lunes, mayo 20, 2019

 

Jugar con trenes (usando dinero ajeno)

"Algunas veces la luz al final del túnel es un tren". Charles Barkley

Un viaje en autobús de Cancún a Tulum cuesta 160 pesos. No hay que esperar mucho para tomar uno con 29 viajes diarios disponibles de las 5:30 a las 22:05 horas. Además, no tienen subsidios, son rentables.

 

El Tren Maya de López Obrador iría no solo de Cancún a Tulum, sino que llegaría a Bacalar, se adentraría en la Península de Yucatán por Escárcega hasta Palenque y después regresaría por Campeche y Mérida hasta Cancún en un recorrido de mil 525 kilómetros.

 

Según el Presidente, el proyecto costaría entre 120 mil y 150 mil millones de pesos, un máximo de 100 millones de pesos, 5.3 millones de dólares, por kilómetro. La construcción se haría en un tiempo sin precedente: cuatro años.

 

El bajo costo y el breve lapso serían consecuencia de que mucho del derecho de vía ya lo tiene el Gobierno. Ah, y claro, ¡porque ya no hay corrupción!

 

Los trenes de alta velocidad tienen, según el Banco Mundial, un costo de entre 17 y 21 millones de dólares por kilómetro en China, 25-39 millones en Europa y 56 millones en California, Estados Unidos.

 

El Maya no será un tren bala, pero tendrá una respetable velocidad de 160 kilómetros por hora.

 

Ana Thaís Martínez Palacios del Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO) ofrece cifras para construcción de otros trenes que van desde 1.6 millones de dólares por kilómetro del Osaka-Tokio hasta 111.9 millones del Bolonia-Florencia.

 

A la inversión inicial hay que sumar, por supuesto, los costos de operación y mantenimiento.

 

El Presidente López Obrador ha dicho que el tren tendrá capacidad para trasladar tres millones de pasajeros al año. Si es así, su capacidad estaría sobradísima.

 

El Ferrocarril Chihuahua-Pacífico (Chepe), que junto con el Tequila Express es el único tren de pasajeros que queda en nuestro País, traslada alrededor de 170 mil pasajeros anuales en su ruta de 673 kilómetros de los cuales 90 mil son turistas y 80 mil rarámuris que no pagan tarifa completa.

 

El servicio, proporcionado por una empresa privada, se mantiene solo gracias a un subsidio del Gobierno.

 

Casi ningún tren de pasajeros en el mundo es rentable. No hay razón para pensar que el Tren Maya lo será, aun si se construyera por 150 mil millones de pesos.

 

El estudio del IMCO, empero, sugiere que los costos reales de construcción oscilarán entre 460 mil millones y 1.5 billones de pesos.

 

Quizá el Tren Maya tenga un mayor número de pasajeros que el Chepe, pero esto llevaría quizá a un máximo de 200 mil o 300 mil usuarios anuales. No son suficientes para hacerlo rentable.

 

Un boleto sencillo en el Chepe en clase turista entre Chihuahua y Los Mochis cuesta 3 mil 276 pesos. El tramo entre Chihuahua y Ciudad Cuauhtémoc, de solo 103 kilómetros, menos que los 130 de Cancún a Tulum, alcanza 667 pesos.

 

Nada que ver con los 160 pesos sin subsidio de los autobuses Cancún-Tulum. Además los trenes a Los Mochis solo salen de Chihuahua los lunes, jueves y sábados. Tener 29 salidas diarias en un tren turístico es imposible.

 

Si realmente el Gobierno quisiera impulsar un transporte barato y eficiente en la Península de Yucatán ampliaría la actual y excelente carretera Cancún-Tulum y mejoraría las que conectan con Mérida, Campeche, Escárcega y Palenque.

 

Quizá un proyecto así no impulsaría la mística de la Cuarta Transformación, pero sería mejor para los supuestos propósitos que se tienen.

 

El problema es que los políticos son como niños: les gusta jugar con trenecitos.

 

DECLINACIÓN

Virtualmente todos los trenes de pasajeros son subsidiados, pero ni siquiera así los siguen usando los pasajeros. Según el IMCO, los servicios ferroviarios representan menos del 10 por ciento de los traslados por tierra en el mundo y hay "una disminución de casi 10 por ciento en los últimos 15 años". No es la mejor perspectiva para construir un nuevo tren.

 

Sergio Sarmiento

www.sergiosarmiento.com


domingo, mayo 12, 2019

 

Desencuentro

No es de sorprender la existencia de tensiones entre las necesidades de la economía para poder progresar y las demandas que impone la población a través de los mecanismos democráticos.

 

Para atraer inversiones y crear condiciones para el progreso, los Gobiernos tienen que contenerse en materia presupuestal y evitar distorsiones como las que producen subsidios, restricciones al comercio y otras medidas discrecionales.

 

Por su parte, la ciudadanía, a través de su voto, demanda soluciones, mejores condiciones de vida y seguridad para su propio desarrollo y bienestar.

 

Si el Gobierno actúa bien, no hay razón para que ambos factores resulten contradictorios, al menos si se le da suficiente tiempo para cuajar a lo primero. Sin embargo, en la era de las comunicaciones instantáneas y las expectativas desbordadas, los votantes quieren satisfactores inmediatos.

 

En la segunda mitad del siglo 20 dominó la noción de que la democracia liberal era el patrón contra el cual todas las naciones tenían que medirse, lo que llevó a que las dictaduras y dictablandas del mundo adoptaran medidas de apariencia democrática.

 

Todo esto cambió en la última década tanto por la crisis financiera del 2008 como por el mero hecho de que China haya logrado un avance económico excepcional sin siquiera pretender ser una democracia.

 

En "Democracia y Prosperidad", Iversen y Soskice argumentan que la democracia y el capitalismo no sólo son compatibles, sino que una es inviable sin la existencia del otro.

 

Su planteamiento se fundamenta en tres elementos: primero, se requiere un Gobierno que funcione y que establezca y haga cumplir las reglas para la interacción social y económica; es decir, el mercado y el Estado son dos componentes cruciales del desarrollo.

 

En segundo lugar, la educación es central al desarrollo y más en sociedades avanzadas porque en la medida en que se eleva la complejidad social, tecnológica y económica, la población siempre demanda la existencia de un Gobierno competente.

 

De esta forma, tercero, el desarrollo requiere habilidades particulares que usualmente se multiplican a través de redes y comunidades y, por lo tanto, tiene una naturaleza geográfica, como ocurre con los clusters industriales que hay en Jalisco, Querétaro, etc.

 

Detrás del planteamiento de estos autores reside la tesis de que la democracia funciona y es estable en la medida en que el Gobierno, y los partidos políticos, son capaces de satisfacer a las clases medias, elemento crucial tanto del crecimiento económico como de la estabilidad política.

 

La clave de todo esto consiste en un principio elemental: cuando un Gobierno es democrático, tiene que proveer a la población y a las empresas las condiciones que les permitan ser exitosas y en eso radica la esencia de la democracia, en responderle de manera efectiva a la ciudadanía.

