domingo, junio 16, 2013

 

Políticos e incentivos

Un profesor en una universidad canadiense era famoso porque nunca reprobaba a nadie. Un día, algunos alumnos argumentaron que las políticas del Gobierno eliminarían la pobreza y se convertirían en el gran factor igualador de la sociedad. El profesor les propuso un experimento: desde ese momento él promediaría las calificaciones de todo el grupo y nadie obtendría una A (un 10) y nadie reprobaría. Vino el primer examen, el profesor promedió y todo mundo obtuvo una B. Los que habían estudiado duro estaban molestos, mientras los que habían estudiado poco estaban contentos. Luego vino el segundo examen: los alumnos que habían estudiado mucho la primera vez estudiaron menos y los que habían estudiado poco no estudiaron. El promedio fue D. En el tercer examen el promedio fue F, o sea reprobado. El experimento mostró una faceta humana que los políticos en el mundo en general no acaban de entender: no se puede legislar un resultado.

Los políticos pueden legislar un conjunto de reglas (leyes) y regulaciones que, confían, arrojarán el resultado deseado, pero jamás podrán determinar la forma en que reaccionarán millones de ciudadanos ante sus preferencias u objetivos. No se puede legislar la prosperidad ni menor pobreza; tampoco un sistema financiero saludable o que haya menos tráfico en una ciudad o que se multiplique la riqueza al dividirla. Las personas siempre responden para sobrevivir a pesar de las malas ideas de los políticos y preservar lo que les importa: harán cosas que ni el más avezado político jamás podrá predecir.

En décadas pasadas, los políticos en EU, empleando mecanismos fiscales, obligaron a los bancos a dar préstamos hipotecarios masivamente a personas de bajos ingresos que no podían pagarlos. Así nació la crisis de los últimos años: ni tardos ni perezosos, pero sabiendo que no se podía utilizar una hipoteca tradicional para ese segmento poblacional, los banqueros idearon un crédito, el llamado "subprime loan" especialmente diseñado para personas de bajos ingresos: el pago mensual por los primeros años era muy bajo y fácil de pagar, pero éste se incrementaba súbitamente tiempo después. Millones de personas adquirieron casas de esa manera que luego, cuando ascendió el pago, abandonaron. Mientras eso sucedía, los banqueros habían convertido esos créditos en valores que revendieron por todo el mundo. Eventualmente explotó la crisis con las consecuencias que todos conocemos.

La lección es evidente: cuando los políticos usan subsidios, impuestos, preferencias o protección para beneficiar a ciertos grupos o para avanzar sus agendas, distorsionan la racionalidad económica que todo mundo entraña en su ser y producen resultados no siempre deseables. En su actuar, los políticos crean incentivos que no siempre comprenden a cabalidad.

En la Ciudad de México, en los 80, al Gobierno se le ocurrió la brillante idea de limitar el uso de coches a través del programa "un día no circula". Éste se anunció por tres meses y tuvo un efecto notable en unas cuantas semanas, pues una quinta parte de la planta vehicular salió de las calles. Pero al final del trimestre, el Gobierno local lo hizo permanente, con lo que cambió el esquema de incentivos: la población había respondido tal y como el Gobierno había deseado mientras fue temporal porque todos entendían las consecuencias de contaminación de los autos. Pero al hacerse permanente, la población respondió de forma lógica: comprando un vehículo adicional. El efecto sobre la contaminación fue fatal no sólo porque retornó el número original de vehículos, sino también porque la mayoría de los que se adicionaron eran carcachas y contaminaban más. Aumentó la planta vehicular y la contaminación.

El asunto no acabó ahí. Entre el final de los 80 y el presente se ha hecho todo lo posible por aumentar el número de vehículos en circulación: se han construido segundos pisos, los proyectos inmobiliarios son cada vez más distantes, el precio de los autos nuevos disminuye, el transporte público no ha crecido significativamente y las gasolinas están muy subsidiadas. Se han creado todos los incentivos imaginables para que la población adquiera más coches. ¿Cuál es la respuesta del Gobierno? Volver a limitar el número de vehículos en circulación de manera coercitiva. No es difícil anticipar el desenlace, excepto si uno es el político a cargo de la decisión.

La legislación financiera que ha propuesto el Gobierno va por la misma línea. Su objetivo es loable: quiere que aumente el crédito como porcentaje del PIB y está intentando crear incentivos para que ocurra. La legislación propone dos mecanismos: uno positivo y otro negativo. El positivo, que toma como modelo al banco de desarrollo brasileño, consiste en dotar a los bancos de desarrollo nacionales de mecanismos para que apoyen a la planta productiva. Nada de malo en ello, excepto por lo que el propio ejemplo brasileño muestra de los riesgos de prestarle a empresas no viables pues, si lo fueran, los bancos comerciales les prestarían. Por el lado negativo, la iniciativa propone impedir que los bancos comerciales compren bonos gubernamentales con los recursos que no están prestando. El objetivo es incentivar a que incrementen el crédito con esos recursos. Al igual que con el tráfico en la Ciudad de México, no es difícil anticipar que, antes de extender créditos riesgosos, los bancos buscarán otras cosas en que colocar sus recursos, como bienes raíces o en instrumentos que mentes creativas desarrollarán para proteger sus propios intereses. Nuevamente, no se puede legislar un resultado.

"La política pública", escribió Thomas Sowell, "tiene que ser entendida en términos de la estructura de incentivos que produce y no de la retórica esperanzadora de quienes la concibieron". El mexicano es tan inteligente y competente como los demás seres humanos. Apostar a su estupidez o a su disposición a plegarse a los deseos de los burócratas arroja dudas sobre el carácter del apostador.

 
Luis Rubio 
www.cidac.org
 

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