domingo, julio 05, 2020

 

Panaceas

Objetivos divergentes que pretenden resolver un problema común. Quizá así se podría comenzar a apreciar la complejidad inherente al nuevo tratado de libre comercio de Norteamérica.

 

Cada uno de los Gobiernos involucrados tenía sus prioridades y el resultado es el nuevo T-MEC que se inauguró esta semana: como todo instrumento, éste tiene sus virtudes y sus defectos, pero no es una panacea.

 

Según la vieja mitología griega, la panacea, nombrada así por la diosa de los remedios universales, es una cura a todos los males. El nuevo tratado comercial ciertamente no es una panacea en el sentido griego, pero es, sin la menor duda, el mejor acuerdo que era posible dada la coyuntura política.

 

Y ése es el criterio relevante: las negociaciones entre países son un reflejo tanto de los propósitos de las partes involucradas como de la correlación de fuerzas del momento.

 

Para el Gobierno del Presidente Trump, el objetivo primario era desincentivar la emigración de plantas industriales de EUA hacia México y el nuevo tratado refleja esa prioridad.

 

No hay contraste más grande entre el llamado NAFTA y su sucesor, el T-MEC, que éste. En este cambio desapareció la prioridad número uno por la cual México propuso la negociación original, al inicio de los 90.

 

El contexto de aquel acuerdo es clave: el Gobierno mexicano propuso la negociación de un acuerdo comercial y de inversión como medio para conferirle certidumbre a los inversionistas luego de la conflictiva década de los 80: en una palabra, el objetivo era utilizar al Gobierno norteamericano como palanca para recobrar la confianza perdida en la expropiación de los bancos.

 

Se buscaba un medio para asegurarle a los inversionistas que el Gobierno mexicano no actuaría de manera caprichuda o arbitraria en la conducción de los asuntos económicos y que las disputas que pudieran surgir entre el Gobierno y las empresas serían resueltas en tribunales no dependientes del Gobierno.

 

El Gobierno norteamericano de aquel entonces veía en el NAFTA la oportunidad de apoyar a que México lograra un progreso acelerado, objetivo central de la definición de su interés nacional.

 

Detrás de ello residía la premisa y expectativa de que México llevaría a cabo reformas profundas para convertir al tratado en una palanca transformadora que permitiera lograr el ansiado desarrollo, cosa que evidentemente no ocurrió.

 

Aunque la renegociación comenzó en el sexenio anterior, AMLO le imprimió su carácter distintivo, plasmando en el nuevo tratado sus propios objetivos, que son muy distintos a los que animaron al TLC original, especialmente en materia laboral y social.

 

Muchas de las provisiones más polémicas y onerosas del T-MEC surgen de esta visión, en la que, por razones muy distintas, convergen los dos Gobiernos.

 

Mientras que para Trump el objetivo manifiesto es la protección del trabajador estadounidense, para el mexicano la prioridad es disminuir la desigualdad y reducir la pobreza.

 

A través del tratado, el Gobierno se propone promover la modernización de la planta productiva con una racionalidad de inclusión social y protección de derechos laborales. No son objetivos muy distintos, pero tampoco es obvio como cuajen en la práctica. Cuando se mezclan propósitos ambiciosos con instrumentos limitados, el resultado no siempre es el esperado.

 

Lo extraño es el uso (que sin duda será sesgado y politizado) de instancias norteamericanas para forzar un cambio en la manera de operar de las empresas mexicanas, sobre todo, en la organización de los sindicatos y la elección de sus liderazgos.

 

El Gobierno mexicano se propone un salto mortal triple: democratizar las relaciones laborales, cooptar a los nuevos liderazgos y crear nuevas clientelas electorales, todo ello a través de un tratado internacional donde el Gobierno del país del que todo esto depende tiene objetivos políticos y de protección de su planta laboral que claramente no tienen nada que ver con la lógica política del Gobierno de López Obrador.

 

Lo que no ha cambiado del lado mexicano es la necesidad de proveer certidumbre al inversionista, cosa que el nuevo tratado ya no garantiza, excepto para algunos servicios. La certidumbre ahora tendrá que ser provista por el propio Gobierno mexicano, quien no se ha distinguido por su disposición a afianzarla.

 

Sin inversión privada el nuevo tratado -y cualquier otra estrategia- resultará irrelevante. El verdadero reto no es el señor Trump o las potenciales (probables) demandas norteamericanas, sino la falta de brújula interna respecto a lo que hace posible atraer la inversión.

 

Luis Rubio


 

Intentar y lograr

Guanajuato se está convirtiendo en el Chihuahua de hace 10 años, e Irapuato y otras ciudades cercanas, en el Ciudad Juárez. El primero de este mes asesinaron en Irapuato a 26 jóvenes. Mientras, AMLO celebraba su triunfo electoral con estas palabras: "Nunca se ha reprimido al pueblo ni hemos permitido masacres".

 

No ha reprimido, es cierto. Pero las masacres no necesitan permiso, como se ve con tanta frecuencia. Los enfrentamientos de las Fuerzas Armadas con criminales donde solo mueren criminales también se siguen dando. El Ejército acribilló a 13 sicarios en Nuevo Laredo el viernes.

 

La respuesta de AMLO fue fiel a su estilo: con todo respeto y aclarando que no abandonaría al pueblo de Guanajuato, culpó del problema a la Fiscalía del propio Estado y a su Gobernador. Ciertamente tienen una gran parte de la responsabilidad, pero dividiendo no se puede enfrentar al crimen.

 

El 31 de enero del 2010, en Ciudad Juárez, 60 estudiantes fueron asesinados en una fiesta. Calderón también reaccionó mal: "si los mataron es porque en algo andaban". Pronto se supo que no andaban en nada.

 

Ante la fuerte crítica mediática (hay que revisar cómo trataban al entonces Presidente), Calderón optó por encabezar el acto "Todos somos Juárez". Fue el arranque de una exitosa estrategia de seguridad. Incluía un abanico de medidas sociales para ayudar a los jóvenes a no caer en el mundo de las pandillas, coordinada desde la cabeza del Ejecutivo, con participación de los tres niveles de gobierno (el Gobernador de Chihuahua y el Presidente Municipal de Ciudad Juárez eran priistas), y con una amplia intervención de la sociedad civil.

 

Algunos podrían argumentar que Calderón era el responsable de la violencia y tenía que actuar, pero quien sea el Presidente es responsable de los problemas, propios o heredados. El crimen organizado le compete constitucionalmente a la Federación.

 

AMLO recuerda constantemente la complicada situación que heredó y los esfuerzos heroicos emprendidos para limpiar el cochinero. También nos recuerda que las condiciones sociales que llevan a la violencia están mejorando, lo cual es preocupante porque la pobreza está subiendo de forma alarmante.

