sábado, septiembre 15, 2018

 

¡El borracho va en contra!

Hace poco conviví (junto con Horacio Marchand) con un lector con el que tuve una discusión muy reveladora. Polos opuestos, porque él es súper fanático de Trump y defendía a Mr. Orange a muerte.

 

Su biblia informativa es Fox News y veía (como Donaldo) conspiraciones de los medios para engañar a todos y así tumbar al mejor presidente en la historia de Estados Unidos.

 

"El reclamo es que los medios (y columnistas) o son ineptos o forman parte de la conspiración", me explicaba.

 

Si usted me lee sabrá que no nos pusimos de acuerdo. Para mí Trump es un narcisista mal informado que sólo escucha porras. Su poder y malas ideas eventualmente tendrán graves consecuencias para Estados Unidos y para el mundo.

 

Total, al final de una divertida y picosa charla, me dijo: "no entiendo porque todos los medios están en contra de Trump y sólo Fox News lo defiende". Te voy a contestar con un chiste, le dije.

 

Es el cuento del borracho que iba en contra en la avenida principal del pueblo. Va escuchando la radio, donde advierten: "¡Cuidado, un borracho circula en contra en la calle X!". Consternado exclama el briago: "¿Uno? ¡Si son un chin...!".

 

Entre risas concluí, el tiempo va a decir quién va en contra: Trump o el resto del planeta. La charla me dejó pensando sobre la comunicación en la era de las redes sociales y la superficialidad.

 

Tres factores de nuestro tiempo contribuyen a que los diálogos de sordos sean cada vez más comunes en la política, los negocios y la vida:

 

1. Perdieron peso los curadores de la información. Los medios masivos administraban el proceso de comunicación de cualquier comunidad. La democratización que trajo internet permite hacer públicas opiniones diversas de todo tipo: algunas certeras y otras descabelladas y falsas.

 

2. Hiperconectividad y masificación. La combinación de smartphones y planes de datos baratos permite masificar fake news. Como bien dice Bill Maher: "la súper carretera de la información se convirtió en el bulevar de la mentira".

 

3. Polarización grupal. El ecosistema de redes sociales (sobre todo Facebook) que busca maximizar clicks para ganar más plata funciona acercándonos sólo puntos de vista similares a los nuestros. Por ende se rigidizan ideologías y se radicalizan posturas.

 

Un coctel muuuy peligroso. The Economist advirtió en una portada de septiembre de 2016 que la política estaba entrando en la era de la postverdad. Dos años después el diagnóstico es todavía peor: la era de la mentira afecta todos los aspectos de nuestras vidas.

 

"Hay un ecosistema de medios sostenido por la atención. Punto. Y eso no nos hace más inteligentes, sino que nos idiotiza. Donald Trump es síntoma de esto". ¿Sabe quién dijo esto? Evan Williams, cofundador de Twitter. El remordimiento de Víctor Frankenstein al darse cuenta de lo que creó: una monstruosidad de clicks que estorban al progreso.

 

¿Qué hacer? Difícil parar una pandemia social con un mecanismo de contagio instantáneo y omnipresente. Pero le sugiero aplicar siete consejos prácticos que le compartí hace unos meses en su círculo cercano:

 

1. Limitar el uso de dispositivos conectados. Trabajo, juntas, reuniones familiares o con amigos, etc. Ah, y sobre todo controlando el uso a los chavos (dificilísimo).

 

2. Discriminar fuentes de información. Relea "Las 3 Eses".

 

3. No compartir noticias de las que no se esté seguro.

 

4. Buscar puntos de vista alternativos, sobre todo en temas clave.

 

5. Leer también con profundidad. No sólo en "140 caracteres".

 

6. Tener pasatiempos que no involucren una pantalla.

 

7. Ser selectivo en sus clicks. No sólo representan el uso de su tiempo, sino que moldean sus ideas, opiniones y acciones.

 

Cierro con algunas frases de Joseph Goebbels, el terrible genio nazi de la propaganda, que nos compartió el lector:

 

- "La propaganda funciona mejor cuando los manipulados piensan que actúan por su propia voluntad".

 

- "La verdad es el enemigo más grande del Estado".

 

- "La propaganda no requiere ser intelectualmente rica".

 

Tristemente bien podrían terminar siendo el nuevo sello de nuestra era. De nosotros depende que así no sea. A fin de cuentas, el que maneja en contra tarde o temprano se terminará estrellado.

 

Posdata. Se confirma el peor error de AMLO sobre el que advertí en mayo pasado: van a tirar la reforma educativa. Relea "Andrés, te equivocas".

 

EN POCAS PALABRAS...

"Si vas a decir una mentira, que sea grande". Joseph Goebbels, criminal nazi

 

Jorge A. Meléndez Ruiz

benchmark@elnorte.com

Twitter: @jorgemelendez


domingo, agosto 12, 2018

 

Contra el olvido

"Todo se ha dicho ya, pero como nadie escucha es preciso contarlo de nuevo". André Gide, Le Traité du Narcisse

 

No está escrita la historia definitiva de la democracia en México. No lo está, en la doble acepción del término: ni como texto ni como realidad.

 

Hoy, quizá más que nunca, es necesario volver al origen para recordar la naturaleza plural de sus protagonistas y reafirmar su inseparable vínculo con la libertad.

 

Más allá de sus antecedentes venerables en los siglos 19 y 20 (la saga de los liberales en la Constitución de 1857, la Reforma y la República Restaurada, el apostolado de Francisco I. Madero y su desdichada Presidencia, el movimiento vasconcelista, la fundación del PAN por Gómez Morin y su "brega de eternidades", los aportes de pensadores de izquierda como Narciso Bassols), la democracia moderna en México tiene dos etapas claras: la batalla y la construcción.

 

La primera transcurrió a lo largo de tres décadas, de 1968 a 1997, año en que por primera vez tuvimos en México elecciones supervisadas por un Instituto Federal Electoral independiente. La segunda es una obra evidentemente inacabada.

 

La batalla fue larga, ardua, no pocas veces sangrienta. La protagonizaron mujeres y hombres de todas las filiaciones políticas y personas sin filiación, artistas, periodistas, intelectuales, académicos, estudiantes, sindicatos, ex guerrilleros, empresarios, sacerdotes, grupos de la embrionaria sociedad civil.

 

Todos convergieron poco a poco en un proyecto de transición democrática que todavía en los años 80 parecía imposible y hasta inimaginable.

 

Lo era, en efecto, para la élite del PRI que desde 1968, esgrimiendo siempre la razón de Estado, se había resistido de mil formas al cambio, hasta que el cambio se le impuso.

 

La democracia no llegó, como imaginaba don Jesús Reyes Heroles, por una reforma interna del PRI que aclimatara paulatinamente las costumbres e instituciones democráticas abriendo rendijas a la oposición, sino, como previó Gabriel Zaid (Escenarios sobre el Fin del PRI, Vuelta, junio de 1985), por una exigencia de diversas fuerzas externas al PRI, que la volvieron inaplazable.

 

La batalla democrática fue una hazaña de la pluralidad.