 

¿Será aplicable esta tesis a la realidad mexicana actual? Por un lado, la popularidad del Presidente sugeriría que el elevado reconocimiento del que goza es independiente del desempeño económico. Sin embargo, si uno observa las encuestas, el electorado distingue nítidamente entre su respeto al Presidente y su apoyo a las medidas y decisiones que éste está tomando.

 

Mientras que el apoyo a la persona rebasa el 60 por ciento, la aprobación a sus medidas fluctúa entre el 20 y el 40 por ciento. Es decir, la mayoría de la población no coincide con la forma en que gobierna, pero aprueba masivamente a la persona del Presidente.

 

Por otro lado, la población que aprueba al Presidente no es homogénea: hay una cohorte que lleva lustros apoyándolo y que le concede toda la latitud que requiera, pero hay otros grupos que son más volátiles y que esperan soluciones prontas y expeditas. El común denominador es que todo mundo espera respuestas, pero algunos tienen más paciencia que otros.

 

La mexicana todavía es, en muchos sentidos, una sociedad industrial, y en las sociedades industriales, dicen los autores, los trabajadores con habilidades y los que no las tienen (producto de las fallas del sistema educativo) son interdependientes; sin embargo, en la medida en que la economía avanza hacia la digitalización, esa interdependencia desaparece y es ahí donde surgen las crisis políticas y los abusos de grupos de interés.

 

Los autores afirman que el populismo surge cuando sectores importantes de la sociedad dejan de verse representados por el sistema político. Esto explica el triunfo de AMLO el año pasado; también constituye un reto para responderle a esa población a tiempo y de manera exitosa.

 

Luis Rubio

www.cidac.org


 

Destrucción de la naturaleza

En la realidad atemporal y alternativa donde vive López Obrador puede hablarse de nuevas refinerías, trenes que atraviesan biósferas y de arrasar con campos, lagos y cerros sin mencionar, ni por asomo, los daños ambientales de esas obras.

 

Para él y sus funcionarios aluxes, el calentamiento global no existe: ni siquiera cuando toca a nuestra puerta y amenaza con destruir las costas de Quintana Roo y la industria hotelera que alberga.

 

Para desgracia del planeta, la negación del calentamiento global es parte de la agenda cultural de los populistas. Han inventado, como Trump, todo tipo de argumentos insostenibles para negarlo, para disuadir a los Gobiernos de tomar medidas que atraviesen las fronteras y engañar a sus seguidores fanáticos y desinformados.

 

La ventaja del sargazo es que las 168 mil toneladas que invadieron las costas del Caribe en el 2018, y de nuevo en el 2019, sí se ven. Y no hay manera de darle la vuelta a sus orígenes ni a la devastación natural que causarán.

 

La multiplicación de esta macroalga se debe al aumento de nutrientes que la alimentan -los agroquímicos y las descargas de aguas residuales que arrojamos al mar-, al aumento de la temperatura del agua y al cambio de las corrientes marítimas y los vientos resultado del calentamiento global.

 

Los funcionarios federales y locales que andan todavía buscando "el entendimiento" del problema han contratado para resolverlo a industrias dedicadas al comercio de "abarrotes y ultramarinos" o de servicios de "hojalatería y pintura" (EL NORTE, mayo 4, 2019) que, inexplicablemente, no han podido detener la llegada del sargazo a las playas, o se han hundido en la resignación. El director de Fonatur, Rogelio Jiménez Pons, declaró de plano, que "es un problema que llegó para quedarse".

 

El director no entiende que el problema no puede haber llegado para quedarse porque puede causar un desastre ecológico. El sargazo acaba con el oxígeno del agua matando a todos los seres vivos de un ecosistema, y ya seco en la playa despide ácido sulfúrico y arsénico que ponen en riesgo a miles de especies marinas más y a los mantos freáticos de agua dulce.

 

Es indispensable entender de qué estamos hablando, porque el sargazo (y la ceguera ambientalista de este Gobierno) es nada más una punta del iceberg de la destrucción del único hábitat que nos sostiene como especie -este planeta- y de la necesidad de detenerla.

 

El 6 de mayo se publicó un largo estudio internacional ordenado por la ONU, el más completo que se haya hecho hasta ahora, sobre la devastación de la naturaleza y el desafío que enfrentamos para revertirla ("Human society under urgent threat", The Guardian). Las cifras son escalofriantes.

 

Desde los arrecifes de corales hasta las selvas tropicales, estamos destruyendo la naturaleza a una tasa cientos de veces más alta que el promedio de los últimos 10 millones de años. La biomasa de mamíferos salvajes ha caído en 82 por ciento; los ecosistemas naturales han perdido la mitad de su superficie. Un millón de especies estarán en peligro de extinción en las próximas décadas; 500 mil a corto plazo.

 

El reporte describe un planeta en donde la huella de la actividad humana es tan aplastante que deja muy poco espacio para algo más. Tres cuartas partes de la superficie del planeta son ahora campos de cultivo, planchas urbanas de concreto, presas o paisajes que nada tienen que ver con su estado original. Hemos alterado también dos tercios del ambiente marino y tres cuartas partes del agua de ríos y lagos está dedicada a la agricultura y a la ganadería.

 

Cada año extraemos 60 mil millones de toneladas de recursos de la naturaleza: casi el doble de lo que explotábamos en 1980. Nuestros desperdicios han rebasado con mucho la capacidad del planeta para absorberlos.

 

Lean y relean: arrojamos más del 80 por ciento de aguas negras en arroyos, lagos y mares SIN tratamiento, junto con 300 o 400 millones de toneladas de metales pesados y desechos industriales. Los desperdicios de plástico son 10 veces más grandes que en 1980, y los de fertilizantes han creado 400 "zonas muertas" con una superficie del tamaño de la Gran Bretaña.

 

Éste no es mundo para refinerías o trenes que destruyan biósferas. Es un planeta que pide a gritos medidas para detener el calentamiento global, inversiones en infraestructura verde y energías alternativas, nuevas leyes de protección del ambiente y un cambio de nuestro modo de vida, tan radical, que apenas podemos imaginarlo. Y es ahora o nunca. Lo que está en juego es el equilibrio de la naturaleza que sostiene la vida humana.

 

Isabel Turrent


 

Carta a AMLO

Señor Presidente, en aras de que su administración sea exitosa y particularmente su cruzada contra la corrupción pase a la historia, me permito dirigirme a usted en respuesta a su llamado para que veamos a la corrupción como una enfermedad, por lo que sugiere "hacer terapia para reincorporar a mucha gente".

 

Quiero pensar que su postura como candidato ha madurado a la de un Mandatario, ahora ve que no basta con su ejemplo y que la corrupción no se acaba nada más barriendo de arriba para abajo, de ahí que proponga una terapia, pues se ha dado cuenta de que el mal es más complejo de lo que pensó.

 

En nuestro único encuentro cara a cara, donde era usted candidato, le comenté que su visión para erradicar la corrupción me parecía ingenua e insuficiente. Quiero creer que sabe rectificar ante la evidencia.

