domingo, septiembre 17, 2017

 

Los retos de la sociedad civil

Hoy 17 de septiembre se cumplen 44 años del deceso de don Eugenio Garza Sada, cuyas ideas y acciones dejaron un legado en el pensamiento, la cultura y el comportamiento de los mexicanos.

 

Amante de la libertad, creía en la responsabilidad ciudadana para generar valor en la comunidad, y nunca esperó que el Gobierno le brindara apoyos para sus proyectos.

 

Por eso, el fundador del Tecnológico de Monterrey es uno de los precursores en México de lo que hoy conocemos como sociedad civil.

 

Pensadores como Jürgen Habermas señalan que esa sociedad civil debe garantizar la libertad del ser humano y los derechos individuales, e impulsar iniciativas personales y colectivas que contribuyan al bienestar general.

 

Los ciudadanos necesitamos involucrarnos en lo público, incidir en las normas que rigen la vida colectiva y exigir al Estado que cumpla con sus obligaciones fundamentales.

 

Éstas son tareas clave en la actualidad, en la que el regreso del nacionalismo a ultranza en varios países, y el resurgimiento de conflictos geopolíticos y religiosos que parecían olvidados, producen una gran incertidumbre global.

 

Además, las elecciones presidenciales del 2018 y la renegociación del TLC pueden replantear el rumbo político y económico de México y su presencia en el mundo.

 

En esta coyuntura, recordemos que la sociedad mexicana ha impulsado cambios extraordinarios en los últimos 25 años.

 

La economía se triplicó: el PIB pasó de 363 mil millones de dólares en 1992, a poco más de un billón actualmente. Entonces, diferentes movimientos sociales impulsaban la transición a la democracia y la alternancia en el Gobierno federal, que finalmente ocurrió en el 2000, con elecciones organizadas por una autoridad ciudadana.

 

La sociedad ha promovido cambios notables en el federalismo y reformas relevantes como las de telecomunicaciones, la educativa, la energética y la de competencia.

 

Sin embargo, nosotros como sociedad debemos reconocer que los avances son todavía insuficientes.

 

Nos urge construir un verdadero Estado de derecho. Se han agravado la descomposición social, la desigualdad, la inseguridad, la corrupción y la impunidad.

 

Hay pesimistas que se preguntan si el País tiene solución. Nosotros decimos categóricamente que sí la tiene. Que, partiendo de lo avanzado, todos debemos hacer un gran esfuerzo para afrontar nuestros problemas y actuar con absoluta responsabilidad.

 

Como ciudadanos, y frente a lo que ocurre en otras naciones, reivindiquemos los principios democráticos de representación popular, auténtica separación de poderes y eficaz rendición de cuentas. Valoremos nuestras libertades fundamentales, particularmente la individual, y el sistema de mercado. Fortalezcamos nuestras instituciones y no nos dejemos seducir por viejas fórmulas del autoritarismo.

 

Como sociedad tomemos conciencia que a cada derecho corresponde una responsabilidad. Como "respuesta" a los graves retos sociales, el populismo apoya la creación de derechos irrealizables y deseos utópicos que son realmente mecanismos utilizados por Gobiernos para compensar su falta de rigor en el actuar y su déficit de legitimidad.

 

Con ellos se producen dos problemas: se requieren más recursos fiscales y generan un efecto perverso al desanimar la participación ciudadana.

 

Frente a ello, impulsemos una nueva cultura de liderazgo basada en la meritocracia: recompensemos el esfuerzo, la disciplina, el conocimiento y la experiencia, el crecimiento profesional con base en logros tangibles.

 

Sigamos los pasos de aquel joven que, habiendo estudiado en una de las mejores instituciones del mundo, el MIT, regresó a servir a su País.

 

Un joven que, justamente hace 100 años, en septiembre de 1917, comenzó a trabajar en la Cervecería Cuauhtémoc como auxiliar en el departamento de estadística. Un joven que, a partir de entonces, construyó empresas e instituciones en beneficio de México. Honremos con hechos el legado de don Eugenio Garza Sada.

 

El autor es presidente del Consejo del Tecnológico de Monterrey y presidente del Consejo de Administración de Femsa.

 

José Antonio Fernández Carbajal

joseantonio.fernandez@itesm.mx


martes, agosto 29, 2017

 

Por qué mi voto es contra López Obrador

Andrés Manuel López Obrador puede ser Presidente de México en 15 meses. Tiene los suficientes partidarios para que, en una elección dividida entre tres o cuatro candidatos fuertes, gane por un margen estrecho con un tercio de los votos (o incluso menos). Hoy su situación es similar a 2006: el puntero que sólo debe mantener el ritmo para llegar primero a la meta. Nacido en 1953, el año que entra alcanzaría la edad de retiro. Sabe que es la última oportunidad, y evidentemente hará lo imposible para que la tercera sea la vencida.

 

Ante la corrupción del gobierno peñista, la peor desde el triste sexenio de José López Portillo, López Obrador brilla por su llamada austeridad republicana y sus constantes llamados contra el hacer riqueza privada con el dinero público. Ante la matazón que de nuevo repunta y mafias criminales que parecen imparables, sus ofertas de tranquilidad implican para algunos (rememorando una de sus frases) un rayo de esperanza.

 

¿Por qué no? Para los decepcionados del PRI y PAN, surge la opción de Morena. Miguel Ángel Mancera se encargó, con una administración (es un decir) decepcionante lograr lo que parecía imposible: reducir el brillo del partido del sol azteca en la capital. Morena hoy eclipsa el PRD, y todo indica que en 2018 el fenómeno será total. Pareciera que 2018-2024 será el sexenio de AMLO.

 

Si bien el “López Obrador no puede ser peor” que muchos esgrimen como argumento para apoyarlo no implica precisamente entusiasmo, hay muchas razones para temer (no tener) un gobierno encabezado por el tabasqueño.

 

Firmemente anclado en el pasado

Más que Enrique Peña Nieto (quien ha resucitado el dedazo), el tabasqueño es producto del priato omnipotente. López Obrador casi llegaba al medio siglo de edad cuando Vicente Fox venció al tricolor. No por nada se afilió al PRI en su juventud, como tantos otros: era el único camino seguro al poder. Llegó a la edad adulta con Luis Echeverría en su apogeo, esos tiempos en que México giraba en torno a El-Señor-Presidente-de-la-República.

 

López Obrador no ha evolucionado, sino que aspira regresar al Parque Jurásico priista, con su persona en el centro. Su visión voluntarista del poder es echeverrista o lopezportillista. Es cuestión de querer, que El Señor Presidente tenga un fino oído para los reclamos del pueblo, y actué en consecuencia. No es un Ejecutivo con poder delegado, sino un Padre que cuida a sus hijos o feligresía (las dos acepciones de la palabra son válidas en este caso, puesto que sus seguidores muchas veces recuerdan más a una secta que a un partido político).

 

Demoledor de instituciones

Ese visión personalista y centralista del poder explica la alergia de López Obrador a las instituciones y los contrapesos que éstas ofrecen. Una frase de AMLO es frecuentemente citada: “al diablo las instituciones”. El eterno candidato se defiende argumentando que dijo “al diablo con sus instituciones”. Lo cierto es que desprecia las instituciones que enfrenta actualmente, y el problema es que no ofrece nada que las sustituya. O, más bien, ofrece a su persona.

