domingo, enero 17, 2021

 

¡Buenos datos, presidente!

López Obrador dijo que el desempeño de México ante la crisis por Covid sería ejemplo en el mundo. ¿A partir de qué datos hizo el pronóstico? La realidad le ha dado razón al mandatario, somos ejemplo, sí, nada más que de lo que no se debe hacer. Las cifras sobre el manejo de la pandemia demuestran que, incluso cuando aquí tengamos una cepa endémica del virus, el desempeño del país es lamentable en relación a otras naciones; los datos de organismos mundiales revelan que nuestro gobierno ha tomado malas decisiones.

 

El Ranking de Resiliencia Covid, de Bloomberg, evalúa economías de más de 200 mil millones de dólares, en diez métricas clave: crecimiento de casos, tasa de mortalidad, pruebas aplicadas, acuerdos de suministro de vacunas, capacidad del sistema sanitario, impacto de las restricciones, entre otras. Al 21 de diciembre pasado, de 53 países, estamos en el lugar 53. Si añadimos el dato de que tenemos el peor récord de profesionales de la salud fallecidos, la situación es patética.

 

Estas preguntas son de interés, incluso, de seguridad nacional: ¿Cómo toma decisiones el Presidente López Obrador? ¿Quién en su Gabinete le hace contrapeso, alguien reta sus datos y le muestra otros?

 

Les preguntaron a varios académicos de Harvard: Si pudieras cambiar una sola cosa que está mal en el mundo, ¿cuál sería y por qué? El afamado psicólogo, estudioso del lenguaje, la mente y la naturaleza humana Steven Pinker respondió: "Demasiados líderes e influyentes, incluyendo políticos, periodistas, intelectuales y académicos, se rinden al sesgo cognitivo de evaluar el mundo a través de anécdotas e imágenes, en lugar de datos y hechos". Dicho de otra forma, tomamos malas decisiones porque nuestra lectura de la realidad es deficiente, está impregnada de prejuicios e ideologías.

 

Muchos no piensan vacunarse. Han visto información que les ha generado miedo, desde respuestas adversas a la vacuna (por cierto, que una persona tenga reacciones negativas es noticia, que millones no, no es nota), hasta teorías de conspiraciones mundiales. La gente tiene miedo de viajar en avión, pero no de hacerlo en automóvil, siendo que el riesgo de un accidente en un trayecto de Boston a Los Ángeles es el mismo que el de manejar durante 19 kilómetros. La mayoría de las personas sufrimos de anumerismo, algo así como ser iletrados en materia de probabilidad, estadísticas y datos.

 

Necesitamos políticos que tomen decisiones con la evidencia de los datos y no de su ideología. Esto evitaría cancelaciones de inversiones productivas y evitaría promover otras que, según muestran los datos, son inviables. Pinker sugiere adentrarse en la obra de Hans Rosling, Factfulness, un libro que exhibe que nuestra incapacidad para tomar decisiones basadas en datos y hechos comprobables hace que tengamos una distorsión de la realidad y una visión pesimista del mundo.

 

Rosling ha puesto a prueba a públicos de diversa índole, estudiantes, científicos, premios Nobel, periodistas, políticos, empresarios, activistas y más. La mayoría responde mal a cuestionamientos sobre la realidad del mundo en materia de desarrollo económico y social. Factfulness evidencia que, al tener una mala lectura, tomamos malas decisiones.

 

¿Cómo resolver problemas si nos basamos en malos juicios y no tenemos buena información? Si el gran tomador de decisiones del país consultara datos certeros, vería que no estamos divididos entre liberales buenos y conservadores malos, vería que en el periodo del "régimen neoliberal" hubo progreso económico y social en varios rubros, vería que la corrupción no es una partida presupuestal que se borra por decreto, entendería que sacar a gente de la pobreza implica apoyar la creación de empresas y empresarios para que estos generen empleos mejor pagados, entendería que sumar el poder político con el poder económico (luchando contra la corrupción, no contra esta mancuerna per se) multiplica efectos positivos; ¡eso dicen los datos! Ignorarlos (o equivocarse, usando otros) y basarse en anécdotas y suposiciones es como conducir con los ojos cerrados.

 

¡Somos el peor país para vivir en tiempos del Covid! El piloto va a tientas y sus ayudantes le siguen como ovejas. Aunque en algo más acierta AMLO, y los datos lo avalan: López-Gatell no tiene similar en el mundo.

 

Eduardo Caccia


sábado, enero 16, 2021

 

La exoneración del general

La exoneración del General Salvador Cienfuegos, ex Secretario de la Defensa Nacional, fue confirmada por la Fiscalía General de la República (FGR).

 

Este desenlace en el caso deja entrever quién ostenta el verdadero poder en México y da mucho de qué hablar sobre la relación de subordinación entre el Poder Ejecutivo y las Fuerzas Armadas. Quién se subordina a quién aún está en tela de duda.

 

El Ejército ha sido uno de los grupos de poder más favorecidos durante esta Administración, pues, en palabras del Presidente López Obrador, a sus ojos los que lo integran son "incorruptibles".

 

Aún así, recordemos, el año pasado se dio a conocer el desvío de 156 millones de dólares por parte de militares entre el 2013 y el 2019.

 

Sin embargo, el Gobierno actual ha expandido considerablemente la cartera de operaciones que realiza esta institución y les ha otorgado contratos de construcción de obras a gran escala, como aeropuertos, trenes, bancos entre otras.

 

De facto, el Ejército se volvió el constructor del Presidente.

 

El porqué se le ha dado tantos contratos de obra pública -lo que se traducen en miles de millones de pesos- al Ejército es un hecho ya cuestionado. Hay quienes afirman que estos contratos son para mantenerlos en línea.

 

La detención de Cienfuegos fue llevada a cabo en Los Ángeles por órdenes de la DEA en octubre pasado tras una investigación que llevaba más de una década y que culminó con una orden de arresto por cargos de narcotráfico.

 

Esto fue algo devastador para el Ejército. Las Fuerzas Armadas se sintieron desprotegidas al ser públicamente despojadas de la impunidad que gozaban, lo que hizo que los militares presionaran al Ejecutivo para usar la fuerza del Estado para buscar la extradición del ex Secretario y que enfrente la justicia mexicana.

 

Posteriormente, y en un acto tan cuestionado como sin precedentes, el General fue devuelto a territorio nacional bajo la justificación del Gobierno de que para México sería suicida no juzgarlo.

 

Analistas argumentaron que solicitar la devolución de Cienfuegos generaría problemas para el Gobierno mexicano, ya que no sólo sería un punto crítico en su política anticorrupción y su credibilidad, sino que la relación en materia de seguridad bilateral se pondría en riesgo.

 

Esto especialmente tras la amenaza de limitar la actuación de la DEA en territorio mexicano si Cienfuegos no era devuelto. Un alto costo que nos hace preguntarnos, ¿qué presiones hubo detrás de la inusual solicitud para conseguir el retorno del General?

 

Quizá de una forma un tanto ilusa, esperábamos una investigación y un juicio. Evidentemente esto no sucedió y bajo la excusa de una supuesta "falta de evidencia" se exoneró al ex Secretario.

 

Y si bien cabe la remota posibilidad de la inocencia de Cienfuegos, ésta hubiese sido una magnífica oportunidad para llevar a cabo un juicio imparcial, riguroso y ejemplar en el que se argumente dicha inocencia.

 

Sin ese juicio se desvaneció cualquier credibilidad de una presunta inocencia, así como la supuesta autonomía de la FGR. Esto da un duro golpe a la lucha contra la impunidad en México.

 

Los costos de esta situación para el Gobierno serán muy altos, pues al no buscar una acción penal por "falta de evidencias" se pone en tela de juicio la credibilidad, la lucha anticorrupción y el discurso moralizante del Gobierno.