 

Veo difícil que opte por una política de unidad con una estrategia renovada. Lo suyo es distraer provocando y poner toda su atención en las futuras elecciones, sin pensar en las consecuencias de mediano plazo de sus decisiones o la falta de ellas.

 

Salvo unas palabras a las horas del atentado contra Omar García Harfuch, no ha dado un enérgico mensaje de apoyo a este sí heroico servidor público. Nunca se reúne con las víctimas o sus familiares, salvo si son sus aliados políticos, como los padres de los estudiantes asesinados de Ayotzinapa.

 

El Presidente fue claro el día posterior al atentado: "no le vamos a declarar la guerra a nadie". No parece haberse enterado de que el atentado fue una declaración de guerra al Estado cuyo jefe es él. Con abrazos va a capitular. Que no le llame guerra, sino política de respeto al Estado de derecho.

 

El País necesita construir una política de Estado integral, que no solo sea tener a las Fuerzas Armadas en la calle, sino una política social pensada para las zonas de mayor violencia y con el involucramiento de todos: partidos políticos, los tres niveles de gobierno y sociedad civil. Sin inteligencia y unidad no es posible enfrentar a un crimen que cada vez respeta menos al Estado. AMLO puede empezar por encabezar un "Todos somos Guanajuato" y organizar su agenda para supervisar las acciones contra la violencia, no en dar banderazos de salida.

 

AMLO cerró su discurso de celebración a dos años de su triunfo con una cita de Lope de Vega: "en empresa de tanta gloria, solo intentarlo es victoria". Ojalá bastara con intentarlo para ser un buen Presidente. En materia de seguridad, no parece siquiera que lo esté intentando de verdad.

 

Carlos Elizondo Mayer-Serra


sábado, julio 04, 2020

 

Los "adversarios"

El miércoles se cumplieron dos años de la elección que llevó a Andrés Manuel y su 4T a presidir el Gobierno federal, la Cámara de Diputados, el Senado, así como uno que otro estado de la República.

 

Aquellas manifestaciones de algarabía por el triunfo, por el cambio verdadero, por la cuarta transformación, por el primero los pobres y el aniquilamiento de la corrupción duraron apenas un poco más que el confeti en caer al piso.

 

Es cierto que durante muchos meses los obsesionados con medir la aprobación popular no dejaban de cuestionarse el misterio de sus cifras que parecían sostenidas a pesar de los vaivenes del poder y de los evidentes tropiezos.

 

Aún hoy, que ha caído a un 56 por ciento, los números hablan de un respaldo leal y fiel que sólo cree y tiene esperanza, sin importar nada más.

 

Creer y confiar. Eso.

 

Si antes nuestro País ya era la desigualdad personificada, la pobreza andante, la corrupción hirviente, la violencia rampante y el tejido deshecho, los escasos avances y el montón de retrocesos a los que se les ha unido el Covid-19 con todos sus efectos devastadores en todos sentidos lo ha venido a agravar más.

 

Así que se entiende. Para muchos es creer y confiar: respaldar, porque no hay otra opción a la cual asirse.

 

Para otros sí es cuestionar, confrontar, recordar promesas, vigilar, mantenerse atentos, desconfiar, emprender, involucrarse, abrir alternativas, construir a pesar de seguir teniendo todo en contra. Reclamar, exigir, quejarse.

 

Por supuesto que se entiende. Justo es contrapeso, fuerza para romper la inercia, oponerse.

 

Así hemos transitado nuestra incipiente democracia y este sexenio no tendría por qué ser la excepción. Fox y Martita, Calderón y Margarita, Peña Nieto y "La Gaviota" han tenido no pocos detractores, así como fieles defensores.

 

Las reglas de la democracia dicen que gana al que elige la mayoría, y se trata de transitar un periodo con ellos esperando salir lo menos dañado, no se trata de terminarlos queriendo ni mucho menos de aplaudirles cada cosa.

 

Es inevitable que se generen odios y pasiones, es inevitable que se crispen los ánimos, es inevitable que todos pensemos que los nuestros lo harían mucho mejor y que sigamos pensando distinto. Lo curioso es que al parecer no hemos aprendido nada y este sexenio esa tensión se promueve desde el mismísimo micrófono del poder.

 

Hemos tenido dos años de declaraciones que ya han caído en la monotonía y en el recurso multiuso: Bartlett y su fortuna: son nuestros adversarios; las casas de Ackerman: son nuestros adversarios; Dos Bocas: son nuestros adversarios; el Tren Maya: son nuestros adversarios; el narcotráfico: son nuestros adversarios; las compras sin licitación: son nuestros adversarios; el desastre en el aumento de violencia: son nuestros adversarios; el huachicol: son nuestros adversarios; y tómese la libertad de cuestionar cualquier cosa, la respuesta siempre será la misma: nuestros adversarios.

 

"Nuestros adversarios", personas culpables de señalar los hechos, no de los hechos en sí. Si bien es cierto que el reto de gobernar México es, la mayor parte del tiempo, una misión imposible, esperar responsabilidad básica y diálogo abierto es apenas un requisito básico.

 

Repartir culpas, y siempre a la misma entidad, no sólo cansa, sino que pone en evidencia un desgano y una terrible falta de creatividad hasta para buscar excusas.

 

De AMLO ya sabíamos qué podíamos esperar: mucha repetición, un discurso lento, elementos sorpresivos como de pronto meter estampitas en temas sanitarios o recomendar la dieta mesoamericana y el potencial alimentario de los frijoles, el maíz y el arroz, y siempre, siempre, escurrirse para no ser responsable de algo que va mal.

 

De quien sí no sabíamos casi nada era de su esposa, una mujer con doctorado en Teoría Literaria y de la que conocíamos sus incursiones en el canto, desde trova y baladas de contenido motivacional, pacífico, positivo.

 

Sabíamos también que no quiso ostentar el cargo de primera dama y que esa figura un tanto anquilosada quedó suprimida al inicio del sexenio. La conocíamos poco, pero su perfil nos prometía mucho.

 

Muy respetable que decidiera mantenerse al margen de la función pública, pero muy decepcionante que, ante su agresivo desliz en redes sociales en el que contestó airadamente a quien le pidió recibir a los padres de niños con cáncer que buscan medicinas para sus hijos, a la hora de reconocer su error y ofrecer disculpas, culpó, para no perder la costumbre, a los adversarios de su señor esposo.

 

Sofía Orozco


domingo, junio 28, 2020

 

Costosos juguetes

El petróleo pudo haber sido una bendición -o la maldición que recetó López Velarde-, pero Pemex es el gran lastre que está hundiendo a las finanzas públicas y, con ellas, al País.