 

Porque AMLO no requiere de los frenos o contrapesos clásicos en todo sistema democrático, sino del poder. Quizá el mejor ejemplo de ello es su promesa que la corrupción desaparecerá de México apenas se calce la banda presidencial. Nadie robará, así de sencillo, porque su persona garantiza la honradez colectiva. El Señor Presidente no meterá las manos en la caja, y ese ejemplo irradiará hasta el más humilde funcionario municipal o burócrata tras una ventanilla. ¿Qué necesidad de hablar, por ejemplo, de un Sistema Nacional Anticorrupción, de incómodas declaraciones 3de3, cuando se tiene el ejemplo del Ejecutivo de la nación? De la misma manera, gracias a su trascedente ejemplo y políticas, la delincuencia ya no tendrá razón de ser. Un gobierno honesto y una sociedad sin crimen, todo gracias a su persona y acciones. No hace falta más, y de hecho no ofrece más.

 

Ese personalismo, esa alergia a los controles (y a la crítica, como lo muestran sus numerosos ataques a los medios de comunicación cuando lo cuestionan), la ambición por el poder unipersonal, es uno de los muchos elementos que desatan los paralelismos que se hacen entre el de Macuspana y Hugo Chávez o Donald Trump. Marcar la boleta electoral en favor de López Obrador es votar por un demoledor de instituciones que considera está librando su camino de incómodos obstáculos.

 

El cinismo y la hipocresía

Tan preocupante como su personalismo, o más, es el cinismo de López Obrador con respecto a la corrupción. Porque se requiere de un elevado nivel de desfachatez para presumir que su ejemplo la borrará cuando en su entorno inmediato la podredumbre no es extraña. Los defensores del tabasqueño argumentan, una y otra vez, que no se le puede atribuir directamente un acto que haya llevado a un enriquecimiento personal. Ello es cierto, por más que haber soportado un tren de campaña (y de gastos personales y familiares) por más de una década implique un enorme signo de interrogación.

 

Más relevante todavía es la larga fila de personajes que, ellos sí, han sido evidenciados como presuntos recolectores de dinero en nombre de López Obrador. La lista es larga, tanto en número como en cronología, desde René Bejarano con sus famosas ligas hasta Eva Cadena (literalmente un eslabón más en una cadena de presuntos y fieles recaudadores). A ello deben agregarse todos los personajes que López Obrador ha apoyado o tiene a su alrededor, y que han destacado por su corrupción. Igualmente, la cadena es larga en tiempo e integrantes, desde Gustavo Ponce (el tesorero de López Obrador como gobernante capitalino) hasta todos los que rodeaban a su candidata a gobernar el Estado de México.

 

Lo que lleva a la pregunta si AMLO es tonto, y se cree rodeado de gente honrada, o es un cínico. Es muy difícil concebir lo primero.

 

El candidato de 2006 dista mucho del actual en un aspecto: López Obrador acepta a bordo a cuanto personaje se le atraviesa. Ahí refuerza la impresión tanto de cinismo descarado como desprecio por las instituciones. Con total desparpajo recibe y presume el apoyo de personajes con pasados oscuros o poco recomendables. No importa, porque el dedo de AMLO purifica: el corrupto lo fue, pero ya no lo será, porque se ha cobijado bajo el halo del tabasqueño. López Obrador parece convencido que necesita sumar a su candidatura para asegurar esa victoria que le ha sido escurridiza, y considera el cascajo como un cimiento, no como un lastre.

 

No sólo suma, sino que ofrece impunidad a los que pueden obstaculizarlo. Una vez más, las instituciones quedan suplantadas por la voluntad. Más cuestionable que acumular cascajo es ofrecer, descaradamente, que no habrá persecución o represalias contra aquellos que se han beneficiado del poder.

 

No se trata sólo del cinismo, sino de la hipocresía. Porque transfirió sus propiedades a familiares antes de elaborar su declaración 3de3. Porque quien vive de forma claramente holgada y con ingresos poco transparentes, aparte dándose ciertos gustos muy alejados de ese pueblo al que quiere representar, no empata con el que presume de ser austero. La “austeridad republicana”, otro elemento que AMLO presenta como un pilar de su futuro gobierno, no resiste el menor análisis.

 

El analfabetismo económico

Un Presidente puede ser un ignorante en economía. Esto se compensa simplemente con el impresionante conjunto de funcionarios disponibles en muchas dependencias, destacadamente la Secretaría de Hacienda y el Banco de México. Pero López Obrador no ofrece suplir esa carencia, sino que presenta ideas concretas que muestran que, aparte del mesianismo político, lo es también económico.

 

Igualmente anclado en el pasado, el líder de Morena no entiende que la llave para alcanzar mayor bienestar material en una sociedad pasa por el aumento de la productividad. Una vez más, Luis Echeverría destaca como un elemento de referencia. Sigue considerando los recursos naturales como la clave para la prosperidad, no su transformación. La propuesta de pavimentar carreteras a mano para crear miles de empleos ya fue aplicada (desastrosamente) en el echeverrismo. Parece imposibilitado de entender que los recursos son, por definición, escasos, y que además el gobierno debe tomarlos antes de aquellos que sí producen.

 

Con esa visión económica puesta en 1975, no en 2025, López Obrador ofrece programas clientelares y asistencialistas que serían pozos sin fondo. Destacadamente, para esos millones que votarán por primera vez el año entrante, universidades para todo joven que quiera un lugar, o bien un empleo generosamente subsidiado. Como López Portillo, considera que corresponde al gobierno ser la punta de lanza a la que seguirán los capitales privados. Destacadamente, promete un par de refinerías nuevas que costarían alrededor de 20 mil millones de dólares, esto en un mundo en que Elon Musk está transformando la industria automotriz y en que sobra capacidad de refinación. Todo esto, sin que la contradicción al parecer lo moleste, bajando impuestos y con cero endeudamiento del sector público.

 

Un voto al abismo

Hay un elemento meritorio en las acciones y agenda de AMLO: están a la vista de todos. Sus propuestas son públicas, como son las corruptelas que lo han rodeado en el pasado y están a la vista en el presente. Sus ataques a la prensa son abiertos, lo mismo que sus ofrecimientos de impunidad. Su personalismo es igualmente transparente, sin siquiera hablar de la necesidad de instituciones. Esas fantasías que presenta como promesas (“cero corrupción”) no pueden ser tomadas en serio. Nadie que marque la boleta presidencial de 2018 en la casilla de Morena podrá luego decirse sorprendido por lo que ocurrirá con México si López Obrador llega a Palacio Nacional.

 

Sergio Negrete Cárdenas

 

El autor es doctor en Economía (Essex), economista (ITAM) y comunicólogo (UNAM). Profesor, Escuela de Negocios del ITESO, Investigador Asociado CEEY. Trabajó en el FMI.

 

 


lunes, agosto 28, 2017

 

Farsa, simulación y trampa

El caudillismo se consagra cuando se vuelve incuestionable.

 

Nadie le ha preguntado al dirigente nacional de Morena cómo se elegirá al candidato presidencial de ese partido. A nadie se la ha ocurrido.