 

Si bien la presión por parte del Ejército debió ser inmensa, esto es sólo una consecuencia más del creciente poder que se le ha dado a los militares por parte de esta Administración y hace que nos preguntemos sobre cuáles son los verdaderas intenciones y alcances de la llamada lucha contra la corrupción.

 

Especialmente hace que nos preguntemos sobre quién realmente se subordina a quién en la dinámica entre el Presidente y el Ejército. Ya se dejó entrever cuál es el verdadero poder tras la silla presidencial.

 

Adrián Marcelo Herrera Navarro

 

 


martes, enero 12, 2021

 

Presidencia imperial

"México nunca se consolará suficiente de no haber sido una monarquía". Octavio Paz

 

La sociedad mexicana hizo enormes esfuerzos por décadas para superar la concentración del poder en la Presidencia que caracterizó los tiempos del viejo PRI. El primer mandatario quiere hoy echar todo para atrás. Afirma que esos esfuerzos fueron una simple conspiración neoliberal para crear una cortina de humo que hiciera pensar al pueblo que México ya tenía transparencia o una regulación imparcial sobre telecomunicaciones y energía.

 

Lo que busca López Obrador es reconstruir esa vieja Presidencia imperial que describió Enrique Krauze. Siempre justifica sus decisiones para concentrar el poder con el argumento de que quiere combatir la corrupción y evitar el desperdicio de recursos públicos. Cuando habla del gasto, sin embargo, da por sentado que los organismos o dependencias que no son de su agrado desperdician recursos, mientras que sus proyectos favoritos, desde el Tren Maya hasta la promoción del beisbol, son por definición magníficas inversiones.

 

Al contrario de los mandatarios del viejo PRI, que por lo menos se asesoraban de expertos, el presidente López Obrador pretende saber de todo. Él decide prohibir herbicidas que son legales en todo el mundo, declara corruptas sin pruebas a las farmacéuticas y a sus distribuidoras, determina qué minas o qué plantas industriales deben abrir y cuáles no, descalifica como conservadora y corrupta toda opinión contraria a sus convicciones o a sus prejuicios. Las conferencias de prensa son sesiones de una Corte imperial en la que, frente a los cortesanos más serviles, el Presidente pontifica, dicta políticas públicas y descalifica a quienes no lo alaban; se han convertido, al mismo tiempo, en capítulos de un reality show con un protagonista que se coloca siempre en el centro del escenario para impartir su sabiduría sobre todos los temas posibles.

 

Al Presidente le ha funcionado este esquema. Siempre ha buscado el poder y hoy lo tiene. No solo ocupa la Presidencia de la República, sino que ha alcanzado una enorme popularidad, una de las mayores del mundo o de la historia de México. Está convencido de que esta popularidad avala y justifica todas sus acciones. Las consecuencias de los errores cometidos, como la caída de la economía o el brutal número de muertos por la pandemia, le parecen irrelevantes. El mandatario está enamorado del aplauso del público y es lo único que le preocupa.

 

En la visión imperial es inaceptable que pueda haber organismos autónomos, que tomen decisiones propias en lugar de esperar sus instrucciones de Palacio. Por eso el Presidente ha tomado la decisión de eliminarlos y entregar sus responsabilidades a entidades del gobierno. Así, en lugar del INAI, la Secretaría de la Función Pública se encargará de garantizar la transparencia del gobierno; y en vez del IFT, la SCT regulará las telecomunicaciones. No sé si también Gobernación recuperará las funciones que hoy tiene el INE.

 

A veces no es ni siquiera necesario eliminar esos molestos organismos autónomos. Basta con llenarlos de ineptos y obedientes. Es el caso del Centro Nacional de Control de Energía, el Cenace, que ha dejado de ser independiente y hoy se limita a recibir instrucciones del gobierno.

 

La obsesión del Presidente por centralizar el poder la hemos visto en muchos gobernantes que se engolosinan con el poder. Por eso las democracias avanzadas dispersan las decisiones: es una forma de evitar caer en el autoritarismo. En México, sin embargo, el gobierno prefiere reconstruir la Presidencia imperial.

 

Sergio Sarmiento

 


domingo, enero 10, 2021

 

Contrastes

El conflicto es la esencia de la política, pues es ésta la que permite enfrentarlo, administrarlo y procesarlo. La diferencia más fundamental entre las sociedades que enfrentan conflicto radica en cómo lo resuelven, no en el hecho mismo de su existencia.

 

Esta semana Washington fue un escaparate único de los dos lados del conflicto: su explosión y su resolución. "La medida de un país", escribió John Kampfner, "no son las dificultades que enfrenta, sino cómo las supera". ¿Cómo nos comparamos con eso los mexicanos?

 

Trump nunca fue un presidente normal. Desde su campaña para la Presidencia se mostró como un retador de las instituciones y de la forma tradicional de hacer las cosas. Ahora se dedicó a negar el desenlace electoral y movilizó a sus seguidores para que forzaran un cambio en el resultado, incitándolas a tomar control del Congreso, que con grandilocuencia se ha llegado a denominar la "capilla de la democracia".

 

En esto, Trump rompió con la esencia de la política democrática, que parte del principio de que los participantes de entrada aceptan las reglas del juego. A semejanza del Presidente López Obrador, Trump sólo acepta reglas que le favorecen y, sin embargo, el caos que su actitud provocó no duró más que unas horas.

 

Para la madrugada siguiente, Joe Biden había sido formalmente declarado Presidente electo y numerosas publicaciones, incluyendo muchas favorables a Trump, pedían su renuncia.

 

Comportándose como un vulgar tercermundista que privilegia la lealtad sobre cualquier otra cosa, Trump seguramente imaginó que su partido y las personas a las que él había postulado o apoyado para diversos cargos, vendrían a su rescate.

 

Lo impactante de las últimas semanas, pero normal en un país con instituciones sólidas que trascienden a las personas, es la forma en que se procesó el conflicto hasta superarlo. El listado de quienes fueron anulando sus recursos legales y políticos es más que revelador porque fueron republicanos quienes acabaron con los sueños de opio de Trump y sus malévolas tácticas.

 

Fueron en su mayoría jueces nombrados por Trump quienes rechazaron sus recursos legales; los jueces nominados por Trump a la Suprema Corte quienes rechazaron sus llamados a la salvación. Fue el Gobernador republicano de Georgia que no se doblegó. El líder republicano del Senado, McConnell, se opuso a las maniobras que impedirían la certificación; Tom Cotton, uno de los trumpistas más aguerridos, abiertamente condenó el actuar de Trump; y fue el Vicepresidente Pence, quizá el más sumiso y leal de sus colaboradores, quien se apegó a la norma constitucional para poner el último clavo en el féretro de la Presidencia de Trump.

 

Termina así una elección estruendosa y conflictiva como pocas con el triunfo de las instituciones y las personas quienes, como actores responsables, se apegaron a las reglas del juego sin más. Trump presionó e hizo berrinches, pero hasta sus allegados se distanciaron.

 

En México, por al menos seis años entre 2006 y 2012, López Obrador paralizó a la política mexicana e impidió que su partido, el PRD, participara en los debates legislativos. Hoy en día, su única misión parece ser la de eliminar cualquier cosa que obstaculice su ansia de poder, así esto implique el empobrecimiento de la población, particularmente aquella que hizo posible, con su voto, que ganara la Presidencia.

 

Sus colaboradores, antes y ahora, se han comportado como leales servidores a su causa, jamás privilegiando a las instituciones y a los valores superiores del desarrollo del País. El contraste difícilmente podría ser mayor.

 

Estamos por iniciar el periodo de campañas para la renovación de la Cámara de Diputados, 15 Gubernaturas y centenas de municipios y legislaturas locales. El Presidente ha mostrado absoluta displicencia para las reglas del juego, la mayoría de las cuales fueron hechas a su medida. A pesar de ello, está empeñado en ganar los comicios al costo que sea, violando toda norma y principio no sólo democrático, sino de la más elemental civilidad.