 

La distinción es clave porque yace en el corazón de la disputa energética que vive hoy México: no es lo mismo la empresa estatal que monopoliza (cada vez más) la explotación del petróleo que el recurso mismo.

 

Lo crucial es el recurso y su explotación eficiente y limpia para transformarlo en riqueza. La empresa se ha convertido en el gran obstáculo al desarrollo del País y es un fardo para las finanzas públicas que amenaza la estabilidad económica.

 

La paradoja es que el mayor perjudicado de la situación de Pemex es el Gobierno del Presidente López Obrador, quien anticipaba convertir a la paraestatal en la principal fuente de crecimiento económico, como en los 70.

 

En lugar de fuente de efectivo, Pemex está consumiendo todo el dinero del presupuesto federal, afectando a los servicios de salud, la operación normal del Gobierno y hasta las universidades.

 

Es imperativo preguntar si el Presidente sabe que se encuentra frente a un barril sin fondo y ante el riesgo de perder la calificación crediticia que es clave para la estabilidad de las finanzas públicas.

 

La foto es clara: Pemex es la petrolera más endeudada del mundo; su producción ha venido declinando en las últimas décadas; y su operación es altamente ineficiente. La deuda es elevadísima y se mal usó en subsidios a la gasolina, transferencias al Gobierno y malas inversiones, como Chicontepec. Eso sin contar su endémica corrupción.

 

En el momento actual, el Gobierno no tiene mayor espacio fiscal para pagar sus funciones básicas y financiar sus proyectos favoritos por lo elevado de su deuda y las altas tasas de interés.

 

No es el caso del 2009 en que la deuda federal era de menos del 30 por ciento del PIB y las reservas de hidrocarburos sustancialmente superiores a las actuales. Tampoco es el caso de los 70 en que crecían las reservas como la espuma, impulsando al resto de la economía con la inusitada demanda de acero, tubos, cemento, carreteras, etcétera.

 

Entre los detractores de la reforma energética emprendida por el sexenio pasado hay una clara propensión a verla como una obsesión ideológica.

 

Visto en retrospectiva, lo que en realidad intentó aquella administración fue algo muy distinto, porque es claro que reconocía la grave situación de Pemex. Su objetivo fue desarrollar la industria más allá de Pemex para generar mayor flujo de efectivo hacia la economía en general.

 

Es decir, su objetivo era idéntico al del Presidente López Obrador, excepto que no querían seguir dependiendo de una empresa ineficiente, sin la tecnología más avanzada y, sobre todo, corriendo riesgos excesivos en el desarrollo de nuevos campos.

 

El hecho de que Pemex sea socia de prácticamente todos los proyectos privados que surgieron de la reforma indica que la entidad no estaba siendo marginada sino protegida.

 

El punto crucial es que lo que le importa a México es que se utilicen esos recursos de la manera más eficiente y multiplicadora posible, pero lo que de hecho hay es no más que una enorme fuente de riqueza potencial.

 

Lo importante no es quién lo explota, sino que se explote para que se logre el beneficio. Sin embargo, en sentido contrario a sus objetivos y a lo establecido en la Constitución, el Gobierno está sacrificando programas y funciones fundamentales para mantener a flote a la paraestatal. Lo que Pemex requiere es sanear su operación, no que se subsidie su ineficiencia.

 

En un mundo ideal, el verdadero rescate de Pemex involucraría reconfigurar las refinerías, ajustar el costo laboral y renegociar los pasivos financieros y laborales de la empresa para que se apeguen a los flujos reales de la entidad.

 

Es decir, en lugar de seguirle metiendo miles de millones de dólares escasos, tendría que ajustar las finanzas de la empresa a su realidad productiva y, una vez hecho eso, renegociar su deuda con los bancos y tenedores de bonos. Y, sin duda, parte de la renegociación inexorablemente requeriría replantear los impuestos, explícitos e implícitos, que el Gobierno federal le cobra a la empresa.

 

El punto es que Pemex debe convertirse en una empresa dedicada a explotar los recursos petroleros y no a ser una fuente, antes, de subsidios y, ahora, de pasivos.

 

El verdadero rescate consiste en sanearla. La recesión obliga a revisar estas cuentas y, a la vez, lo hace posible. Si no lo hace, el mercado financiero lo hará inevitable, a un costo inenarrable.

 

Luis Rubio


viernes, junio 26, 2020

 

Desentonados

México, económicamente hablando, no es una isla: con sus Tratados internacionales y relaciones bilaterales firmados con un buen número de países avanzados, forma parte de un concierto de naciones que practican ciertas muy claras REGLAS de JUEGO.

 

Claramente -resulta obvio- debe nuestro País apegarse a estas reglas de competitividad, transparencia, "fair play", acceso a mercados y apertura que rigen al mundo actualmente y a las que nos suscribimos cuando firmamos, primero el TLC y posteriormente el T-MEC.

 

De lo contrario, caerá México en estrepitosa asimetría, comenzará a desentonar, a exhibir una disonancia que obligará a las naciones amigas con las que lleva relaciones comerciales importantes -y vitales para nosotros- a desconocernos, por ejemplo, negándonos acceso a sus mercados o a sus productos.

 

Este marco legal internacional nos rige, por lo cual México no puede aplicar unilateralmente reglas contrarias que violen los pactos internacionales acordados y las condiciones que aceptamos al firmar estos Tratados.

 

No pueden la Sra. Nahle, Secretaria de Energía, y o Manuel Bartlett, de la CFE, irse por la libre y aplicar las reglas que a ellos les pegue en gana, o les convenga dentro de un concepto obsoleto y retrógrado que impulsan de monopolios gubernamentales operando de manera totalitaria en los mercados globales, abiertos y de competitividad a los que nos hemos sumado.

 

Estarán leyendo hoy mismo, estimados lectores, que una asociación de petroleros levantó una queja formal ante el Presidente Trump denunciando prácticas comerciales desleales del Gobierno mexicano.

 

Por esto mismo, creemos, resultan sumamente importantes y deben ser escuchadas las advertencias que formuló ayer el señor Embajador de Estados Unidos en México, Christopher Landau (designado, por cierto, por el Presidente Trump con quien el Presidente López se reunirá pronto en Washington), quien entre otras cosas señaló: "El Gobierno de México ha dicho que en varios casos no estaba de acuerdo con políticas de Gobiernos anteriores, pero que se iban a respetar las promesas que se habían hecho en el pasado. Las reglas de juego establecidas.

 

"Pero acciones en el sector energético han creado incertidumbre sobre esas promesas del pasado de respetar lo que se hizo en el pasado y NO CAMBIAR (énfasis nuestro) las reglas del juego".

