resistido de mil formas al cambio, hasta que el cambio se le impuso.

 

La democracia no llegó, como imaginaba don Jesús Reyes Heroles, por una reforma interna del PRI que aclimatara paulatinamente las costumbres e instituciones democráticas abriendo rendijas a la oposición, sino, como previó Gabriel Zaid (Escenarios sobre el Fin del PRI, Vuelta, junio de 1985), por una exigencia de diversas fuerzas externas al PRI, que la volvieron inaplazable.

 

La batalla democrática fue una hazaña de la pluralidad.

 

Hay que poner rostro a esa pluralidad. Recordar a quienes, en distintos grados y momentos, imaginaron, inspiraron, alentaron y produjeron el cambio democrático. Y sin ánimo de revancha, para honrar a la verdad, recordar también a quienes se alzaron de hombros y a quienes se opusieron de buena o mala fe.

 

El tiempo pasa y los hechos se olvidan. Ningún joven menor de 30 años los presenció. En el mejor de los casos forman parte del repertorio vital de sus padres o abuelos, que poco o nada les dice. Es natural, toda generación piensa que la historia recomienza en ella.

 

También mi generación, la generación del 68, pensó lo mismo, y pagó con la sangre de Tlatelolco su convicción.

 

Pero el tiempo ha probado que teníamos razón porque, en efecto, el 2 de octubre fue el comienzo del fin de una era autoritaria y el atisbo de una era democrática por la que luchamos desde entonces, que alcanzamos hace 20 años, y en cuya cabal construcción debemos seguir empeñados.

 

Es verdad que al hablar de democracia los estudiantes de entonces no entendíamos el significado preciso del término ni teníamos en mente el lema maderista del "sufragio efectivo" o la creación de un Instituto Federal Electoral (banderas que desde 1939 enarboló en solitario el PAN). Pero queríamos libertad: de manifestación, de expresión, de crítica.

 

Esa semilla de libertad fructificó más tarde en su complemento natural: el anhelo democrático. La batalla democrática fue una hazaña de la libertad.

 

En el primer tomo de la colección Ensayista Liberal, titulado Por una Democracia sin Adjetivos (Debate, 2016), recogí mis artículos y ensayos publicados entre 1982 y 1996. En mi libro La Presidencia Imperial (Tusquets Editores, 1997) y los documentales Los Sexenios traté de recrear la historia de esas décadas turbulentas.

 

Pero es preciso contar todo de nuevo, quizá con otras técnicas y enfoques. Ese recuento es un deber colectivo y urgente.

 

Si las generaciones jóvenes desconocen la historia de la batalla que precedió a la difícil construcción democrática de este siglo, carecerán de la perspectiva para comprender el presente y les será más difícil cuidar, en lo posible, las líneas del futuro.

 

Sin esa memoria, la democracia puede revertirse desde dentro, desvirtuar su naturaleza plural y olvidar su vínculo con la libertad.

 

Enrique Krauze


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