 

No hay encuentro con el presidente del PRI, del PAN, del PRD que no lleve a la pregunta de la candidatura presidencial. Hasta a los dirigentes del Partido Verde los cuestionan sobre su proceso de designación. Al dirigente de Morena nadie le pregunta sobre ese asunto.

 

¿Qué método seguirá Morena para designar a su candidato? ¿Quiénes aspiran a la candidatura presidencial de Morena? ¿Habrá debates internos? Obviamente no hace falta hacer las preguntas. El partido tiene dueño y sirve a una ambición.

 

Sabemos que al propietario no le agradan las entrevistas, a menos de que sean, en realidad, halagos. Si alguien le pregunta cómo enfrentará a la mafia del poder, pronunciará con convicción una de las cinco frases que repite constantemente.

 

Tal vez se le ocurra decir que hay aves y que hay pantanos y que el lodo jamás lo mancha. Pero si algún periodista osa cuestionar sus alianzas o sus silencios, contestará indignado por la insinuación. El caudillo descalificará al periodista y le dará una lección sobre su oficio. La honestidad es cuestionar a los mafiosos, no al dechado de la virtud, sermoneará.

 

Para López Obrador no hay mexicano honesto que no sea su admirador. Quien duda de él forma parte de la mafia.

 

Lo notable, digo, es que aún en los intercambios tensos que ha tenido con la prensa, la pregunta sobre la candidatura presidencial es absurda, inimaginable. A nadie (que yo sepa) se le ha ocurrido preguntarle al dirigente nacional de Morena quién será el candidato a la Presidencia de ese partido. Nadie lo duda.

 

Todos los partidos, menos Morena, tienen baraja. En Morena hay dueño y séquito. En todos los partidos hay competencia, aunque en pocos es abierta y aún en menos, democrática. Pero podemos entretenernos con los tapados priistas, con los pleitos dentro del PAN, con la ocurrencia del Frente o con los ambiciosos sin partidos.

 

No es trivial: la pluralidad de proyectos, estilos, ambiciones constituye su patrimonio democrático.

 

En los partidos ha de haber juego, espacio para la competencia y el desacuerdo. Ha de haber también mecanismos abiertos y públicos para resolver sus controversias. Parlamentaria, tribal o cortesana, la disputa por las candidaturas es perceptible en todas las formaciones políticas -salvo en ésa que monopoliza "la esperanza de México". Esa esperanza, lo sabemos bien, depende de la victoria de un santo.

 

El proceso de Morena para designar al candidato a la Alcaldía de la Ciudad de México ha sido grotesco. Se ha elegido a una candidata sin elección alguna; se ha invocado una encuesta que no puede ser considerada encuesta; se ha designado a una candidata a la que no debemos llamar candidata. Una farsa, envuelta en una simulación dentro de una trampa.

 

No deja de ser simpático que el grupo político que más ha hecho para denigrar la práctica demoscópica, busque fundar una decisión crucial en ese ejercicio técnico.

 

Las encuestas favorables son honestas, pero las que muestran señales desfavorables al rayo de esperanza son inventos mafiosos. Encuestas cuchareadas, inventos al servicio de un cliente, propaganda.

 

Pero, más allá de la incoherencia, debe hablarse de la simulación de la técnica. Una encuesta que no hace público su método, una encuesta que no da cuenta de sus responsables, una encuesta que ni siquiera muestra sus resultados no puede ser considerada una encuesta.

 

Porque es racionalmente indefendible, la secretaria general de ese partido alude a la fe de sus militantes para justificar el secreto. Está convencida de que no tiene por qué rendir cuentas a la ciudadanía. La fe de los suyos basta.

 

"Los militantes y simpatizantes de Morena están en Morena porque creen en Morena y porque creen en la integridad de Morena y porque saben que nosotros hacemos las cosas de forma diferente". No conozco un solo militante que tenga duda del proceso, insistía Yeidckol Polevnsky, tras la farsa.

 

El argumento y el proceso mismo revelan convicciones y prácticas no solamente antidemocráticas, sino contrarias a la legalidad.

 

Aunque le pese al predestinado y sus adictos, los partidos son instituciones de interés público. La fe de los devotos no es argumento público.

 

Jesús Silva-Herzog Márquez

http://www.reforma.com/blogs/silvaherzog/


jueves, agosto 17, 2017

 

Oleada populista (¿Qué es el populismo?)

El término "populismo" y el adjetivo "populista", se usan hoy día de tantas formas, la mayoría de ellas peyorativas, que obligan a definirlos para propósitos de esta columna como las posturas ideológicas, tanto de derecha como de izquierda, que fincan sus pretensiones políticas promoviendo medidas económicas y sociales que reciben el apoyo de las clases populares, pero que carecen de bases objetivas que las haga viables y positivas para los habitantes de un país en el largo plazo.

 

"Populismo" fue usado por primera vez en Rusia en 1878 para nombrar una fase del movimiento socialista de la época, que en 1917 se materializó en la Revolución Bolchevique de 1917 en Rusia, donde se instauró el régimen socialista soviético en aquel país, extendido luego a Europa Oriental, varios países de Asia, África y hasta América, con la Revolución Cubana en 1959.

 

En América Latina, en particular, la ideología socialista se combinó con el nacionalismo, para producir lo que se fue perfilando con el tiempo como un movimiento "populista", esto es, que busca el apoyo de las clases populares, donde caben desde el cardenismo mexicano y el justicialismo peronista argentino hasta el socialismo venezolano de Hugo Chávez.

 

Con las variantes de cada caso, el populismo latinoamericano se caracterizó por su ideología de izquierda, un líder que personificaba el ideal nacionalista, un Estado rector de la economía y redistribuidor de la riqueza, y su oposición a la apertura hacia el exterior en materia de comercio y a la inversión extranjera.

 

Las políticas económicas y sociales que se derivan de esa variante populista explican, en gran parte, el atraso económico de América Latina, ya que los gobiernos de la región, por convicción o presionados por los activistas de izquierda, rechazaron las medidas económicas orientadas hacia el mercado, la apertura hacia el exterior, la mayor participación del sector privado y una política económica disciplinada.

 

Todos esos experimentos populistas resultaron en un fracaso económico. No obstante, siempre hay quienes presentan sus políticas económicas como novedosas y llenas de bondades. Esta práctica que por décadas estuvo concentrada en países pobres o emergentes, en particular en América Latina, aparece ahora en los países desarrollados, con el ropaje de un populismo de ideología conservadora nacionalista, que promete muchos beneficios para el pueblo.

 

Los ejemplos más claros de esta tendencia son el Reino Unido con el "Brexit" y el actual Presidente de Estados Unidos (EU), Donald Trump (DT), quien desde el anuncio de su campaña a mediados de 2015 planteó una estrategia basada en un nacionalismo radical con el lema de "EU primero", y la promesa de corregir el comercio exterior "injusto".

 

El discurso nacionalista y proteccionista del Brexit y de DT sigue teniendo eco al otro lado del Atlántico. Un ejemplo fueron las elecciones parlamentarias en Holanda, donde en marzo pasado un candidato populista de derecha estuvo a punto de ganarlas. Algo similar sucedió en Francia en abril y mayo, cuando la candidata de la extrema derecha, Marine Le Pen, ocupó el segundo lugar en la primera vuelta y concurrió a una segunda, ganada por su contrincante de centro izquierda Emmanuel Macron.