 

Ya no son sólo las instituciones: ahora es al diablo con el País. Recuerda aquella frase de Chou Enlai: "Todo bajo los cielos es un gran caos. La situación es excelente".

 

Primero provoca el caos para después convertirlo en oportunidad. Lamentablemente, en contraste con nuestros vecinos norteños, aquí no hay instituciones que lo resistan ni suficientes funcionarios que estén dispuestos a hacerlas valer. AMLO tiene a México en vilo; Trump lo intentó, pero sus instituciones se lo impidieron. Enorme diferencia.

 

Luis Rubio

 


 

Bananeros

Ante el vergonzoso espectáculo de la toma del Capitolio por parte de una turba de fascistas, muchos críticos de Estados Unidos se deleitaron denominándolos "república bananera". Desbordado el espíritu antigringo en las redes sociales, los morenistas, en el pasado los más entusiastas en atacar al imperio, estaban, salvo excepciones, callados como momias. No sabían qué iba a decir su jefe respecto a la rebelión incitada por su amigou.

 

No se vaya a reír, pero cuando empezaron a hablar, más de uno justificó a la turba como la respuesta de los excluidos del régimen oligárquico de Estados Unidos. No se han enterado de las razones del triunfo de Biden: salieron a votar quienes tradicionalmente no lo hacían. Ésos son los realmente excluidos, quienes cuando protestan son baleados por la policía.

 

Con suficiente creatividad siempre hay una explicación sociológica para justificar cualquier comportamiento, pero lo visto desde el arranque del gobierno de Trump, un narcisista y mentiroso peligroso, fue un esfuerzo por subvertir el orden democrático. No existe algo similar en la historia de ese país como la llamada telefónica de Trump a Brad Raffensperger, secretario de Gobierno de Georgia, filtrada a los medios de comunicación, en la que le pidió "encontrar 11,780 votos, uno más de los que tenemos, porque ganamos el estado".

 

Un Presidente como Trump puede sucederle a casi cualquier país. El reto es evitar que se eternice en el poder. En Estados Unidos, la sociedad y las instituciones resistieron. No faltaron legisladores republicanos y empleados de Trump que le siguieron el juego del fraude, pero prevalecieron en el momento crítico políticos respetuosos de la ley, incluido el líder de la mayoría republicana en el Senado, Mitch McConnell, y el vicepresidente Mike Pence. La Suprema Corte, con tres ministros nombrados por Trump, desestimó todos los intentos por parte de éste de descarrilar por la vía legal el triunfo de Biden.

 

En México hemos visto actos bananeros en muchas presidencias. Peña Nieto tenía su Casa Blanca y quería su tren a Toluca. Ahí sigue, inconclusa, la obra bananera. Pero con un Presidente con tanto poder y con ideas fijas como AMLO, el riesgo de terminar como una república bananera es mucho mayor.

 

Bananero es tener un Tribunal Electoral que no le otorga el registro al partido del adversario del Presidente, pero sí a los partidos aliados, así como una Suprema Corte que sigue sin resolver respecto a la presunta inconstitucionalidad de muchas leyes y acciones de este gobierno. Bananero es pretender vacunar primero a los adultos mayores en las zonas más remotas del país, en lugar de atender las áreas de mayor contagio. Bananero es defender a un presunto violador como candidato a gobernador. Bananero es tener un Presidente que defiende al responsable de dar el ejemplo de cómo cuidarse en la pandemia, después de irse de vacaciones, bajo el argumento de que "no hay un funcionario en el mundo con esas características". AMLO tiene razón: nadie ha fracasado de forma tan espectacular y sigue teniendo el aval de su jefe. De martes a sábado todos los días se han superado más de mil muertos por Covid, acumulando 5,447 fallecidos, según los datos oficiales. No hemos tenido tantos días continuos con más de mil muertos diarios.

 

Este año será clave para mostrar si somos o no una república bananera en todas sus dimensiones. Tendremos un primer semestre lleno de esfuerzos destructivos por parte de AMLO, quien ya anunció su deseo de desaparecer órganos autónomos. Lo del ahorro todos sabemos que es una farsa, en dos años se ha gastado más en beisbol que el presupuesto del INAI en 2020. No le gustan porque lo limitan en su deseo de ser el amo y señor del país. La gran prueba será la elección de junio, donde se verá si la sociedad mexicana y las instituciones del país resisten.

 

Carlos Elizondo Mayer-Serra


viernes, enero 08, 2021

 

El arte de mentir

"Demagogo es aquel que predica doctrinas que sabe son mentira a gente que sabe que es idiota". H.L. Mencken

Uno de los problemas de mentir es que después hay que inventar otras mentiras para cubrir la primera. Esto le está ocurriendo a Manuel Bartlett, director general de la Comisión Federal de Electricidad, con el apagón del día de los inocentes que afectó a 10.3 millones de usuarios.

 

Bartlett y la CFE han culpado a una supuesta quema de pastizales, como lo hicieron con los apagones de la península de Yucatán de 2019. Para comprobarlo presentaron un oficio de la Oficina de Protección Civil de Tamaulipas, solo que resultó falso.

 

Bartlett, sin embargo, insiste. "No tiene nada que ver el documento, falso que sea, con el evento que sí ocurrió". Pero como esto no le sirve para sus propósitos políticos, ni garantiza que pueda cumplir la promesa del presidente López Obrador de que ya no habrá apagones, ha sacado a relucir una vez más su odio a las energías renovables. Tanto él como el director general del Centro Nacional de Control de Energía, el Cenace, han argumentado que una "máxima integración de energía renovable" de 28.7 por ciento en el sistema interconectado provocó la inestabilidad y el apagón.

 

Este 5 de enero el coordinador de Comunicación de la CFE, Luis Bravo Navarro, reiteró que un exceso de energía renovable intermitente sacó de balance el sistema. Añadió que por eso el Cenace, un organismo supuestamente independiente, "está obligado por ley a limitar en cada nodo la capacidad máxima a generar, para asegurar la confiabilidad. Esto implicará para los generadores privados reducir su producción anual".

 

Si bien ni la CFE ni el Cenace han presentado un informe claro sobre lo ocurrido en el apagón del 28 de diciembre, o en los de 2019 en el sureste, los hechos sugieren un problema en las líneas de transmisión, que son responsabilidad, en régimen de monopolio, de la CFE. En la conferencia del 5 de enero Bartlett dijo que la Comisión ha invertido en las redes de transmisión, pero añadió que "toda inversión es insuficiente" ya que se tendrían que crear "sistemas dedicados ante el otorgamiento indiscriminado y sin planeación alguna" de permisos de generación intermitente.

 

La explicación ha sido cuestionada. Víctor F. Ramírez Cabrera, de la Plataforma México Clima y Energía, me dice en una entrevista que Bartlett "sigue culpando todavía a un incendio que no sabemos si ocurrió". Subraya, además, la falta de lógica del argumento: "Para impedir fuegos, ¿van a impedir las energías renovables?".

 

Pensar que un 28.7 por ciento de energía renovable en un sistema genera automáticamente inestabilidad es una tontería. Tan solo el 5 de enero en la mañana, según Ramírez Cabrera, el 75 por ciento de la electricidad en California fue generada por energías renovables. En un mensaje en Twitter, por otra parte, comenta: "A ver, para claridad. Decir que un generador renovable necesita respaldo es como decir que un tortero necesita vender jugo. El que necesita jugo es el que come torta y jugo, no el tortero".

 

Desde hace años se ha advertido que la CFE necesita invertir de manera muy importante en la red de transmisión: nadie más puede hacerlo. Los recursos con los que cuenta no le alcanzan, pero Bartlett, que vive en un mundo de irrealidad e ideología, piensa que la solución es impedir la inversión privada en generación, especialmente la de renovables. No hay lógica.

