domingo, marzo 25, 2018

 

Juárez, Madero y AMLO

Con la modestia muy aparte, esta semana Andrés Manuel López Obrador tuvo el arrojo de canonizarse a sí mismo. En la entrevista con Milenio TV se encumbró en el altar de la patria para colocarse en la compañía de los próceres que han forjado a la nación mexicana: "Quiero pasar a la historia como Juárez, como el apóstol de la democracia, Francisco I. Madero, y como el general Lázaro Cárdenas del Río. Y no es ego, es buscar ser ni siquiera hombre de Estado, quiero ser hombre de nación". AMLO tiene todo para ser un Benito Juárez o un Francisco I. Madero. Sin embargo, estos elementos en común no tienen que ver con los héroes del mausoleo, sino con las debilidades y defectos de esos personajes que vivieron y murieron en los huracanes de la Reforma y la Revolución.

 

La historia oficial pinta a los héroes nacionales como estatuas de mármol que invocan un temple infalible, ajeno a la condición humana. La verdad de las cosas se encuentra en los pies de página y los hechos disimulados, que traen las dosis de realidad sobre el carácter de los hombres eminentes que escribieron la narrativa de los siglos XIX y XX.

 

Benito Juárez libró la segunda guerra de Independencia de México, forjó las bases del Estado nacional y le puso un freno legal al poder de las corporaciones eclesiásticas. Sin embargo, en medio de su epopeya, el héroe zapoteco le agarró un gusto insaciable al poder presidencial. En los 14 años que duró su Presidencia, su misión histórica acabó confundida con sus ambiciones personales. El "dictador democrático", le llamó Enrique Krauze a los últimos años de la Presidencia de Juárez. Sus críticos contemporáneos lo llamaban "su majestad Benito I". Sólo la muerte, en 1872, le pudo poner fin a su permanencia en el poder.

 

En la misma entrevista, AMLO sostiene que hay dos tipos de democracia, la representativa en el Congreso y la participativa, que no se agota con el trabajo de los diputados y senadores. El candidato de Morena también sostiene que: "Se equivocan menos los ciudadanos que los políticos. El pueblo tiene un instinto certero, el pueblo es sabio... La democracia es el poder del pueblo... consulta ciudadana y que el pueblo diga, 'quiero esto', 'no quiero esto'. En la democracia es el pueblo el que manda, es el pueblo el que decide". ¿Qué ocurrirá si el Congreso dice una cosa y el pueblo otra? ¿Qué pesaría más, la voluntad popular de un Zócalo lleno o los límites al poder presidencial que establece la Constitución? ¿Qué sucederá si a López Obrador le ocurre como a Juárez y, en el 2024, el pueblo le pide que se quede un sexenio más?

 

El candidato de Morena también parece retomar un rasgo preocupante de la personalidad de Francisco I. Madero: el voluntarismo de la ingenuidad. El apóstol de la democracia asumió que con su llegada a Palacio Nacional se podían dar por terminados los instintos autoritarios de la época porfirista. Madero creyó que terciarse la banda presidencial en el pecho le investiría de un poder suficiente para resolver los vicios políticos y los problemas heredados del pasado inmediato. AMLO asume que su llegada a la Presidencia será un bálsamo mágico para encarar los legados de corrupción y violencia que recibiría de su predecesor. Madero ofreció indulgencias a varios emisarios del porfirismo, que después volvieron para cobrarle las facturas de un tiempo que no se había ido. AMLO dispensa amnistías para criminales y corruptos como parte de su campaña presidencial. Ambos personajes, el apóstol y el mesías, tenían toda la confianza en la "serenidad y sabiduría" del pueblo para gobernarse a sí mismo. La vena autocrática de Juárez y la candidez idealista de Madero ya encontraron una encarnación contemporánea.

 

Juan E. Pardinas

@jepardinas


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