 

El alcance de este renacimiento populista, ahora con políticas nacionalistas y aislacionistas, tendrá más pruebas en Europa con las elecciones de Alemania en septiembre próximo, así como con la posibilidad de que un candidato de extrema derecha triunfe en Austria si hay elecciones parlamentarias anticipados en el otoño y/o que gane en Italia un populista antieuropeo en las elecciones previstas para la primavera de 2018.

 

En México no estamos exentos de esta oleada populista, que por razones históricas se concentra en activistas de izquierda. Así, el desencanto de la población por el pésimo desempeño del actual Gobierno en relación con los múltiples casos de corrupción, impunidad y violencia que agobian al país, abre la puerta otra vez al canto de la sirena que entona con mucha habilidad Andrés Manuel López Obrador, un populista a la vieja usanza latinoamericana, que seguramente será un dolor de cabeza durante las elecciones presidenciales de 2018.

 

Estoy convencido que, de ganarlas, sus políticas deteriorarán bastante nuestra situación económica, como también estoy convencido de los daños que las políticas de DT causarán a la economía estadounidense y global. El peor de los mundos, sin embargo, es que se presente la mezcla de ambos, porque sería una terrible pesadilla económica para México, de la que tardaríamos muchos años en despertar.

 

Salvador Kalifa

sakalifaa@gmail.com


domingo, agosto 13, 2017

 

¿La dictadura o la democracia? (pregunta para AMLO)

Andrés Manuel López Obrador ha sostenido que la democracia venezolana es mejor que la mexicana. (Univisión, 7 de febrero del 2017). La libertad con la que circuló esa declaración prueba lo contrario.

 

Hay otras pruebas, comenzando por lo electoral, donde AMLO pone el énfasis. Él mismo ha aparecido en más de un millón de spots que se han transmitido libremente por la radio y la televisión, promoviendo su candidatura. Esos medios y la prensa escrita lo han entrevistado con frecuencia.

 

Morena cuenta con una representación en el Senado, en la Cámara de Diputados, en los Congresos estatales y en la Asamblea Legislativa de la Ciudad de México. Morena ha recibido el financiamiento que el Estado otorga a los partidos. Morena ejerce libremente sus tareas legislativas. Morena gobierna varios municipios en el País. Morena celebra libremente sus congresos y mítines. Morena participará en las elecciones federales del año entrante bajo las reglas e instituciones de la democracia mexicana, que su presidente considera inferior a la venezolana.

 

Si López Obrador estuviera en la oposición en Venezuela, en vez de tener estas oportunidades, habría sido arrestado.

 

En una entrevista sobre el tema venezolano, López Obrador se limitó a aconsejar a la oposición "no caer en la violencia", pero no mencionó la verdadera violencia, la del régimen, cuyas imágenes atroces inundan las redes sociales.

 

En Venezuela, la Asamblea Nacional electa por más de 14 millones de ciudadanos ha sido atacada y desconocida por el régimen de Maduro, quien ha impuesto una Asamblea Constituyente con poderes absolutos, contraria a la Constitución vigente (promulgada por Hugo Chávez en 1999) y contraria también a la voluntad de la gran mayoría de los ciudadanos expresada en un plebiscito. Del mismo modo, la Fiscal General ha sido despedida para imponer una Fiscalía servil al régimen.

 

Por orden del Poder Judicial, decenas de Alcaldes de la oposición están bajo investigación penal o en la cárcel. La autoridad electoral bloqueó un referéndum revocatorio legal, postergó comicios regionales y, para coronar su obra, impidiendo toda vigilancia, infló en varios millones de votos el resultado de las recientes elecciones para favorecer a la Asamblea Constituyente, cuya legitimidad ha sido denegada por numerosos Gobiernos y organismos internacionales.

 

En Venezuela no hay televisión independiente (ni siquiera los canales internacionales) y la radio y prensa independientes sufren desde hace años el acoso del régimen.

 

Pero lo más grave es la violencia que ejerce el Gobierno de Maduro contra la ciudadanía. Las escenas de sadismo, vejación y muerte son inocultables. La Guardia Nacional Bolivariana ha reprimido brutalmente a la población que, en una hazaña sin precedentes de coraje cívico, protesta pacíficamente por la carestía, la inflación, la falta de medicinas y alimentos, y la asfixia de todas las libertades. Hasta la fecha hay más de 100 muertos, cientos de heridos y detenidos ilegalmente.

 

A pregunta expresa sobre el régimen de Maduro, López Obrador respondió con una evasiva: "Yo no conocí a Chávez, no conozco a Maduro, bueno con decirles ni conozco Venezuela. Yo soy de Tepetitán, Macuspana, Tabasco". Es cierto, pero no conocer a Pinochet ni a Chile, y provenir de esa región mexicana no le impidió repudiar en 1973 el golpe a la democracia, como tantos lo repudiamos. ¿Por qué mide con distinta vara a los dos dictadores?

 

Extrañas contradicciones de AMLO. Se declara admirador de Gandhi, pero permanece indiferente ante la resistencia pacífica del pueblo venezolano. Se declara juarista, pero el atropello a un Congreso electo y una Constitución vigente lo dejan frío. Se declara de izquierda, pero no denuncia la represión ni lo conmueve la tragedia humanitaria de los venezolanos.

 

Frente al régimen de Maduro, AMLO no puede tapar el sol con un dedo. Los múltiples defectos de la política mexicana (que sin duda existen, incluso en su partido) no pueden servir de parapeto para desviar la atención de lo fundamental: ¿está con la dictadura o está con la democracia?

 

Si AMLO no condena al régimen de Maduro, los mexicanos sabremos a qué atenernos en el caso de su triunfo en las elecciones del 2018. La definición es imprescindible si López Obrador aspira a gobernar a México, no a una fracción de México, sino a todo México. Y es imprescindible porque la gran mayoría de los mexicanos no queremos que nuestro país se convierta en una nueva Venezuela.

 

Enrique Krauze


viernes, agosto 11, 2017

 

AMLO es un peligro para México

Algunos se preguntan por qué se dice que AMLO es un peligro para México y creen que es por los nexos de corrupción y narco tráfico de algunos de sus colaboradores. Pero eso es algo que se le critica para mostrar que no es diferente al resto de la partidocracia.

 

AMLO es un peligro para México por sus ideas y propuestas trasnochadas, mercantilistas, y populistas, que con seguridad hundirían al país en una crisis económica. Su "Proyecto de Nación" no es más que un regreso a las políticas implementadas por el PRI de 1970 a 1982 y que, quienes tenemos memoria, ya sabemos en qué terminaron.

 

Además, es una persona autoritaria que no acepta opiniones, ideas, diferentes a la suya. Es intolerante a la crítica y todo aquel que piense diferente es catalogado como parte de "la mafia del poder", "pirruris", "los otros", "los enemigos del pueblo bueno". Así era Trump en campaña y así estamos viendo como resultó ya como presidente. Esos mismos rasgos de personalidad los tiene AMLO, y por eso es un peligro.

 

@danygates

 


domingo, agosto 06, 2017

 

El retorno (PRI y Morena, caras de una misma moneda)

Cuando Julio César cruzó el Rubicón, cambió la historia de Roma. Ese paso, dice Lawrence Alexander, implicó "que no hay retorno, que la república ha terminado y que cualesquiera que fueran las formas que se preservaran, la nueva realidad de Roma sería la del gobierno de un solo hombre".

