domingo, septiembre 24, 2006

 

Ópera bufa

 
¿Por qué no estoy de acuerdo con Andrés Manuel López Obrador y la Convención Nacional Democrática?

Me formulé esa pregunta mientras veía en el televisor la multitud reunida en el Zócalo capitalino. Me la vuelvo a hacer ahora. La respuesta es la misma.

¿Coincido con la denuncia sobre la pobreza y la desigualdad que padece nuestro país? Desde luego.

¿Concuerdo con el propósito de hacer de México una nación libre, igualitaria y justa? Por supuesto.

Entonces, ¿qué me lleva a disentir del político tabasqueño y de quienes integran una alianza para apoyarlo?

Varias razones fundamentan mi postura. Tienen que ver con el derecho, la política y la ética. Explico.

Comienzo anotando consideraciones jurídicas. Invocar el artículo 39 de la Constitución para convocar a la Convención es improcedente.

Dicha norma consagra el principio de que "la soberanía nacional reside esencial y originariamente en el pueblo" (Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos).

Pero el numeral 41 de la Ley Suprema aclara: "El pueblo ejerce su soberanía por medio de los Poderes de la Unión... y por los de los Estados".

Ello significa que, aunque de modo sustancial y primario la soberanía reside en el pueblo, el ejercicio de ésta compete a representantes, es decir, a autoridades federales y estatales.

El artículo 39 postula que "el pueblo tiene en todo tiempo el inalienable derecho de alterar o modificar la forma de su gobierno".

Sin embargo, la Carta Magna, en el numeral 136, es enfática: "Esta Constitución no perderá su fuerza y vigor, aun cuando por alguna rebelión se interrumpa su observancia".

Lo anterior implica que el orden constitucional no debe ser vulnerado y que sólo el pueblo, no una asamblea minoritaria como la que se reunió el sábado pasado, tiene la facultad de cambiar la forma de gobierno.

Sigo con motivos políticos. Aludir a la democracia para designar a Andrés Manuel López Obrador como "Presidente Legítimo de México" es un contrasentido.

El modelo democrático presupone, no cabe la menor duda, un gobierno fincado en el poder popular.

No obstante, el régimen constitucional-pluralista se basa en el respeto a la libertad dentro del marco del Estado de derecho.

Y la designación de un "Presidente" por un órgano desprovisto de facultades para hacerlo representa una violación al orden normativo.

Termino con razones axiológicas. Calificar a las autoridades legalmente electas como integrantes de una "República simulada" es una inconsecuencia.

No es consistente invocar la Ley Suprema para desconocer a quien fue declarado Presidente electo por la instancia constitucionalmente competente.

No es congruente aceptar los resultados de los comicios en lo que respecta a senadurías y diputaciones y rechazarlos en lo que toca al Poder Ejecutivo.

Una y otra posiciones revelan contradicciones insalvables y, en el fondo, olvido del más elemental sentido ético.

Todo ello cuando el Presidente Vicente Fox baja la cortina, el Presidente electo Felipe Calderón no levanta el vuelo y la embarcación nacional muestra signos de hacer agua. ¿Quién tomará el toro por los cuernos?

¿Por qué no estoy de acuerdo? La Convención Nacional Democrática designó a Andrés Manuel López Obrador "Presidente Legítimo de México" y ese acuerdo viola principios jurídicos, políticos y axiológicos. Dicha acción es ridícula e irresponsable. Y, si no fuera porque pone en riesgo la estabilidad del País, sería apenas una grotesca ópera bufa.

Gerardo Puertas Gómez, El Norte 
gerardo_pg@terra.com.mx

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