martes, febrero 13, 2007

 

Prosperidad como obsesión

La disyuntiva está frente nosotros. Si México encara los retos que el desarrollo le impone, nuestra nación podría entrar en una nueva etapa de prosperidad, la pobreza disminuiría, los segmentos de ingresos medios crecerían con rapidez, la injusticia encontraría paliativos.

La prosperidad debe ser un anhelo generalizado, casi una obsesión: hablar de ella todos los días, señalar obstáculos, desnudar a sus opositores, es la consigna. Exigir a los partidos políticos, a nuestros representantes que no eludan las discusiones de fondo, a los medios que ayuden al debate de cómo se genera la riqueza. Convencer de que no se necesitan tiempos demasiado largos, confrontar falsos nacionalismos e ideologías caducas, esa discusión nacional no debe desviarse.

Todos los desafíos que enfrentamos son terrenales, tienen solución, hay múltiples ejemplos de casos exitosos. Comencemos por las pensiones. El asunto parte de una buena noticia: la esperanza de vida en México se ha incrementado. Las viejas fórmulas de contratación, sobre todo del Gobierno federal, son insostenibles. Las actuales prebendas de algunos sindicatos tendrán forzosamente que ser modificadas para el futuro. Pero el beneficio será para decenas de millones.

La bolsa de ahorro generada por los nuevos pensionados podría más que duplicar la actual. Con ello se incrementaría el ahorro interno. Tendríamos así más recursos para financiar las inversiones que el país de 130 millones de habitantes que seremos necesita. Sin ahorro interno alto no habrá prosperidad. ¿Están el PRI y el PRD preparándose para una redefinición frente a los grupos corporativos en los que se apoyan? ¿De qué lado van a estar?, ¿defenderán el interés general o los particulares?

La Ley Federal del Trabajo necesita ser flexibilizada. Las formas de contratación y de despido son verdaderos grilletes no sólo para las empresas, también para los trabajadores. La flexibilidad laboral es un buen negocio para las dos partes. No habrá una alta generación de empleo con una ley que asusta a los inversionistas. Lo verdaderamente progresista está en eliminar los obstáculos para la creación de empleos. Tendrá que surgir, como en otros países, un nuevo sindicalismo. En un mundo global el número de empleos en la vida laboral de un trabajador se ha multiplicado casi por 10. Las empresas cambian de giro y con ellas los empleos. El objetivo básico hoy es que existan esos empleos no la permanencia en una planta. De nuevo, ¿de qué lado estarán el PRI y el PRD? Con rigidez laboral no habrá prosperidad.

El agro mexicano está brutalmente descapitalizado. Las inversiones no fluyen. México tiene un enorme potencial agrícola y forestal, eso si reconocemos nuestras limitaciones, si aprovechamos ventajas que hoy desperdiciamos. Somos el cuarto o quinto país en lo que a biodiversidad se refiere. Alrededor del 23 por ciento del territorio podrá estar produciendo madera y sus derivados y en muchas zonas costeñas maderas tropicales de altísimo valor. La envidia de muchos. No digamos ya la exportación de frutas y verdura para el mercado del norte o el asiático. Pero el actual sistema de posesión comunitaria o ejidal que abarca más de la mitad del territorio y la sumisión de la propiedad agrícola a tribunales que no son de pleno derecho, inhiben las inversiones y las asociaciones. La reforma al Artículo 27 constitucional se quedó a la mitad y es disfuncional. La gran mayoría de los mexicanos más pobres, los que migran desgarrando su vida familiar, están esclavizados por ese sistema agrario que espanta a las inversiones e impide las asociaciones. ¿Qué van a defender el PRI y el PRD, el viejo agrarismo o la reconversión del campo mexicano? No habrá prosperidad con agro pobre.

¿De verdad queremos disminuir la pobreza?, pues comencemos por legalizar el ahorro de los pobres. La tesis de De Soto aplicada a México nos enseña que los mexicanos pobres ahorran y mucho. Pero sus ahorros con frecuencia no entran al mercado, se esterilizan. Eso ocurre con todas las viviendas que se encuentran en terrenos ejidales o comunitarios. El ahorro de los mexicanos pobres en esa situación podría ser equivalente al 50 por ciento del PIB. Pero en este país que a diario se lamenta de la pobreza, también a diario se esteriliza el ahorro de los pobres. ¿Cuántos de los más de 20 mil millones de dólares de las remesas enviadas en el 2006 estarán hoy en ese limbo en el cual es imposible obtener una factura o una escritura para así poder solicitar un crédito? Un combate serio a la pobreza debería comenzar por reconocer todos derechos patrimoniales de los pobres, por legalizar sus bienes, sus ahorros. Sólo así podrán dar un salto a otro tipo de actividad y de nivel de ingresos. La prosperidad supone una defensa cabal de los derechos patrimoniales de todos. ¿Qué dirán el PRI y el PRD al respecto?

Los cimientos de la prosperidad están en un estado fuerte, capaz de cumplir con sus obligaciones de seguridad, de aplicación de la justicia, de educación, de salud, de regulación de los mercados, de promoción de la ciencia, de inversión en infraestructura, etc. Eso sólo se logra con una recaudación adecuada, 30 por ciento del PIB por decir una cifra, no el 14. No habrá prosperidad sin un sistema fiscal que atrape a todos los causantes potenciales y sin excepciones. Mientras uno de cada dos causantes no cumpla sus obligaciones, mientras el 40 por ciento de los ingresos fiscales provenga de la venta de un recurso natural, México no podrá enterrar la miseria. La actual Legislatura tendrá que enfrentar la quiebra técnica de Pemex. ¿Qué van a proponer el PRI y el PRD? La palabrería hueca nos ahoga. De prosperidad se trata, prosperidad como obsesión.


Federico Reyes Heroles, El Norte, 13 de febrero 2007

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