 

En forma por demás congruente con los legítimos intereses que representa, el Embajador Landau también dijo: "Tampoco les puedo mentir a mis connacionales y decir que es un momento propicio para invertir".

 

Y concluyó el Embajador: "No se puede decir a la vez queremos atraer inversión y capital de otras partes del mundo y también decir vamos a cambiar las reglas. Uno impacta al otro, uno no puede tener las dos políticas a la vez: o un país tiene una política de atraer inversión o un país tiene una política de ESPANTAR (énfasis nuestro) inversión".

 

Más claro no canta el gallo y nos parece evidente que este CHAVISMO mental que pulula en el actual Gobierno y que pretende hacer de México otra Venezuela (o Cuba) es una ideología sumamente destructiva, riesgosa, obsoleta y divisiva, pero que además simplemente no cabe en un México que se desempeña en el siglo 21, con reglas del siglo 21, y con un socio comercial y VECINO como Estados Unidos.

 

Establecido esto también les diremos que el Gobierno actual está empantanado, la confianza ya la perdió y en el supuesto de que quiera recuperarla (que midiendo lo obsesivo que es el Presidente López, nos luce proco probable) sólo habría un camino disponible para él: despedir a la inexperta e incapaz Sra. Rocío Nahle de la Secretaría de Energía, y poner un nuevo director a la Comisión Federal de Electricidad.

 

El ROLLO ya no jala, las promesas ya no son creíbles: se requerirá en cualquier caso de HECHOS CONCRETOS, palpables por parte del régimen, que demostraran la voluntad de regresar al camino de la legalidad, de la virtud económica ortodoxa y dejar atrás los experimentos socialistas que han fracasado en cuanto lugar se han intentado.

 

Fricasé


 

Espantar la inversión

"O un país tiene una política de atraer inversión o un país tiene una política de espantar inversión". Christopher Landau

La pandemia es un fenómeno internacional que no se puede achacar al Gobierno de Andrés Manuel López Obrador, aunque se puedan cuestionar sus políticas para enfrentarla.

 

El desplome económico es también global, pero el régimen parece empeñado en agravarlo por ignorancia o por ideología. El resultado será profundizar la pobreza.

 

No es necesario descubrir ningún hilo negro. La inversión productiva es la única manera de construir prosperidad y reducir la pobreza. Un Gobierno puede paliar la desigualdad con buenas políticas sociales, pero sólo la inversión construye riqueza.

 

Parecería que el Presidente, como la boa de la canción, lo sabe. Hace un año, el 13 de junio de 2019, firmó un Acuerdo para Promover la Inversión y el Desarrollo Incluyente con el que las empresas del Consejo Coordinador Empresarial se comprometieron a invertir 35 mil millones de dólares frescos en sectores estratégicos, como el energético y el transporte.

 

Pero el presidente del CCE, Carlos Salazar Lomelín, advirtió: "Las inversiones no se dan en el vacío. Quien decide trabajar su dinero y arriesgar su patrimonio lo hace cuando hay un ambiente propicio con condiciones que lo incentiven".

 

Estas condiciones no están presentes en el México de hoy. El Embajador de Estados Unidos, Christopher Landau, dijo ayer en una teleconferencia con la Concamin: "Tampoco les puedo mentir (a mis connacionales), tampoco les puedo decir que es un momento oportuno para invertir en México... Cualquier país tiene el derecho de establecer o cambiar sus políticas económicas o sociales domésticas, pero esos cambios pueden tener efectos muy negativos en cuanto a la inversión... No se puede decir a la vez 'queremos atraer inversión y capital de otras partes del mundo' y también decir 'vamos a cambiar las reglas'".

 

La inversión se está desplomando en México. No es por la pandemia. El proceso empezó en 2018. En marzo de 2020, antes de la emergencia sanitaria, el índice de inversión fija bruta mostraba ya una caída anual de 11.1 por ciento. En abril y mayo será todavía mayor. Las empresas constructoras tuvieron en mayo un derrumbe de 32.1 por ciento anual en valor de producción.

 

Hemos visto un ejemplo tras otro de cómo el actual Gobierno cambia las reglas del juego y destruye inversiones que se hicieron con la idea de que en México prevalece un Estado de derecho.

 

Ahí está el aeropuerto de Texcoco, en el que por lo menos se indemnizó a los constructores, aunque cargando el costo injustamente a los contribuyentes, y los gasoductos, en los que se llegó a un acuerdo con las empresas, pero que torpemente elevó el costo total a valor presente.

 

Después vinieron la cancelación de la cervecera de Mexicali, tras una inversión de mil 400 millones de dólares, y los cambios de reglas en el sector energético para favorecer las energías sucias de la CFE.

 

Si el Gobierno quiere fortalecer los monopolios gubernamentales, y fomentar la ineficiencia y la corrupción, como en los tiempos del viejo PRI, lo puede hacer. El triunfo electoral de 2018 se lo permite.

 

No obstante, cambiar las reglas del juego después de que comienzan los proyectos sólo ahuyentará la inversión productiva y aumentará la pobreza.

 

Quizá eso es lo que quiere la 4T: más pobres para entregar más dádivas que compren votos. Los inversionistas, sin embargo, no tienen por qué arriesgar su patrimonio en un país sin Estado de derecho.

 

Sergio Sarmiento


domingo, junio 14, 2020

 

Modelo trapiche

Para el Presidente, México debe retornar a sus raíces y lograr la felicidad por la vía de la negación: así lo consigna el video en el que ensalza la tecnología del trapiche.

 

El artefacto, un molino empleado para extraer jugo que también se usaba en la minería, es una tecnología que se remonta al siglo 16. Ése parece ser el punto de convergencia de la visión presidencial: echarnos 400 años para atrás.

 

Los indicadores económicos dejan entrever que el Presidente está logrando su objetivo: la contracción económica se acelera, el desempleo crece sin contención y, sin duda alguna, los dramas humanos producto de la falta de ingresos y necesidades crecientes se agudizan.

 

Evidencia anecdótica sugiere que las dimensiones tanto del desempleo como de las muertes en los saturados hospitales son sustantivamente superiores a lo que las autoridades reconocen, al menos en público. El engaño yace en el corazón del proyecto.

 

El problema no radica en la pandemia que provocó este escenario tan funesto, sino en el Gobierno que ya antes de la emergencia sanitaria había producido una recesión sin posibilidad de recuperación.

 

El Presidente ataca al neoliberalismo como el factor causante de los males que aquejan al País, pero eso es mera retórica. La evidencia demuestra que su visión no es la del desarrollo ni del progreso, cualquiera que sea la manera en que éstos se definan, sino la de un retorno a una forma muy básica de vida, quizá ancestral, todo ello subsidiado por el petróleo.