 

Como en aquel momento, México entró en una nueva era en el 2012 y no es imposible que en el 2018 se cierre el círculo: consolidando el camino hacia el PRI de antaño, que tanto Enrique Peña Nieto como Andrés Manuel López Obrador representan.

 

Las similitudes son muchas más de lo aparente: para quien recuerde la noción del péndulo en el "viejo régimen", las sucesiones presidenciales, se decía, tendían a ir de derecha a izquierda y viceversa, dependiendo de la coalición que se constituía en torno al candidato ganador.

 

EPN es heredero de las huestes que, desde Miguel Alemán hasta Carlos Hank González, lideraban las posturas económicas más moderadas y, dentro de los cánones de la época, aperturistas.

 

Por su parte, AMLO es heredero de la otra tradición, aquella encabezada por Lázaro Cárdenas, Luis Echeverría y José López Portillo, que procuraba un papel preponderante para el Gobierno en el desarrollo del País.

 

Ese PRI viejo -con todas sus características, si bien no todas sus prácticas- regresó hace cinco años y podría consolidarse para convertirse en la nueva realidad nacional.

 

Con estas afirmaciones no pretendo minimizar las diferencias entre las vertientes izquierda y derecha de la era del PRI duro, ni sugiero igualar la política económica de entonces con la de hoy sino, más bien, resaltar las semejanzas.

 

Ambas corrientes conciben al Gobierno como el corazón de la vida nacional y, por lo tanto, proponen centralizar el poder, controlar a la población y a los factores de la producción, aunque con objetivos y lógicas muy distintos.

 

El Presidente Peña, anclado en una visión política del siglo 20, promovió, con enorme pragmatismo, algunas de las reformas más trascendentes para el siglo 21.

 

AMLO propone reconstruir la plataforma económica del siglo 20: fundamentada en el mercado interno, promovida con subsidios y gasto público desde el Gobierno y protegiendo a los factores de la producción de la competencia externa.

 

El punto de partida del viejo sistema, que ambos suscriben, es la necesidad de crear fuentes y motores internos de crecimiento, siguiendo una lógica de poder que se alimenta tanto por la desazón de los últimos tiempos como por la nostalgia.

 

Evidentemente, el crecimiento económico es indispensable y la promoción de motores internos necesaria, pero ninguno será posible, como le ocurrió a la administración actual, desde una visión postrevolucionaria y a-histórica.

 

El viejo sistema no se colapsó por la voluntad de una persona o un grupo, sino por su agotamiento e inviabilidad en la era de la economía del conocimiento y eso nadie lo puede cambiar.

 

La centralización que pretendió el Gobierno actual sirvió para corromper, pero no para enfrentar los desafíos estructurales que tiene el País frente a sí.

 

No le irá mejor a AMLO de llegar a la Presidencia. Su proyecto es una poesía emotiva, pero no una estrategia de desarrollo. Para comenzar, subestima el grado de apoyo popular a la apertura económica y la profundidad de la clase media en las zonas rurales.

 

En segundo lugar, la industria nacional, que presumiblemente se convertiría en el corazón de la pretendida "regeneración nacional", no tiene capacidad alguna para sustentar un crecimiento acelerado: no se puede revivir a una industria que vive al borde de la muerte y que no produce los bienes que demanda el consumidor o que requiere el sector que más crece.

 

Es, en una palabra, una falacia suponer que un país se puede replegar y, por esa vía, crecer con celeridad. Una vez dada la apertura, la alternativa es inexistente. La apertura que se dio en los ochenta fue para salvar a la industria, no para matarla. Esa diferencia es incomprensible desde la perspectiva de la visión priista de antaño.

 

El problema del proyecto de AMLO no reside en su sentido ideológico o en su objetivo de desarrollo, sino en su incompatibilidad con el México de hoy, para no hablar del mundo en general.

 

Es evidente que existen muchos rezagos y muchos más rezagados que merecen y deben ser atendidos, pero la solución no reside en rezagar a todo el País, sino en crear condiciones para que esas personas tengan la capacidad y la oportunidad de sumarse al desarrollo de manera integral.

 

La Asamblea priista debería encarar el reto de frente y construir hacia el futuro.

 

Luis Rubio

www.cidac.org


lunes, julio 31, 2017

 

La política de la humillación

Donald Trump tuvo la primera reunión con su gabinete completo a principios de junio. Las ratificaciones del Senado habían retrasado la integración de su equipo. Fue una reunión breve que atestiguó íntegra la prensa.

 

El espectáculo que se escenificó en esa sesión fue grotesco. El punto de partida fue, por supuesto, la mentira.

 

El Presidente de Estados Unidos habló de sus extraordinarios logros y su gran productividad legislativa. Nadie ha logrado tanto como yo, dijo quien infrecuentemente se tropieza con la verdad. Sólo Roosevelt logró mayores reformas legislativas -pero eso fue porque estaba encarando la Gran Depresión, aclaró.

 

Ni una sola reforma legislativa, vale recordar, ha logrado el señor Trump.

 

Después invitó a sus colaboradores a hablar. Uno por uno, habrían de presentarse ante el gabinete. Lo que aconteció en los minutos siguientes fue un circo de adulación.

 

Comenzando por el vicepresidente Pence, todos los colaboradores se desvivieron en elogios al Gran Líder que estaba logrando el milagro de recuperar la grandeza de la patria. Una ceremonia de adulación. Gracias por la oportunidad, gracias por la bendición, gracias por su liderazgo, gracias por su visión, gracias por su valentía y su patriotismo... El jefe de gabinete de Trump, Reince Priebus, le dijo: "en nombre de todos los que lo rodeamos, le agradecemos por la oportunidad y la bendición que nos ha dado para servir a su proyecto y al pueblo americano".

 

La prensa resaltó de inmediato lo grotesco que era el ritual. No hubo ninguna discusión sobre los proyectos del Gobierno, sobre las prioridades de la agenda política. Sólo una competencia de piropos. Se trataba de una demostración de lealtad.

 

Es claro que, para el Presidente Trump, el compromiso público sólo puede ser un acto de lealtad al Presidente Trump.

 

Habrá que decir que esas muestras de adulación, típicas en las dictaduras militares y en los regímenes autocráticos, no son frecuentes en la política norteamericana. El atrevimiento significaba uno de los cambios más significativos de la disruptiva Presidencia: un bautismo de indecencia.

 

Para colaborar con Trump hay que estar dispuesto a defender lo indefendible y recibir la vejación como un servicio a la patria. Gracias, Presidente: que sus magníficos insultos lleguen hasta la pequeñez de mi existencia ha sido una de las grandes bendiciones de mi vida.

 

El magnate neoyorquino ha inaugurado la ceremonia de humillación cívica. La ha puesto en práctica desde los tiempos en que era candidato.

 

Trump entiende la franqueza como el permiso para el desprecio. Sus adversarios no eran simplemente rivales con ideas o trayectorias cuestionables: eran personajes ridículos de los que había que burlarse públicamente.

 

La adulación es el primer paso de la indecencia. Quien está dispuesto a besarle los pies al poderoso se prepara a recibir su pisotón.

