lunes, abril 16, 2018

 

Las refinerías

"Y una vez que tengamos las dos refinerías, vamos a bajar los precios de los combustibles". Andrés Manuel López Obrador

Si construir una o dos refinerías fuera una proposición rentable, ya habría empresas privadas preparando planes para hacerlo.

 

Antes había restricciones legales para la inversión privada en refinerías, pero hoy, gracias a la reforma energética, ya no las hay. Ninguna empresa privada, sin embargo, muestra deseos de invertir en una refinería, mientras que sí hay un gran interés por desarrollar campos de petróleo crudo.

 

Las empresas privadas invierten dinero de sus accionistas y son muy cuidadosas con los proyectos que emprenden. Las firmas estatales, en cambio, usan recursos de los ciudadanos y se preocupan bastante menos por darles un buen uso.

 

Esto explica la facilidad con la que un candidato puede decir que hay que gastar entre 8 mil y 20 mil millones de dólares para construir una o dos refinerías en un mercado saturado.

 

Quienes no conocen el negocio petrolero insisten que tiene que ser más rentable producir gasolina, u otros petrolíferos, que crudo simplemente porque se trata de productos más elaborados. La realidad ha sido otra desde hace décadas. La extracción de crudo genera altos márgenes, mientras que la refinación es una actividad centavera que requiere de mercados muy amplios y operaciones extraordinariamente eficientes para reportar utilidades.

 

Durante años los márgenes de refinación fueron, de hecho, negativos. Esto provocó una disminución de la capacidad de refinación en muchas regiones del mundo, incluida Norteamérica. Lo que se llamaba Pemex-Refinación, hoy Pemex Transformación Industrial, ha perdido enormes cantidades de dinero.

 

En este momento, por primera vez en mucho tiempo, los márgenes de refinación son positivos, pero no soportarían una inversión en una o dos nuevas refinerías.

 

Los políticos buscan ajustar las realidades económicas a los dogmas. Andrés Manuel López Obrador argumenta que si el petróleo crudo se entrega a las refinerías no a su valor de mercado, sino a su costo de producción la refinación sí sería rentable; pero esto sería un juego contable que trasladaría artificialmente la utilidad del petróleo crudo a la gasolina y llevaría a equivocadas decisiones de negocios, como invertir menos en crudo y más en refinación.

 

Parte del problema de Pemex en la refinación ha sido su ineficiencia. La empresa cuenta con exceso de personal y procedimientos de producción extraordinariamente burocráticos. Ésta ha sido una de las razones de sus pérdidas.

 

La única refinería de Pemex que gana dinero es la de Deer Park, cerca de Houston, que tiene la ventaja de ser manejada por Shell y de no tener al sindicato de Carlos Romero Deschamps.

 

Las decisiones de negocios deben tomarse por razones de negocios. A los accionistas de Pemex, que somos todos los ciudadanos mexicanos, nos conviene que la empresa sea lo más rentable posible. Por eso sus inversiones deben hacerse en las actividades más rentables. No hay que ser demasiado inteligente para detectarlas.

 

No vemos en este momento a ninguna empresa privada -nacional o extranjera- interesada en construir una nueva refinería, mucho menos dos. En cambio, decenas de firmas sí están licitando por campos petroleros.

 

Pensar que si Pemex invierte en dos refinerías podrá vender gasolina más barata es una tontería. Si acaso, la gasolina sería más cara que la que actualmente importamos. A menos que el Gobierno quiera subsidiarla, lo que sería desviar recursos fiscales a quienes menos los necesitan.

 

CNTE VIOLENTA

No, no creo que Andrés Manuel haya mandado los contingentes violentos que atacaron el mitin de Meade en Puerto Escondido este 14 de abril. Pero el ataque sí ratifica que la CNTE, aliada de López Obrador, es una organización violenta... como Antorcha Campesina, aliada de Meade.

 

Sergio Sarmiento

www.sergiosarmiento.com


domingo, abril 08, 2018

 

La vieja-nueva disputa

México lleva al menos medio siglo disputando el futuro. Luego de décadas de estabilidad y crecimiento económico relativamente elevado, en los 60 comenzó a resquebrajarse tanto el orden económico fundamentado en la sustitución de importaciones, como el orden político sustentado en el férreo control de un sistema político cerrado.

A partir de entonces, el País se dividió en dos grandes corrientes: la que procuró construir un nuevo futuro viendo hacia adelante y hacia afuera, y la que persiguió retornar al nacionalismo revolucionario originado en la Revolución Mexicana, particularmente en su fase cardenista.

La forma en que se resolvió la disputa, luego de la crisis de los 70, fue típicamente mexicana, con un híbrido de pasado y futuro: construyendo nuevas estrategias económicas, pero sin abandonar las viejas estructuras políticas. A nadie debería sorprender que esa contradictoria combinación esté haciendo agua en estos momentos.

AMLO es un fiel representante de la corriente nacionalista revolucionaria y está explotando los errores, pero sobre todo las carencias e insuficiencias de la corriente modernizadora.

Esas carencias e insuficiencias -en un entorno de apertura, información ubicua y redes sociales capaces de transmitir cualquier mensaje en nanosegundos- permiten evidenciar la corrupción, los privilegios y los excesos del viejo sistema que, por esa modernización inacabada, persisten en la sociedad mexicana.

Es obvio que todas esas formas de abuso existían antes y, sin la menor duda, seguirían bajo un Gobierno de AMLO, pero ése no es el punto de esta contienda, lo que existe resalta algo insoportable para la ciudadanía y ése es el corazón de la estrategia de AMLO: evidenciar las carencias prometiendo el nirvana que, todo mundo sabe, es una utopía más.

Aunque las corrientes modernizadoras han dominado el panorama económico y político por estas décadas, la disputa nunca desapareció. Y esa es la razón medular por la cual se concibió el TLC norteamericano: para garantizar la viabilidad de la modernización, al menos en una parte de la vida nacional, la de la inversión.

Es decir, desde el comienzo, los modernizadores entendían, al menos de manera pragmática, la existencia de una flagrante contradicción pero, en lugar de resolverla de fondo, construyeron un mecanismo que fuese implacable para proteger al menos el corazón de la modernidad: la economía.

El TLC resolvió el nodo del problema al despolitizar una enorme porción de la actividad pública, pues su esencia radica en que constituye, para todo fin práctico, un espacio de excepción: ahí sí hay reglas, mecanismos funcionales para resolver disputas y hacer valer contratos. Con el TLC, una parte fundamental de la economía quedó excluida de la corrupción.

Sin embargo, para los perdedores en esa disputa, el TLC se convirtió en el factor a vencer, su problema fue que el acuerdo comercial se tornó extraordinariamente popular: es el único motor de crecimiento de la economía y constituye un vívido ejemplo de lo que es la legalidad.

Cuando AMLO llama "PRIAN" a los Gobiernos modernizadores del PRI y del PAN, lo hace obviamente para descalificarlos, pero en realidad se refiere a la lucha entre el pasado y el futuro: apertura vs. autarquía, mercado vs. gobierno a cargo, democracia vs. control vertical.

No es que los Gobiernos del PRI y del PAN hayan sido un dechado de virtudes, pues todos hablaban de la modernidad pero seguían preservando el mundo de los privilegios. Pero lo relevante es que el común denominador es el sistema priista de antaño en su vertiente política.

López Obrador y Peña Nieto son paradigmáticos de esta disputa: ambos son representantes dignos del PRI de los 60 y ninguno promete algo distinto que preservar ese viejo sistema en su vertiente política.

Donde los candidatos de hoy -AMLO y Meade (o Anaya)- difieren radicalmente es en la vertiente económica: uno quiere retornar al mundo idílico de los 60, justo cuando comenzaba a hacer crisis; el otro quiere avanzar hacia la modernidad creando mayores oportunidades de desarrollo que son, a final de cuentas, las que han estabilizado a la economía y creado una creciente y pujante clase media.