 

Mencionó también que la corrupción es "una especie de enajenación" y que "hay que crear una asociación para recuperarlos (a los corruptos)" para "hacerles ver que el dinero no es la vida... que no es lo material lo que da la felicidad... que sólo siendo buenos podemos ser felices". Estoy de acuerdo con usted (aunque hay corrupción que persigue intangibles como el poder y la influencia, beneficiar a amigos y parientes y más).

 

Asumo que al mencionar "enfermedad" y "terapia" habla en sentido figurado. Varios quienes hemos tocado el tema usamos expresiones como "cáncer social" que "se contagia" y que necesitamos "una cura". Estoy de acuerdo en la metáfora, hace sentido en cómo crece y se propaga la corrupción, también en la forma de combatirla.

 

La corrupción es un sistema, una forma de ser, es parte de los hábitos con los que la gente resuelve su cotidianidad, es cultural, entendiendo por cultural no a lo genético ni a lo endémico, ni los valores del pueblo, en otras palabras, no está en lo mexicano, sino en el modus operandi del individuo (de cualquier nacionalidad).

 

Como todo hábito puede ser cambiado, la corrupción puede ser combatida a niveles que podrían hacer que usted pase a la historia. Convengamos que no es sólo un ilícito entre funcionarios y particulares, es también cualquier acto ciudadano que corrompe el orden legal, desde la casa, la oficina y la calle.

 

No necesita crear ninguna asociación, ya existen y están haciendo una gran labor contra la corrupción y la impunidad; haga alianzas con ellas, aunque sean de la sociedad civil, deles un voto de confianza.

 

Le menciono algunas, todas apartidistas: MéXXIco libre de Corrupción (www.mexxi.co), que fomenta tres ejes de combate: el compromiso de los líderes, un andamiaje institucional que identifique, persiga y castigue y una sociedad consciente y activa. Mexicanos Unidos Contra la Corrupción y la Impunidad (www.contralacorrupcion.mx), que ha expuesto casos notables. Y www.avanzasintranza.com, que capacita para generar en la sociedad civil un cambio a través de convicción, carácter y compromiso.

 

Propongo que los mexicanos nos unamos a su cruzada, por ello lo invito a leer el libro "Las Hazañas Bribonas" del doctor Guillermo Zúñiga, donde plantea un método para combatir la corrupción.

 

El autor ha identificado cuatro componentes de un acto tramposo (léase corrupto): la oportunidad, el sigilo, la oposición (sabe uno que es contra la ley) y la emoción, y considera fundamental que la persona sea consciente de ese patrón para recapacitar y decidir no ser tramposo (léase corrupto).

 

Esta es la terapia a la que usted se refiere. Invite a su Secretario de Educación para que incorpore esta teoría a los planes de estudio. Ahí está parte de la vacuna.

 

Sólo la voluntad personal de cada mexicano que decide hacer lo correcto en vez de lo ilegal, sumado a otro y a otros miles de mexicanos, podrá darle la vuelta a este azote. No es suficiente el deseo y el ejemplo presidencial, escuche a los que saben, déjese ayudar y no se olvide de la impunidad.

 

Se lo comento con el único adjetivo que debería mediar en nuestro diálogo, ni chairo ni fifí, ni liberal ni conservador, sino un adjetivo que nos hermana y nos causa un orgullo compartido, tan grande como el país que amamos: mexicano. Así, de mexicano a mexicano le digo, Señor Presidente, no está sólo en esta lucha, a menos que usted lo quiera.

 

Eduardo Caccia

ecaccia@mindcode.com


domingo, abril 28, 2019

 

El ABC de los gobiernos

Desde el ABC de la teoría política hay que empezar para explicar por qué el Presidente se equivoca día a día en sus decires matutinos y en muchas de sus políticas.

 

López Obrador parece creer genuinamente que todos los problemas que enfrenta son nada más producto de políticas "neoliberales" del pasado reciente; no ve, ni acepta, las consecuencias de los errores que ha cometido desde que tomó el poder y no tiene idea de las tareas fundamentales de un Estado eficaz.

 

Desde Sun Tzu, pasando por Maquiavelo, Hobbes y Max Weber, y todos los teóricos que han explicado la construcción de un Estado funcional a partir de un contrato social original, están de acuerdo en que el Estado tiene, desde el principio de la historia, tres obligaciones fundamentales: la responsabilidad de proteger a sus gobernados, la de solucionar los conflictos impartiendo justicia de acuerdo con los mandatos de ley, y la capacidad de recolectar impuestos y redistribuir de manera eficaz los recursos para garantizar el bienestar de todos.

 

Sobre el tema se han escrito bibliotecas. Quien quiera viajar por todo el pensamiento político occidental puede consultar el libro enciclopédico de Alan Ryan ("On Politics").

 

Para un excelente recuento, más breve y escrito desde el (vapuleado) centro-izquierda "Good and Bad Power" de otro escritor inglés, Geoff Mulgan, es inmejorable. Mulgan agrega una cuarta tarea fundamental para un Gobierno eficaz, que, paradójicamente, en lugar de perder relevancia, se ha vuelto aún más importante en esta era de la posverdad: la responsabilidad de promover la verdad y el conocimiento.

 

López Obrador ha fracasado en esas responsabilidades para construir y apuntalar un Estado eficaz, porque no ha asumido que encabeza un Estado débil.

 

Tampoco, que la debilidad del Estado mexicano no es resultado de las políticas de libre mercado de sus antecesores, sino del crecimiento y expansión a lo largo del territorio del País de una constelación de grupos bien organizados de narcotraficantes y delincuentes que roban, toman casetas, extorsionan, secuestran y asesinan con total impunidad.

 

La verdad lo tiene sin cuidado. Ha inventado, como lo han hecho muchos populistas iliberales que han transitado por el siglo 20 y el siglo 21, a enemigos anónimos, imposibles de identificar y de llevar a la justicia. El perfecto chivo expiatorio.

 

Los "conservadores" de López Obrador -que parecen reflejo de los "peligrosos inmigrantes" con los que Trump ha azuzado el supremacismo blanco en Estados Unidos- no existen.

 

El Presidente comparte, de menos con su antecesor inmediato, una imaginación política deficiente, que le ha impedido diseñar una estrategia inteligente y de altos vuelos para cimentar el desarrollo económico (del cual depende el fortalecimiento del Estado benefactor) y para resolver la violencia de narcos y delincuentes con el uso de la violencia legítima.

 

Es un político de muy cortos plazos. (Por eso no le interesa tampoco el conocimiento ni el futuro de los estudiantes que ha dejado en manos de la CNTE, ni de los que no tendrán oportunidad de estudiar en el extranjero, porque desmanteló Conacyt).

 

Pero ha olvidado que la seguridad y la protección de sus gobernados no puede ser cortoplacista. El anhelo de paz no es monopolio de un grupo de ciudadanos "conservadores", como dice el Presidente. Es el cimiento del contrato social entre un Estado y la sociedad que gobierna desde el principio de los tiempos: la garantía de seguridad, orden, paz y prosperidad, a cambio de obediencia a las leyes, lealtad al Estado y pago de impuestos.