 

Hay que poner rostro a esa pluralidad. Recordar a quienes, en distintos grados y momentos, imaginaron, inspiraron, alentaron y produjeron el cambio democrático. Y sin ánimo de revancha, para honrar a la verdad, recordar también a quienes se alzaron de hombros y a quienes se opusieron de buena o mala fe.

 

El tiempo pasa y los hechos se olvidan. Ningún joven menor de 30 años los presenció. En el mejor de los casos forman parte del repertorio vital de sus padres o abuelos, que poco o nada les dice. Es natural, toda generación piensa que la historia recomienza en ella.

 

También mi generación, la generación del 68, pensó lo mismo, y pagó con la sangre de Tlatelolco su convicción.

 

Pero el tiempo ha probado que teníamos razón porque, en efecto, el 2 de octubre fue el comienzo del fin de una era autoritaria y el atisbo de una era democrática por la que luchamos desde entonces, que alcanzamos hace 20 años, y en cuya cabal construcción debemos seguir empeñados.

 

Es verdad que al hablar de democracia los estudiantes de entonces no entendíamos el significado preciso del término ni teníamos en mente el lema maderista del "sufragio efectivo" o la creación de un Instituto Federal Electoral (banderas que desde 1939 enarboló en solitario el PAN). Pero queríamos libertad: de manifestación, de expresión, de crítica.

 

Esa semilla de libertad fructificó más tarde en su complemento natural: el anhelo democrático. La batalla democrática fue una hazaña de la libertad.

 

En el primer tomo de la colección Ensayista Liberal, titulado Por una Democracia sin Adjetivos (Debate, 2016), recogí mis artículos y ensayos publicados entre 1982 y 1996. En mi libro La Presidencia Imperial (Tusquets Editores, 1997) y los documentales Los Sexenios traté de recrear la historia de esas décadas turbulentas.

 

Pero es preciso contar todo de nuevo, quizá con otras técnicas y enfoques. Ese recuento es un deber colectivo y urgente.

 

Si las generaciones jóvenes desconocen la historia de la batalla que precedió a la difícil construcción democrática de este siglo, carecerán de la perspectiva para comprender el presente y les será más difícil cuidar, en lo posible, las líneas del futuro.

 

Sin esa memoria, la democracia puede revertirse desde dentro, desvirtuar su naturaleza plural y olvidar su vínculo con la libertad.

 

Enrique Krauze


sábado, agosto 04, 2018

 

AMLO y el fraude del 88

Es una gigantesca incongruencia que Andrés Manuel López Obrador, el virtual Presidente electo de México, haya escogido como uno de sus principales colaboradores al responsable del fraude electoral de 1988.

 

De verdad que no lo entiendo. ¿Dónde está el cambio que prometió López Obrador?

 

AMLO designó a Manuel Bartlett para ser el nuevo director de la Comisión Federal de Electricidad. Supongo que es una forma de pagarle su apoyo durante la campaña electoral.

 

Pero al hacerlo, López Obrador traiciona a muchos de los 30 millones de mexicanos que votaron por él y a su mensaje de cambio.

 

Bartlett es más de lo mismo.

 

Recordemos. Durante las elecciones presidenciales del 6 de julio de 1988, se "cayó el sistema" y se detuvo el reporte de resultados. Yo estuve ahí. Nadie me lo contó.

 

En esa época no había Instituto Nacional Electoral. La Secretaría de Gobernación se encargaba de organizar la elección y de contar los votos. Y el Secretario de Gobernación era Manuel Bartlett.

 

Siete días después, cuando por fin se dieron a conocer los resultados, el "ganador" había sido Carlos Salinas de Gortari. Un fraude mayúsculo le arrebató la victoria al que hubiera sido el primer Presidente de izquierda desde la Revolución Mexicana, Cuauhtémoc Cárdenas.

 

En dos ocasiones, luego de su Presidencia, pude confrontar a Salinas de Gortari sobre la manera fraudulenta en que llegó a Los Pinos. (Aquí están las entrevistas: elnorte.com/fraude1988).

 

"¿Cómo ganó en 1,762 casillas con el 100 por ciento de los votos?", le pregunté. El asunto parecía matemáticamente imposible. Pero no para el PRI.

 

"Yo creo que es importante recordar que en esa elección más de tres cuartas partes de las casillas fueron cubiertas por más de un partido y ahí está la documentación que así lo acredita", me contestó Salinas de Gortari.

 

Pero la trampa estuvo en otro lado.

 

Nunca se pudo hacer un recuento -voto por voto- debido a que el Congreso, dominado por el Partido Revolucionario Institucional (PRI) y apoyado por el Partido Acción Nacional (PAN), autorizó la quema de los votos en 1992.

 

Fue el fraude perfecto. Los votos quedaron en cenizas. Bartlett fue premiado por su trabajo sucio en la elección de 1988 con la Secretaría de Educación durante el Gobierno de Salinas y nunca se opuso públicamente a la quema de votos.

 

Ése es el mismo Bartlett al que ahora López Obrador protege. ¿Por qué defender a quien retrasó 12 años la llegada de la democracia a México?

 

Entiendo que un Presidente tiene que ser pragmático y escoger a gente que le ayude a gobernar. Pero la principal promesa de AMLO fue atacar la corrupción y no hay nada más corrupto que hacer trampa en una elección presidencial y darle el poder al perdedor.

 

¿Por qué López Obrador le ofrece uno de los puestos más importantes de su gobierno a quien representa un pasado que creíamos superado?

 

López Obrador está moralmente obligado con sus votantes a marcar su raya y a sacar a Bartlett de su equipo de trabajo.

 

No hacerlo sería una gravísima complicidad con el fraude del 88 y una gran deslealtad con Cuauhtémoc Cárdenas. ("Estamos convencidos de que hubo fraude en 1988 el 99 por ciento de los mexicanos", me dijo Cárdenas en una vieja entrevista).

 

Muchos de los que votaron por AMLO tampoco apoyan su decisión y se lo han hecho saber.

 

Así lo hizo el actor Gael García Bernal en un tuit: "Yo repudio su nombramiento (el de Bartlett) y su ser político. Y qué ridículos los que creen que yo y los que votamos por AMLO somos responsables de ese nombramiento".

 

A pesar de todo, Bartlett sí puede ayudar en algo: esclarecer el fraude de 1988. Que pida una disculpa pública y que ayude a los historiadores a escribir la versión verdadera de esa elección. Pero hasta ahí.

 

Y antes de terminar, una aclaración. Esta es solo una de las muchas críticas que espero hacer antes y durante la Presidencia de López Obrador.

 

Yo, como muchos mexicanos, quiero un país sin corrupción, sin muertos y con oportunidades. Pero el trabajo del periodista es ser contrapoder. Y es ahí donde pienso estar: del otro lado del poder.

 

Jorge Ramos


 

Gobierno embrión

Bien podríamos llamarle una fertilización in vitro, porque en este momento ya no sabemos quién es el papá ni quién es la mamá. Está apenas tomando fuerza el embrión de Gobierno cuyo ADN resulta todo un misterio.