Contrario a lo que plantea AMLO, el verdadero reto de México no yace en el "modelo" económico sino en el viejo orden político, pues es ahí donde el País se ha atorado, preservando un mundo de privilegios y un capitalismo "de compadres". Así, el dilema para la ciudadanía radica en decidir cómo quiere cambiar: hacia adelante o hacia atrás.

Luis Rubio 
www.cidac.org


viernes, abril 06, 2018

 

En su propia voz

El miércoles pasado EL FINANCIERO publicó una carta de Andrés Manuel López Obrador a inversionistas en la que pide tener confianza en su propuesta. La carta incluye diez puntos, que reviso con rapidez, por el espacio disponible.

 

En el primer punto, dice que “el principal problema de México es la corrupción y que vamos a erradicarla por completo”. Afirma que un estudio del Banco Mundial calcula que se roban “20 por ciento del Presupuesto público, es decir, más de un billón de pesos anuales”. Ese estudio no existe, como ya ha mostrado Verificado.mx, y además no llegaría a un billón de pesos. Peor aún, eso de que la corrupción sería erradicada por completo es increíble, por muchas razones, incluyendo su paso por el gobierno del Distrito Fedral. En el siguiente punto, no hay lógica alguna: “2. Para mantener al gobierno subordinado a los intereses de los traficantes de influencias, los funcionarios públicos mexicanos reciben actualmente salarios elevadísimos y gozan de prebendas desmesuradas que no tienen cabida en otros países” (¿le entiende?). Su conclusión aparece en el tercer punto: “bastará con honestidad en el gobierno y con una reducción del costo de la administración para aumentar la inversión pública”, pero por las fallas de las premisas, no me parece creíble, a menos que se refiera a un incremento marginal.

 

Lo más impresionante, para mí, fue “4. En términos generales, el modelo económico que proponemos es semejante al que se aplicó en el país en el periodo denominado del ‘desarrollo estabilizador’”. Quienes hemos insistido en que AMLO quiere regresar al pasado, ahora podemos citarlo a él mismo. Intentar hoy replicar un modelo aplicado en 1958, en un contexto internacional totalmente diferente, con una población de la cuarta parte de la actual, bajo un régimen absolutamente autoritario, no es razonable. Afirma en ese mismo párrafo que no lo haría de manera mecánica, sino ajustando a las condiciones actuales (que él mismo lista: democracia, derechos, globalización, cambio tecnológico), pero si es así, entonces ya no queda claro por qué referirse a una época autoritaria, de fronteras prácticamente cerradas, con gran presencia del gobierno en la economía.

 

Precisamente por el carácter autoritario del régimen que AMLO intenta restaurar, los siguientes puntos no suenan creíbles: “5. Seremos respetuosos de la autonomía del Banco de México… operaremos la administración pública sin déficit…” “6. Habrá un auténtico Estado de derecho”. Su propuesta para enfrentar la inseguridad aparece en el punto “7. Todos los días encabezaré, desde muy temprano, el gabinete de Seguridad… Se conformará una Guardia Nacional y habrá coordinación entre todas las fuerzas del orden de las regiones, estados y municipios”. El siguiente punto es de risa: “8. Se acabarán los fraudes electorales”. En el nueve sostiene que “respetará las libertades y no tomará medidas autoritarias”, pero revisará todos los contratos para “evitar casos de corrupción”, lo que no parece compatible con el respeto a la autonomía y el auténtico Estado de derecho, sino la reiteración de que de su persona depende la honestidad del país entero.

 

En el último, quiere posponer la firma del TLCAN para después de las elecciones, y dice que “no descartamos la posibilidad de convencer al presidente Donald Trump de su despectiva y equivocada actitud contra los mexicanos”. En suma, la carta consiste en pura voluntad (erradicar corrupción, terminar inseguridad con reuniones diarias, auténtico Estado de derecho, convencer a Trump), datos dudosos y las fijaciones de siempre (fraudes electorales y el desarrollo estabilizador). De verdad, cuando la leí no estaba seguro de si era una parodia, que lo quería representar como un voluntarista con información errada, lógica débil y fuertes prejuicios. Pero no, era AMLO en su propia voz.

 

Macario Schettino


jueves, abril 05, 2018

 

¿Por qué no?

Aunque lo he escrito desde hace al menos 13 años, creo que es importante explicar mis razones de por qué no votaría jamás por AMLO. Son cuatro: es una persona sumamente autoritaria, sus ideas económicas son equivocadas, la mayoría de quienes lo rodean son impresentables, y su objetivo es la restauración de un régimen político dañino.

 

Primero: Andrés Manuel López Obrador es muy autoritario. Esa es mi impresión personal desde que trabajé con él hace 22 años, por espacio de 16 o 18 meses, confirmada por comentarios de su gabinete en el Distrito Federal, así como por su actitud como jefe de Gobierno y como candidato presidencial en dos ocasiones. Ejemplos: la descalificación de la marcha contra la violencia en 2004, a cuyos integrantes acusó de “pirruris”; el “cállate, chachalaca” contra Fox; su actitud frente a financieros y empresarios; su incapacidad de aceptar derrotas. Es un gran actor y seductor, pero cuando está bajo presión o enojado, le brota el autoritarismo.

 

Sus ideas económicas son equivocadas, como ya muchas personas lo han mostrado. Su visión general parece ser de una economía esencialmente cerrada, con una muy fuerte presencia del gobierno, como la que conocimos buena parte del siglo XX en México. Eso no sirvió entonces, ni ha servido en ninguna parte. Permite capitalismo de compadrazgo, sin duda, pero eso sólo genera ineficiencia y desigualdad.

 

Muchos no coinciden con estas dos percepciones. Especialmente, economistas destacados que han decidido acompañarlo en la búsqueda de la presidencia. No lo perciben autoritario, ni les preocupa el mercantilismo que lo define. Como es frecuente entre consejeros, pensarán que pueden influir en él. Pero no es sano olvidar que el único con puesto garantizado es el presidente. Todos los demás son fáciles de sustituir, como aprendieron muy tarde los economistas de Echeverría (en esa prehistoria que los jóvenes ni imaginan), o acaban de hacerlo decenas de personas contratadas por Trump.

 

La tercera razón es su entorno. Morena agrupa al priismo que busca restaurarse y a buena parte del corporativismo perredista. Con ellos se conformarán las bancadas en el Congreso, en donde estarán además un puñado de ingenuos (o algo peor) que decidieron sumarse a AMLO. Hay además dos grupos de 'intelectuales', los de rancia izquierda bolivariana y castrista, y los jóvenes académicos deliberados. El colmillo retorcido de los primeros lo conocerán muy pronto los segundos.

 

Finalmente, insisto en la restauración del viejo régimen priista ahora bajo las siglas de Morena y el control unipersonal de AMLO. Quienes hoy creen que México no podría estar peor, es porque no conocieron el previo a 1982. Sin ser exhaustivo: no podíamos opinar, ni mucho menos protestar en las calles; no se contaban los votos; no había contrapesos al presidente; ni la Corte ni el Banco de México eran autónomos. La corrupción era el instrumento que permitía el funcionamiento del régimen, de forma que era universal. Entiendo que la 'casa blanca' les haya molestado, pero convendría recordar cómo se fraccionó Satélite, el Pedregal, Cuernavaca, o cómo se expropiaban ranchos y se despojaba sin mayor problema. Y aunque era un tipo diferente de violencia, más rural y menos urbana, todavía en los años sesenta teníamos tasas de homicidios superiores a las actuales.

