lunes, marzo 11, 2013

 

La momia (de Chávez)

Alguna vez Hugo Chávez habló de lo macabro que le parecía embalsamar el cuerpo de un ser humano. Es una de las pocas expresiones que puedo entrecomillar coincidiendo con él. Contemplar un cadáver insepulto, decía, representa un signo evidente de la "inmensa descomposición moral" que sacude a nuestro planeta. Le parecía repulsivo que la gente pagara por ver un cuerpo preservado artificialmente con químicos y trapos. Se refería a la horrible exposición de cadáveres disecados que ha viajado por el mundo y resolvió prohibirla para que no la vieran los caraqueños.

García Márquez también había condenado la mala costumbre de embalsamar. Los egipcios habrán tenido sus razones pero no hay forma de justificar la "costumbre creciente de los regímenes comunistas, que parecen confundir el culto de los héroes con el culto de sus momias", escribía el novelista en un artículo de 1982. Eso no era lo que, al parecer le molestaba al caudillo. Lo que le ofendía con la exhibición de los cadáveres era el morbo que suscitaban los cuerpos exhibidos y el negocio que alguien hacía. Al pontificador le indignaba que se traficara con la muerte; que unos empresarios lucraran con un cuerpo al que no se le permite descomponerse. El problema era el negocio: en la misma intervención justificaba que los cuerpos sin vida sirvieran a la ciencia.

Lloró al ver los huesos de Bolívar. "¡Hemos visto los restos del gran Bolívar!", tuiteó el Presidente tras exhumar los huesos del héroe. "Confieso que hemos llorado. Les digo: tiene que ser Bolívar ese esqueleto glorioso, pues puede sentirse su llamarada. Dios mío. Cristo mío". Para Chávez, el esqueleto no eran escombros de calcio sino materia resplandeciente: chispa de divinidad. Si los cadáveres podrían servir a la ciencia, ¿por qué no usarlos para el fomento de la fe patriótica? La abominable momificación será la máxima recompensa del megalómano.

En eso me interesa detenerme: en el culto de Chávez. Muchos han hablado de los efectos ruinosos de su caprichoso régimen en la economía, de su despotismo, sus extravagancias; otros han celebrado su política social, su combate a la pobreza, su impacto continental. Quisiera tocar el punto que me parece más extraordinario de su política: la demostración de que en el siglo 21, en una de las democracias más estables (y más prósperas) de América Latina hay espacio para una política devocional que pervierte los instrumentos de la democracia sin eliminarlos.

El régimen chavista es el mejor ejemplo de una democracia antiliberal, una autocracia electiva. Para Chávez, la democracia liberal estaba podrida: había que tirarla a la basura, pero conservar su cáscara. Fundó un nuevo régimen, se hizo una Constitución a su medida, concentró el poder, anuló la autonomía de los contrapesos, hostigó a sus adversarios. Autoritarismo competitivo lo han llamado: un sistema político que mantiene las instituciones democráticas formales pero le ofrece a los detentadores del poder tales ventajas que hace casi imposible su derrota. Hay competencia electoral pero es abismalmente inequitativa.

Se vio como hijo de Fidel Castro. A la dictadura cubana le confió su seguridad y hasta su vida. Al guerrero del antiimperialismo no le incomodó compartir soberanía con los cubanos. Venezuela y Cuba comparten gobierno, llegó a decir. De Castro aprendió la retórica revolucionaria, los discursos interminables, las artes de la polarización interna y externa, pero no puede decirse que el chavismo sea la segunda versión del castrismo.

El chavismo no tuvo esa propensión totalitaria de expropiarlo todo, de eliminar toda disidencia, de prohibir cualquier voz discordante. El petróleo, dice Francisco Toro, le permitió a Chávez sustituir el gulag con la chequera; y en lugar de abolir la sociedad civil, se creó una sociedad paralela a través de sus universidades, sus sindicatos, sus estaciones de radio y sus organizaciones comunitarias. Tal vez el chavismo sea el experimento clientelar más exitoso de las últimas décadas.

El fin de la Guerra Fría y los altísimos precios del petróleo le abrieron la puerta a un personaje de una energía extraordinaria para fundar un régimen de nuevo tipo. No mató a la democracia, la adulteró aprovechando su desprestigio. La corrupción de la vieja clase política, la desaparición de las diferencias ideológicas, el distanciamiento de la gente, el tedio le pusieron la mesa al caudillo.

El populismo es el síntoma de los padecimientos democráticos. Tiene la habilidad de restituir una dimensión simbólica de la política a la que el liberalismo ha renunciado explícitamente. En el espejo del populismo puede verse el vacío liberal, la vulnerabilidad liberal. La plena secularización de la política, la deshidratación simbólica de la democracia para volverla simple procedimiento, el desmembramiento de lo comunitario, la ilusión de una civilizada política conversada son apuestas precarias.

Jesús Silva-Herzog Márquez
http://www.reforma.com/blogs/silvaherzog/

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