 

En el futuro Gabinete habrá de todo, como en botica. Empresarios, dinosaurios, académicos, izquierdosos, activistas, de todo un poco. Lo que no sabemos es cuáles genes prevalecerán en la futura criatura.

 

La última vez que se hizo una mezcolanza así fue cuando Plutarco Elías Calles armó al que después sería el PRI.

 

Nótese la fuerza del oxímoron revolucionario-institucional. En la contradicción todos caben. Como en la genialidad de Shakespeare: ser y no ser, al mismo tiempo.

 

Por eso debe preocuparnos esta paz inercial. Los mercados están tranquilos. Los empresarios alineados. Hay mucha gente celebrando y otros resignados. La hipótesis que da acomodo a las ambivalencias a mí me da escalofríos. Estamos ante el renacimiento del PRI a través de Morena.

 

Ricardo Pascoe Pierce, conocido intelectual de izquierda, fortalece esta hipótesis al dar santo y seña del viejo vínculo entre Andrés y el Dr. Zedillo. Sellaron su alianza desde que Andrés sirvió de opositor a Roberto Madrazo en Tabasco.

 

Poco tiempo después en los pleitos de Zedillo con los hermanos Salinas, Andrés improvisó la famosa frase de la "mafia del poder" que tantos réditos le dio finalmente en su última campaña.

 

El enigma del Gobierno embrión también está fortalecido por lo que puede llamarse la doble personalidad de Andrés.

 

En su versión de personaje noble. Andrés ha demostrado una abnegación hacia la gente más desfavorecida del País. En ese carácter visitó poblados y rancherías para estar en contacto y llevar esperanza.

 

Ese mismo Andrés es el que ha invitado a desayunar al contendiente José Antonio Meade como símbolo de la necesidad de sanar cualquier roce producto de las campañas. Pero hay muchas otras instancias de Andrés, el buena gente.

 

El segundo Andrés es el personaje burlón, cerrado, impositivo. Es el presidente de partido que actúa como dueño, sin tomar en cuenta lo que piensen sus súbditos.

 

Es el mismo que ha colocado a sus hijos mayores como coraza o filtro para acceder a su señoría, esto dicho por personas que alguna vez se sintieron parte del grupo íntimo y ahora han perdido el derecho de picaporte.

 

Entonces el Gobierno embrión tiene muchos genes que podrán activarse o no, según el humor y las ganas del patrón.

 

Tan puede confiar en Alfonso Romo como principal contacto y asesor en materia de desarrollo económico como asesorarse de un fundamentalista de izquierda para sacar todo el jugo posible a la predisposición constitucional en esa dirección.

 

Un factor que debe estar influyendo en esta indefinición del Gobierno en embrión es el hecho de que, aunque todos lo dan como candidato electo virtual, el hecho es que aún no se cruza la banda presidencial. Y ese ornamento ha trastornado a más de uno.

 

Ya hay quienes empiezan a ver en el futuro Gobierno un poder omnímodo, con las dos Cámaras a la orden. Con los tres partidos principales en la lona, Andrés Manuel López Obrador prácticamente podrá hacer lo que quiera con México y llevarlo en la dirección que se le antoje.

 

Si Fox pidió apoyo a un equipo técnico para hacer nombramientos, Andrés no ha siquiera realizado una investigación de fondo para develar los esqueletos en el clóset de varios de sus señalados.

 

Por los nombramientos caprichosos, las ocurrencias planeadas y la extroversión mostrada, todo indica que el Gobierno embrión no será el que lleve a México a una nueva etapa de desarrollo, sino uno que trate de emparejar la desigualdad quitando al rico para dar al pobre.

 

Si hay que caracterizar lo que nos espera es un Gobierno que reparta el pastel antes que pensar en hacerlo más grande. Optará por las salidas fáciles, populistas.

 

Javier Livas

 

javierlivas@prodigy.net.mx


viernes, julio 13, 2018

 

Recortar gasto

"Una falta de realismo en la visión hoy cuesta credibilidad mañana". John C. Maxwell

Es muy positivo que Andrés Manuel López Obrador busque aumentar el gasto público sin elevar impuestos ni el déficit de gasto público.

 

Supongo que ésta es la razón principal por la que los mercados financieros se han mantenido estables a pesar del triunfo de un candidato que en un momento fue considerado un peligro para México.

 

Para lograr este objetivo, el nuevo Gobierno tendrá que encontrar ahorros importantes. ¿Hay dispendios que se pueden eliminar? Sin duda. Pero el esfuerzo no resultará fácil. Quizá dos terceras partes ya están comprometidas.

 

El gasto público total en 2018 está presupuestado en 5 billones 279 mil 667 millones de pesos. El 28 por ciento es gasto no programable, que no se puede modificar. En este monto se incluyen participaciones que el Gobierno federal debe entregar por ley a los Gobiernos de las entidades de la Federación, así como el servicio de la deuda pública.

 

La mayor parte del gasto programable, que asciende a 3.8 billones de pesos, también está etiquetado. Incluye los sueldos de los trabajadores del sector público, como maestros, médicos y enfermeras, y subsidios a diferentes grupos sociales, como los campesinos, que ningún político se atreve a recortar. López Obrador no ha prometido bajar este gasto, sino aumentarlo, con mayores subsidios.

 

Los recortes de gasto que ha prometido Andrés Manuel son llamativos, pero no hacen mella a unas propuestas que buscan incrementar el gasto público en alrededor de 500 mil millones de pesos.

 

Está ahí el caso de las pensiones de los ex Presidentes. Prometer recortarlas ha sido una de las más llamativas promesas de campaña de López Obrador, pero el ahorro es mínimo.

 

Su afirmación de que estos ex Presidentes tienen una pensión que no tiene ni Obama es falsa. Las pensiones de los ex Presidentes ascienden a 205 mil pesos mensuales antes de impuestos y no a los 5 millones mensuales que afirmó López Obrador.

 

El ahorro total de eliminar pensiones, incluso las que reciben las ex Primeras Damas, será de sólo 40 millones de pesos al año. Obama recibe una pensión de 207 mil dólares anuales, que si se erogaran en 12 pagos al año equivaldría a 17 mil 250 dólares mensuales; al tipo de cambio de ventanillas bancarias de ayer equivalen a 340 mil pesos.

 

Es cierto que los ex Presidentes mexicanos reciben apoyos para una oficina, un pequeño personal de apoyo y guardias, pero lo mismo ocurre con el ex Presidente Obama y con casi todos los ex jefes de Estado y de Gobierno en el mundo.

 

El Presidente Enrique Peña Nieto tiene un sueldo bruto de 209 mil pesos al mes. Descontando impuestos, esto se traduce en 142 mil pesos netos. López Obrador dice que lo recortaría a la mitad, por lo que recibiría un sueldo neto de 70 mil pesos mensuales.

 

Dice también que bajaría los sueldos de todos los altos funcionarios. Así tendríamos Secretarios con ingresos de quizá 60 mil pesos al mes y Subsecretarios con tal vez 50 mil. Esto no solamente haría difícil encontrar personas calificadas para muchos cargos, sino que haría que los altos funcionarios ganaran menos que mucho personal de base.