 

Entre los tres candidatos principales, sólo AMLO ofrece ideas económicas equivocadas y la restauración del viejo régimen. Creo que sólo él es de verdad autoritario, aunque los calderonistas digan que Anaya es similar, viendo la paja del ojo ajeno. Y aunque todos los partidos arrastran impresentables, sí creo que hay niveles también en eso.

 

Todavía no es claro si ganará, pero nos va a heredar a buena parte de los impresentables, eso sí.

 

Macario Schettino


martes, abril 03, 2018

 

Afores y aeropuerto

"Toda la vida humana puede encontrarse en un aeropuerto". David Walliams

Cuatro afores hicieron inversiones en la llamada Fibra E para la construcción del nuevo aeropuerto de la Ciudad de México: Inbursa, Pensionissste, Profuturo y XXI-Banorte, que en conjunto compraron 13,500 millones de pesos de certificados.

 

Esta decisión ha generado una inevitable discusión política, sobre todo porque el candidato presidencial Andrés Manuel López Obrador, quien se encuentra en primer lugar en las encuestas, ha declarado que va a cancelar el proyecto. He escuchado comentarios que cuestionan al presidente Enrique Peña Nieto por haber aprobado estas inversiones mientras que otros que dicen que la cancelación del aeropuerto podría llevar a la quiebra de las afores. La verdad es que éstas y otras afirmaciones son producto de la ignorancia.

 

Ni el Presidente ni ningún funcionario del gobierno toma las decisiones de inversión de las afores, que son fondos privados con comités de inversión que toman sus propias decisiones para tratar de mejorar el rendimiento de sus fondos. No sorprende que las cuatro afores hayan decidido invertir en el aeropuerto. Los fondos de pensiones de todo el mundo buscan por naturaleza proyectos de infraestructura de largo plazo con buenas perspectivas de rentabilidad. En México no son muchos, por lo que el aeropuerto era una gran oportunidad. Las Fibras E están diseñadas para financiar proyectos de infraestructura de largo plazo y la del aeropuerto resultaba tan atractiva que la demanda superó en 14 por ciento a la oferta. Las afores compraron 40 por ciento, pero el otro 60 fue adquirido por bancos y fondos de inversión.

 

El aeropuerto debería ser, en efecto, una buena inversión. Se trata de un proyecto de infraestructura de largo plazo, seguramente rentable, financiado en buena medida por el derecho de uso del actual aeropuerto y que continuará pagando el nuevo aeropuerto cuando empiece a generar ingresos. Es una inversión que no costará a los contribuyentes, pero que dará competitividad, empleos e ingresos al país.

 

Los administradores de las afores y de otras instituciones financieras dieron por hecho, por otra parte, que México es un país en el que se respetan los contratos. Aquí han surgido dudas por la persistente amenaza de López Obrador de que cancelará el proyecto, pero el propio candidato afirmó este 1o. de abril en Ciudad Juárez que la cancelación "se llevará a cabo con estricto apego a la ley, buscando siempre el acuerdo con las empresas a las que se les han adjudicado contratos; garantizando el gobierno el pago de bonos que se han emitido y protegiendo las inversiones de las afores".

 

Muy caro resultará indemnizar a contratistas e inversionistas. Hasta este momento se han emitido bonos por 7,500 millones de dólares, unos 137 mil millones de pesos. Si se cancela, no sólo se perderá un proyecto productivo y rentable, que no le costaría al gobierno, sino que el gobierno tendrá que desembolsar una enorme cantidad de dinero para indemnizar a los inversionistas.

 

Si el gobierno indemniza a todos no habría, por supuesto, pérdidas en las afores. Las cuatro que han comprado certificados recuperarían sus 13,500 millones de pesos con intereses. Si el gobierno de López Obrador rechazara pagar las indemnizaciones, las pérdidas serían fuertes, pero no pondrían en peligro la estabilidad de las afores, cuya inversión en esta fibra es de 0.9 por ciento de sus activos.

 

No, las afores no van a quebrar. Pero eso no significa que la decisión de cancelar el aeropuerto sea sensata. Entre más se analiza, más absurda parece.

 

 

 MÁS DÁDIVAS

Siguen las promesas de dádivas. Alejandra Barrales del PRD promete que va a dar 2,500 pesos al mes a un millón de mujeres en la Ciudad de México. ¿Cuánto costará el programa y cómo se financiará? Estas preguntas no se hacen en tiempos de campaña.

 

Sergio Sarmiento

@SergioSarmiento


domingo, marzo 25, 2018

 

No hay opción de izquierda

Zedryk Raziel, Reforma

Cd. de México (25 marzo 2018).- A poco más de tres meses de los comicios más grandes de la historia democrática del país, Roger Bartra sostiene que en el escenario político no existe una propuesta electoral de izquierda.

 

El antropólogo y sociólogo de 75 años afirma que los ciudadanos sólo podrán elegir el 1 de julio entre tres variantes de la derecha. Lo que resulta alarmante para alguien como él, ex militante del Partido Comunista Mexicano (PCM) y del Partido Socialista Unificado de México (PSUM), hijo de dos exiliados de la dictadura franquista.

 

Bartra explica su pesimismo: José Antonio Meade y Ricardo Anaya -diagnostica- abanderan una derecha tecnocrática, mientras que Andrés Manuel López Obrador promueve un populismo conservador con influencias hasta religiosas. No sólo eso, precisa: "es posiblemente el líder político más a la derecha en estos momentos".

 

"Soy bastante pesimista en cuanto a que el panorama está dominado por la derecha y eso es algo que me tiene descontento", afirma.

 

"Lo que no sabemos es cuál de las tres opciones de derecha va a seguir el país, y eso, como persona de izquierda, me parece lamentable: es lamentable que no haya una opción de izquierda. No la hay. Entonces, habrá que elegir entre tres variantes de la derecha, con algunos toques de izquierda en algunas de ellas. Mi pesimismo es grande".

 

Ex director de la revista El Machete, que testimonió el declive del comunismo, Bartra advierte de la trampa que implica la merma de la izquierda en un país democrático. ¿Ejemplos?: Rusia y China, pero para qué ir tan lejos. Ésas son dictaduras.

 

"La presencia de la izquierda es tremendamente importante para fortalecer la democracia, para inyectarle energía, nuevos retos y ocasionalmente nuevas ideas, así que, el que se marchite la izquierda en nuestro país, es para alarmarse.

 

"Yo resiento mucho esta situación crítica de la izquierda y este peligro serio de extinción, de que quede ahogada por la derecha hegemónica en sus diferentes expresiones; eso sería un desenlace muy negativo para la democracia mexicana", asienta.

 

En la sala de su casa de Coyoacán, Bartra tiene frente a sí su libro más reciente, La democracia fragmentada (Debolsillo, 2018), en el que describe la ruptura al interior de la izquierda y la derecha como una tensión entre pasado y presente, entre nacionalismo revolucionario y liberalismo, entre autoritarismo y democracia, entre dogma y pensamiento.

 

Afirma que el PRI, al que define como "el gran partido de la corrupción", está atenazado entre una tendencia tecnocrática, representada por el grupo de Luis Videgaray y José Antonio Meade, y la base social que lo respalda: conservadora y tradicional, en su mayoría rural.

 

Aunque sostiene que la fuerza de esa base social es cada vez más débil, advierte que puede fungir como una corriente restauradora del viejo régimen, como ocurrió en 2012, el año en que el PRI regresó al poder.

 

"Es el peligro de la restauración. Como el priismo es una cultura profundamente enraizada en la sociedad mexicana, el retorno del PRI significó que no había muerto esa veta nacionalista revolucionaria y que había fuerzas muy grandes que trataban de restaurar el antiguo sistema, y Peña Nieto cobijó estas tendencias que fueron importantes durante este sexenio", afirma.