 

Como lo hemos comprobado los mexicanos, es difícil exagerar la importancia de un Gobierno fuerte, estable y protector para el bienestar de sus ciudadanos. Por eso, para todos los teóricos políticos, es el cimiento de la legitimidad de un Estado. Eso y no su política clientelar debería ser la primera prioridad del Gobierno. Encontrar una estrategia eficaz para garantizar la paz.

 

Si falla, correrá el riesgo de que su legitimidad quede prendida con alfileres de una retórica matutina hecha de ocurrencias.

 

Isabel Turrent


 

Poder y verdad

El poder como servicio es indeseable. Nunca faltan personas abnegadas que se desviven al servicio de los demás. Pero sus beneficiarios pueden ser desconsiderados, creerse dignos de atención infinita. No tener límites para pedir, cuando descubren que les hacen caso. Pueden esclavizar al que les sirve desinteresadamente. Los padres de familia, maestros, médicos, religiosos, pueden ser explotados vilmente por sus hijos, pupilos, pacientes, feligreses, si se abandonan al deseo de servir.

 

Cuando aceptar el poder es sacrificarse de verdad, los elegibles corren a esconderse, como sucede en Alcaldías paupérrimas. En algunas, hay la costumbre mañosa de no faltar a la asamblea de elección, porque se nombra Alcalde al que no asiste. Si, por alguna afortunada anomalía, alguien tiene ambiciones de poder (cuando el poder no es más que servicio), hay que aplaudirlo, festejarlo y entregarle el poder rápidamente, antes de que se arrepienta.

 

El poder como saber profesional aparece tardíamente. Los guerreros empleaban a los letrados que, estando cerca del poder, llegaron a creerse capaces de gobernar. Confucio y Platón soñaron un Estado racional, dirigido por sabios como ellos.

 

Pero la racionalidad política no es tecnocrática, sino democrática: una conversación entre conciudadanos que deliberan públicamente y finalmente toman una decisión razonada.

 

Los especialistas deben ser escuchados, pero no mandar. En la práctica, los tecnócratas no son Platones ni Confucios. Ni siquiera son los técnicos más conocedores, sino los más políticos. Son especialmente hábiles para ocultar la realidad bajo razonamientos y estadísticas que les dan la razón. Su especialidad no es la administración del ramo equis, sino la administración de la verdad sobre el ramo equis.

 

Tener poder es tener razón. Lo que parece que está mal está bien; y, si algo sale mal, es por causas incontrolables o por culpa de administraciones anteriores (a las que no llaman a cuentas).

 

Eso sí: celebran ruidosamente el futuro de las sabias medidas que están tomando para superar los desastres de las sabias medidas anteriores.

 

El poder como negocio es una tradición lamentable. Pero las denuncias, noticias y escándalos destacan el modus operandi y lucro del abusivo, subestimando lo esencial, que es la mentira.

 

La tecnocracia y el poder como negocio dependen de la buena administración de la verdad. Muchas realidades del poder se mantienen secretas. La demagogia encubre lo que no se quiere publicar.

 

Esta doblez daña también al que la impone. En "La Paz Perpetua", Kant dice que el poder atrofia la razón. Lord Acton dijo algo parecido en una carta: El poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente.

 

¿De dónde surge la tendencia corruptora del poder? De la doble personalidad. La corrupción sólo puede existir cuando alguien está investido de una representación que lo convierte en otro: una personalidad simbólica, que no necesariamente coincide con sus propios intereses, gustos, deseos, opiniones. El poder empuja al exceso, el crimen, la locura, porque lleva a la confusión de identidades.

 

Lo que Max Weber llamó patrimonialismo (la indistinción entre el erario y el bolsillo de los hombres de Estado) es sólo una de las confusiones posibles. Antes de ser rapiña, irresponsabilidad, injusticia, la corrupción es una impostura. Puede ser mañosa. Puede ser cómica. También puede ser trágica, como en "El Gesticulador" de Rodolfo Usigli: la otra personalidad se apodera del poseso y lo arrastra a creerse lo que no es.

 

La corrupción degrada a los que abusan del poder por el abuso mismo, más que por los beneficios que reciben. Los degrada incluso cuando no se benefician, cuando abusan para salvar el país o la fe, que así destruyen.

 

Solón estableció el derecho de llamar a cuentas a las autoridades: algo bueno para ayudarles a conservar el sentido de la realidad. Montesquieu propuso la división de poderes. Kant, la transparencia del poder. Todos estos principios dicen lo mismo: No te aloques, no eres Dios. Te respetamos como persona y respetamos tu investidura, pero te vamos a ayudar a que no te creas lo que no eres.

 

En los viejos tiempos del PRI, la omnipotencia presidencial y el servilismo llegaron a extremos cómicos. El Presidente era el Creador de todas las cosas y el Verbo Encarnado que las definía en sus propios términos, como en aquel certero chiste. Pregunta a un ayudante obsequioso:

-¿Qué horas son?

 

-¡Las que usted diga!, Señor Presidente.

 

Gabriel Zaid


domingo, abril 07, 2019

 

Antes de que cante un ganso

Al inicio de este siglo, Rusia se encontraba ante una encrucijada. El fin de la Guerra Fría había abierto ingentes oportunidades, pero su proceso de transición -de una economía controlada, centralizada y sin propiedad privada a una de mercado- había sido desastroso.

 

Para 1998 las contradicciones del proceso de privatización y ajuste habían resultado incontenibles, provocando una de esas crisis financieras que los mexicanos habíamos conocido. La resaca llevó al poder a Vladimir Putin, quien con gran habilidad reconcentró el poder y sometió a los llamados oligarcas.

 

Putin restableció la estabilidad económica, ganándose con ello el apoyo popular. Siguieron grandes cambios en su intento por alejar la de su (casi) única fuente de riqueza, el petróleo.

 

Años después, quien fuera su Primer Ministro, Viktor Chernomyrdin, evaluó lo logrado: "Esperábamos lo mejor, pero las cosas resultaron como siempre". ¿Acabará igual la "cuarta transformación"?

 

El punto de partida para el Gobierno de AMLO es que todo lo que se hizo de los 80 para acá está mal. Todo es corrupto, nada sirve y quienes lo condujeron son unos traidores. Los nombres varían, pero la tonada es la misma: el País estaba mejor cuando estaba peor.

 

Un cartel fuera de un restaurante lo resume de manera impecable e implacable: "Estamos peor, pero estamos mejor porque antes estábamos bien, pero era mentira; no como ahora que estamos mal, pero es verdad".

 

El gran plan del Gobierno es fácil de discernir: concentrar el poder, echar para atrás todas las reformas -hasta lo posible- que se avanzaron a partir de 1982 y, con ello, recrear el nirvana que existía en los 70 para, quizá, que el Presidente se pueda reelegir.

 

No es un plan complicado, aunque el manejo político con que se conduce lo aparente. El objetivo es claro y avanza paso a paso.

 

Lo relevante es que una amplia porción de la población está convencida de que el proyecto vale la pena y que el Presidente lo está conduciendo sin conflictos de intereses y sin miramiento.

