martes, julio 29, 2008

 

Petróleo: el nacionalismo, coartada conservadora

Salir de México y estar unos días en España permite redescubrir el país desde otros ángulos, comprender lo lejos que estamos de un proyecto de nación común y, sobre todo, de una clase política que sepa, incluso ante la más profunda de las diferencias, tener claro cuáles son las variables entre las que se puede mover la nación. Es la oportunidad de ver a José Luis Rodríguez Zapatero aceptando que enfrenta una crisis económica y reuniéndose con su rival Mariano Rajoy para buscar acuerdos; es comprobar que en términos de seguridad se detiene a un comando de la ETA y la representante de las FARC en España y que todas las fuerzas políticas asuman que la política de la violencia no es legal ni aceptable; es escuchar al alcalde de Madrid (y uno de los políticos más populares de España), Alberto Ruiz Gallardón, un hombre del PP, reconociendo que la renovación de esa ciudad se dio gracias a la labor del socialista Tierno Galván, al inicio de la transición española.

Es la oportunidad para ver también, con un espectáculo avasallador, a Lila Downs, confirmada como la mejor y más original cantante mexicana del momento. Pero de la misma forma que Lila demuestra cada día que la música y la cultura mexicanas van mucho más allá de algunas estrellitas creadas en los medios, que el cambio constante es la única norma que permite consolidar la evolución, se puede comprobar también que, según dice otra extraordinaria cantante, ésta, alemana pero con lazos sutiles y artísticos que la enlazan con la Downs, Utte Lemper, "el nacionalismo es tan sólo un movimiento de las élites conservadoras". Y esos nuevos (viejos en realidad) bríos que por aquí nuestros políticos denominan "reivindicaciones nacionalistas" no son sino una reafirmación de la suma de convicciones conservadoras y restauradoras de una élite política que no alcanza a comprender siquiera lo que sucede allá afuera.

Ejemplos hay muchos: los términos de la propuesta priista sobre la reforma petrolera, digna de los tiempos de Ruiz Cortines, incapaz de asumir siquiera sus respectivas posiciones públicas sobre el tema; las pugnas internas y las ambiciones de poder del perredismo (el partido se está derrumbando electoralmente, pero ya están peleando la candidatura de 2012) en busca de algo parecido a una identidad partidaria; la ridiculez de un panismo que "lanza" a Fox a la campaña de 2009, sin comprender que la apuesta del calderonismo se basó precisamente en ser una oferta diferente de la del foxismo. En fin, en pocas ocasiones, como en este julio, hemos podido constatar que nuestra clase política no ha aprendido de la transición (porque en realidad no la ha vivido) y que, para casi toda ella, la bandera del supuesto nacionalismo del que tanto se ha abusado en torno a la reforma petrolera sirve sólo como una coartada para ocultar su conservadurismo.

No estamos ni siquiera a nivel de Hugo Chávez. Este fin de semana el presidente venezolano visitó Madrid: después del derrumbe del proyecto bolivariano en torno a las FARC se ha apresurado a deslindarse de ésta para reunirse con el mandatario colombiano Álvaro Uribe y ha volado a Europa a tratar de recomponer una relación rota en la cumbre de Santiago de Chile, cuando el rey Juan Carlos estalló con aquel: "¿Por qué no te callas?" Y la diplomacia de Chávez, que no quiere quedarse solo, para bien o para mal, es petrolera. Y para hacer productivo el petróleo se requieren inversiones. En este recorrido ha puesto de manifiesto la apertura de su país para recibir todo tipo de inversiones en la Franja del Orinoco, que le ayuden a aumentar su plataforma petrolera: inversiones privadas y sin limitaciones. En España, además de recibir de regalo, del rey (al que fue a visitar a Mallorca), una camiseta con la leyenda "¿Por qué no te callas?", dejó atrás el discurso nacionalista y llegó a acuerdos estratégicos con la empresa Repsol-YPF, para explotar, junto con la venezolana PDVSA, el campo Junín 7 con el fin de extraer, en principio, unos 200 mil barriles diarios de crudo que, como dijo Chávez, "podrían venir directamente a España, que tendría garantizado el petróleo para siempre... siempre que haya petróleo". Acordó, además, iniciar la exploración conjunta de otros yacimientos y garantizó la venta de diez mil barriles diarios a 100 dólares a España. No fue un gesto gratuito: fue en contraposición a la inversión de la empresa Repsol-YPF en el sector, porque, como dijo Chávez, para explotar esos yacimientos se necesitan inversiones de "miles de millones" que esa empresa está realizando y Venezuela no puede hacer.

Hace poco más de un mes estuve también en España, cubriendo otra visita presidencial, la de Felipe Calderón. Nunca un Presidente mexicano (salvo López Portillo, con motivo de la reanudación de las relaciones diplomáticas bilaterales) había sido recibido con tantos gestos y ofertas de acuerdos políticos y económicos de fondo. En los encuentros políticos y empresariales en los que me tocó estar, el tema de las inversiones en México era central y todo ello iba de la mano con el interés diplomático de convertir a las dos naciones en los extremos de un puente que permitiera profundizar relaciones en América y Europa, respectivamente. La única pregunta que se hacían los españoles era qué nos pasaba, por qué no aprovechábamos la oportunidad que tenía México, sobre todo en el ámbito energético. Este fin de semana deben haberse sorprendido aún más porque el presidente que menos quieren en España, Chávez, llegó a los acuerdos que aún no se pueden alcanzar con Calderón. Porque mientras con Chávez firmaban acuerdos de inversión, de "miles de millones", en México el discurso nacionalista, conservador, de una élite, lo impedía, porque la misma tiene un solo objetivo en mente: adueñarse de espacios de poder, aunque el país fracase. Ya se presentarán en el futuro como los salvadores de lo que ellos mismos propiciaron.

Jorge Fernández Menéndez

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