 

Donald Trump ha celebrado los primeros seis meses de su Presidencia con una semana de caos. Su política de humillación se corona con fracasos. El Congreso rechaza su iniciativa emblemática, su popularidad sigue en caída libre, su equipo se desintegra.

 

La crisis de su equipo es, por supuesto, de su propia invención. No puede haber coordinación en un equipo si la cabeza carece de la disciplina elemental. No se puede ensamblar coherencia si la cabeza se guía por impulsos.

 

En seis meses, ha tenido ya dos directores de comunicación, dos asesores de seguridad nacional y dos jefes de gabinete. No sería sorprendente si los cambios se multiplican en los próximos meses.

 

Tiene un pleito público con su Fiscal General y ha invitado a un frenético para coordinar su estrategia de comunicación. Se ha inaugurado en el cargo con el intercambio más desquiciado que pudiera imaginarse. Con el lenguaje más procaz, distribuyó insultos a miembros del equipo presidencial y amenazas (incluso de muerte) a sus enemigos. Eso sí, el nuevo vocero dice y reitera mil veces que ama al Presidente Trump.

 

Rodeado de parientes, generales e imitadores, Trump hace visible su idea caligulesca de la política. El poder no es, para él, un instrumento para transformar al mundo. No es tampoco una treta para el enriquecimiento personal. Si sirve es para humillar.

 

Jesús Silva-Herzog Márquez

http://www.reforma.com/blogs/silvaherzog/


domingo, julio 02, 2017

 

El test de la democracia

"No me importa si alguien es de derecha o de izquierda. Lo único que me importa es que sea demócrata", dijo Felipe González a un grupo de amigos, a propósito de la connivencia de Podemos y Rodríguez Zapatero con el régimen de Maduro. Tiene razón: la convicción democrática se mide en las reacciones frente a fenómenos dictatoriales.

 

Ése fue el criterio de Octavio Paz en las revistas que dirigió. Cuando Pinochet asestó el golpe de Estado al régimen de Allende, Plural repudió inmediatamente el acto. Cuando la revolución sandinista derrocó a la dictadura de Somoza, Vuelta puso su esperanza en la pronta celebración de elecciones (que tardaron 11 años en llegar). Cuando Argentina cayó en las garras de unos militares genocidas, Vuelta lo denunció al grado de que su circulación fue prohibida en ese país.

 

Cuando el movimiento Solidaridad estalló en Polonia, lo saludamos con el mismo entusiasmo con que apoyamos y publicamos a los disidentes de la Europa secuestrada (Havel, Michnik) y a los héroes de la libertad en la propia URSS: Sájarov, Soljenitsin.

 

Creímos en un desenlace democrático que llegó en unos casos y se desvirtuó en otros. Pero no nos equivocamos al interpretar el significado de la caída del Muro de Berlín. Incluso fallamos en percibir su alcance: hoy Alemania es la vanguardia del mundo libre.

 

En nuestro continente, criticamos de manera sistemática al régimen castrista, lo mismo que a los movimientos guerrilleros que buscaban emularlo en Colombia, Perú, Salvador, Nicaragua. No erramos, salvo excepciones, los principales países de América Latina no optaron por la vía revolucionaria sino por la democracia.

 

Nuestra premisa era clara: la única legitimidad para acceder al poder, y para ejercerlo, era la democracia. Respetando sus reglas (en particular la del respeto a las minorías), honrando las leyes, las instituciones y las libertades, la competencia ideológica podía ser despiadada. Pero la violación de esas reglas era absolutamente inadmisible. Con la democracia todo, contra la democracia nada.

 

Estas ideas no eran comunes en el México de los 80, pero poco a poco se abrieron paso hasta convencer a un amplio sector de la opinión pública sobre la insostenible ilegitimidad democrática del régimen que nos gobernaba desde 1929. El que en México no hubiese militares en el poder o golpes de Estado no atenuaba ese hecho.

 

La no reelección seguía siendo un legado invaluable del Maderismo, pero el sufragio no era efectivo y las libertades políticas eran muy limitadas. Por fortuna, el País optó por la transición pacífica a la democracia.

 

Llevamos casi 20 años en esa experiencia inédita para nosotros. Es obvio que nuestra democracia -lo he repetido muchas veces- es una casa en obra negra, pero no por ello es menos sustancial.

 

Sus defectos son de quienes la ejercen, no de ella, ni como doctrina ni como sistema. Sería terrible destruirla. Para calibrar el riesgo, basta ver lo que ha ocurrido en Venezuela.

 

Venezuela nos abre la oportunidad de aplicar el test de la democracia a la política mexicana. Un partido puede ser de derecha o de izquierda, pero la forma de medir si es demócrata es cotejar su postura ante Venezuela.

 

La diplomacia mexicana ha modificado su política frente a esa crisis. Enhorabuena: no hay doctrina que justifique la pasividad frente a un tirano.

 

El resto de las fuerzas ha condenado (con tibieza) al régimen de Maduro, cuya deriva totalitaria ocurre ante nuestros ojos, día con día.

 

Estamos viendo la rebelión masiva y pacífica de un pueblo hambriento empeñado en una lucha solitaria por su libertad.

 

Pero dos partidos (mejor dicho, uno y medio) no sólo se han resistido a llamar por su nombre al régimen asesino de Maduro sino que lo apoyan.

 

En el caso del medio partido se entiende: los dirigentes del PT son admiradores confesos y huéspedes frecuentes del régimen de Norcorea.

 

Pero en el caso de MORENA, las declaraciones son en verdad preocupantes. Según su jefe máximo, la democracia venezolana es superior a la de México.

 

Y uno de los miembros de su Dirección Nacional se refirió al "importantísimo papel que puede hacer MORENA en el Gobierno de México, que es el de integrarse con los países de América Latina que están haciendo los cambios como Venezuela. Digámoslo directo, la integración de México en la revolución bolivariana".

 

Queda claro. Un amplio sector de la izquierda mexicana no pasa el test de la democracia. No cree que México sea una democracia pero la utilizará para buscar el poder y, desde ahí, acabar con ella.

 

Enrique Krauze


martes, abril 18, 2017

 

¿Un rayito que electrocuta?

Le propongo que en una emergencia o crisis la tendencia dominante de cualquier persona toma el control. Un enojón se enoja. El analítico analiza. El nervioso se muerde las uñas. El asustadizo entra en pánico. El dubitativo se paraliza. Etc.

 

Traigo esta idea a la mente para hablar del rayito de esperanza, de López Obrador. Nuestro más probable siguiente Tlatoani.

 

Hace unos meses me tocó convivir con él cuatro horas en una mesa de 10 personas. Hablamos de todo. Claramente, Andrés Manuel ha aprendido de sus errores. Al menos en privado es mesurado y habla bien. Se adapta a su audiencia. Les dice lo que quieren escuchar.

 

Pero creo que sus ideas siguen siendo simplistas y muchas veces erradas. Por ejemplo, le pregunté algo así: Pemex tiene 129 mil empleados. Chevron produjo 25 por ciento más petróleo en 2014 y tiene 40 por ciento de los puestos de Pemex. Y así como está nuestra petrolera está la CFE, el IMSS y en general toda la burocracia. ¿Le meterás mano a la obesidad sindical en México? ¿Cómo?