 

La paradoja, precisa el académico, es que, este año, ese empuje restaurador puede venir no con Meade, a quien califica como "el candidato más gelatinoso", sino con López Obrador, cuyo liberalismo es un mito.

 

"Desgraciadamente no viene del PRI, sino de Morena, el peligro de que se convierta en un 'Movimiento de Restauración Nacional'", resume.

 

"El liberalismo de López Obrador es un mito que él toma por su adoración a la figura de Juárez, pero en realidad el ideario nacionalista revolucionario en el que más se apoya es el ideario del PRI de los años sesentas y setentas, el PRI de Echeverría, López Portillo, Díaz Ordaz, López Mateos.

 

"Es una tradición política estatista, que tiene muy pocas raíces en el tradicional liberalismo mexicano; así que ese retorno al nacionalismo revolucionario, a la exaltación de esos modelos económicos completamente viejos y caducos de los años setentas, no es una posición liberal", asienta.

 

De Anaya, Bartra afirma que está en pugna con los grupos conservadores del panismo, como el calderonismo, pues el candidato ha delineado su inclinación liberal.

 

"Anaya es el típico representante de la derecha liberal, con inclinaciones tecnocráticas, que ha estado alojada tanto en el PAN como en el PRI; son sectores de derecha moderna que quieren deshacerse de las tradiciones conservadoras tradicionales, muy arraigadas dentro del PAN, y que enfatizan un pensamiento de carácter liberal, y por eso han sido muy criticadas y han generado muchas tensiones. Dentro del PAN no es fácil llamarse abiertamente liberal", indica.

Izquierda infrarrealista

 

La sociedad mexicana es contradictoria, dice Bartra. "Es como un mar con muchos oleajes". Existen en ella movimientos de derecha y de izquierda, aunque no existan los partidos que los representen.

 

"Bajo condiciones democráticas, una de las características de la ciudadanía es justamente que está dividida y que está cruzada de corrientes muy diferentes, que no forzosamente corresponden, sobre todo en las democracias poco maduras como la mexicana, con las expresiones que cristalizan en partidos políticos, porque no han tenido tiempo realmente de madurar en el interior de la ciudadanía", propone.

 

El antropólogo, que impugnó en La jaula de la melancolía (2012) que exista "lo mexicano" como una esencia nacional, ha hallado una ciudadanía conservadora y apática, tolerante de la corrupción y ajena a la idea de democracia.

 

"Hay un desprecio a la democracia, un predominio de tradiciones autoritarias profundamente enraizadas después de tantos decenios de gobiernos priistas; eso ha acabado formando una cultura política antidemocrática, que es la base del autoritarismo, del caciquismo, de la corrupción. La corrupción no solamente está arriba: está en todos los polos de la sociedad mexicana y es, por supuesto, otra expresión escandalosa de la falta de democracia", señala.

 

En el espacio social, prosigue Bartra, también habita una izquierda que denomina "infrarrealista". Y sí: piensa en Roberto Bolaño y en Mario Santiago Papasquiaro, padrinos del grupo de jóvenes poetas iconoclastas de los setentas, adversarios de Octavio Paz, tótem de la cultura oficial, a quien uno de los 'infras' de Los detectives salvajes soñó con secuestrar.

 

"Fueron muy rebeldes, muy rijosos, muy interesantes. No dieron una gran literatura tal vez, pero fueron un fenómeno crítico interesante", concede el autor, hijo de un poeta y una narradora, Agustí Bartra y Anna Murià.

 

"Yo utilizo ese término -ellos se bautizaron a sí mismos como infrarrealistas- para referirme a esa izquierda en general radical, extremista, un poco rijosa, a veces con tintes dogmáticos, ya sea de origen estalinista, marxista-leninista o maoísta, es multicolor.

 

"Es infrarrealista porque camina por debajo de la realidad, no la acaba de reconocer, quiere minarla, tal vez; es tremendamente variada: es una izquierda que va de los neozapatistas a los estudiantes de Ayotzinapa, que en algunos casos se inclinan por movimientos guerrilleros, alternativas violentas y armadas a la crisis actual; hay de todo, están presentes sectores radicalizados de la CNTE, es un mosaico impresionante y multicolor, está presente en todos los polos de la sociedad", afirma.

Tradición antipriista

Bartra expone que en la sociedad existe también una "tradición antipriista", que surgió tímidamente desde que el tricolor era un partido hegemónico y adquirió vigor gracias a las libertades de la transición democrática del siglo XXI.

 

"Existe una antigua tradición antipriista que, antes de ser llamada antipriista, era antisistémica, contra el sistema autoritario", sostiene.

 

"Hay que decir que el PRI, que parece antiguo, propiamente como partido se tuvo que forjar cuando perdió las elecciones en el año 2000, y perdió las siguientes también porque todavía no llegaba a conformarse como un partido más o menos normal y moderno; el PRI había sido tradicionalmente una especie de aparato electoral del Estado, no tenía una conformación propiamente".

 

Bartra describe que la hegemonía autoritaria del PRI no fue unívoca, sino que propició el nacimiento de una resistencia ciudadana que, en contextos electorales, como en el 2000 y en el 2006, se ha volcado hacia opciones de izquierda o de derecha.

 

"Lo que hoy llamamos priismo era ese nacionalismo revolucionario que ilustraba al gobierno autoritario, y eso generó una gran resistencia; no era, posiblemente, mayoritaria, pero esa actitud antisistema, y que después fue claramente antipriista, se desarrolló mucho a lo largo del siglo XXI, lo que llevamos de democracia.

 

"Es un factor importante que también matiza a la ciudadanía mexicana. Ese antipriismo puede a veces ser de izquierda o de derecha, pero existe, y justamente yo creo que es el que puede inclinar la balanza hacia uno u otro candidato", asienta.

 

En la elección de 2006, que marcó el desplome del tricolor al tercer lugar, el voto antipriista se inclinó, casi a partes iguales, por la izquierda y por la derecha representadas en el PRD de López Obrador y el PAN de Felipe Calderón.

 

Para el próximo 1 de julio, Bartra estima que ese voto puede golpear de nuevo al PRI que, encima de todo, postuló a un candidato sin liderazgo.

 

"Es una paradoja que la tecnocracia priista de derecha se haya inclinado por el candidato más gelatinoso que había, no tenían muchas opciones, pero no llega a ser dirigente político, fue un funcionario más o menos hábil, un tecnócrata con ciertas habilidades, y que está haciendo un pésimo papel en la política.

 

"Está expresando bien la debilidad del PRI como efecto del mal gobierno de Peña Nieto, de su corrupción. El PRI sigue siendo el gran partido de la corrupción. Eso no lo puede remediar un candidato tecnócrata de bajo perfil", espeta.

'Me han llamado traidor'

En la estrecha bodega donde guarda decenas de ejemplares nuevos de sus libros, Bartra posa para las fotos.

 

-¿Por qué cree que sus malquerientes dicen que usted es un converso? -se le pregunta.

 

Él se ríe y aclara:

 

-Se usa una palabra mucho más fuerte, que es traidor. ¿Converso a qué?

 

-A la derecha.

 

Con un ejemplar de La democracia fragmentada en la mano, replica:

 

-Este tomo prueba que eso no es cierto. Aquí hay unas críticas fuertísimas a la derecha. Y lo que estoy criticando de la izquierda es su lado reaccionario. Hay una izquierda reaccionaria.

 

Bartra argumenta su temor a los tiempos de la censura y la persecución política que vivió su generación bajo el régimen del PRI y que vivió la generación de sus padres tras la Guerra Civil española.

 

"Ustedes son jóvenes, no les ha tocado vivir eso, pero a mí sí, y créanme, esta democracia que estamos viviendo ahora es muy precaria, funciona muy mal, pero es mil veces mejor que lo que vivíamos en los años sesentas y setentas, pero mucho mejor.