 

El que la economía vaya de bajada, el consumo se esté estancando (o disminuyendo) y las finanzas públicas puedan experimentar problemas en el futuro mediato a nadie parece importar. La mayoría de la población está hipnotizada, creyendo que es posible lograr lo que uno quiere sin tener que trabajar o construirlo. El Presidente está convencido de que con sólo desearlo se consumará.

 

Si algo camina mal, todo se resuelve o ataja con el ungüento de más transferencias a clientelas y la identificación de culpables en calidad de chivos expiatorios.

 

Dado que los causantes del desastre que evidencia la pujanza de la clase media (y de un país que, con todos sus defectos, avanzaba) son aquellos que tuvieron alguna participación en la función pública en los últimos 30 años, la cantera de potenciales conservadores, fifís y traidores es literalmente infinita.

 

Si a eso se agregan todas las empresas, y sus empleados, que son cada vez más productivas y exitosas, el potencial para identificar a los causantes de ese desastre nacional del que tan orgullosos estamos tantos (y que es el sustento de la economía) es doblemente infinito.

 

No cabe ni la menor duda de que el País padece de muchos males y que la suma de un cambio tecnológico incontenible con una economía global (casi) totalmente integrada hace muy difícil resolver todos los problemas de un tajo.

 

Igual de cierto es que la solución no radica -no es posible- en la concentración del poder o la revitalización del cadáver de Pemex, pues el problema está en el rechazo al futuro que se manifiesta en la incapacidad del gobierno, de éste y todos los anteriores desde hace medio siglo, para llevar a cabo una reforma educativa que privilegie el aprendizaje en la era digital sobre el chantaje sindical.

 

El proyecto político es transparente, pero la diferencia entre los 60 y el presente es que la economía está abierta y eso altera todas las premisas.

 

Dice un querido amigo que en lugar de consensos "el Gobierno privilegia la discordia y la polarización, armas estratégicas en su arsenal de destrucción del presente... Lo que sí seremos en breve -en menos de lo que canta un ganso- es un país menos civilizado, menos desarrollado, más salvaje, más injusto, más polarizado, con más encono y menos deseable".

 

Al día de hoy, más del 70 por ciento de la ciudadanía le da a AMLO el beneficio de la duda. La experiencia del último medio siglo es menos generosa: cuando se rompen los equilibrios fiscales, políticos y de la civilización, las crisis no tardan en llegar.

 

Luis Rubio

www.cidac.org  


 

Nueva biografía del poder

"¿Cómo titulará su libro?", me dijo Octavio Paz una plácida tarde, en su departamento de Paseo de la Reforma. "Aún no lo sé", le respondí. "En México, por desgracia, la psicología presidencial se vuelve destino nacional. Nuestra historia es, ¿cómo decirlo...? Una biografía del poder". "¡Ahí está!", dijimos ambos. Así encontré el título del libro.

 

La edición definitiva en español (Planeta, 2017) engloba bajo ese título tres obras escritas a lo largo de 15 años: "Siglo de Caudillos (sobre el siglo 19), "Biografía del Poder" (sobre los caudillos y jefes revolucionarios) y "La Presidencia Imperial" (sobre los césares mexicanos de 1940 a 1997).

 

No incluí la segunda parte del sexenio de Ernesto Zedillo, que abrió claramente la transición democrática en México. Tampoco los sexenios de Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto porque, con todos sus errores (que fueron inmensos), el poder que acumularon esos Presidentes no fue absoluto. Por ello, no podía hablarse ya de una "biografía del poder".

 

En el epílogo a esa edición comparaba los últimos 20 años con la era del PRI, que creía superada. Recojo algunos puntos: "En el México de la Presidencia imperial, el Presidente tenía inmensos poderes (políticos, económicos, militares, diplomáticos) que detentaba constitucionalmente.

 

"Los poderes formales (Congreso, Suprema Corte, los Gobernadores, los Presidentes Municipales) dependían del Presidente.

 

"Los burócratas, buena parte de los obreros sindicalizados y las uniones campesinas congregadas en el PRI se subordinaban al Presidente.

 

"Los empresarios y la Iglesia seguían las directrices del presidente. Las empresas descentralizadas y paraestatales obedecían los lineamientos del Presidente. La Hacienda Pública y el Banco de México se manejaban discrecionalmente desde Los Pinos.

 

"Los medios de comunicación masiva eran soldados del Presidente. Sólo algunos periódicos, revistas y casas editoriales eran independientes".

 

¿Cuál es la situación actual? Si bien la independencia del Banco de México se sostiene, lo mismo que la frágil autonomía de la Suprema Corte, con uno que otro matiz, la vuelta al pasado es casi completa.

 

A continuación señalaba: "México ha cambiado porque adoptó los valores y principios de la democracia liberal. La Presidencia Imperial ha desaparecido. El Presidente sólo puede hacer uso (bueno o malo) de sus poderes constitucionales. Hay genuina división de poderes: el Congreso es independiente y la Suprema Corte es autónoma.

 

"El Federalismo se ha vuelto real: los Gobernadores son sus propios dueños y, si hacen un uso 'imperial', corrupto e impune de su poder local, corren el riesgo (que no ocurría antes) de que la prensa los denuncie y la justicia los llame a cuentas.

 

"Los grupos empresariales gozan de una autonomía que no tenían entonces, la Iglesia actúa sin ataduras, lo mismo que los medios masivos".

 

¿Cuál es la situación actual? El marco republicano y federal se ha desdibujado tanto como la autonomía de los grupos u organizaciones. Con un agravante: en el siglo 20 los Presidentes no eran dueños de su partido ni actuaban como caudillos. López Obrador es dueño de Morena y apela a un liderazgo carismático.

 

En aquel epílogo (que releo con nostalgia) agregaba: "Ahora un instituto ciudadano autónomo (no el Gobierno) maneja las elecciones. Más de un millón de personas intervienen en el conteo y la supervisión del proceso. La Oposición es mayoritaria. La ejercen el PAN, Morena, el PRD y otros partidos. Y la ejercen revistas, periódicos, estaciones de radio, comunicadores, periodistas, académicos, intelectuales, grupos de la sociedad civil y las redes sociales, ese ejército creciente, multitudinario, anárquico, muchas veces intolerante, que sin embargo sirve a la libertad.

 

"Y ya no sólo la Oposición se ha vuelto cosa de todos los días: también la crítica, que está en todas las conversaciones y es elemento esencial de cualquier democracia".

 

¿Cuál es la situación actual? El Instituto Nacional Electoral se mantiene, lo mismo que ciertas instituciones, medios y voces independientes. En las redes hay una creciente presencia crítica. Pero todos están en la mira del poder -de sus redes y medios-, que actúa como una Santa Inquisición. La libertad, ese valor absoluto, está amenazada.

 

Finalmente, advertía el peligro de entregar nuestro destino a una persona, dotándola de un poder absoluto. El desenlace ocurrió. En las urnas, el ciudadano decidió contra sí mismo. Vivimos una nueva biografía del poder.