 

Lo peor de todo es que de nada serviría para llegar a la meta. Todos los sueldos de los altos funcionarios, de director de área a Presidente, apenas suman unos 5 mil millones de pesos al año.

 

Es muy loable que López Obrador busque reducir los gastos del Gobierno. Pero las formas en que ha señalado que lo logrará no convencen. Los ahorros que ha prometido son una fracción apenas del dinero que tiene que recortar.

 

Sergio Sarmiento

www.sergiosarmiento.com


martes, julio 03, 2018

 

Hay que exigir resultados

Soy del 47% que no votó por AMLO. Y aunque no me gustó el resultado, aquí seguiré trabajando por México desde mi trinchera como lo he hecho toda mi vida.

 

Sin embargo, a menos de 2 días de su triunfo me sorprende leer con más frecuencia a muchos del 53% que si votaron por él pedir cosas que no vienen al caso.

Piden que se le dé el beneficio de la duda, que se le dé chance, que no se arregla en 6 años "el desmadre" de 80 años, que hay que apoyarlo, que si uno le desea el mal al presidente es como desearle el mal al piloto del avión donde uno viaja, etc.

 

A ver, vámonos por partes. ¿Por qué exigen algo que muchos de los que votaron por él no se lo dieron a otros presidentes en el pasado? ¿Recuerdan cuál fue el primer comentario de Cuauhtémoc Cárdenas hace 18 años exactamente cuando reconoció a regañadientes el triunfo de Fox? Yo si lo recuerdo muy bien. Investíguenle, usen Google.

 

Me queda claro que mucha gente de izquierda votó por Fox solo para sacar al PRI de Los Pinos, como seguramente hoy muchos de ese 53% lo hicieron como voto de castigo, no como cheque en blanco. Pero la izquierda institucional representada entonces por el PRD, dirigida por AMLO desde la CDMX y por Cárdenas, bloquearon cualquier posible cambio.

 

Lo mismo sucedió en 2006 cuando nunca reconocieron su derrota y claman por un fraude inexistente hasta la fecha. Ya no hablemos de los últimos 6 años. ¿Por qué ahora si piden apoyo? Ganaron y ganaron bien, tan es así que tendrán mayoría en el Congreso y no necesitan apoyo de nadie para implementar sus propuestas. ¿por qué lo piden?

 

Ahora, si no se puede arreglar en 6 años el desmadre de 80, ¿por qué AMLO lo prometió? ¿Por qué dijo que la corrupción se acabará solo con el hecho de que él se siente en la silla presidencial? ¿Y no respondía a casi cualquier pregunta que le hacían que todo se resolvería con honestidad y acabando con la corrupción? ¿No dijo N mil veces que el máximo problema es la corrupción? ¿Entonces mintió en la solución? ¿Les dio atole con el dedo? ¿O siempre supieron que él mentía o exageraba al menos y de todos modos votaron por él por coraje y despecho? #PreguntasCabronas

 

No señores, no empiecen a desdecirse a 1 día de su triunfo. Tendrán 5 largos meses para preparar su presupuesto y hacer cambios a leyes de septiembre a noviembre ya con el nuevo Congreso. Podrán sin problema implementar sus cambios desde el 1o de diciembre sin dilación ni excusa. Así lo quiso la mayoría.

 

Quienes pusieron las expectativas hasta el cielo fueron ustedes y con esas promesas fue que ganaron. Ahora que no les de miedo el cambio que tanto añoraron. Sean ciudadanos adultos, de tiempo completo, y exijan resultados. Sean igual o mas críticos con los gobernantes que ustedes escogieron porque si ellos quedan mal a ustedes los pondrán en evidencia por su error. Exijan lo que les fue prometido porque ese es el trabajo de la ciudadanía con sus servidores públicos (no me gusta usar la palabra "gobernantes"), que cumplan lo prometido. Ese es el primer paso si queremos tener mejores funcionarios públicos en el futuro, que cumplan lo que prometen.

 

Pero si desde ahora están sacando excusas, ¿qué nos espera como ciudadanía? ¿O acaso solo votaron para cambiar de amo sabiendo que eran utopías? Apoyar a políticos no debe ser como apoyar a un equipo de fútbol. No se apoya con los sentimientos y se les perdona todo aunque no cumplan. ¿Cuánta gente por décadas voto por el PRI por costumbre y por eso estamos como estamos? ¿Van a hacer lo mismo hacia adelante?

 

Se necesitan #CiudadanosLiberados para que éste país mejore ¿Eres uno de ellos o eres uno más del montón?

Al tiempo.

#Aguzados


domingo, junio 24, 2018

 

AMLO poeta

Corre la leyenda de que Andrés Manuel López Obrador compuso el himno del PRI tabasqueño, del que fue presidente. Se entiende, porque Tabasco es tierra de poetas. Carlos Pellicer, José Gorostiza y José Carlos Becerra fueron tabasqueños. Y cuando Pellicer fue candidato del PRI a Senador por Tabasco (1976), el joven López Obrador militó en su campaña. El socialismo cristiano de Pellicer lo marcó.

 

Tabasco es también tierra de lingüistas. Francisco J. Santamaría no sólo fue Gobernador del Estado, sino el autor de un admirable "Diccionario de Mejicanismos". AMLO buscó la Gubernatura de Tabasco, es autor de 16 libros y tiene una riqueza de vocabulario inusual entre políticos.

 

Las personas que insultan suelen tener un repertorio limitado y repetitivo. No AMLO. Es un artista del insulto, del desprecio, de la descalificación. Su creatividad en el uso de adjetivos, apodos y latigazos de lexicógrafo llama la atención:

Achichincle, alcahuete, aprendiz de carterista, arrogante, blanquito, calumniador, camajanes, canallín, chachalaca, cínico, conservador, corruptos, corruptazo, deshonesto, desvergonzado, espurio, farsante, fichita, fifí, fracaso, fresa, gacetillero vendido, hablantín, hampones, hipócritas, huachicolero, ingratos, intolerante, ladrón, lambiscones, machuchón, mafiosillo, maiceado, majadero, malandrín, malandro, maleante, malhechor, mañoso, mapachada de angora, matraquero, me da risa, megacorrupto, mentirosillo, minoría rapaz, mirona profesional, monarca de moronga azul, mugre, ñoño, obnubilado, oportunista, paleros, pandilla de rufianes, parte del bandidaje, payaso de las cachetadas, pelele, pequeño faraón acomplejado, perversos, pillo, piltrafa moral, pirrurris, politiquero demagogo, ponzoñoso, ratero, reaccionario de abolengo, represor, reverendo ladrón, riquín, risa postiza, salinista, señoritingo, sepulcro blanqueado, simulador, siniestro, tapadera, tecnócratas neoporfiristas, ternurita, títere, traficante de influencias, traidorzuelo, vulgar, zopilote.

 

La inspiración dicta lo que baja del cielo: juicios olímpicos y fulminantes. "¡Torres de Dios! ¡Poetas! ¡Pararrayos celestes!", dijo Rubén Darío.