 

"Vivir bajo un régimen dictatorial, autoritario, era verdaderamente insufrible, eso es difícil de valorar si no se ha vivido esa falta de libertad. Uno no podía escribir en esa época lo que uno quisiera en los diarios, era censurado todo el tiempo, había presos políticos, no había libertad ni democracia. Si no se ha vivido, es difícil de aquilatar, y, cuando se pone como modelo ese PRI preneoliberal, a mí sí me asusta", confiesa.

 

LOS CANDIDATOS, SEGÚN BARTRA

 

 

Anaya

"Es el típico representante de la derecha liberal, con inclinaciones tecnocráticas, que ha estado alojada tanto en el PAN como en el PRI; son sectores de derecha moderna que quieren deshacerse de las tradiciones conservadoras tradicionales, muy arraigadas dentro del PAN, y por eso han generado muchas tensiones".

 

López Obrador

"Su liberalismo es un mito que él toma por su adoración a la figura de Juárez, pero en realidad el ideario nacionalista revolucionario en el que más se apoya es el ideario del PRI de los años sesentas y setentas, el PRI de Echeverría, López Portillo, Díaz Ordaz, López Mateos".

 

Meade

 

"Es una paradoja que la tecnocracia priista de derecha se haya inclinado por el candidato más gelatinoso que había; no tenían muchas opciones, pero no llega a ser dirigente político, fue un funcionario más o menos hábil, un tecnócrata con ciertas habilidades que está haciendo un pésimo papel en la política".

 

Zavala

"La fracción que encabezaba Margarita y su esposo no me parece especialmente democrática, más bien representa una inclinación a posiciones priistas. Habría que agregar que ha demostrado que es corrupta, porque cerca del 15 por ciento de los apoyos que logró para registrarse como candidata independiente son fraudulentos".


 

Juárez, Madero y AMLO

Con la modestia muy aparte, esta semana Andrés Manuel López Obrador tuvo el arrojo de canonizarse a sí mismo. En la entrevista con Milenio TV se encumbró en el altar de la patria para colocarse en la compañía de los próceres que han forjado a la nación mexicana: "Quiero pasar a la historia como Juárez, como el apóstol de la democracia, Francisco I. Madero, y como el general Lázaro Cárdenas del Río. Y no es ego, es buscar ser ni siquiera hombre de Estado, quiero ser hombre de nación". AMLO tiene todo para ser un Benito Juárez o un Francisco I. Madero. Sin embargo, estos elementos en común no tienen que ver con los héroes del mausoleo, sino con las debilidades y defectos de esos personajes que vivieron y murieron en los huracanes de la Reforma y la Revolución.

 

La historia oficial pinta a los héroes nacionales como estatuas de mármol que invocan un temple infalible, ajeno a la condición humana. La verdad de las cosas se encuentra en los pies de página y los hechos disimulados, que traen las dosis de realidad sobre el carácter de los hombres eminentes que escribieron la narrativa de los siglos XIX y XX.

 

Benito Juárez libró la segunda guerra de Independencia de México, forjó las bases del Estado nacional y le puso un freno legal al poder de las corporaciones eclesiásticas. Sin embargo, en medio de su epopeya, el héroe zapoteco le agarró un gusto insaciable al poder presidencial. En los 14 años que duró su Presidencia, su misión histórica acabó confundida con sus ambiciones personales. El "dictador democrático", le llamó Enrique Krauze a los últimos años de la Presidencia de Juárez. Sus críticos contemporáneos lo llamaban "su majestad Benito I". Sólo la muerte, en 1872, le pudo poner fin a su permanencia en el poder.

 

En la misma entrevista, AMLO sostiene que hay dos tipos de democracia, la representativa en el Congreso y la participativa, que no se agota con el trabajo de los diputados y senadores. El candidato de Morena también sostiene que: "Se equivocan menos los ciudadanos que los políticos. El pueblo tiene un instinto certero, el pueblo es sabio... La democracia es el poder del pueblo... consulta ciudadana y que el pueblo diga, 'quiero esto', 'no quiero esto'. En la democracia es el pueblo el que manda, es el pueblo el que decide". ¿Qué ocurrirá si el Congreso dice una cosa y el pueblo otra? ¿Qué pesaría más, la voluntad popular de un Zócalo lleno o los límites al poder presidencial que establece la Constitución? ¿Qué sucederá si a López Obrador le ocurre como a Juárez y, en el 2024, el pueblo le pide que se quede un sexenio más?

 

El candidato de Morena también parece retomar un rasgo preocupante de la personalidad de Francisco I. Madero: el voluntarismo de la ingenuidad. El apóstol de la democracia asumió que con su llegada a Palacio Nacional se podían dar por terminados los instintos autoritarios de la época porfirista. Madero creyó que terciarse la banda presidencial en el pecho le investiría de un poder suficiente para resolver los vicios políticos y los problemas heredados del pasado inmediato. AMLO asume que su llegada a la Presidencia será un bálsamo mágico para encarar los legados de corrupción y violencia que recibiría de su predecesor. Madero ofreció indulgencias a varios emisarios del porfirismo, que después volvieron para cobrarle las facturas de un tiempo que no se había ido. AMLO dispensa amnistías para criminales y corruptos como parte de su campaña presidencial. Ambos personajes, el apóstol y el mesías, tenían toda la confianza en la "serenidad y sabiduría" del pueblo para gobernarse a sí mismo. La vena autocrática de Juárez y la candidez idealista de Madero ya encontraron una encarnación contemporánea.

 

Juan E. Pardinas

@jepardinas


 

Especulaciones electorales

Con la alianza de Morena y el Partido Encuentro Social (PES) el proceso electoral adquirió una nueva faceta. Sea por convicción o por decisión estratégica, la suma de un partido ostensiblemente de izquierda con uno claramente conservador desató una gran controversia: ¿se trata de un matrimonio de conveniencia o una asociación de dos entidades ideológicamente afines? Cualquiera que sea el caso, de lo que no hay duda es que la religión será parte de esta elección.

 

Todos los políticos procuran explotar las emociones del electorado, ya que esa es la forma en que entusiasman al votante y generan seguidores en la persona o proyecto que promueve un determinado candidato. La religión, al menos en un sentido político, no es más que otra emoción y, desde esta perspectiva, no tiene nada de extraño que se convierta en un factor novedoso en el espectro nacional.

 

Sin embargo, no es lo mismo un seguidor, por fiel que sea, que un creyente: lo primero supone una decisión consciente, lo segundo una convicción producto de una creencia. Ambos son respetables, pero entrañan consecuencias políticas muy distintas.

 

Un documental sobre César Chávez, el líder de los agricultores mexicanos en EU, me hizo reflexionar sobre el componente religioso. Chávez inició su movimiento contra la corriente no sólo porque se trataba de trabajadores extranjeros, sino porque no había un solo sindicato rural reconocido en ese país. No era algo sencillo movilizar a los trabajadores que de por sí se sentían vulnerables ante el riesgo de ser deportados y contra la oposición de los empleadores.

 

No obstante, Chávez no sólo logró el reconocimiento, sino que esto ocurrió de una manera peculiar: un Viernes Santo le ofrecieron la posibilidad de una entrevista en Washington y la confirmación del reconocimiento se dio en un Domingo De Resurrección. Para los sindicalizados, estos dos factores resultaron ser señales providenciales.

 

Chávez no era un líder religioso en sentido alguno, como tampoco lo es Andrés Manuel López Obrador. Cualquiera que sean o hayan sido las convicciones religiosas de cada uno de ellos, se trata de políticos natos que buscan un objetivo y emplean todos los medios disponibles para lograrlo.

