domingo, agosto 21, 2016

 

La CNTE y Thatcher

En 1979, cuando Margaret Thatcher llegó al poder, tenía razones económicas y políticas tan poderosas para enfrentar a los mineros sindicalizados, como Peña Nieto para imponer a los sindicatos de maestros una reforma educativa.

 

La historia del conflicto entre la Unión Nacional de Mineros (NUM) y el Gobierno de Thatcher, es una guía inmejorable de lo que un Gobierno debe hacer y, sobre todo, de lo que no debe hacer en una guerra contra sindicatos tan fuertes y politizados como el NUM o la CNTE.

 

La educación en México -de la cual depende el futuro del País- es como la industria del carbón en Gran Bretaña en los 70 -que generaba un porcentaje altísimo de la electricidad- una actividad estratégica muy costosa de rendimientos decrecientes.

 

México dedica un porcentaje considerable del gasto gubernamental a la educación pública (y bajo cualquier medición, el nivel de educación que reciben los niños, sobre todo en los estados controlados por la CNTE, es abismalmente bajo). Gran Bretaña tenía que dedicar subsidios crecientes a un sector económico improductivo e ineficiente.

 

Thatcher había llegado al poder en un escenario económico menos saludable que el nuestro hoy.

 

Gran Bretaña había abrazado en la posguerra el paradigma del Estado interventor, rector de la economía y dueño de industrias básicas, precios, salarios y subsidios. Un Estado regulador más preocupado por distribuir que por crear riqueza, que arrastraba un déficit creciente, una inflación de dos dígitos y presidía sobre una economía anémica.

 

Pero Margaret Thatcher tenía siglos de democracia parlamentaria y estabilidad política tras ella. Aunque el NUM y otros sindicatos se habían convertido en poderes paralelos que imponían sus demandas y negociaban de tú a tú con el Primer Ministro en turno, los ciudadanos estaban hartos de ser rehenes del NUM y sus aliados y la Policía cumplía aplicando la ley.

 

Thatcher enfrentaba un líder sindical -Arthur Scargill- tan ideologizado y radical como los de la CNTE, pero, a diferencia de López Obrador, la oposición laborista nunca se alió con un movimiento que pretendía imponer sus demandas por encima del Estado de derecho y del régimen democrático del país.

 

Aún con esas ventajas, el éxito del Gobierno nunca estuvo garantizado. El NUM era tan poderoso que nada más en los 70 tiró a dos Primeros Ministros. Margaret Thatcher misma había cedido en 1981 ante un primer desafío de los mineros. Pero aprendió la lección: en 1984 enfrentó la huelga minera ejerciendo un liderazgo firme y decidido y siguiendo una cuidadosa estrategia.

 

A diferencia de lo que ha sucedido aquí con la reforma educativa, cuando estalló la huelga, aquel Gobierno británico conformó el mejor equipo posible para enfrentar al NUM y despolitizó el conflicto. Lo redujo a un conflicto laboral.

 

Aquí los líderes de la CNTE no dialogan con la SEP: imponen sus demandas al Secretario de Gobernación. Allá, los mineros negociaban con el organismo encargado de la producción del carbón, no con los ministros.

 

Allá, el Gobierno apoyó a los mineros disidentes -en lugar de abandonarlos, como Peña a los maestros que quieren trabajar-, cultivó el apoyo de la sociedad civil -en lugar de permitir que el oponente convirtiera a los ciudadanos en rehenes para imponer su agenda-, y aplicó sin miramientos la ley.

 

Al final del conflicto, en 1985, la Policía había arrestado a 8 mil 688 mineros que habían violado la ley y congelado 8 millones de libras de fondos del NUM. Todo ello a pesar de que los daños que hizo palidecen frente a las pérdidas económicas que ha causado la CNTE, que destruye todo a su paso con total impunidad.

 

Peña Nieto perdió ya la guerra con la CNTE. No implementó la reforma educativa en 2012 cuando tenía la legitimidad para hacerlo; no midió bien a su contrincante; nunca tuvo una estrategia inteligente para enfrentarlo y le ha regalado el monopolio de la violencia (legítima) que es prerrogativa del Estado.

 

La CNTE es ahora un poder paralelo más poderoso que en 2012 y ha debilitado al Gobierno. Peña Nieto no parece tener otra alternativa que ceder ante la CNTE y abrogar, de jure o de facto, la reforma educativa.

 

Isabel Turrent


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