 

Insulta a diestra y a siniestra, aunque "con todo respeto". Desprecia y descalifica, pero con "amor y paz". Recomienda cuidarse de los otros candidatos, como si fueran asaltantes: "No lleven cartera porque va a ser una robadera". Lo escenificó en un "sketch" ante las cámaras de televisión, cuando se le acercó el candidato del PAN-PRD-MC. Compone parodias de comerciales, como la burla contra el candidato del PRI:

 

Ternurita, ternurita:

¡Apúrate!

 

porque te va a ganar Margarita.

 

 

Le gustan los dísticos: "No queremos candidatos ni de chivos ni de patos". "Agarra la avena, pero vota por Morena".

 

AMLO se volvió adicto a ser el centro de la atención pública mientras descarga sus sonoros epítetos. Cuando fue Jefe del Distrito Federal, se daba el lujo de citar a las seis de la mañana para conferencias de prensa que los reporteros no podían ignorar. La prensa, fascinada y sumisa (a pesar de que la maltrata) lo sigue a todas partes y amplifica sus declaraciones. Domina el arte de volverse noticia.

 

Como Júpiter Tonante, es caprichoso y no discute con iguales, porque no los tiene. No acepta consejos, menos aún críticas. No trata de convencer con argumentos, sino con su presencia carismática. No necesita escuchar. Desde las alturas, impone decisiones con su dedocracia cariñosa: "Lo que diga mi dedito".

 

No había un clamor popular que pidiera segundos pisos en las calles del Distrito Federal (en vez de ampliar el Metro). Ni fueron el resultado de un estudio técnico de su Secretaría de Obras Públicas. Fueron una ocurrencia: lo que dijo su dedito.

 

Los políticos saben que la gloria en el poder es efímera. Saben también que las obras monumentales quedan, cuando menos por un tiempo. La obra cumbre de AMLO fueron los segundos pisos. Trató de legitimarlos con un plebiscito, se los encargó a una "yes person" (no a su Secretario de Obras Públicas) y eludió el escrutinio público del manejo del dinero.

 

En cambio, hubo un clamor y hasta una manifestación de miles que pedían algo completamente razonable: una ciudad más segura. Pero se ofendió, tomó el micrófono y los insultó: "La marcha de los pirrurris".

 

No se puede contener. Pellicer fue un poeta de la alegría, AMLO es un poeta del insulto. Arrastrado por la inspiración, seguirá insultando, aunque su incontinencia tenga costos políticos. Las musas mandan. El Peje por la boca muere.

 

Gabriel Zaid


sábado, junio 16, 2018

 

Cero es nada

¿Cuál es la probabilidad de que Andrés nos lleve a la modernidad que nos urge? Cero. ¿Que encabece un Gobierno libre de corrupción? Cero. ¿Que su sola presencia cambie la mentalidad, la cultura, las actitudes de millones de mexicanos? Cero.

 

¿Por qué lo digo? Por la certeza de mis argumentos.

 

Andrés es una persona cerrada. Nunca ha practicado la apertura. La compleja realidad moderna lo rebasa. Posturas simplistas preceden su enconchamiento en los debates. Frente al reto corta la comunicación.

 

Andrés denuncia una "mafia del poder", pero no se mira en el espejo. Sus incondicionales reverencian su estilo dictatorial. Le perdonan todo, le alaban todo. Su fortaleza es el poder de la cargada.

 

Andrés desconoce el mundo moderno. No ha viajado. No habla inglés. ¿Qué libros lee?, me gustaría saber. Se pierde el 95 por ciento de la literatura que vale la pena leer. Dicen que lee historia de México. Por eso sueña con revivir el pasado. Su futuro no nos sirve.

 

Andrés no ha cambiado ni es agente de cambio. Gobernó el entonces DF hace 15 años sin transparencia alguna. No ha progresado, propone lo mismo, su lenguaje lo delata. Cambió el "cállate, chachalaca" por "serénense". Para él los críticos son personas exaltadas, inestables, peligrosas. Su "cambio" es la reversa acelerada.

 

Andrés carece de un plan de Gobierno sólido. Infestó de contradicciones el plan de "Poncho" Romo, y lo contaminó con muchas ideas tontas, por ejemplo la construcción de refinerías o el rechazo de la reforma educativa.

 

Andrés está rodeado de personajes nefastos. A la futura Secretaria de Gobernación que él alaba, una ex ministra de la Suprema Corte, se le achacan corruptelas hasta decir ya no. Cualquier abogado lo sabe, pero Andrés lo ignora. Agreguen al equipo a los Bartlett, los Monreal, la CNTE, Napo, la maestra Gordillo. ¿Con este álbum de estampitas ganará México? Es como apostar a que México quedará campeón en el Mundial de Rusia. Cero sobre cero.

 

Andrés dispondrá de una Constitución tentadoramente estatizadora. La "chance" de que Andrés resista la tentación es cero. Puedo apostar 10 a 1 que empezará con consultas públicas para todo... y de allí al desastre. Sumemos la rectoría del Estado, los planes nacionales, los tres sectores económicos y las mañas de quienes harán las consultas.

 

Andrés justificará cualquier decreto imaginable. No tiene que violar la Constitución, porque ésta es una masoquista que tiene 35 años deseosa de encontrarse con un estatista demagogo y populista perfecto encarnado por AMLO.

 

Andrés, de ganar, recibirá además un país con la Oposición desarmada. El PRI es un cadáver podrido y el PAN un templo en ruinas. Los demás partidos son hambrientas sanguijuelas que bailan a como les convenga. Las elecciones garantizan un Congreso fraccionado y, "en medio de la confusión", solamente un hombre se saldrá con la suya: el Presidente López.

 

Hago notar que estos co-factores se retroalimentan unos a otros y producen una loco-motora sin frenos (tipo nomenclatura). Por ejemplo, ante el declive de producción agrícola, aun los mayas, inventores del cero, aceleraron la construcción de pirámides (populismo). Familias enteras sufrieron muertes violentas.

 

Al interior del Gobierno resulta imposible derrotar a los fanáticos amafiados. Por eso digo y aseguro: cero posibilidad.

 

¿Qué puedo decir de los altos porcentajes de votantes en diversos segmentos que favorecen a Andrés? Que la crisis es grande. Que aun la educación de los universitarios es en realidad baja. Que el "poder celular" de los jóvenes produce contagios aberrantes: tanto "meme" los atonta.

 

O quizá los mexicanos somos apostadores irracionales. La gente no entiende la diferencia entre posible y probable. A todos ellos les digo: la probabilidad cero y los milagros no se llevan.

 

Ahora sí, hagan sus apuestas. Cero es nada.

 

Javier Livas Cantú

javierlivas@prodigy.net.mx


domingo, junio 10, 2018

 

Las trampas de la mente

No es uno, son decenas los libros que se han publicado sobre el populismo -y el mito del votante racional que lo sostiene- en los últimos años.

 

El interés de tantos no sorprende porque el renacimiento del populismo autoritario en la segunda década del siglo 21 ha erosionado a las democracias liberales y a los valores que defienden: la racionalidad, la ciencia y, sobre todo, las instituciones y las libertades que protegen los derechos de todos los ciudadanos.

