miércoles, octubre 04, 2006

 

El cambio de AMLO

 
Yo no lo sabía de cierto... pero se decía que López Obrador era soberbio; que estabas con él o estabas en contra; que forjado en la lucha social, se había hecho intolerante. Suponer es lo primero que no nos podemos permitir y me propuse conocerlo. Las primeras conversaciones que sostuvimos fueron hace ya algunos años. Primero cuando quería ser jefe de Gobierno y, después, cuando lo fue. Hubo varias y variadas. Hablamos del México que imaginaba, por el que decía que trabajaba y hacía política. De sus ideas, de sus retos y desafíos. Conversaciones que me mostraron a un líder carismático, firme, decidido y a un gran seductor. Un hombre sencillo en su forma, complicado en su fondo. Hace dos años le propuse hacer otra entrevista, sugerí hacerla en la intimidad de su hogar, en su departamento de Copilco. Él, generoso como había sido, aceptó y compartió su espacio, su tiempo. Fue una larga charla que me resultó: interesante, profunda, reveladora, hubo risas, ademanes, hasta aspavientos y exabruptos de ambos, debo reconocerlo. Era la primera vez que conocíamos a López Obrador en su elemento y la plática se extendió durante cuatro horas, con cámaras, luces y micrófonos.

Después Andrés Manuel López Obrador creció, viajó por todo el país, se defendió como suele hacerlo, quedó atrás el intento de desafuero y ganó simpatías, como también suele hacerlo. Fue un encuentro difícil para los dos, léase Bejarano, Ponce y compañía; momentos del intento de desafuero; de enfrentamientos “con todo respeto con el ciudadano Presidente”. Yo pregunté como quise, él respondió como quiso y ya no sólo lo que quiso. Yo no aceptaría como respuesta, y así se lo hice saber, “lo que diga su dedito”. Y le dije lo que comentaban por ahí: su soberbia, su intolerancia. “Me cuelgan sambenitos”, respondió. Y yo, yo le creí. Y después de esa entrevista, vinieron otras. ¿Por qué pues le preguntaba yo de Chávez; por qué insistía, por qué no me conformaba con esa respuesta hasta ofensiva: que la diferencia entre Chávez y él, era que él no es de Venezuela, y así hablaba de esto y de lo otro y yo, yo todavía, todavía le creí. Y hubo un último encuentro, también durante su campaña, fue una cuestión de ética... ética ficción: ¡puse las cartas sobre la mesa! Me reprochó, recriminó, mi, según él, viraje a la derecha. El diálogo se hizo en ocasiones un monólogo, frío, denso y tenso. No le gustaban mis preguntas.

 

Ahora sí, sólo contestó lo que quiso. Y lo vi irse molesto, de prisa, descompuesto, irritable. Yo me quedé con esa sensación de haber abierto un espacio a una voz que había que escuchar, porque la libertad es justamente para eso, para escuchar todas las voces y ver cómo evolucionan y hacia dónde apuntan. Porque el periodismo es un oficio que te permite conocer a los actores políticos en sus verdaderas dimensiones. Porque esos acercamientos nos permiten saber y entender más y mejor. Ahora que te escucho hablar contra los periodistas y los medios, no puedo dejar de pensar, Andrés Manuel, que si no podemos coincidir en que no coincidimos, que si piensas que si no estamos contigo estamos en tu contra, eres soberbio y sí... sí eres intolerante. Te pasas... de ve... ras.

 

Adela Micha, Excelsior, 4 de octubre 2006

 


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