 

"Al diablo no sólo con las (sus) instituciones", sino con todo el México moderno, la planta productiva y el ansia de ser mejores, civilizados y desarrollados.

 

El componente religioso es fundamental porque todo se juzga a partir de una criba moralista que determina quién o qué es o no corrupto.

 

En sentido contrario a lo que asumen muchos de sus acólitos, se trata de una visión en extremo conservadora en la que las definiciones de corrupción, honestidad y entereza son todas relativas y no absolutas: lo que importa no es el hecho corrupto, sino el fin para el que se hace.

 

Si contribuye a los objetivos presidenciales la redención está al alcance de la mano. Cualquier acción, convicción o comportamiento que no contribuya al proyecto presidencial es corrupto, neoliberal y, por lo tanto, despreciable. Más importante, es inmoral. El predicador decide quién vive y quién no.

 

Desde esta perspectiva, es perfectamente explicable por qué el crecimiento de la economía ya no es importante, la violencia se puede ignorar y el conocimiento es reprobable.

 

Detrás de esto reside la realidad de una enorme porción de la población que ha sufrido la "educación" que han hecho (im)posible la CNTE y el SNTE, ambos apadrinados y validados por el propio AMLO. Lo relevante no es la consistencia, sino lo expedito, todo envuelto en la moralina que, al menos hasta hoy, mantiene en babia a suficientes votantes como para preservar relativamente elevados niveles de popularidad.

 

En un mundo de pobreza fundamentalista la educación y la salud son irrelevantes, porque así lo determina una autoridad superior, que actúa siempre con fines electorales, los únicos que valen.

 

El problema de la visión presidencial es que parte de una falacia: que la gente es tonta y no entiende su condición, que se le puede mentir, engañar y embaucar al mexicano común y corriente porque no tiene manera de comprender lo que está ocurriendo.

 

La realidad es exactamente opuesta: la mayoría de los mexicanos puede haber estado furiosa con la flagrancia de la corrupción y arrogancia del Gobierno de Peña, así como con las promesas y errores de los tecnócratas en general y con el abuso cotidiano de la población por parte de burócratas y políticos, pero sabe bien -lo ve en la televisión y lo escucha de sus parientes en Estados Unidos- que el mundo funciona con base en apertura, democracia y los mercados.

 

Muchos verán al Presidente como impoluto, pero eso acaba siendo irrelevante cuando la disyuntiva es entre el trapiche y un empleo de verdad.

 

La gente sabe que el futuro se encuentra en los empleos que representan las plantas manufactureras del Bajío o del norte y no en una tecnología del siglo 16. La dependencia respecto a transferencias gubernamentales no engaña a nadie, aunque lleve naturalmente a hacer lo necesario para preservarlas.

 

El mundo del trapiche no lleva a ningún lado, lo que hace claro que el Gobierno actual no tiene futuro y su devenir acabará siendo acelerado por esta pandemia que desnuda a todos y hace evidente lo que no funciona. Pero el costo de todo esto será enorme.

 

Luis Rubio


sábado, junio 13, 2020

 

Los otros héroes

Los otros héroes

Así como las familias reflejan la salud de la sociedad, las empresas son el reflejo de la fortaleza de la economía.

 

Si hay desintegración y violencia familiar, trasciende al tejido social. Si hay desaparición de empresas, se traduce en debilidad económica y menor bienestar.

 

Todos dependemos de las empresas. Esto es así porque todos de alguna forma somos una parte de lo que la empresa es y hace.

 

Desde el campesino que cosecha una hectárea para el mercado local, hasta las exportadoras con miles de empleos, todas son empresas. El pequeño negocio en la esquina, el señor que vende jugos o la señora de las quesadillas, todos son empresas.

 

El 56 por ciento son empresas informales, pero son empresas.

 

Son empresas desde el pequeño negocio de barrio, uno presente en toda una ciudad, hasta el de alcance nacional o internacional. Incluso el Gobierno.

 

Sí, el Gobierno es empresa por dos vías. Lo es al proveer servicios como agua, drenaje, basura, electricidad, seguridad pública, peaje en carreteras y aeropuertos, y también porque depende de los impuestos que cobra tanto a empresas públicas y privadas, como a todos los trabajadores y consumidores formales del País.

 

Esto es así en todo el mundo, y no hay ningún país que pueda existir sin empresas, sin negocios, sin la forma de organización básica de la economía.

 

Pueden ser empresas públicas, privadas o de capital mixto, pero siempre hay una organización enfocada en generar valor a la sociedad a través de un servicio, un producto o un bien. De hecho, no hay otra razón para que una empresa exista.

 

Hoy vivimos una de las peores crisis que las empresas han enfrentado en la historia mundial, y particularmente en la del México moderno. Por supuesto, no todos los Gobiernos han respondido igual.

 

De hecho, ya se ven ejemplos de recuperación económica en países con estrategias de salud precisas y claros apoyos federales a su sector productivo. Colombia, por ejemplo, ha dedicado el 20 por ciento de su PIB para rescatar la actividad económica y, a pesar de todo, crecerá este año de pandemia.

 

En México, hay poco más de 4 millones de micro, pequeñas y medianas empresas y son responsables de la mayoría del empleo formal.

 

Estas empresas han sido las más afectadas por la crisis y, según datos del Inegi y del IMSS difundidos ayer, ya muestran una caída importante.

 

De la población ocupada en micronegocios para abril hay una disminución de 8.1 millones de mexicanos respecto al mismo mes del 2019 y una caída de 3 millones en la población ocupada en pequeños y medianos establecimientos. Estas cifras representan el 20 por ciento de la gente ocupada hace un mes en México.

 

Sin embargo, el mismo Inegi reporta que la población ocupada en tareas de Gobierno pasó de 5 millones en abril del 2019 a 5.9 millones en abril de este año. ¡Un incremento de 18 por ciento en un año!

 

En relación con el IMSS, se han perdido desde marzo, inicio de la crisis, cerca de 1 millón de empleos, lo que representa un 5 por ciento de todo el empleo formal. Sin embargo, menos del 1 por ciento del total de patrones se ha dado de baja desde entonces. Al 31 de mayo, hay registrados 997 mil 767 patrones en el IMSS, lo que representa una disminución de menos de 10 mil en tres meses.

 

Nuevo León, por su parte, en abril reportó un baja de 437 empresas de un total 68 mil 953 patrones. Es decir, el 0.6 por ciento, lo que refleja la resistencia y solidaridad en nuestro Estado.