 

Enrique Krauze


sábado, abril 06, 2019

 

Autocracia

Lamentable y preocupante el desenlace de la muy controvertida historia de la Comisión Reguladora de Energía (CRE), aunque nada sorpresivo.

 

Todas las señales apuntaban desde el principio a una simulación, a una designación de incondicionales del Presidente Andrés Manuel López Obrador, que siempre desestimó criterios profesionales y técnicos y la opinión de los Senadores.

 

Como era de esperarse, luego de que no se obtuvo la mayoría calificada para votar los perfiles enviados por el representante del Ejecutivo federal, el Presidente designó a sus cuatro comisionados, por los que desde el principio apostó Morena, por órdenes de su jefe máximo.

 

Es cierto que hay procesos de amparo ante la maniobra de López Obrador promovidos desde el Senado, pero la historia parece haberse consumado, con graves consecuencias para el sector energético, pero también causando un daño muy grande a la vida democrática, al respeto a los Poderes, a los órganos autónomos, y en general a las instituciones del País.

 

El perfil de los designados por el Presidente no requiere mayor explicación. Simplemente son personas que no tienen los conocimientos, la capacidad y la experiencia para desempañar la responsabilidad que se les ha confiado. Por momentos parece que estamos ante una película cómica, en la que caben toda clase de disparates, pero el problema es que es una realidad, misma que en verdad ofende a la inteligencia.

 

El hecho en sí mismo es muy grave, como lo es el discurso con el que López Obrador justifica el secuestro que ha hecho de la CRE. "La verdad es revolucionaria y transformadora y la mentira es conservadora", dijo, y agregó que valora mucho que en el Senado haya existido discrepancia con su propuesta, y en contraste con la ignorancia exhibida por sus "gallos", ratifica que son profesionales y capaces, pero sobre todo gente honrada, no achichincles.

 

Fiel a su afán de promover la división y encono entre los mexicanos, el Presidente mencionó que no se requiere ser egresado de una universidad de prestigio para convertirse en alguien capaz, lo que en estricto sentido es cierto, pero en su narrativa lo que pretende es seguir alimentando el resentimiento social, estigmatizando como fifí y conservador a todo aquel que cuestiona sus decisiones.

 

Desde una lectura política, lo ocurrido en torno a la CRE significa premiar la incondicionalidad y buscar tener control absoluto de todas las ramificaciones del poder, a todos los niveles, pero el proceder del Presidente trasciende el pragmatismo político, y responde más bien a la lógica de un "iluminado" que asume que la realidad se construye a partir de lo que existe en su cabeza.

 

A López Obrador no le importan las valoraciones técnicas, los indicadores objetivos, la opinión de las calificadoras, la reacción de los mercados, la opinión de los especialistas, el consejo de sus asesores y la creciente crítica a sus planteamientos en el ámbito internacional.

 

No le importa la realidad misma, él piensa que la construye, no le importan las leyes, sino que él convierte en leyes sus propias decisiones; no dialoga, sino que escenifica un monólogo permanente basado en un guion escrito por él mismo; no gobierna, impone una nueva religión política; no actúa con principios éticos, sino que construye su propia "moral", y como un juez todopoderoso, define quién es bueno y quién es malo, y asume que los malos dejarán de serlo por decreto.

 

Lo de la CRE es sólo una muestra más de la ruta del deterioro de las instituciones que se avecina, consecuencia de un mesianismo autoritario que va en aumento, con un enorme poder, y realmente sin contrapesos.

 

Estamos en un escenario muy crítico en el que se mezclan ignorancia, soberbia y arrogancia. Cada vez dependemos más de la decisión de un solo hombre, que ha impuesto e impondrá su voluntad sin matices, aunque lo anterior contravenga incluso la realidad.

 

Guillermo Velasco Barrera

 


domingo, marzo 10, 2019

 

El cartógrafo recuerda

¿Podemos recordar con precisión cosas que nunca sucedieron? La evidencia científica dice que sí.

 

El proceso de lo que llamamos memoria no es como una placa impresa que se queda fija e indeleble dentro de un archivo a la espera de ser consultada cuando queremos recordar algo. Los estudios demuestran que la memoria es un proceso complejo, único y orgánico.

 

Hace unos años se hizo un sencillo experimento dentro de un parque temático de Disney; se le preguntó a la gente (imagen de por medio) si habían visto a cierto personaje. Mayoritariamente respondieron que sí.

 

¿Qué hay de raro en ello?, se preguntarán algunos, al cabo esos sitios están llenos de botargas amigables. El individuo mostrado era Bugs Bunny, personaje de Warner, competidor de Disney.

 

A pesar de haber vivido el mismo suceso, mi esposa y yo diferimos en algunas partes de cierto relato, yo aseguro X mientras ella asevera Y (lo sé, me arriesgo demasiado, es mi versión de deporte extremo).

 

La memoria es como una receta en manos de diversas personas, siempre hay un toque individual que le añade algo y que hace que el resultado cambie. Aceptar la fragilidad de nuestra memoria debería ser una herramienta para construir puentes de entendimiento. ¿Y si no fue así como lo recuerdo? Podría ser un pregunta para la salud mental y física.

 

Recordar la realidad es equivalente a hacer un mapa, somos entonces cartógrafos de la memoria. Nuestro mapa depende de lo que observamos, de nuestras creencias, de lo que creímos haber visto y muchos factores más.

 

Hoy las herramientas satelitales hacen mapas con precisión que hubieran envidiado los navegantes y expedicionarios del pasado. En los anales de la historia se registran notables pifias cartográficas, invenciones de tierras ignotas y hasta mundos paralelos.

 

Durante siglos el continente de Java la Grande apareció en los atlas y cartografías como la isla más grande del planeta. O qué me dicen de los informes que hubo entre los siglos 15 y 18 sobre la Isla de California, mapas que dibujaban "con precisión" su contorno.

 

En una de sus recientes conferencias de prensa, el Presidente López Obrador se refirió a sus diferendos con el periódico REFORMA por "su postura conservadora... es un periódico que surge en el Gobierno de Salinas... que ha procurado no tocar a Salinas... que no cuestionó el saqueo del periodo neoliberal... que simuló que combatía la corrupción... que ayudó en el fraude electoral...".

 

En un video donde REFORMA muestra varias planas del periódico se ve claramente lo contrario a lo que el Presidente menciona. Como en tantos ejemplos que prueban que la memoria es falible, la gente considera que lo que recuerda es la realidad.

 

También hace unos días, el Presidente López Obrador respondió a una ingeniosa pregunta donde le pidieron dar un resumen de sus 100 días de Gobierno, en narrativa beisbolera. En determinado momento dibujó a su equipo contrincante como los fifís, los conservadores.

 

Preocupa que el Presidente de México vea que su rival es un grupo que asocia a un periódico en vez de los verdaderos enemigos del País: la pobreza extrema, la desigualdad, la inseguridad, la corrupción, la impunidad, la mala educación, la mediocridad en la visión de futuro y más.