 

Más o menos respondió que el problema no es "la tropa" sino los mandos superiores. Que cortando y controlando el desorden en la cima de la pirámide, se arregla todo.

 

Estoy en total desacuerdo. Es un diagnóstico "cajonero" que no ataca uno de los problemas fundamentales de todos nuestros gobiernos: son obesos, ineficientes y burocráticos. El enorme y desordenado gasto público es un cáncer gravísimo. Si no lo operamos, el paciente morirá. México seguirá jodido (relea "¡Es el gasto estúpido!").

 

Pues así por el estilo son muchos de los conceptos de AMLO: acabaré la corrupción poniendo el ejemplo (honestidad valiente), vamos a construir muchas refinerías (nadie lo hace), explotar petróleo es rete fácil y no necesitamos a extranjeros, las evaluaciones a maestros no deben ser obligatorias (ah, junto con su apoyo a la CNTE), la república amorosa, se combate al narco convenciéndolos, etc.

 

Soluciones simplonas y equivocadas a problemas complejos. ¿Qué va a pasar cuando se implementen? Obvio: ¡no van a funcionar!

 

Entonces el Tlatoani se va a enojar. Es probable que el País siga empantanado. Peor aún, quizá entremos en una crisis. Y ahí tomará el control el verdadero yo de Andrés Manuel. Alguien que ya conocemos:

 

1. Autoritario y enojón. "¡Cállate chachalaca!".

 

2. Privilegia teorías de conspiración. "La mafia del poder".

 

3. Esboza una lucha de clases. "El pueblo es bueno".

 

4. La solución es "Él". "¡Al diablo con las instituciones!".

 

5. Culpa a otros de sus errores. "Me robaron la elección".

 

Esa es mi preocupación central sobre el "rayito": qué hará cuando sus soluciones se atasquen. Sus tendencias dominantes son muy peligrosas. Tiene todos los rasgos de un populista.

 

"La batalla en Latinoamérica está entre populismo y república. Porque el populismo desmantela instituciones poco a poco", explica Gloria Álvarez en un video que le recomiendo vea en nuestros sitios.

 

La politóloga guatemalteca explica el "modelo" del populista:

 

a) Elegir un enemigo interno (el anti pueblo) y uno externo.

 

b) Demarcar la lucha: el pueblo bueno vs. el enemigo.

 

c) Fomentar odio al enemigo: la mafia del poder, la oligarquía, etc.

 

d) Enamorar al pueblo. Pueblo bueno = gobernante bueno.

 

e) Adoctrinamiento masivo: redes, medios, sistema educativo, etc.

 

f) Buscar controlar los tres poderes.

 

g) Mantener "feliz" al pueblo con gasto, subsidios, dádivas, etc.

 

Pero este "mundo fantástico" del populista no es sostenible. El financiamiento termina por agotarse y el modelo se derrumba. El caso de Venezuela es el ejemplo más claro (hay muchos en la historia).

 

Esa es la bronca de López Obrador. Sus palabras y acciones anticipan perfectamente el caminito populista que claramente explica Álvarez.

 

En su libro "La línea de salida", AMLO asegura que "la prosperidad del pueblo se conseguirá, como decía el general Francisco J. Múgica, de la simple moralidad y de algunas pequeñas reformas".

 

Ojalá. Pero, ¿y si no? Como diría Cantinflas: ahí está el detalle. Porque un rayito enojón más que dar esperanza puede electrocutar.

 

Posdata: R.I.P. el PRI. Se me hace que pierden Edomex con tanto gobernador y funcionarios corruptos. Y los que faltan. El destino los alcanzó...

 

EN POCAS PALABRAS...

"El populismo ama tanto a los pobres que los multiplica". Gloria Álvarez, politóloga guatemalteca

 

Jorge A. Meléndez Ruiz

benchmark@elnorte.com

Twitter: @jorgemelendez


lunes, abril 10, 2017

 

¿(In)congruencia?

Van preguntas para AMLO, basadas en su libro "2018: La Salida", con el ánimo de debatir propuestas y obtener respuestas para quienes no creemos en candidatos "inevitables":

1) En el libro culpas al "neoliberalismo" de todos los males, porque le apostó a las fuerzas del libre mercado y redujo la función social del Estado. ¿Pero en qué es diferente tu visión al "nacionalismo revolucionario" estatista que produjo crisis reiteradas en los 70 y 80? ¿En qué es distinta tu postura sobre la interacción entre el Estado y el mercado a la de los echeverristas o lopezportillistas, por ejemplo? ¿Cómo construirías mercados competitivos, innovadores, capaces de generar beneficios para los consumidores?

 

2) Escribes que con tu gobierno la impunidad acabará, pero al mismo tiempo mandas un mensaje a los miembros de la "mafia en el poder", diciendo que "no habrá represalias, persecución o destierro para nadie", porque se hará a un lado el odio y habrá "justicia y no venganza". ¿Qué tipo de justicia y en qué términos? ¿Llevada a cabo por cuáles instituciones?

 

3) Escribes que se consultará a la gente si las reformas estructurales se mantienen o se cancelan. ¿No es un posicionamiento que se ve y siente "democrático" pero no lo es, porque podría llevar a una des-democratización peor? ¿La recuperación del gobierno para el "pueblo" que se vuelve un juego suma-cero entre la voluntad popular y cualquiera que se le oponga? ¿Jueces, periodistas, el Congreso, líderes de oposición?

 

4) Escribes que "es indispensable regresar el sector energético al poder público". ¿No es el poder público -vía la SHCP, Pemex, CFE y los sindicatos- el que ha expoliado y corrompido al sector energético? ¿Cómo asegurar que el Estado sea menos rapaz y mejor administrador, si venimos de décadas en las cuales no lo fue?

 

5) Escribes que tendrás respeto absoluto a la "libertad de prensa". ¿Entonces por qué tu crítica constante a columnistas, analistas, encuestadores y periódicos que te cuestionan o te ponen en segundo lugar en la contienda presidencial? ¿Tu defensa a la libertad de expresión es sólo aplicable a quienes te apoyan?

 

6) Escribes sobre la necesidad de amor al prójimo, la armonía y la alegría. ¿Cómo reconcilias eso con la larga lista de insultos que propinas a múltiples personajes en el libro, descritos como "patéticos", "farsantes", "deslenguados", "hipócritas"?

 

7) Escribes que tu gobierno combatirá a la corrupción y que ésta se elimina barriendo las escaleras de arriba para abajo, con el ejemplo personal. ¿Pero si eso no bastó en tu gobierno en el DF -recordemos a René Bejarano, Carlos Imaz, Carlos Ahumada, el Secretario de Finanzas- ¿por qué funcionaría a nivel nacional? ¿Cuál es tu posición frente al Sistema Nacional Anticorrupción? ¿Ante el imperativo de una Fiscalía General autónoma?

 

8) Escribes que el problema es la corrupción, no la debilidad de las finanzas públicas. ¿No será que un problema principal es nuestro pésimo pacto fiscal, basado en un Estado que gasta mucho y recauda poco? ¿Cómo lo reescribirías? ¿Alcanzará el gasto público para financiar los ambiciosos programas de rescate al campo, refinación e infraestructura que prometes? ¿Por qué has guardado silencio sobre la reducción en el financiamiento público a los partidos?