 

El populismo es fácil de diagnosticar: un líder, el único cauce de las virtudes auténticas de la nación, reclama la soberanía directa del "pueblo" que encarna (un grupo étnico, una clase o una parte de la población). Deja fuera a quienes no representa y polariza a la sociedad, echando mano de la nostalgia por un pasado imaginario (donde todo era mejor).

 

En ese pasado, el progreso no existe. Los populistas intentan subir al pueblo elegido a una máquina del tiempo que aterrice en naciones homogéneas étnicamente, con valores culturales y religiosos premodernos, y economías agrícolas y manufactureras dedicadas al consumo interno.

 

Y si algo falla -y generalmente falla mucho- el líder populista siempre construye a un enemigo a quien culpar de todos los males del presente, que son siempre legado de gobiernos liberales que traicionaron al mejor pasado. En ese pasado imaginario y premoderno, el destino utópico del populismo, las instituciones democráticas son desechables. Lo importante es la lealtad tribal al líder carismático, no los derechos y las libertades individuales.

 

Nadie ha podido identificar un abanico limitado de razones y hechos que expliquen por qué movimientos y partidos populistas multiplicaron su número de seguidores en todas las latitudes en los últimos años y llevaron al arquetipo del líder populista -Donald Trump- a la Casa Blanca.

 

La ignorancia y desinformación son, sin duda, factores importantes. (Trump ha podido aplicar medidas económicas proteccionistas -que no tienen ninguna lógica económica- y perseguir impunemente a los inmigrantes con políticas fascistas, porque el votante norteamericano promedio cree a pie juntillas que el proteccionismo funciona y los inmigrantes son una amenaza para su país).

 

Sorprendentemente, la economía ha sido menos importante en el resurgimiento del populismo: en Estados Unidos, el racismo de la población blanca, la agenda religiosa de la derecha republicana y el rechazo de los hombres blancos mayores a la agenda cultural de "la izquierda" son el cimiento del apoyo a Trump. Y los seguidores de la ultraderecha en Francia y Alemania no son los sectores más pobres, sino la clase media.

 

El factor común es que en todos los países con movimientos populistas fuertes, la retórica del líder indispensable ha dividido a la sociedad, convertido a los contendientes en enemigos y alimentado la irracionalidad de los ciudadanos.

 

La posibilidad de un diálogo racional en busca de un consenso se ha evaporado con la desaparición del centro político y el refugio de los votantes en burbujas sociales -cuyo mejor ejemplo son las redes- que sólo admiten a quienes comparten incondicionalmente un proyecto político. Y, claro, con las trampas de la mente.

 

Cuando la politización polarizada domina el discurso público, el cerebro humano es presa de mecanismos que alimentan aún más la irracionalidad. La "evaluación tendenciosa", como la llama Steven Pinker, que recoge solamente la información que confirma los prejuicios del votante o de la tribu política a la que pertenece y desecha el resto, o el "razonamiento motivado", que lleva cualquier argumento hacia la conclusión que el votante irracional busca.

 

La mente crea puentes entre la información y los prejuicios que bloquean cualquier posibilidad de analizar con objetividad la agenda del oponente. (Una mención a las bondades del libre mercado se convierte automáticamente en "neoliberalismo"; la defensa de los derechos de los gays, en un ataque directo "al orden natural de las cosas").

 

Y ahí estamos: en una sociedad escindida, donde 48 por ciento apoya un cambio de régimen que el 52 por ciento no quiere, y donde una cultura política naciente que no admite la disensión ni la libertad de expresión puede convertirse en la atmósfera dominante.

 

Sin un lenguaje común para resolver los graves problemas del País: el peor escenario posible.

 

Isabel Turrent


domingo, junio 03, 2018

 

¿Juárez, Madero, Cárdenas?

La historia es la Sagrada Escritura de Andrés Manuel López Obrador y él es el oráculo que la interpreta. El lema de su movimiento, "Juntos Haremos Historia", es la anunciación de la "cuarta transformación" de México, tan trascendental como la Independencia, la Reforma y la Revolución. Y, para pasar a la historia, ha dicho repetidamente que quiere estar a la altura de Juárez, Madero y Cárdenas. Vale la pena analizar la sustancia de esas ideas.

 

En primer lugar, la sustancia psicológica. Que yo recuerde, ningún candidato presidencial desde Guadalupe Victoria hasta Peña Nieto ha postulado -ni siquiera especulativamente- su sitio en la historia antes de que la propia historia emitiera su veredicto.

 

En segundo lugar, la sustancia filosófica. Su teoría corresponde a un historicismo decimonónico, desacreditado en sus dos vertientes: la creencia en el libreto de la historia y la idolatría de los héroes. Para AMLO, el libreto culmina con él y el héroe definitivo es él. Festejar la concentración del poder en el héroe que supuestamente "encarna" la historia es alimentar el culto a la personalidad, abdicar de la responsabilidad ciudadana, sacrificar la libertad.

 

En tercer lugar, la sustancia histórica. He releído el discurso que Juárez pronunció el 15 de julio de 1867, al regresar victorioso a la Capital de la República tras la caída del Imperio. Consta de 688 palabras, de las cuales sobresalen las siguientes: Leyes (seis menciones), Derecho, República, Libertad o libres (cinco menciones cada una), Constitución (tres menciones). Esas palabras no forman parte del vocabulario de López Obrador.

 

Tampoco el apotegma de Juárez "El respeto al derecho ajeno es la paz", corazón de aquel discurso, corresponde a su visión política. Aunque utiliza la palabra "respeto", lo hace con un sesgo irónico. El "derecho" le ha parecido siempre un arma de los poderosos para aplastar a los oprimidos. "Lo ajeno", es decir, el otro, si no es un aliado, es un enemigo. En cuanto a "la paz", no resulta de un orden constitucional que la procura sino del "amor" que el líder predica.

 

Juárez contribuyó a separar a la Iglesia del Estado. Su religión pública era la ley. Ninguno de estos hechos distintivos corresponde a AMLO. De ganar la elección podrá vivir en Palacio Nacional como Juárez, podrá ser austero como Juárez, podrá repetir frases de Juárez. Pero no es Juárez.

 

Madero sostenía que "el poder absoluto acabó con las libertades públicas, ha hollado la Constitución, desprestigiado la ley". Al triunfar en las urnas, declaró: "Estoy más orgulloso por las victorias obtenidas en el campo de la democracia que por las alcanzadas en los campos de batalla".

 

La esencia de Madero, demócrata y liberal, está en los 15 meses de su Presidencia. Su período fue una reivindicación plena de la Reforma. Respetó como nunca antes el pacto federal; respetó al Congreso, al grado de abrir la puerta al Partido Católico; pero sobre todas las cosas respetó las libertades. En su gobierno nació la libertad sindical.

 

Y en su Gobierno -punto clave- la libertad de expresión fue irrestricta. La prensa, los editorialistas y caricaturistas fueron feroces contra Madero pero Madero nunca descalificó a sus críticos. Ninguno de estos rasgos específicos corresponde a AMLO, que propende al poder absoluto y a la intolerancia. En caso de triunfar, querrá identificar su trayectoria con la de Madero, pero no es Madero.

