sábado, agosto 23, 2014

 

Clientelismo perverso

Hay algo que se nos escapa cuando comprobamos que el sistema político mexicano actúa de forma clientelar para comprar votos y mantener el poder: la destrucción de la ciudadanía y la democracia.

Esto en la última década se ha visto agravado en todos los diferentes partidos y en los tres niveles de gobierno: el clientelismo como vehículo para mantenerse en el poder, aunque se debilite la sociedad y las instituciones.

Más que la entrega de mochilas, despensas, fiestas populares o tarjetas que contienen seguros y microcréditos a la población, la relación entre poder y ciudadanos vía el "dar para que me des" es perversa en al menos tres sentidos.

El primero es que esta relación clientelar facilita el camino para actos de corrupción: el intercambio de favores se convierte en la apropiación de bienes colectivos para beneficio privado. La peor corrupción es que el clientelismo político que vivimos hipoteca los Gobiernos eficientes para convertirlos en pagadores de favores.

El segundo es que este clientelismo denigra la dignidad de las personas. Las convierte en meros sujetos de una ayuda pública a cambio de simpatía y su voto, pero no busca acabar con las reales causas de la pobreza, la desigualdad y la marginación.

Tercero, el clientelismo del gobernante para ser elegido en otro puesto pervierte la democracia. Lo hace de tal forma que impide el desarrollo de un ciudadano virtuoso que sea capaz de apoyar a su Gobierno.

Es en esta tercera implicación del clientelismo que apreciamos todos los días -rampante y sin que nadie lo detenga- que nos encontramos hoy como sociedad mexicana.

Lo mismo lo practican una Alcaldesa que una Senadora, o un Secretario o Gobernador, o cualquier funcionario público que quiera posicionar su imagen, todo con dinero de la sociedad.

El clientelismo ha sido estudiado por diversas disciplinas, pero es desde la ciencia política donde se han explicado el funcionamiento y los tipos que existen.

De ahí hemos aprendido que en la sociedad moderna ya casi no hay clientelismo vertical, es decir, de una persona a otra, sino que ya estamos en el mundo del clientelismo horizontal, entre grupos, entre masas y, lo más peligroso, entre instituciones.

El clientelismo tradicional se ha transformado en uno moderno institucionalizado, desarrollando sofisticados mecanismos de dominación y de consenso. Pactos y acuerdos surgen sólo para el momento en que son requeridos, no hay continuidad ni formalismos.

Fidelidad a cambio de favores, favores para mantener la fidelidad. Nadie en esos momentos habla de capacidades, de fortalezas, de habilidades, de inteligencia para resolver los problemas públicos, de honradez para representar a la sociedad en un puesto público; no, de lo que se habla es de partidos, elecciones, candidatos, favores, puestos y presupuestos.

El clientelismo político tiene mucho que ver incluso con el andar económico, ya que al crear incertidumbre, falta de continuidad e informalidad, la economía no puede crecer de manera sostenida.

Por ello es bueno escuchar que habrá inversiones por las reformas hechas, pero si el clientelismo prevalece, pocos querrán hacerlas si luego se corre el riesgo de que les exijan cumplir favores políticos.

Para colmo, de acuerdo con las Fichas de Monitoreo 2013 y 2014 del Coneval, ningún programa social federal se salva de deficiencias en su aplicación.

Hay irregularidades, como falta de claridad en el destino de los recursos, duplicidad de actividades, acciones esporádicas y sin impacto, y lo peor, casi todos los programas sociales no definen población objetivo.

El reporte indica que los programas sociales, aun con reglas de operación definidas, no cumplen sus objetivos, y la razón pudiera venir del clientelismo político.

Y si esto pasa a nivel federal, ya se puede usted imaginar el descontrol y opacidad en cómo se gastan los recursos para programas sociales en los Estados y municipios.

Vidal Garza
vidalgarza@yahoo.com

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