 

Lo peor es que López Obrador, en lugar de corregir una política que solo le hará un daño innecesario a su gobierno, defiende a su amigo: "No es con Manuel Bartlett, es con el Presidente".

 

CONTRARREFORMAS

Los organismos autónomos fueron creados, como en los países desarrollados, para tener reguladores independientes del gobierno. AMLO, como buen conservador, quiere controlarlo todo y ha anunciado que hará contrarreformas para lograrlo.

 

Sergio Sarmiento

 


martes, enero 05, 2021

 

Despedir en diciembre

"Si torturas los datos un tiempo suficiente, confesarán". Ronald Coase

 

Es muy claro que el presidente López Obrador nunca ha tenido una empresa. Lo confirmó este 2 de enero cuando afirmó que, "desde que está el outsourcing, la subcontratación, se despide a muchos trabajadores inscritos en el Seguro Social para no pagar las prestaciones, para no entregarles aguinaldo... Y perdimos por ese motivo en diciembre 277 mil empleos".

 

No sorprende que el mandatario no sepa que cuando una empresa despide a un trabajador en diciembre, o en cualquier otro mes, no queda exenta de cubrirle sus prestaciones, incluyendo el aguinaldo. Lo que extraña es que nadie en su equipo le haya advertido que la información es falsa. Las compañías pueden tener muchas razones para despedir a trabajadores en diciembre, pero ahorrarse el aguinaldo no es una de ellas.

 

Otro error del Presidente es afirmar que los despidos de diciembre empezaron "desde que está" la subcontratación. Esta práctica, de hecho, siempre ha existido. En la Edad Media y el Renacimiento era común que muchos trabajos, especialmente artesanales, se contrataran por fuera de las instituciones económicas de aquel entonces, como los palacios y los monasterios. Las primeras empresas de la revolución industrial subcontrataban también trabajos, como el hilado y el cosido, en sus producciones de telas y ropa; las hilanderas y costureras trabajan desde casa. No fue hasta fines del siglo XIX y principios del XX cuando las grandes empresas empezaron a tratar de concentrar todas sus actividades en una misma planta. Henry Ford lo impulsó en parte al crear la línea de producción en cadena.

 

Aunque la práctica existía, se le atribuye al economista británico-estadounidense Ronald Coase, ganador del Premio Nobel de Economía de 1991, la acuñación del término outsourcing en su libro de 1937 The Nature of the Firm. Coase señaló que las empresas deben tomar en cuenta todos los "costos de transacción" asociados a una actividad, y no solo la producción y el transporte, como se hacía, por lo que para mantenerse competitivas muchas tendrían que delegar actividades.

 

La subcontratación empezó a volverse popular en México en las décadas de 1970 y 1980 por influencia de las empresas estadounidenses. Muchas de las maquiladoras eran simples subcontratistas de firmas en la Unión Americana. No se necesitaba una ley para "legalizar" la práctica, como ha afirmado el Presidente; en el sistema jurídico mexicano, y de cualquier país con libertad económica, lo que no está prohibido está permitido. La legislación laboral de 2012, que AMLO ha citado como el inicio de la subcontratación, no hacía más que limitar la práctica para garantizar los derechos de los trabajadores.

 

Los despidos de diciembre no son producto de la subcontratación, sino de "una práctica correspondiente a cierres y ventas de temporada navideña", según Héctor Márquez de Manpower Group. La industria que más despidos registra es la construcción, que recurre poco al outsourcing. Más bien los contratos por obra determinada y los temporales se planean para terminar en la temporada navideña.

 

El Presidente, sin embargo, parece empeñado en prohibir la subcontratación por razones ideológicas. Si lo hace, destruirá cientos de miles o quizá millones de empleos. Lo peor es que volverá menos competitivas a las empresas nacionales frente a las del resto del mundo, que usan la subcontratación de manera habitual para reducir sus costos de transacción, como sabiamente previó Ronald Coase.

 

¿SIN ENEMIGOS?
El canciller Ebrard dijo ayer a los embajadores y cónsules que México es "un país que no tiene enemigos". Quizá. Pero el Presidente le está ofreciendo asilo político a Julian Assange, fundador de Wikileaks, sobre quien pesan acusaciones de espionaje en Estados Unidos. Concederle asilo no será un acto amigable para nuestro vecino del norte.

 

Sergio Sarmiento

 


miércoles, diciembre 30, 2020

 

Sin clase mundial

"El talento es como la electricidad. No entendemos la electricidad. La usamos". Maya Angelou

Hubo un tiempo en que la Comisión Federal de Electricidad se promovía como "una empresa de clase mundial". Hoy esa frase solo lleva a la risa. La CFE nunca ha sido competitiva; no habría subsistido de no haber sido un monopolio estatal. El propio Manuel Bartlett declaró cuando se le designó director: "Llego a que me enseñen qué se ha hecho y poner los correctivos y no sea una empresa moribunda". Las medidas que está tomando, sin embargo, solo están empeorando la situación.

 

Este 28 de diciembre se registró un apagón que dejó sin electricidad a 10.3 millones de usuarios, 19 por ciento del total nacional, en el centro, occidente y noreste. Si bien la CFE explicó que "la salida de operación de dos líneas de transmisión... provocó que la frecuencia del Sistema se incrementara en 61.8 hertz y salieran de operación 16 centrales eléctricas", añadió que "se informarán las causas que provocaron el desbalance en el Sistema y serán definidas a partir de un modelo de simulación que determinará cuántas intermitentes y convencionales generaban bajo las condiciones operativas de hoy".

 

Un apagón puede ocurrir en cualquier sistema por razones técnicas. Hasta el momento no sabemos por qué salieron de operación las líneas de transmisión que provocaron el cierre de las 16 centrales. El presidente López Obrador aseguró ayer que el apagón "no se va a repetir", posición al menos aventurada cuando no se conocen las causas, pero aprovechó para retomar la posición ideológica de que "se está rescatando a la Comisión Federal de Electricidad" y que quienes querían privatizarla para "hacer jugosos negocios" van a decir "que no funciona".

 

El tema no debería ser ideológico. La CFE arrastra los vicios de cualquier empresa que no enfrenta competencia, pero también los lastres de los precios subsidiados a muchos consumidores y un fuerte monto de impagos históricos, en cierta medida producto de un movimiento político que el propio López Obrador lanzó contra la empresa para protestar por sus derrotas electorales en Tabasco. Aun así, aunque la CFE tuvo una pérdida neta de 67,845 millones de pesos de enero a septiembre de 2020, la razón son las fluctuaciones cambiarias, ya que registró una utilidad de operación de 93,073 millones.

 

Los verdaderos problemas se perfilan en el futuro. El sistema eléctrico nacional se benefició en los últimos años de una serie de inversiones privadas en generación que proporcionaron electricidad de buena calidad y a buen precio. El gobierno de López Obrador, sin embargo, ha frenado las nuevas inversiones privadas. De momento sigue habiendo oferta, pero en los próximos años será insuficiente para enfrentar la demanda.

 

El apagón de este día de los inocentes no es el único registrado en el actual gobierno, por eso es tan peligroso prometer que no se va a repetir. En 2019 hubo dos importantes apagones en el sureste; pero, aunque Bartlett afirmó que se habían debido a quemas de pastizales, la aparente razón fue la saturación de la única línea de transmisión a esa región.

 

López Obrador ha expresado muchas veces nostalgia por los tiempos del viejo PRI en que todo era mejor en el país. Yo crecí, como él, en los años de Luis Echeverría, y recuerdo cómo todas las tardes había apagones programados porque no había suficiente energía. Quizá ese será el precio que tendremos que pagar nuevamente por la insistencia de manejar la electricidad con instrumentos ideológicos en vez de técnicos.

MONOPOLIOS

Lo absurdo de la negativa a permitir las inversiones privadas en generación es que la CFE sigue teniendo monopolios en transmisión y distribución doméstica, pero el dinero que tiene para invertir no le alcanza para cubrir las necesidades en estos campos. Aun así, quiere impedir inversiones privadas en otras actividades.

