lunes, septiembre 01, 2014

 

Lecciones del populismo bolivariano

El populismo de Hugo Chávez, continuado por Nicolás Maduro, ha llevado a Venezuela, lógicamente, a su caótica situación actual. Y digo "lógicamente" en términos de lo que enseña la teoría económica elemental... y la historia.

Por ejemplo, según los datos del propio banco central de la ahora llamada "República Bolivariana", en fechas recientes la inflación general excedió al 60% anual, al mismo tiempo que la inflación de los alimentos se acercó al 80%. Tales cifras, alarmantes de por sí, con seguridad subestiman la realidad, dado que el gobierno ha establecido una serie de controles sobre los precios de todo tipos de bienes.

Las autoridades han atribuido el problema, desde luego, a la codicia de los comerciantes y de los productores. En esto, como en muchas otras cosas, no han exhibido mucha originalidad: el mismo argumento ha sido usado durante siglos por todos los políticos en circunstancias parecidas.

La explicación de veras es de libro de texto: el banco central ha venido aumentando la cantidad de dinero en circulación (bolívares) a tasas anuales alrededor del 75%. ¿Por qué? Simplemente, porque ha extendido crédito tanto al gobierno como a diversas empresas públicas. ¿Para qué? Para financiar sus gastos, con la intención de propulsar la actividad económica. En lenguaje de economistas, todo eso se conoce como "una política fiscal y monetaria (muy) expansiva".

Como era de esperarse, no ha tenido éxito. El PIB de Venezuela creció apenas 1.3% en 2013, y se estima que presentará una caída este año -nadie sabe, por supuesto, de qué tamaño. La incertidumbre al respecto se explica por dos factores al menos: la creciente confusión creada por los errores de política económica, y el aumento de la inquietud social, evidenciada en las protestas populares.

La explosión monetaria ha conducido, sin remedio, a otro resultado previsible: la abrupta devaluación del bolívar. En febrero del año pasado, la cotización oficial pasó de 4.30 a 6.30 bolívares por dólar, pero en el mercado "paralelo" (vulgo, "libre") el tipo de cambio era algo así como 60 bolívares. Con una disparidad de tal tamaño, era obvio que la moneda estaba sobrevaluada. Otro ajuste era simplemente cuestión de tiempo. Y, en efecto, en enero y en marzo de este año el gobierno introdujo dos sistemas cambiarios adicionales, aplicables a las importaciones de bienes que no son "de primera necesidad". En el primero de ellos, el tipo de cambio es aproximadamente 10 bolívares; en el segundo, el tipo de cambio es fluctuante y ronda los 50 bolívares. (Alguna vez vimos en México algo por el estilo, y ya sabemos que se acompaña siempre de la burocratización y la corrupción).

Es obvio que el desorden fiscal y monetario está en el fondo de los problemas económicos de Venezuela. Como no presenta señales de corrección, el gobierno ha seguido introduciendo medidas arbitrarias de control sobre los procesos económicos, las cuales pretenden suprimir sus consecuencias. La más reciente, constituye un ejemplo de las aberraciones a las que se puede llegar.

Los controles de precios (y de ganancias), en medio de la inflación, han provocado una escasez generalizada de bienes. Esto ha dado lugar a las reacciones lógicas del consumidor, entre otras, comprar todo lo que puede... cuando lo encuentra. La Superintendencia de Precios Justos (!) dice que ello propicia el contrabando y la informalidad. Frente a ello, el pasado 21 de agosto, la Superintendencia anunció que pondrá en operación en los supermercados un "sistema biométrico" para vigilar las ventas, por medio de las huellas dactilares de los compradores. El esquema no es otra cosa que una (tonta) "cartilla electrónica de racionamiento", como ha sido bien calificada. Por supuesto, fracasará.

Frente a la inflación, el salario "mínimo" aumentó tres veces durante el año pasado (para un total de 45%) y en dos ocasiones en 2014 (43%). Como quiera, ha disminuido en términos reales. Esto último pone de manifiesto, una vez más, "las falsas promesas del populismo", para usar la frase certera de un economista chileno.

El populista típico ofrece redimir a las masas de sus males pero, en la práctica, los agrava. En palabras de Octavio Paz: "... en el fondo del populismo hay un gran e inconfesado desprecio por el pueblo".

 

Everardo Elizondo


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