 

9) Escribes que ninguna persona con antecedentes de enriquecimiento ilícito podrá participar en la función pública: ¿Cómo hacer compatible esa regla con la incorporación reciente a Morena de perredistas y priistas con antecedentes cuestionables? ¿Cómo explicas la presencia en tu equipo de quienes no tienen lo que tú exiges: principios y autoridad moral y política?

 

10) Escribes que el Ejército y la Marina se sumarán al esfuerzo de garantizar la seguridad pública. ¿Esto significa que estás a favor de la Ley de Seguridad Interior propuesta por el PRI y el PAN, que le otorga más poder y permanencia a las Fuerzas Armadas?

 

11) Escribes que nadie será censurado o perseguido por su manera de pensar y que eres un demócrata. ¿Cómo explicas entonces la descalificación de un padre de Ayotzinapa como "provocador"? ¿Por qué te rehúsas a dar entrevistas a quienes te han criticado, desde la izquierda? ¿Tú y tus seguidores debatirán sin insultar, escucharán sin denostar, aceptarán que la inevitabilidad proviene de convencer y no sólo de existir? ¿O la tuya será una República amorosa sólo para incondicionales?

 

Denise Dresser

(a quien los #pejelovers no podrán acusar de #peñabot o #Prianista)


sábado, marzo 18, 2017

 

AMLO si puede ser un Hugo Chávez

Dice Irma Martinez, en su columna de hoy en El Norte, que AMLO no podría ser un Hugo Chávez porque si gana no tendría el control del Congreso.

Le recuerdo a la Sra. Martínez, y a todos los que creen que AMLO es una opción viable, que Chávez no ganó con mayoría en 1998, sin embargo para 1999 ya había impulsado una nueva Constitución que aprobó en referéndum, usando todo el poder económico del gobierno central para comprar voluntades con dádivas, con mucho #populismo.

 

Y ya en el 2000 se reeligió con mucho más poder que le confirió la nueva Constitución que diseñó a su gusto. Yo si veo a López Obrador haciendo marchas y bloqueos desde la Presidencia para presionar al Congreso cuando no le aprueben algo. Y sin duda, si gana, buscará una nueva Constitución, que de hecho ya lo ha dicho en varias ocasiones. Todo controlando el enorme presupuesto federal, aumentando el gasto para elevar su popularidad por medio de subsidios y dádivas de todo tipo.

 

Finalmente, AMLO también es parte del sistema, prueba de ello es que siempre ha vivido a costa del Erario, nunca ha trabajado en la iniciativa privada. Y ahora recibe cientos de millones de pesos para sostener a su MORENA, que es de su propiedad.

AMLO si es un peligro y no necesito que el PRIAN me lo digan, solo basta escucharlo y ver sus actitudes.

 

#aguzados con el Populismo nacionalista mercantilista

 

Dany Gates


miércoles, marzo 08, 2017

 

Promesa y práctica del populismo

En términos económicos, el populismo es una receta de política económica que promete curar toda suerte de males, principalmente la lentitud o, de plano, la falta de crecimiento de la producción y del empleo; al mismo tiempo, ofrece acabar con la pobreza y reducir la desigualdad. Para el caso, asigna el papel protagónico al Gobierno.

 

Por supuesto, el problema del populismo no reside en los objetivos, sino en los instrumentos. Supongo que (casi) todo mundo está de acuerdo con la necesidad de acelerar el crecimiento. Supongo también que todo mundo coincide en el propósito de erradicar la pobreza, y (casi) todo mundo concuerda con la conveniencia de aminorar la desigualdad. Donde surgen las diferencias, a menudo radicales, es en los medios que propone el populismo para alcanzar los fines mencionados.

 

El populismo ignora o desestima los riesgos económicos que traen consigo sus prescripciones. Específicamente, menosprecia el peligro de aumentar el gasto público y el déficit correspondiente; las consecuencias inflacionarias previsibles de ello; las limitaciones que representan las relaciones comerciales, financieras y cambiarias con el exterior; las distorsiones de precios y de ingresos que provocan algunas medidas específicas, como los controles de todo tipo; y, quizá lo más importante, las respuestas lógicas (defensivas) de los agentes económicos (individuos y empresas) a los principales componentes de la fórmula populista.

 

Las características políticas, económicas y sociales peculiares de cada país imprimen al populismo un sello nacional. Pero el desenlace, a veces dilatado, es el mismo en todas partes: una crisis desastrosa. El final es trágicamente irónico, porque sus aspectos negativos lo sufren principalmente los estratos de la población a los cuales se pretende beneficiar con el esquema. Esta afirmación no es una conjetura teórica, es, sin ir muy lejos en la geografía, la situación de la República Bolivariana de Venezuela al presente, debido a la continuación de las políticas de Chávez, ahora con Maduro. En 2016, según las cifras del FMI, en Venezuela el PIB real cayó 10 por ciento, y la inflación alcanzó 475 por ciento.

 

El populismo económico no es un fenómeno reciente, aunque su resurgencia sea hoy motivo de análisis y de preocupación tanto en economías desarrolladas como en economías "en vías de desarrollo" (para usar el eufemismo en boga, en lugar de "países subdesarrollados"). De hecho, en la historia no tan antigua de América Latina, los deplorables regímenes de Perón, Vargas, Allende, García, Echeverría y Chávez han sido ejemplos meridianamente claros de su operación. En 1991, Rudiger Dornbusch y Sebastián Edwards publicaron una colección de artículos con un título muy atractivo: The Macroeconomics of Populism in Latin America. Antes, en 1989, Dornbusch y Edwards habían publicado un artículo sobre el mismo tema en lo que el National Bureau of Economic Research llama Working Papers.

 

En la actualidad, se han identificado como populistas a Theresa May, Primer Ministro del Reino Unido después del "Brexit", y al flamante Presidente de EUA, Donald Trump. Los líderes de Hungría y Polonia exhiben también inclinaciones de ese tipo. Además, no es imposible que los resultados de la elección general a efectuarse en Holanda este mes de marzo, y los correspondientes a la elección presidencial francesa durante abril y mayo, arrojen propensiones parecidas.

 

* * * *

 

La opinión política no es lo mío. Al respecto, suscribo una más de las frases de Borges: "Es absurdo suponer que todo el mundo puede opinar en política. De política entenderán algunas personas, entre las cuales hasta podríamos incluir a algún político". Consciente del riesgo, termino esta nota con un par de comentarios... políticos.

 

Ciertos analistas han concluido, descuidadamente, que los movimientos populistas se ubican en la derecha del espectro político. Digo "descuidadamente" porque, por ejemplo, se estima que Podemos es el segundo partido político en España, y los observadores lo clasifican como populista de izquierda. Y, desde luego, en América Latina, Chávez y Maduro se autocalificaron como izquierdistas.

 

Los estudiosos de las ciencias sociales aceptan que es difícil definir con propiedad al populismo. En todo caso, ofrecen alguna forma de consenso en un punto central: se trata de una postura política personificada en un líder carismático, quien representa al "hombre común" (al pueblo) contra una "élite depredadora e incompetente". ¿Suena conocido... y ominoso?

 

Everardo Elizondo

El autor es profesor de Economía en la EGADE, Business School, ITESM.


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