 

En "Construir al Enemigo", Umberto Eco escribió: "Tener un enemigo es importante no sólo para definir nuestra identidad, sino también para procurarnos un obstáculo con respecto al cual medir nuestro sistema de valores y mostrar, al encararlo, nuestro valor. Por lo tanto, cuando el enemigo no existe, es preciso construirlo".

 

Quizá nos defina mejor: "dime quién es tu enemigo y te diré quién eres". Todos los Mandatarios tienen rivales, pero ¿se equivoca de enemigo el Presidente mexicano? ¿Demuestran los hechos que sus recuerdos no coinciden con la realidad?

 

Su responsabilidad es grave, la nave México se dirige al territorio que él como cartógrafo ha trazado. Su nivel de aceptación hace que millones crean en su mapa aun cuando sea un plano con territorios que no existen. Como cartógrafo, es creador de realidades, no sólo testigo.

 

La historia tiene un remedio infalible: cuando el cartógrafo corrige, la realidad mejora.

 

Eduardo Caccia

ecaccia@mindcode.com


 

La negación

Hace unos años, cuando Beijing se disponía a recibir a los jefes de Gobierno que integran la APEC, el Gobierno de la ciudad cerró cientos de fábricas y prohibió la circulación de millones de vehículos, todo en aras de disminuir la contaminación del aire e intentar darle una fachada menos sucia a la urbe. Sin embargo, una aplicación telefónica mostraba que la contaminación alcanzaba cifras escandalosas.

 

El Gobierno no tardó nada en resolver el problema: bloqueó el uso de esa aplicación y con eso le dio santo sepulcro a la contaminación.

 

Así parece actuar el Presidente López Obrador. La estrategia de tildar de malo y corrupto a todo lo existente ya rindió frutos en la forma de un desempleo creciente, una economía que va de picada y total ausencia de inversión, lo cual no hace sino agudizar los dos primeros indicadores.

 

El Presidente no está dispuesto a reconocer que su estrategia está causando estos fenómenos y que, de seguir, no logrará más que sumir al País en una crisis de dimensiones inconmensurables.

 

Las señales que mandan los mercados financieros respecto a la confiabilidad de la deuda mexicana que se cotiza en esos ámbitos no son halagüeñas; más bien, anticipan riesgos que, de no ser atendidos de inmediato, provocarán justo lo que el Presidente dice querer evitar.

 

El principal problema no son las finanzas de Pemex, por más que ése sea uno enorme, sino toda la concepción del Gobierno, que quiere destruir lo existente, cuando lo que el País requiere son acciones que resuelvan problemas recientes y ancestrales que no se han querido enfrentar por muchas décadas.

 

El punto de partida de AMLO es que todo lo que se hizo a partir de 1982 fue equivocado. Esa premisa erra en dos frentes: primero, no reconoce que la crisis de 1982 fue producto de que se prolongó por demasiado tiempo -y, de hecho, se exacerbó- la estrategia del desarrollo estabilizador, al punto de provocar una crisis de deuda que tomó décadas controlar.

 

En segundo lugar, tampoco acepta que la estrategia de desarrollo introspectiva, casi autárquica, dejó de ser posible porque no satisfacía las necesidades de una población cada vez más demandante, y porque el mundo cambió con las comunicaciones, la tecnología y la forma de producir.

 

El sentido de la estrategia económica a partir de 1982 tiene muchas carencias y errores que obviamente no deben repetirse, pero es el único posible.

 

El Presidente López Obrador tiene la legitimidad y el liderazgo necesarios para hacer lo que los Gobiernos de las décadas pasadas no pudieron o no quisieron hacer: eliminar los obstáculos al desarrollo que se preservaron y que yacen en el corazón de las bajas tasas de crecimiento promedio que el País ha arrojado por demasiado tiempo.

 

Los problemas que se enfrentan tienen que ver con estructuras políticas y sociales anquilosadas que favorecen lo que Luis de la Calle (en elnorte.com/extorsion) llama la "economía de la extorsión", donde autoridades, sindicatos, monopolios, burocracias y criminales extorsionan a los ciudadanos, empresarios, alumnos, propietarios y comerciantes, impidiendo que crezcan las empresas y se desarrolle el País.

 

Si el Presidente de verdad quiere detonar un elevado crecimiento y darle oportunidades a los mexicanos más desfavorecidos, su estrategia debería ser la de romper con esas prácticas impunes.

 

Lo que está haciendo es exactamente lo opuesto: afianzar los feudos, fortalecer (y premiar) a los sindicatos que todo lo obstaculizan y cultivar y cautivar a las empresas que impiden la competencia.

 

Provocar conflictos sindicales, atacar empresas que generan energía y atizar el entorno de polarización no van a lograr más que menos crecimiento, menos inversión y, si se persiste en la destrucción de todo lo existente, una crisis de las dimensiones de la de 1995. O peor.

 

Oaxaca no progresa porque las estructuras políticas sociales y sindicales todo lo mediatizan y todo lo impiden. No es necesario más que observar el éxito de lugares como Aguascalientes o Querétaro para ver lo que una estructura política, social y empresarial favorables pueden crear.

 

La pregunta es si lo que el Presidente López Obrador pretende es convertir a todo el País en Oaxaca, el camino que ha adoptado, o enfrentar los problemas de Oaxaca y, en general, del sur (aunque no exclusivamente) para que todo el País salga adelante y los ciudadanos más desfavorecidos acaben teniendo las mismas oportunidades y derechos que los más exitosos.

 

En una palabra: ¿igualar hacia arriba o hacia abajo?

 

Luis Rubio

 


domingo, febrero 24, 2019

 

Contrapuestos

Los números no mienten, pero cuentan dos historias muy distintas.

 

Por un lado, el Presidente goza de un nivel de aprobación sin precedente; un indicador paralelo, el de la confianza del consumidor, alcanza cifras no vistas en casi dos décadas.

 

Lo paradójico es que estas cifras no guardan relación con el consumo, que disminuye tanto en automóviles como en las ventas en general. El entusiasmo que manifiesta la ciudadanía no es producto de una mejoría en su situación personal, sino en su percepción del Presidente y en las expectativas que éste ha generado.

 

Por otro lado, el índice de confianza empresarial, del Inegi, entró en terreno negativo en enero, en tanto que 75 por ciento de los inversionistas considera que el País está en condiciones peores que hace un año. La gran pregunta es si estos dos grupos de personas viven en el mismo país.

 

No me cabe ni la menor duda de que el factor nodal se encuentra en el liderazgo que ejerce el Presidente, mismo que ha adquirido dimensiones casi míticas en ciertos segmentos de la sociedad. La combinación de un anhelo de liderazgo con una esperanza de que se resuelvan problemas cotidianos y ancestrales resultó ser una combinación excepcional que ha sabido aprovechar de manera brillante el Presidente.

 

Quienes están llenos de esperanza guardan una vinculación casi religiosa con él; quienes ven el futuro con preocupación, si no es que con temor, tratan de explicarse ese fenómeno de manera racional.