 

Por ello, en materia económica, las empresas son los héroes olvidados de la emergencia de salud. Hoy las empresas están haciendo su parte por resistir lo más que han podido. Esperamos por el bien de todos que sigan aguantando. De su subsistencia depende qué tan rápido o despacio podamos todos, hasta el Gobierno, recuperarnos.


viernes, junio 12, 2020

 

Tienen prisa

Por más que el Presidente minimice en sus conferencias la fuerza de la oposición política en México, el hecho es de que existe -cuando menos- una posibilidad de que en las elecciones de medio término, justo dentro de un año, su partido (Morena) pierda la dominancia que posee en la Cámara de Diputados (directamente y vía partidos paleros), y que le da la posibilidad de cambiar a su antojo nuestro marco legal, incluyendo el constitucional.

 

Ello, obviamente, para imponer su voluntad y ejercer un CONTROL total que le permita castigar o premiar conductas: el que le favorezca y apoye recibirá contratos y buen trato, y el que no, será aplastado fiscal y administrativamente.

 

HAY PRISA entonces por realizar los cambios para entregarle al Ejecutivo el poder TOTAL ANTES de que lleguen las elecciones.

 

En este momento nos es difícil -aunque se puede especular- determinar de quién fue realmente la idea de la iniciativa presentada por el líder de Morena en el Senado, Ricardo Monreal, que busca COMBINAR EN UNO solo los tres organismos regulatorios existentes: Competencia, Energía y Telecomunicaciones.

 

PRETEXTOS abundan para justificar esta medida totalmente innecesaria: quesque para ahorrar, quesque para evitar corrupción, quesque porque así es en España, quesque para equis, y griega y zeta. Todo esto suena a patrañas.

 

Lo que claramente parecen querer es revolcar la gata para darle al Ejecutivo el poder que le permita NOMBRAR directamente a los nuevos comisionados de este organismo controlador, que igual determinará las decisiones en el sector energético, o que puede ser empleado para someter a los medios electrónicos, o para fijar prácticas monopólicas contra alguna empresa cuyos directivos le caigan panzones.

 

Estos nombramientos serán "a modo", con el fin -como se ha visto en designaciones similares- de colocar incondicionales "LEALES" al Ejecutivo que acepten, busquen y reciban línea.

 

Claramente no se pretende con esto la democracia del control, sino el control de la democracia, si es que acaso así se le puede llamar a lo que tenemos hoy en México, y que en año y medio de la 4T se ha transformado, desgraciadamente, no en una más perfecta democracia, sino en un híbrido que pinta totalitario y dictatorial, como en las épocas de la "dictablanda", término acuñado por Mario Vargas Llosa para describir el sistema priista de antaño.

 

Podemos esperar los mexicanos, por tanto, que en los próximos meses sean presentadas más iniciativas de este tipo, algunas sordas y encubiertas, otras abiertas y descaradas, todas diseñadas a poner en manos del Ejecutivo la MAYOR cantidad de decisiones posibles, incrementando -que no democratizando- el poder que ejerce y que, como se ha visto, va hacia la imposición de sus muy peculiares puntos de vista.

 

Los cuales, debe decirse, se miran más alineados con lo hecho por el Teniente Coronel Hugo Chávez en Venezuela, que con el Benemérito mexicano, Benito Juárez.

 

Paradójicamente, a pesar de que dice odiar y despreciar a Porfirio Díaz, en los hechos el Presidente López con su "estilo personal de gobernar" es al mandatario mexicano que más se está pareciendo.

 

Ello al convertirse con el poder determinante que acumula en "dueño de vidas y haciendas", literalmente, como en su época lo fue Díaz.

 

Con la "pequeña" diferencia de que Díaz nunca se calificó a sí mismo como demócrata.

 

De nuevo, paradójicamente, él constantemente acusa de "hipócrita" a todo aquel que no concuerda con su ideología, pero ¿quién lo será realmente?, ¿los que se presentan como lo que son, o los lobos que se disfrazan con piel de oveja?

 

Obviamente que este tipo de medidas de control unipersonal, de PODER discrecional depositado en manos del Ejecutivo, cooptando las instituciones que deberían ser autónomas, perjudica a más cosas que a las prácticas democráticas.

 

Al no haber autonomía e independencia de criterio en los organismos reguladores, nuestra CERTEZA JURÍDICA, la CONFIANZA en las leyes mexicanas y sus instituciones -que todas por cierto tienen organismos paralelos en los países desarrollados-, se esfuman inmediatamente.

 

Al tornarse unipersonales Y NO INSTITUCIONALES las decisiones que afectan el funcionamiento de grandes e importantes sectores de nuestra economía, se DEBILITA ésta (más), lo cual acarrea un deterioro para el nivel de vida de los ciudadanos.

 

La acumulación de poder se logra a un costo, elevado, y éste lo pagarán finalmente los mexicanos, específicamente quienes más resienten ya la penuria económica.

 

Fricasé


sábado, junio 06, 2020

 

En qué gastar

"Se requiere de un enorme esfuerzo y planificación detallada para desperdiciar tanto dinero". P.J. O'Rourke

No es que no haya recursos. El tema de fondo es saber simplemente en qué quiere el Gobierno gastar el dinero.

 

El 23 de abril, utilizando como excusa una pandemia que le ha caído como anillo al dedo, el Ejecutivo federal emitió un decreto con unas curiosas "medidas de austeridad".

 

Señalaba que "No será despedido ningún trabajador", pero "de forma voluntaria se reducirá el salario de los altos funcionarios".

 

Apuntaba que "No se ejercerá el 75 por ciento del presupuesto disponible de las partidas de servicios generales y materiales y suministros", incluyendo "lo supuestamente comprometido".

 

Cancelaba "10 Subsecretarías", sin decir cuáles, pero añadía que "se garantiza el empleo con el mismo rango y los mismos ingresos a quienes dejarán esos cargos".

 

Decía que: "Se aplicará la Ley Federal de Austeridad Republicana de manera rigurosa", pero exentaba 38 programas "prioritarios" y a las Secretarías de Salud, Marina y Defensa, y a la Guardia Nacional.

 

Ningún decreto, sin embargo, puede ordenar una reducción "voluntaria" de salarios. Tampoco cancelar lo ya comprometido con proveedores. No puede eliminar 10 Subsecretarías sin decir cuáles, ni generar un ahorro si todo el personal se pasa a otras dependencias.

 

Toda ley, por otra parte, debe aplicarse de manera rigurosa; no se necesita un decreto que lo ordene.

 

Uno de los programas exentos es el Tren Maya. Por eso el Presidente se ha pasado la semana en ceremonias de inauguración.

 

No hay información de que el proyecto tenga manifiesto de impacto ambiental o un proyecto ejecutivo que permita determinar con exactitud costos y problemas de construcción.