 

Visto de esta manera, toda la concepción de Morena y la asociación con el PES responden a un intento por infundir un fervor religioso que rebase cualquier otra argumentación en la decisión sobre por quién votar. Es decir, se buscan creyentes, no ciudadanos.

 

En un sentido estrictamente pragmático, no hay nada intrínsecamente malo en el empleo de símbolos religiosos para la consecución de un objetivo político, a final de cuentas, en estas épocas, pocas facetas de la competencia política ignoran tan flagrantemente cualquier consideración ética respecto a los medios y los fines: hemos llegado al punto en que todo se vale con tal de lograr el objetivo, uno gana y todos los demás pierden.

 

Unos lo hacen con la religión, otros con dádivas, o denuncias penales, y unos más con la compra de votos.

 

Lo crucial de las elecciones -en cualquier momento y lugar- es elegir para que gobierne: no se trata de un concurso de belleza sino de una decisión política que entraña consecuencias para los propios votantes.

 

Cuando la mecánica electoral se aboca a remover las capacidades ciudadanas en aras de generar creyentes -y, por lo tanto, personas que se movilizan por factores distintos a los de una decisión racional- el Gobierno resultante acaba teniendo atribuciones que son contrarias a la esencia de la democracia porque carece de pesos y contrapesos, convirtiéndose en una potencial fuente de impunidad y, por lo tanto, de un Gobierno autoritario con capacidad de imponer sus proyectos sin que medien contrapesos. O sea, como en el pasado, pero más extremo.

 

Cada candidato emplea los símbolos -religiosos o ideológicos (como el nacionalismo)- como estrategia para avanzar su causa. El viejo sistema político logró una hegemonía ideológica por décadas. Lo novedoso, y preocupante, de Andrés Manuel López Obrador es la búsqueda de creyentes que lo sigan al cadalso si eso es lo que el líder demanda. Esto es lo que explica su renuencia a explicar su proyecto o a responder a interrogantes absolutamente legítimas y lógicas.

 

La pregunta clave acaba siendo si la ciudadanía tiene la capacidad y disposición para defender sus derechos y logros con el candidato de su preferencia sin abrirle la puerta a una plena impunidad, implícita y connatural al ser creyente que acepta sin más.

 

Luis Rubio

www.cidac.org


 

Pollice verso

López Obrador tiene la habilidad de colocar los temas en la agenda. Es entendible, la disonancia que generan algunas de sus posturas, resaltan en el panorama político nacional por sus potenciales implicaciones, materia de comentarios de sobremesa y debates más profundos en foros de especialistas.

 

Por lo pronto, a días de que empiecen oficialmente las campañas electorales, el papel de AMLO y la corriente política que encabeza -si es que podemos describirla- semejan aquellos escenarios en un coliseo romano donde la multitud, ávida de espectáculo, justicia y sangre, esperaba el gesto definitorio del emperador, cuyo pulgar, en el momento decisivo para dos gladiadores, uno victorioso, otro con la punta de la espada en el cuello, indicaría el indulto o la muerte.

 

Las posturas extremas en el conjunto de ideas que es Morena aumentan la tensión narrativa. Ante temas como la reforma energética, la tribuna del coliseo comandada por Alfonso Romo tiene el pulgar en sentido contrario a aquella donde se ubica Paco Ignacio Taibo II.

 

Aunque ciertamente el antagonismo al interior de casa valida su diversidad, la ambivalencia no abona a la certidumbre que requieren la economía nacional e internacional. Para agravar el panorama, el César, en franca actitud complaciente con la multitud, dice "el pueblo es sabio, que el pueblo decida".

 

Al más puro estilo de Poncio Pilatos, López Obrador se lava las manos cuando, ante temas importantes, establece que habrá consultas populares. Preocupa la posibilidad de tener un Presidente que considera que "el pueblo no se equivoca". Asumir tal capacidad en el pueblo (lat. populus) es ser populista.

 

Preocupa que un potencial Mandatario crea que millones de personas sin conocimiento técnico adecuado podrían decir mejor que un grupo de especialistas si debe o no debe haber un nuevo aeropuerto en la Ciudad de México o la política petrolera del País. Preocupa que AMLO no se dé cuenta de su demagogia.

 

El mismo referéndum al que piensa someterse cada dos años es una medida populista. Sería injusto que quienes se sienten desplazados por una buena gestión de Gobierno (asumiendo que resulte buen Mandatario) pudieran acabar con un líder si es que los partidarios de éste no salen a votar en igual cantidad que los antagónicos.

 

Preguntarle todo y por todo al pueblo es ser populista. Quienes se dedican a la investigación de mercados saben que en la forma de hacer las preguntas pueden influirse las respuestas. Las grandes innovaciones de la ciencia y la tecnología no surgieron de preguntarle a la gente qué quería. Bajo la forma de ejercer el poder de AMLO nunca se hubiera inventado el automóvil, el pueblo hubiese respondido: "¡Queremos caballos más rápidos! ¡Oh, AMLO!".

 

El enojo, el agravio y la sed de cambio que tiene la mayoría del País (y que dan pie a muchas de las posturas de los partidos antagónicos al actual régimen) son sentimientos y demandas justificados, pero de ello a forjar un escenario nacional donde el César, al más puro estilo "pollice verso", con el pulgar echa para atrás todo lo que se ha hecho, hay una gran diferencia. Sí a las auditorías de todo lo relacionado con el NAICM, Odebrecht y gestiones de Gobernadores.

 

No a dar amnistía anticipada a criminales y corruptos y echar para atrás obras cuya viabilidad no ha sido desmentida. Ideológicamente somos propensos a los caudillos mesiánicos y al populismo, nos gusta escuchar que el gobierno es malo y el pueblo bueno, que nos van a dar y repartir, ahí se autoalimenta el momentum de AMLO.

 

Baldur von Schirach, dirigente nazi, acusado y convicto por crímenes de guerra, escribió en "Yo Creí en Hitler": "La catástrofe alemana no proviene solamente de aquello que Hitler ha hecho de nosotros, sino de aquello que nosotros hemos hecho de él. Hitler no ha venido del exterior, no era, como muchos imaginan hoy, una bestia demoniaca que ha tomado el poder a solas. Era el hombre que el pueblo alemán demandaba y el hombre que hemos hecho dueño de nuestro destino glorificándolo sin límites. Porque un Hitler no aparece sino en un pueblo que le desea y tiene la voluntad de tener un Hitler".

 

¿Es posible aprender de la historia? Tanto el imperio romano como el Tercer Reich cayeron, pero los mexicanos tenemos muy mala memoria.

 

Eduardo Caccia


 

El pueblo soy yo

Circulará en próximos días mi libro "El Pueblo Soy Yo". Su portada es una variación del famoso "Leviatán" de Hobbes. Su tema central es una anatomía del poder en América Latina.

 

Echando mano de la historia, la filosofía y la literatura, intento responder a estas preguntas: ¿Por qué nuestra América ha sido tierra de caudillos y líderes carismáticos? ¿Cuál es nuestro concepto de Estado y por qué, en muchos casos, es tan preponderante sobre los individuos? ¿Cuál es la genética de nuestras revoluciones? ¿Por qué pende siempre sobre nosotros la sombra del poder absoluto concentrado en una persona? ¿Por qué -a diferencia de Estados Unidos- ha sido tan difícil arraigar las instituciones, leyes, valores y costumbres de la democracia liberal?

 

Hay muchas respuestas a estas preguntas. Inspirado en la obra de Richard M. Morse, debatiendo con ella, enfoco la cuestión a través de la cultura política: la doble herencia autoritaria de la monarquía absoluta de los siglos 16 al 18 y del caudillismo de los siglos 19 y 20. La primera tuvo como sustento una poderosa filosofía política, el neotomismo español. La segunda está reflejada en toda nuestra literatura. Entre esas dos vertientes, la democracia liberal tuvo poco espacio para desarrollarse. Y sin embargo, desde el siglo 19, se ha abierto camino.