 

Sergio Sarmiento


lunes, diciembre 14, 2020

 

¿Ley Lamebotas?

¿Qué le debe López Obrador a Ricardo Salinas Pliego? ¿Qué es lo que hace doblegarse al primero e imponerse al segundo? ¿Qué es lo que explica el sometimiento del Presidente y el empoderamiento del empresario? ¿Dinero de campañas pasadas y futuras? ¿Información que se usa para chantajear y doblegar? ¿Lealtad que se traduce en complicidad? Sea lo que sea, el Presidente incorporándolo a su Consejo Asesor Empresarial, dándole más negocios, celebrando su "vocación social", callando cuando sus empresas violan las recomendaciones sanitarias ante el Covid-19, y permitiendo que se salga con la suya, una y otra vez. No lo regula, lo recompensa. No lo contiene, lo impulsa. Tanto le debe o le teme, que ahora el gobierno lopezobradorista -y su operador Ricardo Monreal- ha diseñado una ley para proteger los intereses del salinista. La "Ley Banco Azteca". La "Ley Lamebotas".

 

La reforma a la ley del Banco de México aprobada en el Senado, hecha para proteger los intereses de una persona y no para promover el interés público. Diseñada para asegurar el bienestar de Salinas Pliego, pero no del país. Así lo sentencia el subgobernador de Banxico, Jonathan Heath: "no se vale reformar una ley para favorecer a una sola empresa, en especial con antecedentes negativos", frente a las autoridades regulatorias estadounidenses. Así lo tuitea el subgobernador, Gerardo Esquivel: "Lamentable que se hayan aprobado en el Senado reformas al Banco de México que ponen en riesgo las reservas internacionales y que atentan contra la autonomía del Banco de México". Así lo resume el gobernador de Banxico, Alejandro Díaz de León: "algo que puede tratar de implicar un beneficio para uno, puede contaminar el ecosistema"; algo que ayuda a un pez, acabará dañando la pecera de todos.

 

Experto tras experto lo señala con preocupación. Lo que ha votado el Senado a nombre de Salinas Pliego es gravísimo. Obligaría al Banco de México a cambiar las normas que limitan la entrada de dinero ilícito, abriendo la puerta al lavado de dinero. Forzaría a Banxico a comprar dólares en efectivo que le "sobran" a los bancos comerciales, cuando no pueden regresar las divisas a Estados Unidos, como lo hacen ahora vía sus corresponsales. Expondría a Banxico a sanciones internacionales e incluso el congelamiento de los 194 mil millones de dólares de reservas, si se detectan billetes provenientes del narcotráfico. Minaría la autonomía del banco central que este gobierno prometió salvaguardar, afectando la reputación global del país y su ya mermada capacidad de atraer la inversión. Podría ser el preámbulo para reformas futuras que busquen obtener control gubernamental sobre las reservas, y financiar boquetes presupuestales que crecen.

 

El argumento utilizado por la mayoría morenista para hacerle los mandados al mandamás es espurio. Es falso que así se protege el dinero recibido por las remesas, ya que el 99% entra al sistema financiero por vía electrónica. Es falso que así se protege a los migrantes y sus recursos. Lo cierto es a quién se le dedica la reforma y quiénes serían sus beneficiarios: bancos que se niegan o no pueden tener corresponsales para repatriar o transferir monedas extranjeras. Es el caso de Banco Azteca, cuyo banco corresponsal en Estados Unidos -Lone Star- fue acusado de violar las leyes de lavado de dinero, y multado por ello. Es el caso de Banco Azteca, que movió "cientos de millones de dólares en efectivo en sospechosos cargamentos que llegaron al sistema financiero estadounidense", según las autoridades allá. Como uno de los peces tiene problemas, el gobierno parece estar dispuesto a ensuciar toda la pecera para ayudarlo.

 

Demostrando con ello la debilidad del Presidente, y el sometimiento del Senado, aparentemente hincados ante quien gobierna en México, por encima de AMLO. Evidenciando cómo en la 4T, el poder político no se ha separado del poder económico; al igual que con la "Ley Televisa" del 2006, le limpia las botas. Mientras tanto, el tercer hombre más rico del país logra poner a las instituciones a su servicio, mientras se ríe de ellas. Celebra con beneplácito una legislación que asegurará su entronización. Y López Obrador, quien siempre ha dicho que su pecho "no es bodega", ahora guarda silencio, como si tuviera la bota de Salinas Pliego en el cuello. Como si el rechazo a la ley por la Cámara de Diputados no se la pudiera quitar.

 

Denise Dresser


domingo, diciembre 13, 2020

 

Leyes al vapor

El país enfrenta más problemas que nunca. Ante este panorama, uno supondría que nuestros legisladores estarían proponiendo reformas para mejorar el sistema de salud, promover el crecimiento económico o enfrentar una violencia desbordada.

 

Todo lo contrario. Lo suyo es inventar falsas soluciones. Ha sido una semana llena de decisiones legislativas absurdas e incluso perversas.

 

En la reforma al sistema de pensiones, que tiene sin duda comisiones muy altas, nuestros legisladores decidieron poner como límite en el cobro de éstas el 0.54 por ciento. Una cifra arbitraria que es el promedio cobrado en 3 países, Colombia, Chile y Estados Unidos. Modificar ese precio requiere cambiar la ley. Una rigidez absurda.

 

Este precio puede llevar a la quiebra de las afores pequeñas y promoverá una mayor concentración en el mercado. Lo que los trabajadores se ahorren en comisiones lo pagarán en un mal servicio. Así es con precios fijos en un mercado poco competitivo. El Senado aprobó la reforma en 15 minutos.

 

Otra falsa salida es la reforma a la Ley del Banco de México que lo obliga a comprar los excedentes de divisas en billetes del sistema financiero. Actualmente sobran los billetes de dólares en México. Por eso en el aeropuerto capitalino la venta de dólares se encuentra a un precio inferior, a veces más de un peso, al del tipo de cambio interbancario. Esta sobreoferta se debe a los recursos provenientes de los exportadores mexicanos de drogas, que repatrian sus divisas y necesitan convertirlas a pesos. Es falso que el problema sea por el ingreso de remesas. El 99 por ciento de éstas se hace vía transferencia electrónica, según explicó el gobernador de Banxico.

 

Las transferencias electrónicas son la vía más barata, rápida y segura para mover dinero entre ambos países. Si se trata de apoyar a los paisanos que aún traen billetes, lo que debemos hacer es facilitar la bancarización de quienes reciben remesas. Siempre es mejor precio el interbancario que el de ventanilla.

 

¿Para qué distraer a Banxico de su función central y ponerlo a captar dólares en billetes? No tiene las bóvedas para resguardarlos ni mucho menos la infraestructura para trasladar billetes hacia Estados Unidos. Ésa es una tarea que les toca a los bancos privados y así lo han hecho con el 98 por ciento de los dólares que captan. Salvo el Banco Central de Paraguay, no encontré otro banco central con la responsabilidad de acumular billetes en dólares comprados a quienes les sobran.

 

La reforma pone a Banxico en riesgo de ser acusado de lavado de dinero por sus contrapartes en Estados Unidos. Como lo ha dicho su gobernador, cuando se compra un billete se compra su historial. Si éste proviene del crimen organizado, nuestro banco central podría ser aislado del sistema financiero internacional. El costo para el país y para nuestro sistema financiero sería mayúsculo.

 

Ambas leyes están hechas al vapor. No hay estudio detrás que valide si es la solución adecuada para el problema que deben enfrentar. Son dos ejemplos de muchas otras leyes que parecen meras ocurrencias, como pedirles a los agentes extranjeros encubiertos que se registren en la SRE y compartan su información. ¿Ése es el objetivo? No va a suceder.