 

Lo único que sabemos es que el Gobierno dice que costará exactamente 139 mil millones de pesos, con IVA, y que "es socialmente rentable dado que el valor presente neto es positivo, equivalente a 206.6 mil millones de pesos [sic] y cuenta con una tasa interna de retorno social (TIR) de 21.2 por ciento".

 

Aun suponiendo que esto fuera cierto, y hay dudas de que lo sea, se trata de un proyecto sumamente costoso.

 

La idea original era que lo pagaran empresas privadas, lo cual sugería que sí habría una rentabilidad, pero a últimas fechas se nos ha dicho que todo el costo lo asumirá el Gobierno. Mala señal.

 

Mientras este proyecto quimérico absorbe carretadas de dinero, el modesto equipo del doctor Luis Marat Álvarez Salas, del Centro de Investigación y de Estudios Avanzados (Cinvestav) del Politécnico Nacional, está desarrollando una prueba rápida de Covid-19, pero se está quedando sin recursos.

 

La detección se realiza a través de una proteína llamada Spike y de reactivos con aptámeros, ácidos nucleicos de cadena sencilla, que cambiarían de color con una muestra de la persona presuntamente infectada.

 

Cada prueba podría tener un costo de 50 pesos, muy por debajo de los 600 de una prueba serológica de anticuerpos o los 3 mil a 5 mil de una prueba PCR, de reacción en cadena de polimerasa.

 

Los investigadores se enfrentaban ya a problemas serios por falta de recursos y estaban teniendo que poner dinero de su bolsillo. Pero, según el doctor Álvarez Salas: "No tendremos forma de continuar si nos cortan el 75 por ciento del presupuesto".

 

No, no es que el Gobierno no tenga dinero. Simplemente está aprovechando la pandemia para recortar dinero de proyectos que deberían ser prioritarios, como esta nueva prueba, para financiar sus programas sociales, que compran votos, y proyectos faraónicos como el Tren Maya.

 

Tenemos un Gobierno que gasta cada vez peor.

 

Sergio Sarmiento


viernes, junio 05, 2020

 

Obsesión

La obsesión que está demostrando el Presidente López O. con el diario REFORMA, se ha convertido ya en algo insano.

 

Como quien hurga para encontrarle ubres a las lombrices, el Presidente un día sí y otro también se altera, molesta y patalea, porque los diarios de este Grupo osan publicar información QUE SU PROPIO GOBIERNO DIVULGA, pero que no le gusta.

 

Su más reciente berrinche tuvo que ver con la CIFRA difundida por la Secretaría de Salud, que reportó más de MIL muertes por Covid-19 en un día.

 

Muy molesto se puso el Presidente López y arremetió contra este diario, sin reparar que con quien debería estar enojado -si acaso- es con su Subsecretario de Salud, no con el medio que simplemente divulga lo que éste reportó.

 

En diferente nota, en forma humorística y en referencia al meteoro que azotó el sureste del País en días pasados, salió publicada una foto de un damnificado remando por las inundadas calles de su ciudad en una panga, la cual llevaba por nombre "El Titanic".

 

¡Hasta eso le molestó al Presidente, siendo que no tenía nada que ver con él!

 

(Sin embargo, el solo hecho de que él piense que sí, es ya motivo suficiente de preocupación para los mexicanos, quienes por supuesto que no quieren ni buscan correr la misma suerte que los pasajeros de tan infame embarcación).

 

Los arrebatos del Presidente, constantes y ya rutinarios, motivan a preguntar: ¿será esto lo más importante que acontece en México?

 

¿Qué no hay otros problemas en el País que ameriten su atención, más que lo que publica o cómo publica REFORMA una nota?

 

Debemos entender los mexicanos que el TIEMPO del Presidente -el cual en todo país es muy valioso, sobre todo cuando hay muchos problemas que solucionar-, en lugar de emplearlo en gobernar lo dedica a escudriñar notas periodísticas para justificar berrinches.

 

Si acaso anda el Presidente en busca de temas urgentes para sus conferencias, hay varios otros:

1.- El enorme DESEMPLEO que se nos ha venido encima. Tan sólo en abril se perdieron DOCE MILLONES Y MEDIO de empleos.

 

2.- El cierre de infinidad de NEGOCIOS por QUIEBRA o imposibilidad de continuar.

 

3.- LA VIOLENCIA que sigue sacudiendo a México, imponiendo récord de homicidios y ejecuciones casi a diario.

 

4.- La insuficiencia de medicamentos en el sistema de Salud (IMSS) para diversos cánceres.

 

5.- La paralización de la industria de la construcción.

 

6.- El vertiginoso desplome del CONSUMO interno.

 

7.- La crisis en PEMEX con una (otra) inminente baja de calificación crediticia.

 

En fin, muchas, pero muchas broncas hay que requieren de la URGENTE atención presidencial, y que él prefiera, en lugar de atacar estos problemas, enfocarse en nimiedades -aparte, inventadas- para despotricar sobre su vanidad herida da muy mala espina.

 

Dentro y fuera de México.

 

Fricasé


 

Tiranos inocentes

El Presidente López Obrador hizo ayer su acostumbrada pataleta mañanera a la salud de Grupo REFORMA porque éste reportó, según AMLO, más de mil muertos en un día por el Covid-19.

 

"El periódico REFORMA hoy (ayer) dice que México está en el tercer lugar de fallecimientos en el mundo y eso es rotundamente falso", aseguró AMLO.

 

"Están actuando por la animadversión que tienen a nuestro movimiento, a mi persona, al proceso de transformación. Están actuando de manera alarmista e irresponsable.

 

"Están actuando de acuerdo a la máxima del hampa del periodismo, de que la calumnia cuando no mancha, tizna".

 

Ninguna de las notas publicadas por los periódicos de esta casa editora aventuró semejante enfoque de redacción.

 

Fue la Secretaría de Salud la que reportó el miércoles mil 092 nuevas muertes por Covid-19, la mayor cifra para un día, para un total de 11 mil 729 decesos en México.

 

Hugo López-Gatell, Subsecretario de Salud, precisó que los mil 092 fallecimientos ocurrieron a lo largo de varios días, lo que fue publicado puntualmente por estos periódicos, todo de acuerdo con lo informado en el sentido textual por ese vocero oficial.

 

Pero aparentemente el Presidente no sabe leer, escrito sea con todo respeto, ni siquiera la información que le concierne de manera tan cercana.

 

O quizás se perturba por, con toda la soberbia o el cinismo del mundo, sentirse o saberse culpable del saldo mortal -tan grave y alto para este País- por la pandemia, de la que nadie en su sano juicio, excepto el propio tabasqueño, culpa al afligido, pero pataletero Mandatario.