 

La segunda parte, "Populismo y Dictadura", incluye el ensayo "La Profecía y la Realidad". Se trata de un balance histórico de la Revolución cubana a partir de dos autores estadounidenses: el gran latinoamericanista Waldo Frank -que escribió la elegía de ese movimiento- y su nieto Marc Frank, periodista avecindado en la isla, que atestigua con dolor y reticencia el fracaso de aquella promesa.

 

En el 2009 publiqué "El Poder y el Delirio", mi historia del chavismo. En mis viajes e investigaciones reconocí la vocación social de Chávez, pero ante los chavistas sostuve que, para ponerla en práctica, no se requería instaurar una dictadura.

 

El daño más serio que Chávez infligía a Venezuela era la confiscación de la palabra pública, la distorsión de la verdad histórica, y sobre todo el discurso de odio que practicaban él mismo y sus voceros. Siempre creí que Chávez llevaría a su país al abismo económico, social, político y humanitario en que ahora, por desgracia, se encuentra. "El Pueblo Soy Yo" incluye un nuevo ensayo sobre el tema. Es un epitafio. Lo he titulado, sin la menor hipérbole, "La Destrucción de Venezuela".

 

Los ensayos siguientes son una advertencia. La menor es para España, pues al parecer no prendió el injerto del populismo cuyos rasgos señalé en "El Narcisismo de Podemos". Con todos sus defectos, vicios y limitaciones, el pacto fundacional de la democracia española se sostiene.

 

Pero para México, donde se perfila el triunfo de Andrés Manuel López Obrador en las próximas elecciones, la inclusión del ensayo "El Mesías Tropical" es un llamado contra el poder absoluto concentrado en una persona. Lo publiqué en el 2006 y lo incluyo ahora porque él mismo se ha definido como el "salvador" de México.

 

Siempre he reconocido su vocación social pero creo que, de triunfar, usará su carisma para intentar la vuelta de un orden arcádico (o el advenimiento de un orden utópico) y, con ese poder acumulado, habiendo llegado gracias a la democracia, buscará minar las libertades. Deseo fervientemente equivocarme.

 

La tercera sección se titula "Fascista Americano". Nunca tuve duda de llamar así a Donald Trump, no como un insulto sino como una descripción. Su profeta fue Samuel Huntington. En el 2004 publiqué en Estados Unidos una refutación de sus teorías racistas y nativistas (orientadas directamente contra los inmigrantes mexicanos) que recojo ahora como preámbulo a una cadena de textos -una bitácora, de hecho- que dediqué a advertir, analizar, lamentar y repudiar el arribo de Trump a la Presidencia de Estados Unidos. No extraigo ninguna satisfacción en haber acertado.

 

El último apartado aborda el efecto de la demagogia sobre la república y la democracia en el mundo clásico. Una lectura del "Coriolano" de Shakespeare como un antipopulista trágico y un recorrido de la figura del demagogo en la literatura, la historia, la tragedia y la comedia griegas.

 

"Este libro -escribí en el prólogo- es un pequeño viaje histórico, un testimonio personal, una acumulación de lo visto, oído, leído, conversado y aprendido sobre el poder personal absoluto. Y es también una argumentación crítica contra quienes, en nuestro tiempo, sienten encarnar cuatro palabras que, juntas, deberían ser impronunciables: 'El pueblo soy yo'".

 

Enrique Krauze


 

Chapulinato

Juan Sánchez Azcona usó la palabra "porfiriato" para referirse al régimen de Porfirio Díaz en su periódico México Nuevo (1909-1910), que acabó clausurado. Secundó el movimiento de Francisco I. Madero, del que después fue secretario particular. Pero Madero no usa porfiriato en su libro de 1908 "La Sucesión Presidencial en 1910". Sánchez Azcona (o quien haya sido el inventor) pudo haberse inspirado en la palabra "virreinato".

 

Alfonso Reyes (XXII, 437-439) dice que porfiriato era un neologismo de uso ocasional hasta que Daniel Cosío Villegas lo popularizó. Sugiere otro modelo: "triunvirato". Tanto triunvirato como virreinato y porfiriato se usan como nombre del periodo histórico correspondiente a un régimen político.

 

En 1911, el porfiriato terminó con la renuncia del Presidente Díaz ante la revolución. En 1928, cuando Plutarco Elías Calles terminó su Presidencia, y el sucesor electo (Álvaro Obregón) fue asesinado, decidió retirarse a una posición por encima de los Presidentes, y se llamó a sí mismo Jefe Máximo de la Revolución.

 

Se habló entonces de un "maximato", que duró hasta 1936, cuando el Presidente Cárdenas lo expulsó del País. Muchos años después, hubo un presunto "salinato" de Carlos Salinas de Gortari, pero terminó antes de empezar, porque su candidato a sucederlo (Luis Donaldo Colosio) fue asesinado en 1994.

 

Los Gabinetes presidenciales en México siempre han sido inestables, pero en el siglo 20 los cambios se hacían desde arriba. El presidencialismo no toleraba que los aspirantes se movieran por su cuenta.

 

Había reglas no escritas, pero imperiosas: "Nadie le dice No al Señor Presidente". "Nadie le renuncia al Señor Presidente". "Todo se perdona, menos la traición". En particular, para los aspirantes a subir: "El que se mueve, no sale". La autopromoción era discretísima y peligrosa. Se consideraba insubordinación.

 

Hace unos años, cuando empezó la autopromoción descarada y el salto de unos puestos a otros por iniciativa propia, la nueva realidad no tenía nombre. Para señalarla, se habló de "chapulines", quizá porque el chapulín de milpa (Sphenarium purpurascens) da saltos descomunales para su pequeñez.

 

La metáfora contrasta con la tradición sumisa del presidencialismo, en el que los ascensos se esperaban mansamente de un sexenio a otro; aunque también se daban en el mismo sexenio, por necesidades del Señor Presidente, que movía sus piezas.

 

En el "chapulinato" hay seis elementos. La indisciplina: Los cambios no sumisos, sino buscados por iniciativa propia. La impaciencia: No esperar al término del periodo correspondiente al puesto que se ocupa. La deslealtad: Pasar de una lealtad a otra, igualmente relativa, transitoria o nula. El oportunismo: No tener inconveniente en cambiar de ramo, especialidad, facción o partido. El éxito: El ascenso como botín logrado, no como premio recibido. La impunidad: ¿Qué se le puede exigir al que estuvo de paso?

 

La acelerada rotación de funcionarios (desde arriba o por iniciativa propia) hace inestable la administración. En el sexenio de Enrique Peña Nieto, de los 29 puestos del Gabinete ampliado, únicamente seis han tenido un solo titular. Los otros 23 han tenido dos, tres y hasta cuatro.

 

Con Procuradores que duran año y medio, ¿cómo puede haber procuración de justicia? Las fuerzas armadas (ésas sí con un solo titular) no pueden volver a sus cuarteles, a pesar de las críticas peñistas a la "guerra de Calderón" y la promesa de un cambio de enfoque, que nunca se vio. Con Secretarios de Hacienda que duran dos años, ¿cómo puede haber impulso al crecimiento?

 

Cabe decir algo semejante de las Secretarías de Relaciones Exteriores, Educación Pública, Función Pública y Sedatu; de Pemex, la CFE, el IMSS, el ISSSTE o la Comisión Nacional de Seguridad. Han tenido tres titulares, con una duración promedio inferior a dos años. Ya no se diga Sedesol, que ha tenido cuatro.

 

La inestabilidad puede observarse en José Antonio Meade, que ha sido titular de tres Secretarías sucesivas en menos de cinco años y ahora tiene una cuarta posición: candidato a la Presidencia.

