domingo, junio 10, 2012

 

Todo lo que ha cambiado

En el debate de esta noche, los candidatos podrán mostrarse como son, presentar sus propuestas y darse "hasta con la cubeta". Además, gracias a la demanda de los estudiantes, lo harán con una amplia cobertura nacional. Todo lo cual me ha hecho pensar cuánto ha cambiado el País desde el trágico 10 de junio de 1971, Jueves de Corpus, que mi generación no podrá olvidar.

Algunos de los líderes del movimiento del 68 acababan de salir de la cárcel, no por un acto de justicia, sino por la gracia del "Señor Presidente". Para mostrar que el impulso de libertad seguía vivo, se convocó a una marcha, la primera desde la matanza de Tlatelolco. De pronto, cuando la manifestación avanzaba por la Avenida San Cosme, fue atacada por unos misteriosos jóvenes armados con varas de Kendo, que lanzaban piedras sobre los ventanales y aparadores al grito de "¡Viva el Ché Guevara!".

Eran los famosos "Halcones", grupo de choque de supuestos "estudiantes" entrenado especialmente por el Gobierno para reprimir estudiantes. Los golpeaban y subían a unas camionetas sin placas, con rumbo desconocido. Varios tanques antimotines apoyaban la operación. Las ráfagas de metralleta tardaron horas en acallarse. Al atardecer, los "Halcones" revisaban los camiones de pasajeros pistola en mano para atrapar a los manifestantes. Por la noche, entraron al Hospital Rubén Leñero para ultimarlos. Nadie supo el número de heridos y muertos. El Presidente Echeverría prometió una investigación que nunca se realizó.

Ése era el México de la Presidencia Imperial, cuando el Presidente tenía el monopolio de la violencia legítima y de la violencia impune. Además de los inmensos poderes (políticos, económicos, militares, diplomáticos) que detentaba constitucionalmente, el Presidente imperaba como un sol sobre los planetas que giraban en torno suyo.

Los poderes formales (Congreso, Suprema Corte, los Gobernadores, los Presidentes Municipales) dependían del Presidente. Los burócratas, buena parte de los obreros sindicalizados y las uniones campesinas congregadas en el PRI se subordinaban al Presidente. Los empresarios y la Iglesia tomaban en cuenta las directrices del Presidente. Las empresas descentralizadas y paraestatales obedecían los lineamientos del Presidente. La Hacienda Pública y el Banco de México se manejaban discrecionalmente desde Los Pinos. Los medios de comunicación masiva eran soldados del Presidente. El Gobierno organizaba las elecciones y el PRI (con su infinita alquimia) las ganaba de todas, todas. Sólo algunos periódicos, revistas y casas editoriales eran independientes. La única oposición democrática era la que desde 1939 ejercía el PAN. La oposición revolucionaria de izquierda se refugió mayormente en la Academia o se fue a la sierra.

Después de aquel 10 de junio, buena parte del establishment intelectual defendió al Presidente. Fernando Benítez declaró que México tenía un dilema: "O Echeverría o el fascismo", y Carlos Fuentes escribió que no apoyar a Echeverría era "un crimen histórico". De inmediato, Gabriel Zaid mandó a Carlos Monsiváis (director del suplemento La Cultura en México, de Siempre!) un artículo que incluía la frase: "El único criminal histórico de México es Luis Echeverría". Monsiváis optó por no publicarlo y Zaid dejó de escribir en Siempre! Por eso fue tan importante que el viejo de la tribu, Daniel Cosío Villegas, criticara públicamente a Echeverría y al régimen, desde los valores y principios de la democracia liberal.

Cuarenta y un años más tarde, México ha cambiado porque adoptó los valores y principios de la democracia liberal. La Presidencia Imperial ha desaparecido. El Presidente sólo puede hacer uso (bueno o malo) de sus poderes constitucionales. Hay genuina división de poderes: el Congreso es independiente y la Suprema Corte es autónoma. El federalismo se ha vuelto real: los Gobernadores son sus propios dueños, y si hacen un uso "imperial", corrupto e impune de su poder local, al menos corren el riesgo (que no ocurría antes) de que la prensa o sus adversarios los descubran.

Los grandes sindicatos del sector público no son transparentes ni democráticos, pero tampoco obedecen ya al Presidente. Los grupos empresariales operan con mayor independencia del Estado, la Iglesia actúa sin ataduras, y los medios de comunicación gozan de la más plena libertad de expresión. Si algunos empresarios y sindicatos abusan de la libertad (con prácticas monopólicas) y los medios masivos hacen lo mismo (con prácticas poco transparentes), las leyes deben acotarlos.

Cuarenta y un años más tarde, un instituto ciudadano autónomo maneja las elecciones. Un millón de vecinos intervienen en el conteo. La oposición al Gobierno en turno es mayoritaria. La ejercen el PRI, el PRD y los otros partidos. Y la ejercen revistas, periódicos, estaciones de radio, comunicadores, periodistas, académicos, intelectuales, estudiantes, grupos de la sociedad civil y las redes sociales, ese ejército creciente multitudinario, muchas veces intolerante, que sin embargo sirve a la libertad.

Gane quien gane en el debate de hoy, gane quien gane el 1 de julio, hay que cuidar el edificio de la democracia que tanto ha costado construir. Lo que nos queda es mejorar y modificar ese edificio, pero no minarlo y menos derruirlo. A quienes no se han enterado hay que recordárselos: Díaz Ordaz ha muerto y Echeverría ha sido juzgado por los tribunales. Este 10 de junio, sencillamente, no es aquél.

Enrique Krauze

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Es AMLO quien con su obsesión por el poder quiere destruir las instituciones (perfectibles) que tenemos. Su intolerancia y autoritarismo, como el de Echeverría, sólo permiten un resultado viable: que él gane. Si no gana, es que hubo fraude. Y sólo él decide si las elecciones son limpias. Si eso hace ahora como candidato, ¿qué no hará como Presidente del país?


 


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