viernes, noviembre 25, 2016

 

El líder y la tele

"Una de las lecciones de Trump es que la política y el entretenimiento se han fusionado". Niall Ferguson

Para una comunidad culta y educada, Donald Trump es sencillamente un personaje impresentable. Para los más de 60 millones de estadounidenses que votaron por él, la mayoría blancos de edad media o avanzada y poca educación, es el único líder que puede cambiar una realidad que los deja cada vez más insatisfechos.

 

Trump no es el primer populista que gana una elección... ni en Estados Unidos ni en el mundo. El hecho es bastante más común de lo que uno pudiera pensar. Lo sorprendente es que no ocurra con mayor frecuencia.

 

La magia del populismo es enorme. Siempre es más fácil votar por un político que promete resolver todos los problemas de un plumazo que por otro que ofrece "sangre, sudor y lágrimas".

 

Ante quienes piensan que Trump puede trumpezarse antes de tomar el poder o que será depuesto antes de cumplir sus cuatro años de Gobierno o que será derrotado en su intento de reelección en el 2020, hay que señalar que los populistas tienen una enorme capacidad de conquistar el poder y de permanecer en él.

 

Ahí está el caso de Hugo Chávez, que logró su sueño de mantenerse en la Presidencia de Venezuela hasta su muerte y que se las arregló todavía para dejarle el mando a una caricatura a su imagen y semejanza, Nicolás Maduro.

 

Pueden pasar muchos años para que se perciban los problemas que genera el populismo.

 

Quizá Trump no era un candidato culto y educado, pero resultó más listo que sus rivales. Supo manejar los medios de comunicación, y en especial la televisión, mucho mejor que los otros aspirantes republicanos y que Hillary Clinton.

 

Se dio cuenta de que es más popular un candidato que habla directamente a la gente, en un lenguaje común y corriente, aunque cometa errores a cada paso, que uno que cuida sus palabras y busca ser políticamente correcto.

 

Clinton gastó mucho más que Trump en medios, 237.4 millones de dólares hasta el 19 de octubre (Bloomberg).

 

Trump sólo invirtió 68 millones en medios. Sin embargo, logró comunicar su mensaje con mayor claridad y contundencia a un público al que no le importaba mucho si decía mentiras o dislates.

 

Simplemente mantuvo su papel del reality show "The Apprentice" (El Aprendiz) que había protagonizado en NBC.

 

Sus debilidades se convirtieron en fortalezas porque llamaba la atención, mientras que Hillary parecía gris y burocrática. Cada vez que Trump decía en sus mítines: "¿Y qué vamos a construir?" y "¿Quién lo va a pagar?", haciendo que la gente coreara "Un muro" y "México", su popularidad subía no sólo entre los asistentes, sino entre quienes lo veían en la televisión.

 

Trump ha seguido los pasos de una serie de predecesores que demostraron que en la política mediática no importa mucho lo que digas, sino el énfasis con que lo digas.

 

Hitler cautivó a los electores alemanes en la década de 1930, cuando la radio empezaba a dominar, con sus bombásticos discursos que contrastaban con los razonamientos intelectuales de los demás políticos. Hugo Chávez podía no decir nada, pero lo decía con un enorme entusiasmo.

 

Muchos políticos siguen pensando que una campaña es un ejercicio intelectual en el que deben presentarse argumentos sopesados e inteligentes.

 

La experiencia nos dice que, como en cualquier otra actividad que se presenta en los medios, la emotividad es más importante.

 

Los electores no responden a los políticos con el lado izquierdo del cerebro, con la razón y la lógica, sino con el lado derecho, con la emoción.

PRESIONANDO

Trump está presionando a Carrier, fabricante de equipos de aire acondicionado, para que cancele sus planes de mudar una parte de su producción de Indiana a Nuevo León. Da miedo pensar que un Presidente ahora intervendrá de este modo en las decisiones de las empresas.

 

Sergio Sarmiento

www.sergiosarmiento.com


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