 

En el virreinato había un rey al que se le rendían cuentas. En el porfiriato y el maximato, un General. En el chapulinato hay un vacío de autoridad. En torno al vacío, zumban y giran los enjambres de chapulines aspirantes a más. Para los chapulines, no se trata de gobernar y hacerlo bien, atendiendo las oportunidades y problemas del País. Se trata de saltar a otra posición con más poder y presupuesto.

 

Gabriel Zaid


sábado, marzo 24, 2018

 

Democracia fallida

Treinta años de vacío en la cultura democrática. Ciudadanos divorciados de las elecciones por un legislador autoritario, cerrado al cambio. Mexicano: calladito te ves más bonito. Puedes votar, pero no opinar. Toda una generación de mexicanos embrutecidos por una partidocracia cara, corrupta, excluyente, aberrante.

 

Nuestra herejía democrática amenaza con cobrar carísima venganza. Los que nunca participaron, los marginados, los resentidos, más los cientos de miles de contritos, son atraídos fatalmente hacia quien se cree el nuevo Juárez, un General Cárdenas mejorado, el prócer Panchito Madero aguzadillo desde chiquillo.

 

Caminamos derechito al pozo donde nos harán barbacoa. Pagaremos caro nuestras omisiones pasadas, nuestra apatía por la política, por habernos resignado a los dictados de la partidocracia.

 

Hoy, el partido estandarte de la cultura parasitaria forra de legitimidad a un político mañoso, ignorante, pero eso sí, terco y mesiánico.

 

La ineptitud democrática dificulta la defensa. La víctimas propiciatorias prefieren doblegarse ante el dictador en potencia.

 

¿La terquedad? Es determinación. ¿La ignorancia manifiesta? Colmillo político. ¿Las contradicciones? Una nueva lógica. ¿Las complicidades? Personalidad arrolladora.

 

¿Recuerdan algo de los juegos finitos e infinitos? Una elección es un ejemplo de un juego finito. Tiene un principio, un final y un ganador.

 

Desgraciadamente, este juego finito lo puede ganar alguien con tan sólo el 33 por ciento de los votos. Su premio, un país indefenso. Pero se las pongo peor.

 

Por el perfil psicopático y sociopático del candidato eternizado -ya saben quién- corremos el riesgo de perder también el juego infinito de la democracia. Ése se pierde cuando el país mismo es impedido de perseguir el ideal democrático.

 

Si pierde tu candidato pierdes un juego finito. En cambio, pierdes el juego infinito cuando surge un dictador. En Venezuela así pasó. Adiós juego infinito. Se reelige Maduro "porque el pueblo lo exige".

 

Cuidado: no es lo mismo perder la Presidencia seis años que perder la democracia para el resto de nuestras vidas.

 

Presiento que nuestros pecados de omisión durante 40 años nos encaminan hacia un pozo con brasas ardientes. Las víctimas marchan creyendo ser el público, y hasta aplauden al verdugo.

 

No leas esto como entretenimiento. Haz algo para dejar de marchar hacia tu propio sacrificio.

 

Javier Livas

javierlivas@prodigy.net.mx


sábado, marzo 17, 2018

 

El dilema de MORENA

¿Es la Asamblea y los acuerdos del Consejo Nacional?

O, por el contrario, ¿es el plan y las palabras del "Jefe de Gabinete"?

 

Si el futuro "Chief of Staff" de un AMLO Presidente sería Alfonso Romo, autor del hasta hoy único y muy sensato Plan de Gobierno presentado, y la Coordinadora General de Campaña de Morena es Tatiana Clouthier, hija del famoso "Maquío", mártir de la democracia mexicana, ¿cómo es entonces que hay dos visiones tan diametralmente opuestas de qué es Morena entre lo que Romo y Clouthier promueven y lo expuesto por el miembro fundador y consejero del Movimiento, Paco Ignacio Taibo II?

 

El escritor y recalcitrante lopez-obradorista protesta furioso por el discurso de Romo de que AMLO no afectará las reformas, reclamando que lo que el Movimiento ha ratificado en sus últimos tres Consejos Nacionales y su Congreso es todo lo contrario: echar abajo todas las reformas.

 

¿Quién representa la visión real de AMLO/Morena? ¿Estaremos acaso ante una ruptura de la aparente unidad que hasta ahora ha mostrado López Obrador? ¿Cuál de las dos corrientes predominará de llegar el morenista a la Presidencia?

 

Es decir, ¿quién es MORENA? ¿Morena es la del escritor e historiador español (nacido en Gijón España, en enero de 1949) que dice que si AMLO gana hay que apoyar el modelo socialmente transformador de Venezuela?

 

¿O es la de personas con visiones más modernas y moderadas de apertura e inclusión, como las de Romo y Clouthier (o, para ese caso también, Germán Martínez)?

 

La pregunta dista mucho de ser académica; para los votantes es CRUCIAL.

 

De la respuesta a esta interrogante depende en gran parte si los ciudadanos pueden abrigar la certeza de que con López Obrador en la Presidencia podemos aspirar a un mejor País: al México próspero y justo que todos anhelamos.

 

Yo no sé ustedes, amigos lectores, pero nuestro modelo de País a emular NO ES VENEZUELA.

 

Entendemos y respetamos que el Sr. Taibo II sea socialista, admirador acérrimo del "Che" Guevara (le ha dedicado un libro y un documental que el año pasado estaba en Netflix), no tenemos ningún problema con que apoye el separatismo vasco o que le guste salpicar sus planteamientos políticos con maldiciones que a alguien con su cultura y estatura literaria no le hacen ningún favor. Muy su derecho.

 

Pero la postura extrema que el Sr. Taibo II plantea como "el mensaje que lanzamos dentro y fuera de Morena" causa TEMOR y confusión.

 

Si acaso AMLO puntea hoy las encuestas es porque en esta nueva versión de candidato que Romo y otros han vendido a los diferentes sectores sociales, en la que López Obrador se ha transformado, se ha presentado como una opción razonable e incluyente, no como un extremista.

 

A la gente, a los votantes, no les gusta el extremismo. No se sienten Chés Guevara, fusil en mano, encabezando una revolución.

 

Los mexicanos sabemos que sólo en la paz y la armonía se pueden dar las transformaciones: jamás dentro de trifulcas, levantamientos, polarizaciones o enconos y resentimientos llevados al terreno de las políticas públicas.

 

Y no es Taibo II el único miembro de Morena que plantea posturas extremas, por no decir radicales. Dolores Padierna (¿se acuerdan, de ella, la esposa de René Bejarano, el del veliz de billetes?) y otros han externado posiciones igual de extremistas.

 

Ni en la Derecha ni en la Izquierda son buenos los extremismos. Los extremismos no ganan elecciones, sino, al contrario, las pierden.

 

Obviamente que el candidato puntero, Andrés Manuel López Obrador, tiene el derecho de escoger a la gente que él quiera para su partido.

 

Y también lo tiene de darles posiciones (de hecho, el Sr. Taibo II preside la Comisión de Cultura de Morena). Eso no se discute.

 

De lo que hoy hablamos es de algo mucho más fundamental: ¿qué representa verdaderamente Morena?

 

¿Será acaso la postura moderada del AMLO 2.0 el fiel ejemplo de su verdadero pensar? ¿Es éste en el que podemos confiar?

 

¿O bien será acaso la Morena de ideas como las expresadas por el Sr. Taibo II las que mejor representan el verdadero sentir del Movimiento de Regeneración Nacional?

 

La respuesta a esta simple pregunta es la que todos queremos saber, pero ya, y no después de la elección.

 

Esperamos y escuchamos atentos la posición de don Andrés Manuel en torno a esta interrogante que ha surgido.

 

fricase@elnorte.com


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