 

Estas leyes al vapor son un adelanto de lo que veremos el año entrante de cara a las elecciones intermedias. Para tratar de ganar, muchos morenistas buscarán legislar para su público. Fijar precios y otorgar algún derecho gana votos.

 

Si ven riesgo de perder la Cámara de Diputados, en el gobierno y en Morena pensarán que es su última oportunidad para legislar sin freno. Se van a desbocar. Nuestros legisladores tienen mucha creatividad, y algunos representan intereses inconfesables. Además, muchos legisladores o no entienden el costo para el país de sus ocurrencias o simplemente no les importa, mientras les sea políticamente rentable.

 

Carlos Elizondo Mayer-Serra

 

 


domingo, diciembre 06, 2020

 

En sus manos

"No hay nada más valioso que la vida, la libertad y la seguridad de las personas. Cuida tu vida y la de los demás", dice el punto 2 de la Guía Ética para la Transformación de México.

 

AMLO, el orgulloso impulsor de esa guía, tiene en sus manos la vida de 130 millones de mexicanos. No ha sido cuidadoso con esa responsabilidad. Según el gobierno, en el país han muerto por covid casi 110 mil personas. En realidad, son por lo menos el doble, pero utilizando los datos oficiales son el 7.1 por ciento de las muertes por el virus en el mundo. México tiene el 1.6 por ciento de la población del planeta.

 

Hasta octubre AMLO acumulaba 66,744 víctimas de homicidio. En los 6 años del gobierno de Calderón los homicidios sumaron casi 102 mil, es decir, 17,143 en promedio por año.

 

Retomo las palabras de AMLO del pasado 29 de octubre: "Los errores en política son como crímenes". Él ya acumula muchos. Algunos de ellos, incomprensibles.

 

Trump no usa tapabocas porque es un egoísta. ¿No se supone que AMLO es una buena persona? Su comportamiento refleja lo contrario. ¿Cuántos mexicanos no hubieran muerto por Covid si AMLO hubiera puesto el ejemplo y usara tapabocas desde el arranque de la pandemia? De acuerdo con el modelo del Institute for Health Metrics and Evaluation (IHME), si todos usáramos tapabocas evitaríamos unas 7,000 muertes de hoy a marzo.

 

Según una aplicación del diario alemán Die Zeit, 10 personas sin tapabocas por 5 horas en una habitación de 40 metros cuadrados tienen un 21 por ciento de probabilidad de enfermarse si una de ellas emite el virus. Si todos traen tapabocas de tela, la probabilidad baja a 6 por ciento y con los quirúrgicos de tela, a 2 (https://bit.ly/3owFfvD). Todos los expertos dicen que es indispensable su uso para contener la pandemia, aunque AMLO tiene otros expertos: sus subordinados.

 

Hay otros errores: ¿cuántos fallecieron en sus casas porque el gobierno les dijo que ahí se quedaran o porque no los admitieron en un hospital quizás con camas disponibles? No lo sé. Pero muchos de ellos ya estaban muy enfermos cuando finalmente ingresaron. Datos del espléndido artículo de Nathaniel Parish Flannery en Forbes muestran que en México menos del 30 por ciento de los muertos fueron conectados a un ventilador. De los que fueron intubados, sólo 2 de cada 10 sobrevivieron. Casi no duraron conectados al ventilador. Se mueren rápido y dejan libre la cama: https://bit.ly/3g5RLzf.

 

Sus seguidores no lo culpan por tanta muerte. AMLO mantiene una aprobación parecida a la de enero de este año. Entre quienes tienen educación primaria o menos, en general pobres, su aprobación es del 70 por ciento, según una encuesta de El Financiero. Entre quienes tienen estudios universitarios, del 55 por ciento.

 

Los pobres difícilmente se enteran de quién es el responsable de sus familiares muertos. AMLO lo sabe. Cuando se le preguntó sobre el ranking de resiliencia de Covid elaborado por Bloomberg, donde México ocupa el último lugar de las 53 naciones consideradas, su respuesta fue honesta: "No afecta en nada, la mayoría de la gente ni siquiera se entera, con todo respeto a estas publicaciones".

 

No cuida a los vivos, pero sí se preocupa por los familiares de sus muertos: les manda una lana para los gastos funerarios. Le sumarán unos votos más. ¿Por qué no gastar ese dinero para enfrentar mejor la pandemia? Pagar dichos gastos es claudicar en su obligación constitucional de proteger a los vivos.

 

Ahora viene el cuento de las vacunas. Servirá para dar esperanza y relajarnos en la temporada navideña. El viernes finalmente explicó la necesidad de cuidarse. Con eso seguro ya duerme tranquilo, pero no hay una política de contención del virus encabezada por él. Me temo que vendrá un enero muy oscuro, con muchos más muertos de los que tendríamos si el Presidente creyera realmente que la vida de los mexicanos importa.

 

Carlos Elizondo Mayer-Serra

 

 


 

La palabra del tirano

Todos los líderes populistas postmodernos han convertido a la política en el arte de la mentira. En Inglaterra, el primer ministro Boris Johnson insiste todavía que Brexit convertirá a Gran Bretaña en una potencia económica. En Rusia, Putin sigue pasándole la cuenta a Occidente de todos los males que el país padece, y en Estados Unidos, Trump sigue inventando el mismo mito fundacional que es el cimiento ideológico del gobierno de López Obrador en México: un fraude inexistente.

 

Gobiernan de espaldas a la realidad. Trump no está dispuesto a que la confirmación de que la votación favoreció a Joe Biden en un estado clave tras otro altere su retórica que proclama un fraude masivo. Y en México, a dos años de asumir el poder y, de acuerdo con el balance de ayer, con más de un millón cien mil contagiados y 109,456 fallecidos a causa del Covid, López Obrador, y su vasallo en el sector Salud, siguen insistiendo en que la pandemia no los ha rebasado.

 

Estos políticos saben que están mintiendo. Pero la mentira es nada más un instrumento que, con la ayuda de las redes y de compañías que modelan la opinión de sus usuarios con base en algoritmos sofisticados, ha resultado muy eficaz como estrategia para cambiar los modos de gobernar en aras de proyectos que buscan transformar el statu quo democrático y asegurar el predominio de otros grupos en el poder.

 

En esta estrategia hay dos polos. En uno están los populistas que han tomado el gobierno que repiten hasta el agotamiento una visión alternativa e ideológica (si entendemos a la ideología como la conciencia falsa de la realidad) y, en el otro, los votantes que reciben y aceptan o rechazan el mensaje.

 

Una pregunta fundamental es, ¿por qué tantos electores creen o pretenden creer que la realidad alternativa de los populistas es cierta? La explicación tiene muchas caras. La base fundamental de apoyo de estos líderes no busca la verdad. Su lealtad es sectaria, una fe tribal que se alimenta a sí misma, más allá de lo que diga o haga el líder. Practican la ignorancia agresiva que es tan evidente entre bots y troles en las redes.

 

Otros, una buena parte de los votantes -porque los sistemas populistas convocan puntualmente a elecciones-, están profundamente desinformados y sin información es imposible distinguir la verdad de la mentira y desmontar las fake news del poderoso.

 

Muchos más compran los prejuicios que están en el corazón de todas las agendas populistas, por comodidad. Es más fácil creer que la Unión Europea es responsable de la desigualdad económica en Gran Bretaña; que los inmigrantes les roban el empleo a los gringos de cepa o que los neoliberales tienen la culpa de todos los problemas que López no ha podido resolver en México, que asumir la responsabilidad que esos gobiernos, y quienes los apoyan, tienen.

 

Para el resto, los que no apoyan ni votan populista, nadie ha hecho un diagnóstico mejor de los errores que han cometido que Timothy Snyder. En lugar de advertir sin prisa ni pausa el peligro que representaba y representa el populismo para la libertad, los derechos humanos y las instituciones democráticas, respetamos el voto y le dimos a nuestro populista el beneficio de la duda: tal vez el ejercicio del poder lo convertiría en un estadista.