 

López Obrador parece víctima del síndrome MMH (Miguel de la Madrid Hurtado), que primero permaneció oculto en Palacio Nacional o en Los Pinos cuando el aterrador terremoto de 1985 devastó la Ciudad de México y su zona de influencia matando a miles de mexicanos.

 

Cuando, finalmente, don Miguel salió a las calles a oler la muerte, su cara era un retrato de horror y miraba -cuando miraba a alguien de frente- con una expresión congelada de "yo no tuve la culpa".

 

Pero en el fondo de su corazón vanidoso y soberbio, MMH se creía capaz de haber creado el sismo con sus manitas: así de insolente es la locura protagónica del poder.

 

Todos sabemos que López Obrador no engendró el coronavirus, del que sólo es una más de sus víctimas, aunque logre eludir el contagio hasta ser protegido algún día con la vacuna, que sin duda será creada tarde o temprano, como Salk inventó la que lleva su nombre o Fleming el antibiótico que no lleva el suyo.

 

Pero lo que pasará, como se lo escribí en días pasados, es la catarata de torpedos con que la humanidad está siendo atacada desde antes de que el Covid -19 se llamara de algún modo.

 

Los gobernantes mesiánicos como AMLO se creen dioses y demonios al mismo tiempo. Pero no son eternos. Se irán sin ganas y únicamente quedará el rastro de lo que no hicieron, no el de lo que hicieron.

 

Este Presidente, cogido en la espiral de su congénita incompetencia, dejará un país en ruinas después de la auditoría final, en la que la pandemia, igual que otras anteriores aquí, allá y donde sea, habrá sido erradicada.

 

Pero no habrán sido erradicadas ni la delincuencia organizada ni la pobreza ni el hambre ni la desigualdad ni los tiranos disfrazados de caudillos bonachones, como López Obrador, histrión de la democracia, de una democracia en la que no cree y a la que no respeta, como lo demuestra cada vez que se proclama dueño de la verdad.

 

El virus no es lo peor que nos pasará. Lo peor son los crímenes que se cometerán en su nombre o lo que no se hará también en su nombre.

 

Lo peor es la soberbia demencial de los gobernantes, como AMLO, que se creen capaces de ser apocalípticos y acaban siéndolo.

 

Felipe Díaz Garza


domingo, mayo 31, 2020

 

Populismo: medicina milagro

El populismo es una amenaza existencial a la democracia. Quebranta una vida cívica abierta, tolerante, plural.

 

En Nuevo León hemos sufrido el populismo desde varios frentes, con actores y discursos diferentes, pero con resortes comunes: un discurso contrario a la evidencia y una oposición al pluralismo.

 

Recetas simplonas al problema de seguridad, invitaciones al conflicto sobre el federalismo fiscal y agendas educativas dogmáticas reflejan un discurso público contaminado.

 

En cada caso se simplifica la realidad, se niega la evidencia y se concibe al pueblo en singular: una masa homogénea amenazada por enemigos oscuros.

 

Seguiremos teniendo políticos oportunistas mientras la mercadotecnia populista sea exitosa, y seguirá siendo exitosa mientras, como ciudadanos, compremos la medicina-milagro de una política sin sustento analítico.

 

Debemos estar especialmente atentos cuando un político dice lo que queremos escuchar. Por ejemplo, la promesa de menores precios de la gasolina detona un botón mágico: esa política nos beneficia a cada uno de nosotros, aunque al final nos perjudique a todos.

 

El beneficio (aparente) es tangible; su costo, distante. Que el planeta se caliente y respiremos basura es irrelevante para un populista.

 

¿Quién no recuerda al Senador Samuel García en una gasolinera en Texas denunciando los altos precios en México? El Senador argumentará que quiere gasolina barata, pero también de mejor calidad -falta quien recoja la factura. No dice nada original, sino tan sólo lo que queremos escuchar.

 

La propaganda populista ofrece resultados inmediatos a problemas complejos. En la campaña presidencial se prometían paz y seguridad inmediatas y sacar al Ejército de las calles. ¿Quién no recuerda a Tatiana Clouthier ofreciendo piadosamente en campaña condolencias a las víctimas de la violencia? No faltaba el cierre publicitario: "La guerra debe terminar".

 

El mensaje simplón fue preludio de la militarización creciente en una Administración federal hoy incapaz de crear instituciones civiles de seguridad y detener la violencia.

 

La mercadotecnia populista siempre es corrosiva. Si queremos que un niño en Oaxaca tenga las mismas oportunidades de educación que uno en Sonora, los Estados ricos deben aportar más.

 

Los contribuyentes en Estados ricos somos vulnerables al discurso simplista. Cierto, el federalismo fiscal requiere una reforma: la dependencia tributaria debilita la capacidad estatal y la rendición de cuentas.

 

Pero el problema es complejo, las promesas populistas son ingenuas. Regresemos al Senador García, quien no podía perder la oportunidad y afirmar que "Nuevo León pone toda la carne y nos dan una sola quesadilla, pero Oaxaca, Guerrero, Chiapas se llevan los ribeysones (sic)".

 

El discurso populista siempre divide: nosotros contra ellos. El separatismo catalán, con otra receta culinaria, ofrece el mismo mensaje.

 

El Congreso local propuso en la Ley de Educación la obligación de que la educación despierte "conciencia sobre el respeto a la vida, desde la concepción hasta la muerte natural". La tragedia de una niña violada por su padre y el dilema de una decisión extrema de la eutanasia desaparece del aula por dictado popular.

 

Asomó también el absurdo PIN parental. La educación debe ser fuente de conocimiento, reflexión y diálogo. Juan Pablo II concebía a la educación como "una relación creativa con la verdad". La creatividad se cancela cuando una verdad se impone.

 

Preocupa que dos de los principales precandidatos a la Gubernatura de Nuevo León sean incapaces de procesar y comunicar problemas complejos o, de plano, falten a la verdad por ventajas políticas.

 

No obstante, el problema no radica en ellos, sino en nosotros, el pueblo en plural. Mientras los ciudadanos compremos recetas mágicas o cartillas morales desde el poder, los oportunistas nos seguirán manipulando.

 

En contraste, el pluralismo reconoce la complejidad de nuestra comunidad y la responsabilidad de todos frente a problemas comunes. Adopta los mejores instrumentos para resolverlos y reconoce al otro como interlocutor siempre legítimo.

 

Es la hora de iniciar un diálogo más fructífero y razonado. No será fácil.

 

Rodrigo Morales Elcoro

El autor es director de la Maestría en Derecho de los Negocios, de la Facultad Libre de Derecho de Monterrey.


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