 

Lázaro Cárdenas fue un Presidente revolucionario, no un liberal ni un demócrata.

 

Cosío Villegas -que admiraba su instinto popular- lo describía como un "estupendo destructor... un hombre realmente notable aunque incapaz de tener nociones generales sobre las cosas". Su gobierno -me dijo- fue "desgobernado, pero de grandes impulsos generosos, todos ellos con finalidades de carácter incuestionablemente popular, de favorecer a la gente pobre...". Hacia allá apunta el posible Gobierno de López Obrador.

 

De triunfar, será un Presidente revolucionario y, a su tiempo, la historia lo juzgará por sus logros. Pero las diferencias también son claras.

 

Cárdenas nunca fue un caudillo carismático que arengara al pueblo. Fue un Presidente reservado e institucional. Al final de su vida escribió en sus "Apuntes" un pasaje contra la "relativa invalidez del sufragio" y la "extraña unanimidad" de las agrupaciones políticas mexicanas.

 

Cárdenas reafirmó el principio de la "no reelección" y se inclinó por un candidato que no comulgaba con su ideología. Esos rasgos de autolimitación no distinguen a AMLO. Es quizá popular como Cárdenas, pero no es Cárdenas.

 

López Obrador ya pasó a la historia como el gran líder social de la era moderna en México. Para pasar a la historia como Presidente, tendría que adoptar los valores liberales que ha negado a lo largo de su vida.

 

Enrique Krauze


domingo, mayo 27, 2018

 

Una democracia iliberal

Los debates entre los candidatos a una elección presidencial sirven en todas partes. Son instrumentos políticos muy útiles para medir las cualidades que le servirán al político en campaña para gobernar bien, si gana.

 

Según un interesante artículo de John Dickerson en The Atlantic, como parte de la campaña los debates ayudan a evaluar el talento administrativo del candidato, cuál es su agenda, si está rodeado de equipos inteligentes y preparados para la transición de la campaña al poder, atisbos de que será eficaz en el Gobierno (si tendrá paciencia para enfrentar el complejo y aburrido arte de gobernar), y el temple del candidato.

 

Asunto fundamental porque -dice Dickerson citando a un asesor del último Presidente Bush- "la Presidencia no forma el carácter, lo revela".

 

Meade y Anaya cumplieron con algunos de esos requisitos y fallaron en otros, pero los dos se prepararon para un ejercicio democrático. López Obrador, que después del debate sigue siendo el puntero, reprobó en todos y mostró una vez más que no tiene un temple democrático.

 

Es tan iliberal y autoritario que cree que un debate entre candidatos a un puesto de elección popular es una emboscada. Una "trampa" del INE (me imagino que en colusión con la "mafia del poder") para "apabullarlo". Se atrincheró en su podio, y desde ese espacio, no pudo o no quiso contestar una sola pregunta.

 

Los millones que frente al televisor esperábamos que esclareciera su posición frente al TLC, a la defensa de los migrantes y al lugar de México en el mundo.

 

Vimos a un candidato rígido, que no puede hilar respuestas, y que ha dedicado todo su tiempo y energía para llegar al poder, pero no se ha preparado para ejercerlo con eficacia. Su única propuesta es él mismo.

 

Cree genuinamente que encarna la esencia de la Nación -al "pueblo bueno"- y alimenta el mito insostenible de que su sola presencia en el poder resolverá todos los problemas de México, desde la pobreza, hasta la inseguridad y la corrupción.

 

Si gana la elección entraremos de lleno a la postmodernidad política: al exclusivo club de las democracias iliberales y sus líderes populistas indispensables.

 

Al club de la Rusia de Putin, y su "democracia dirigida"; al de Orban, el líder húngaro y su "democracia cristiana", y, por qué no, a la oligarquía racista y misógina de Trump, disfrazada de democracia.

 

López Obrador enterraría la mejor herencia de Juárez: la convicción liberal y sus instituciones, y la separación de la Iglesia y el Estado.

 

Morena y sus aliados pueden ganar una mayoría de Diputados (entre 236 y 298 del total, según las últimas encuestas). El Partido Encuentro Social, que forma parte de la coalición que apoya a AMLO, tendría más Diputados: no hay Estado laico que pueda sobrevivir a la imposición de la agenda de un partido confesional, misógino y homófobo como el PES.

 

El Estado laico se debilitaría también con la Constitución "moral" que López Obrador pretende promulgar y las consultas populares que decidirían la supuesta validez de los derechos de las mujeres y las minorías.

 

Los derechos humanos son inalienables. Sólo un político autoritario y obsesionado por el control, como López Obrador, puede pensar que una consulta popular puede privar legítimamente a un grupo de ciudadanos de sus derechos. Benito Juárez debe estar revolcándose en su tumba.

 

La democracia iliberal de AMLO debilitaría también a uno de los principales contrapesos al poder en una democracia plena: la sociedad civil y sus organizaciones.

 

Todos los líderes iliberales, desde Turquía hasta Estados Unidos, se han buscado un enemigo conveniente (inmigrantes, los liberales, la Unión Europea, los progresistas). Enemigos útiles para dividir y polarizar a la ciudadanía -la pasión da más votos que la razón- y para culparlos cuando sus proyectos naufragan.

 

Sólo el Sagrado Corazón de Jesús sabe por qué López Obrador ha ignorado al verdadero enemigo que enfrentamos -Donald Trump- y ha optado por construirse un enemigo interno. La "mafia del poder" -que al parecer somos todos menos él- que incluye a todos sus críticos liberales y a los empresarios privados que generan riqueza y empleo.

 

Si gana, vamos a vivir en una democracia iliberal que puede también destruir la economía.

 

Isabel Turrent


lunes, abril 16, 2018

 

Las refinerías

"Y una vez que tengamos las dos refinerías, vamos a bajar los precios de los combustibles". Andrés Manuel López Obrador

Si construir una o dos refinerías fuera una proposición rentable, ya habría empresas privadas preparando planes para hacerlo.

 

Antes había restricciones legales para la inversión privada en refinerías, pero hoy, gracias a la reforma energética, ya no las hay. Ninguna empresa privada, sin embargo, muestra deseos de invertir en una refinería, mientras que sí hay un gran interés por desarrollar campos de petróleo crudo.

 

Las empresas privadas invierten dinero de sus accionistas y son muy cuidadosas con los proyectos que emprenden. Las firmas estatales, en cambio, usan recursos de los ciudadanos y se preocupan bastante menos por darles un buen uso.

 

Esto explica la facilidad con la que un candidato puede decir que hay que gastar entre 8 mil y 20 mil millones de dólares para construir una o dos refinerías en un mercado saturado.

 

Quienes no conocen el negocio petrolero insisten que tiene que ser más rentable producir gasolina, u otros petrolíferos, que crudo simplemente porque se trata de productos más elaborados. La realidad ha sido otra desde hace décadas. La extracción de crudo genera altos márgenes, mientras que la refinación es una actividad centavera que requiere de mercados muy amplios y operaciones extraordinariamente eficientes para reportar utilidades.

