sábado, diciembre 10, 2011

 

Democracia en desgracia

Ayer viernes se consolidó Andrés Manuel López Obrador como precandidato único por el PRD a la Presidencia de la República. Peña Nieto es también candidato del PRI para todos efectos prácticos. En ambos casos ganan ellos, pero hay una dama que sale perdiendo: la democracia.

En el PAN el proceso está aún pendiente de empezar, pero el nervio y la preocupación con la definición anticipada de los candidatos en los partidos de oposición es un hecho bastante notorio.

Debería ser al revés. Que se preocupen los que se adelantaron y se confirmaron como candidatos sin haber emergido de un proceso democrático. Aún así, los nervios se notan y afectan las decisiones panistas.

La pregunta es si tenemos o no en México confianza en la democracia. Todo indica que no hay tal confianza. De lo contrario se levantaría todo un escándalo en contra de la postulación de López Obrador y Peña Nieto como productos de acuerdos partidistas cupulares.

No puede decirse entonces que más de 110 millones de mexicanos estén representados en el proceso político preelectoral o electoral. La súper-súper gran mayoría de mexicanos no tiene nada que ver con la selección de candidato a Presidente de la República, el puesto público de mayor importancia en el País.

En el PAN el involucramiento en la selección de candidatos se da en dos etapas. La primera, en la que intervienen 300 mil miembros activos únicamente para escoger precandidatos. Y la segunda, en la que se suman otro millón y medio de miembros adherentes para escoger al precandidato que será candidato en la elección constitucional.

La preocupación con las decisiones cupulares en el PRI y PRD tiene que ver con la fragilidad de la vocación democrática de los mexicanos, combinada con la grave situación de inseguridad. Este coctel nos puede llevar fácilmente a un Gobierno absolutista.

Si a la gente no le importa que no se cumplan los mínimos democráticos en los grandes partidos ello constituye una gran tentación para que en México se instale un régimen dictatorial sin problema alguno.

Lo que sin duda ha venido afectando la vocación por la democracia ha sido la violencia. La violencia generalizada tiene un tremendo poder corruptor de la democracia. La gente quiere estar segura y tener empleo y lo que menos le preocupa es el color partidista o la legitimidad de las autoridades que la gobiernan.

De lo que la gente no se da cuenta, quizá porque la democracia requiere práctica, es que precisamente por no exigir democracia la calidad de los candidatos se ve muy desmerecida. En México llegan al poder los que son buenos candidatos o los que despliegan las artes de la política, pero no necesariamente los más capaces o más aptos para gobernar.

Cuando se aprobaron los cambios constitucionales que generaron el Cofipe se respiraba un ambiente de optimismo democrático. La nueva democracia mexicana, a diferencia de la "democracia priista", nos llevaría por la senda del crecimiento y el desarrollo. En teoría, la democracia es un sistema de toma de decisiones que detecta errores y corrige rumbos. En teoría, la democracia genera gobiernos eficaces.

En la práctica, sin embargo, nuestra nueva democracia nació defectuosa. La idea de que los partidos serían convertidos en escuelas de democracia gracias a que tendrían dinero de sobra para invertir en la cultura democrática, resultó un fiasco total.

En vez de crear cultura democrática, los subsidios a los partidos generaron burocracias partidistas que se han convertido en estorbos para la auténtica democracia, entendiéndose por ésta un sistema a disposición del pueblo para elegir a los mejores gobernantes.

Las rivalidades entre partidos han generado gobiernos impotentes. Nadie manda y nadie gobierna. Los resultados están a la vista. México desciende lugares como nación en vías de desarrollo y la ley es letra muerta en casi todo el País.

Ojalá que no esperemos mucho para reparar la democracia. Si estamos apostando a que un gobernante absolutista venga a hacer por nosotros lo que nosotros no queremos hacer, entonces caeremos aún más bajo antes de que rebotemos hacia arriba, si acaso.

No dejemos a la democracia caer en desgracia.

Javier Livas
javierlivas@mac.com

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