 

La obediencia anticipada, como la llama Snyder, acostumbrarse al proceso, asegura el éxito de cualquier proyecto populista antidemocrático. Colocarse a la defensiva es una pérdida de tiempo y el silencio es abrirle un paréntesis de oportunidad al populista, que siempre tiene prisa, para derruir una a una las instituciones democráticas.

 

Los líderes populistas han adoptado el dogma fascista: una mentira repetida mil veces se vuelve verdad. Bombardean a diario a sus gobernados con sus propios datos: los "hechos alternativos" de Trump. Algunos, como Putin, que cuida su imagen y su palabra como si fueran bienes sagrados, usan su control casi absoluto de los medios y a portavoces bien entrenados en el cinismo para promover una realidad alternativa. Otros, como Trump y López Obrador, han tomado ellos mismos el micrófono o el Twitter y dedican toda su energía al arte de la mentira y a denigrar y deslegitimar a cualquier medio o crítico de sus políticas.

 

El mejor camino para luchar con la realidad alternativa de los populistas es la defensa de la verdad: desmontar con la misma perseverancia de los populistas la mentira que pretenden convertir en una nueva normalidad.

 

Isabel Turrent

 


 

Te lo dije Poncho, te lo dije

A propósito de la exitosa serie de Netflix "The Crown", hay un capítulo donde la Reina Isabel II intenta advertirle a su hermana, la princesa Margarita, de los antecedentes del personaje con el que se casará: el fotógrafo Antony Armstrong-Jones.

 

Ella no quiere ver ni escuchar nada, su decisión está tomada. Le llevará poco tiempo confirmar los rumores sobre la mala fama y prácticas poco ortodoxas de su futuro consorte, y dieciocho años divorciarse de él.

 

Bien, pues lo mismo le ocurrió a Alfonso Romo con Andrés Manuel López Obrador. Después de algunos años de relación, y sólo dos de "matrimonio político", su entusiasmo por él terminó. Lastimó su confianza al ser ignorado constantemente.

 

El lunes 12 de mayo de 2014, y a dos días de terminar mi encargo como comisionada del Instituto Federal de Acceso a la Información y Protección de Datos (IFAI, hoy INAI), recibí una llamada de la oficina de Romo. Un amigo en común le había hablado de mí y quería conocerme. Pactamos nuestra reunión el viernes 16 de mayo en su condominio de la Ciudad de México.

 

Una charla que estaba programada para durar una hora, se prolongó más de dos horas.

 

El hielo se rompió rápidamente. "Llámame Poncho", me dijo.

 

Comenzamos a hablar del tema del cumplimiento de la norma sobre la protección de los datos personales en su Casa de Bolsa Vector, en su universidad y sus otras empresas. Me expresó las intenciones de transformar la casa de bolsa en una institución financiera. Cuando terminamos el tema de la protección de datos pasamos al de la transparencia de López Obrador.

 

Antes de entrar en materia, le mostré los cartones de Paco Calderón y de Sergio Iracheta en mi tableta electrónica, los cuales describen gráficamente y de forma puntual la dura batalla que yo había librado contra Andrés Manuel y su administración siendo Jefe de Gobierno del Distrito Federal, así como con sus Diputados locales perredistas.

 

Le expliqué a detalle todos los obstáculos que López Obrador y sus Diputados habían interpuesto en el 2002 para que se aprobara la Ley de Transparencia en el Distrito Federal y que, cuando finalmente se logró en 2003 y nos eligieron en julio a los consejeros ciudadanos, él había utilizado todas las artimañas jurídicas dilatorias para retrasar su cumplimiento. En general, López se negaba a cumplir con la transparencia.

 

Fuimos al tema de los Segundos Pisos. Le dije que el propósito de la creación del Fideicomiso para el Mejoramiento de las Vías de Comunicación (conocido por sus siglas como el FIMEVIC) y construirlos a través de éste, era para ocultar la información financiera del mismo, así como las decisiones en la asignación de los recursos; le detallé cómo los habían utilizado, la clasificación de la reserva de la información, su negativa a ser revisadas las cuentas y el contubernio de su contralora. Le habían encargado la operación del fideicomiso a Claudia Sheinbaum, siendo ella la Secretaria del Medio Ambiente capitalina, porque César Buenrostro, su entonces Secretario de Obras, se había negado a hacerlo. Le compartí de la persecución que me habían hecho como comisionada de transparencia del INFODF, de las amenazas que había recibido y de la destitución de la que fui objeto, situación que la Suprema Corte revirtió y por lo cual me reinstalaron.

 

Su respuesta fue: "Yo puse a mi gente a revisar las cuentas de los segundos pisos, y no encontraron nada dudoso". Y mi revire fue contundente: "Es que no buscaron bien, Poncho. Me hubiesen preguntado a mí. Yo les hubiese enseñado cómo hacerlo".

 

Su defensa de López Obrador era vehemente, de pleitesía, tratando de convencerme sobre su honestidad compartiéndome sus constantes desayunos con él, mientras su esposa Beatriz los preparaba, en su departamento de Tlalpan. Lo tenía seducido su manera austera de vivir, ¿cómo podía ser deshonesto?

 

Yo insistía que su "honestidad valiente" era sólo demagogia, ya que su gestión había sido secuestrada por una oscuridad cobarde. Había demostrado con creces la discrecionalidad en el destino de los recursos para sus obras faraónicas, y de toda su administración. Que su manera de tomar decisiones era unipersonal, no escuchaba, le temían y nunca lo contradecían. Que Carlos Urzúa, en ese momento su Secretario de Finanzas, de alguna manera lo había advertido y le renunció. Sólo se hacía su voluntad. Y rematé: "No lo conoces bien, él no tiene amigos, sino lacayos que se convierten en cómplices, no eres su amigo, te va a utilizar para sus propósitos. Necesita un empresario muy exitoso y poderoso como tú para que sea el interlocutor con el sector empresarial. Ellos no le tienen confianza".

 

Bien, ya sabemos que Romo le renunció. Él confundió austeridad con honestidad y se dejó cautivar por la sencillez de unos desayunos. Su ojo nunca estuvo entrenado para distinguir las baratijas, vestidas de mentira, que se comió. Pensó que la honestidad se reducía sólo a la económica, suponiendo sin conceder y, otorgándole el beneficio de la duda a AMLO sobre su honestidad económica, Alfonso nunca vio la verdadera naturaleza de su "amigo".

 

Y ahora, después de haber trabajado "pro bono" con él dos años, de padecer su autoritarismo y conocerlo bien, se va herido. Sí, porque el que creía que era su amigo, lo lastimó, lo hirió, lo ninguneó y comprobó que no era confiable. Te lo dije, Poncho, te lo dije.

 

La autora es Consultora y ex Comisionada del IFAI.

María Elena Pérez-Jaén Zermeño

@MElenaPerezJaen


domingo, noviembre 29, 2020

 

Estadísticas y tragedias

"Un muerto es una tragedia, un millón de muertos es una estadística". Quizá Stalin no pronunció esta frase que se le atribuye, pero la asumía con naturalidad. Si el costo de su "ideal" era la muerte de millones de personas, siempre estuvo dispuesto a pagarlo. Eso suele pasar con los ideales abstractos: sacrifican personas concretas.

 

Ningún régimen o gobierno provocó la irrupción del covid-19. Pero la responsabilidad histórica no se agota en la causa: atañe también al manejo de la enfermedad. Y ahí las diferencias entre el gobierno mexicano y la mayoría de los países son abismales. El covid-19 ha cobrado la vida de más de cien mil personas en la cuenta oficial (la cifra real que dan fuentes confiables es del triple). ¿Cuántas podrían haberse salvado con un manejo distinto? No lo sabemos, tal vez una. Pero esa vida valía la pena. Esa muerte, lo mismo que cada unidad en la estadística, es una tragedia.