 

Durante años los márgenes de refinación fueron, de hecho, negativos. Esto provocó una disminución de la capacidad de refinación en muchas regiones del mundo, incluida Norteamérica. Lo que se llamaba Pemex-Refinación, hoy Pemex Transformación Industrial, ha perdido enormes cantidades de dinero.

 

En este momento, por primera vez en mucho tiempo, los márgenes de refinación son positivos, pero no soportarían una inversión en una o dos nuevas refinerías.

 

Los políticos buscan ajustar las realidades económicas a los dogmas. Andrés Manuel López Obrador argumenta que si el petróleo crudo se entrega a las refinerías no a su valor de mercado, sino a su costo de producción la refinación sí sería rentable; pero esto sería un juego contable que trasladaría artificialmente la utilidad del petróleo crudo a la gasolina y llevaría a equivocadas decisiones de negocios, como invertir menos en crudo y más en refinación.

 

Parte del problema de Pemex en la refinación ha sido su ineficiencia. La empresa cuenta con exceso de personal y procedimientos de producción extraordinariamente burocráticos. Ésta ha sido una de las razones de sus pérdidas.

 

La única refinería de Pemex que gana dinero es la de Deer Park, cerca de Houston, que tiene la ventaja de ser manejada por Shell y de no tener al sindicato de Carlos Romero Deschamps.

 

Las decisiones de negocios deben tomarse por razones de negocios. A los accionistas de Pemex, que somos todos los ciudadanos mexicanos, nos conviene que la empresa sea lo más rentable posible. Por eso sus inversiones deben hacerse en las actividades más rentables. No hay que ser demasiado inteligente para detectarlas.

 

No vemos en este momento a ninguna empresa privada -nacional o extranjera- interesada en construir una nueva refinería, mucho menos dos. En cambio, decenas de firmas sí están licitando por campos petroleros.

 

Pensar que si Pemex invierte en dos refinerías podrá vender gasolina más barata es una tontería. Si acaso, la gasolina sería más cara que la que actualmente importamos. A menos que el Gobierno quiera subsidiarla, lo que sería desviar recursos fiscales a quienes menos los necesitan.

 

CNTE VIOLENTA

No, no creo que Andrés Manuel haya mandado los contingentes violentos que atacaron el mitin de Meade en Puerto Escondido este 14 de abril. Pero el ataque sí ratifica que la CNTE, aliada de López Obrador, es una organización violenta... como Antorcha Campesina, aliada de Meade.

 

Sergio Sarmiento

www.sergiosarmiento.com


domingo, abril 08, 2018

 

La vieja-nueva disputa

México lleva al menos medio siglo disputando el futuro. Luego de décadas de estabilidad y crecimiento económico relativamente elevado, en los 60 comenzó a resquebrajarse tanto el orden económico fundamentado en la sustitución de importaciones, como el orden político sustentado en el férreo control de un sistema político cerrado.

A partir de entonces, el País se dividió en dos grandes corrientes: la que procuró construir un nuevo futuro viendo hacia adelante y hacia afuera, y la que persiguió retornar al nacionalismo revolucionario originado en la Revolución Mexicana, particularmente en su fase cardenista.

La forma en que se resolvió la disputa, luego de la crisis de los 70, fue típicamente mexicana, con un híbrido de pasado y futuro: construyendo nuevas estrategias económicas, pero sin abandonar las viejas estructuras políticas. A nadie debería sorprender que esa contradictoria combinación esté haciendo agua en estos momentos.

AMLO es un fiel representante de la corriente nacionalista revolucionaria y está explotando los errores, pero sobre todo las carencias e insuficiencias de la corriente modernizadora.

Esas carencias e insuficiencias -en un entorno de apertura, información ubicua y redes sociales capaces de transmitir cualquier mensaje en nanosegundos- permiten evidenciar la corrupción, los privilegios y los excesos del viejo sistema que, por esa modernización inacabada, persisten en la sociedad mexicana.

Es obvio que todas esas formas de abuso existían antes y, sin la menor duda, seguirían bajo un Gobierno de AMLO, pero ése no es el punto de esta contienda, lo que existe resalta algo insoportable para la ciudadanía y ése es el corazón de la estrategia de AMLO: evidenciar las carencias prometiendo el nirvana que, todo mundo sabe, es una utopía más.

Aunque las corrientes modernizadoras han dominado el panorama económico y político por estas décadas, la disputa nunca desapareció. Y esa es la razón medular por la cual se concibió el TLC norteamericano: para garantizar la viabilidad de la modernización, al menos en una parte de la vida nacional, la de la inversión.

Es decir, desde el comienzo, los modernizadores entendían, al menos de manera pragmática, la existencia de una flagrante contradicción pero, en lugar de resolverla de fondo, construyeron un mecanismo que fuese implacable para proteger al menos el corazón de la modernidad: la economía.

El TLC resolvió el nodo del problema al despolitizar una enorme porción de la actividad pública, pues su esencia radica en que constituye, para todo fin práctico, un espacio de excepción: ahí sí hay reglas, mecanismos funcionales para resolver disputas y hacer valer contratos. Con el TLC, una parte fundamental de la economía quedó excluida de la corrupción.

Sin embargo, para los perdedores en esa disputa, el TLC se convirtió en el factor a vencer, su problema fue que el acuerdo comercial se tornó extraordinariamente popular: es el único motor de crecimiento de la economía y constituye un vívido ejemplo de lo que es la legalidad.

Cuando AMLO llama "PRIAN" a los Gobiernos modernizadores del PRI y del PAN, lo hace obviamente para descalificarlos, pero en realidad se refiere a la lucha entre el pasado y el futuro: apertura vs. autarquía, mercado vs. gobierno a cargo, democracia vs. control vertical.

No es que los Gobiernos del PRI y del PAN hayan sido un dechado de virtudes, pues todos hablaban de la modernidad pero seguían preservando el mundo de los privilegios. Pero lo relevante es que el común denominador es el sistema priista de antaño en su vertiente política.

López Obrador y Peña Nieto son paradigmáticos de esta disputa: ambos son representantes dignos del PRI de los 60 y ninguno promete algo distinto que preservar ese viejo sistema en su vertiente política.

Donde los candidatos de hoy -AMLO y Meade (o Anaya)- difieren radicalmente es en la vertiente económica: uno quiere retornar al mundo idílico de los 60, justo cuando comenzaba a hacer crisis; el otro quiere avanzar hacia la modernidad creando mayores oportunidades de desarrollo que son, a final de cuentas, las que han estabilizado a la economía y creado una creciente y pujante clase media.

Contrario a lo que plantea AMLO, el verdadero reto de México no yace en el "modelo" económico sino en el viejo orden político, pues es ahí donde el País se ha atorado, preservando un mundo de privilegios y un capitalismo "de compadres". Así, el dilema para la ciudadanía radica en decidir cómo quiere cambiar: hacia adelante o hacia atrás.

Luis Rubio 
www.cidac.org


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