 

En el corazón del desencuentro entre la prosperidad que se experimentó en las pasadas tres décadas y la desazón que llevó al resultado electoral se encuentra la incapacidad e indisposición de todos los Gobiernos de ese periodo por explicar y convencer a la población de la complejidad inherente al mundo de la globalización, que sigue siendo nuestro principal motor de crecimiento.

 

AMLO ha pretendido desacreditar toda esa etapa con el mote de "corrupta", obviando la necesidad de plantear un programa alternativo.

 

Llegará algún momento en que el descrédito del pasado resulte insuficiente para preservar la legitimidad del Gobierno, pero nadie puede negar la astucia y excelencia del manejo político y mediático que AMLO ha interpuesto. De hecho, lo impactante es que no tuvo, ni está teniendo, competencia alguna en la narrativa que, desde el 2000, ha venido enarbolando.

 

Esto se acentuó luego de Ayotzinapa, cuando el hoy Presidente tomó control de la narrativa y nunca enfrentó respuesta o resistencia alguna por parte del entonces Presidente o su Gobierno.

 

Las dos historias que caracterizan al País en la actualidad se contraponen, pero inexorablemente se retroalimentan: ambas acaban dependiendo del progreso del País.

 

Las expectativas pueden ser manipuladas por un buen rato, encontrando nuevos chivos expiatorios cada vez que se atora el carro, pero lo que cuenta, al final del día, es una mejoría sensible en los niveles de vida. Paliativos como los subsidios que el nuevo Gobierno está dispersando a diestra y siniestra atenúan la urgencia de entregar resultados, pero, en el largo plazo, no lo resuelven, simplemente porque no hay dinero que alcance.

 

Con todo, como demostró Fidel Castro, es posible lograr un empobrecimiento sistemático de todo un país por muchas décadas con puros chivos expiatorios.

 

Por su parte, la economía no puede prosperar sin inversión y para eso se requiere la disposición de las empresas y de nuevos inversionistas. En contraste con la era y geografía de Fidel Castro, la mexicana es una economía abierta y totalmente integrada con Estados Unidos. La receta de la polarización tiene límites reales.

 

La inversión depende de factores muy claros, como son el mercado, las oportunidades, el contraste entre el dinamismo de México frente a otras economías y cómo se comporta la demanda estadounidense, pues, a través de las exportaciones, es nuestro principal motor de crecimiento. Sin duda, nuevos proyectos de infraestructura ayudan, pero no son suficientes.

 

Sin embargo, al final del día, lo más importante para la inversión es la confianza que genera el Gobierno hacia los empresarios nacionales y extranjeros y ésta depende, casi en su totalidad, de que haya reglas del juego predecibles y estables.

 

Esto último es precisamente lo que el Presidente quiere alterar: quiere imponer nuevas reglas del juego y sujetarlas a cambios cuando así lo determinen sus consideraciones políticas. En este escenario, la inversión no se materializará. Tarde o temprano, este factor chocará con el apoyo masivo con que hoy cuenta el Presidente.

 

Luis Rubio

www.cidac.org


 

AMLO: astucia Vs inteligencia

La inteligencia es, por definición, la "facultad de la mente que permite aprender, entender, razonar, tomar decisiones y formarse una idea determinada de la realidad".

 

Por otro lado, la astucia se define como la "habilidad para comprender las cosas y obtener provecho o beneficio mediante engaño o triquiñuelas. Es la acción hábil con que se pretende engañar a alguien o conseguir algo".

 

Siempre he pensado que los mexicanos frecuentemente confundimos "astucia" como sinónimo de "inteligencia".

 

En este sentido, estoy convencido de que el Presidente de la República es un individuo con una gran carencia de inteligencia, pero inmensamente astuto. Nada bueno para México.

 

Esta semana, el Presidente López se reunió con la crema y nata de los empresarios mexicanos donde se produjo el relevo en la presidencia del Consejo Mexicano de Negocios (antes denominado Consejo Mexicano de Hombres de Negocios).

 

En el escenario, en la mesa de honor, estaba el Gran Astuto de la Nación, es decir, el Presidente López, acompañado de la cúpula de ese organismo empresarial, todos sonrientes, sin reclamos, como si el pasado hubiese sido borrado mágicamente y el presente no tuviera desafíos graves, vistos los despropósitos de la acción gubernamental desde el pasado 1 de diciembre del 2018.

 

Digo lo anterior porque, durante la campaña, el Presidente López tuvo serios distanciamientos con los empresarios de ese Consejo Mexicano de Negocios, organismo que, en un desplegado periodístico titulado "Así No", acusó al entonces candidato presidencial de difamar a varios de sus miembros, entre ellos a Alberto Bailleres (presidente del Grupo Bal, dueño de Industrias Peñoles); Germán Larrea (Grupo México); Eduardo Tricio (Grupo Lala); Claudio X. González (presidente de Kimberly Clark México) y Alejandro Ramírez (Cinépolis y máximo responsable entonces del propio CMN); cuando AMLO los acusó de haber urdido un plan para que el tercer contendiente en la carrera electoral declinase en favor del aspirante panista Ricardo Anaya, quien tenía más opciones de imponerse a López Obrador en las urnas.

 

En aquel desplegado, el CMN se dirigió a Andrés Manuel López para recriminarle "categóricamente" las "expresiones injuriosas y calumniosas" contra varios de sus miembros.

 

En respuesta, el entonces candidato presidencial de Morena respondió al desplegado del Consejo Mexicano de Negocios con estos agresivos términos: "Estos empresarios se sienten dueños del País, tienen confiscadas las instituciones. Es una minoría rapaz; un pequeño grupo que hace y deshace. Le han hecho mucho daño al País, porque son responsables de la tragedia nacional. No quieren que haya un cambio de régimen".

 

Qué cosas. Ahí estaban esta mismísima semana el Presidente López, feliz, compartiendo mesa con esos señores ("que se sienten dueños del País").

 

Ahí estaba el Gran Astuto de la Nación, rodeado de los empresarios a los que hace un año acusó de ser esa "minoría rapaz, responsables de la tragedia nacional".

 

Al ver el desarrollo de esta reunión entre el Presidente de la República y los empresarios del CMN, vinieron a mi memoria Joan Manuel Serrat y algunos párrafos de su canción "La Fiesta":

"Hoy el noble y el villano,/ el prohombre y el gusano/ bailan y se dan la mano/ sin importarles la facha.

 

"Y con la resaca a cuestas/ vuelve el pobre a su pobreza,/ vuelve el rico a su riqueza/ y el señor cura a sus misas.

 

"Se acabó,/ el sol nos dice que llegó el final,/ por una noche se olvidó/ que cada uno es cada cual".

 

Pues así es: cada uno es cada cual.

 

Del Presidente López (el Gran Astuto de la Nación) no hubo nada que deba de extrañarnos.

 

Del empresariado mexicano (de quienes dependen el 90 por ciento de los empleos formales en México) todo qué desear.

 

Como resultado de un partido de futbol: Astucia 1, Inteligencia 0.

 

Qué cosas.

 

El autor es analista político.

 

Bernardo Graue Toussaint

graue.cap@gmail.com


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