 

Los expertos internacionales han señalado la eficacia de la respuesta en los países asiáticos, donde existe una antigua y muy arraigada cultura de ayuda mutua. También han encomiado a Nueva Zelanda o Uruguay, donde la cultura cívica ha contribuido a domar el virus. Todos conocemos las reglas elementales: uso de cubrebocas, mantenimiento de una sana distancia, diagnóstico temprano de la infección y detección de posibles contactos, precaución especial con personas de la tercera edad o con condiciones previas de vulnerabilidad, precisión y transparencia en el suministro del equipo y los tratamientos.

 

Aunque varios gobiernos estatales (incluido el de la Ciudad de México) han intentado cuidar algunos de estos lineamientos, la actitud del gobierno federal a todo lo largo de este calvario ha sido dolorosamente irresponsable. El ciclo comenzó antes, con la supresión del Seguro Popular, la múltiple afectación (presupuesto, medicinas, equipo) a las instituciones de salud pública, la disrupción de cadenas de distribución, todo bajo el criterio de un "borrón y cuenta nueva" que no consideró las consecuencias prácticas de esas medidas, ni siquiera en casos extremos como los niños con cáncer. Ya declarada la pandemia, desde la mayor tribuna nacional se desestimó la peligrosidad del virus, se desalentó en un principio -y jocosamente- la sana distancia, se desechó casi por completo el método de las pruebas y el rastreo de contagios. Las enfermeras y los médicos son los héroes de este tiempo aciago, pero de haber contado con condiciones adecuadas para cumplir su trabajo no habrían tenido que llegar a ese extremo. Su lealtad al juramento hipocrático -"ante todo, no hagas daño"- contrasta con el cinismo de la mayor autoridad sanitaria, un médico que ha supeditado el valor superior de la salud al interés personal de la política.

 

La solidaridad ante la desgracia es una virtud del pueblo mexicano, probada en plagas, terremotos, inundaciones. ¿Por qué el presidente, a quien un amplio sector de los mexicanos (sin duda el más vulnerable) ve como su guía moral, no utilizó la palabra y el ejemplo para convocar a la solidaridad expresada en el cumplimiento -hasta donde era posible- de algunos lineamientos? Nadie ha pedido milagros. Millones de personas no han tenido otra alternativa que salir a la calle a ganar el pan, con riesgo de sus vidas. Pero una orientación presidencial les habría ayudado a sobrellevar y a esquivar el peligro. Y a sentir consuelo.

 

Hace unos días me enteré de una escena. A la pregunta de por qué no usaba cubrebocas, un trabajador humilde contestó: "Porque el presidente no lo usa y hasta dice que no es necesario". Dijo más: que imponerlo sería un acto autoritario. ¿Quién habla de imponerlo? ¿En qué sentido sugerir firmemente el uso de cubrebocas podría mermar la libertad personal? ¿Era mucho pedir que el presidente y su vocero aparecieran usando cubrebocas y explicasen esa y todas las reglas elementales de precaución ante el covid-19?

 

El gobierno ha desdeñado la evidencia científica internacional y hasta el testamento explícito de los eminentes doctores Mario Molina y Guillermo Soberón. Por un tiempo, "el inhumano poder de la mentira" (Pasternak) logrará prevalecer. Pero, si nada cambia, la historia -guiada por el buen juicio y el alud de información objetiva que tendrá a la mano- emitirá un dictamen severo sobre la grave responsabilidad del régimen en la mayor tragedia sanitaria de la historia contemporánea de México.

 

Los hechos son irreversibles pero el futuro no. El invierno puede ser devastador. El presidente debe recapacitar.

 

Enrique Krauze

 

 

 




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A destruir

Las cosas ciertamente no estaban perfectas y la promesa de ingresar al primer mundo hacía tiempo que se había disipado. Pero la realidad no era blanco y negro: México había dado enormes pasos hacia adelante, como ilustran las exportaciones aeronáuticas, automotrices y agroindustriales.

 

Estados como Querétaro y Aguascalientes no sólo han mantenido la paz interna, sino que han venido creciendo a tasas asiáticas. Pero también hay regiones que no sólo se han estancado y rezagado, sino que en las pasadas décadas se convirtieron en fábricas de migrantes.

 

Cualquiera que tenga un mínimo de sensatez y capacidad de observar sin distorsiones ideológicas y partidistas sabe bien que hubo grandes avances y enormes insuficiencias. Los grises del panorama mexicano son palpables por donde uno mire.

 

La pregunta es si para lograr un progreso decidido y generalizado se requería destruir todo lo existente o si, por el contrario, la receta idónea era corregir el rumbo, construir sobre lo acertado y reparar los errores cometidos.

 

López Obrador llegó al Gobierno hace exactamente dos años convencido del primer planteamiento: todo está mal y hay que destruirlo para retornar a lo que funcionaba antes. Paso seguido, el País ha vivido el torbellino de la eliminación de programas, cancelación de proyectos y toda clase de acciones, algunas justificadas y la mayoría arbitrarias.

 

Algunos comparten la necesidad de replantearlo todo, pero lo que es seguro, a dos años de distancia, es que el único plan que guía al Presidente es el de echar todo para atrás, en muchas ocasiones animado por las más viscerales de las motivaciones: el odio, el ánimo de venganza y el ansia de poder.

 

Si uno analiza la manera en que se fue conformando el proyecto de reformas a lo largo de los 80, lo primero que salta a la vista es que no había un plan. El Gobierno de Miguel de la Madrid se encontró con un Gobierno quebrado y una economía desquiciada. Todas sus acciones por los primeros dos años de su Gobierno se encaminaron a intentar reconstruir la estabilidad económica de los años 60: controlar el gasto público, bajar la deuda externa y restaurar los equilibrios financieros. El gran viraje que dio aquella administración consistió en comenzar a liberalizar las importaciones, ello con el objetivo de atraer inversión y elevar la productividad de la economía.

 

Ese viraje, enorme en concepto, muy modesto en su primera fase de implementación, no respondía a consideración ideológica alguna, sino a un reconocimiento crucial: que el mundo había cambiado.

 

Primero que nada, las altas tasas de crecimiento de la economía de los 70 se habían debido a un momento excepcional: el descubrimiento de grandes yacimientos petroleros y la expectativa de ingentes recursos que de ahí se derivarían. El espejismo del petróleo, no la solidez de la estructura económica, llevó al colapso.

 

El problema real del proyecto reformador, que adquirió forma mucho más estructurada al inicio de los 90 y que se consolidó con el TLC, reside en que fue concebido para evitar llevar a cabo un cambio en el statu quo político.

 

En contraste con otras naciones que se reformaron en estas décadas -como España, Chile, Corea- en México no fue un nuevo Gobierno, producto de una elección posterior al fin de una dictadura, quien llevó a cabo las reformas, sino uno emanado del partido que llevaba décadas en el poder. La única similitud es la URSS, que no lo sobrevivió.

 

En consecuencia, las reformas nacieron truncas porque procuraban dos fines contradictorios: liberalizar y hacer más eficiente la economía; y al mismo tiempo, proteger a intereses relevantes para la clase política en negocios, sectores y funciones.

 

Razones para cambiar hay muchas y AMLO estaba excepcionalmente posicionado para llevar a cabo los cambios que México requería. Sólo alguien como él, conocedor de la historia, hábil para la movilización política y desvinculado de los promotores de las reformas, podía haber llevado a cabo los cambios que el País requería.

 

Desafortunadamente, optó por otro camino: negar las circunstancias que llevaron al País a donde está y dejarse llevar por motivaciones primarias incompatibles con la función para la que fue electo.

 

El resultado es una destrucción, sistemática y a rajatabla, de mucho de lo que funciona en el País, sin crear nada susceptible de transformar a México para bien, con mejores condiciones económicas, menos corrupción y mayor legalidad. En una palabra, dos años de retrocesos. Y los que faltan.

 

Luis Rubio

 




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