domingo, enero 11, 2015

 

Aristocracia al vuelo

La pregunta me dejó pensativo, sin duda un tema provocador. ¿Podría un laboratorio de neuromarketing ayudar a decidir quién será mejor gobernante entre diversos candidatos?

 

Decía Susan Sontag que la verdad es siempre algo que es contado, no algo que es conocido. Como yo cuento mucho y sé poco, te daré mi definición de tan rimbombante término, hoy muy en boga.

 

El neuromarketing es el apoyo del conocimiento y herramientas de la neurociencia al servicio de una organización.

 

Han surgido muchos hiperbólicos gurús que venden al neuromarketing como la piedra filosofal que revelará los más intrincados rincones del pensamiento de los consumidores.

 

El neuromarketing arroja datos que son sujetos a interpretación por otro cerebro, el analista, humano y falible como tú y yo. No existe (y esperemos que nunca exista) una máquina que devele pensamientos. El neuromarketing genera indicios, y éstos son sugerentes, no revelaciones mágicas, de actitudes hacia el futuro.

 

El laboratorio de neuromarketing nos podría dar indicios de cómo un candidato responde a ciertos estímulos en el presente, pero nunca garantizar si será buen o mal gobernante en el futuro.

 

El neurorrollo viene a cuento porque nuestra incipiente democracia tendrá en este año otra prueba más. Los ciudadanos tenemos el reto de escoger a los mejores de entre lo que haya (como el montón de tomates del mercado, habrá maduros, verdes, mallugados y podridos).

 

Imagina que tú y tu familia viajarán en avión. Los pasajeros escogerán al piloto (obvio, de él depende tu vida y la de los tuyos), que debe salir de un grupo de personas (asumiremos que hay pilotos profesionales dentro del grupo).

 

Hay dos formas de seleccionar al piloto. Puede ser elegido cualquier pasajero; será escogido por votación de entre los demás viajeros, quienes no sólo no tienen idea de cómo escoger un buen piloto, la mayoría están ebrios o bajo el influjo de alguna sustancia (el caso es que no razonan bien).

 

La segunda forma es mediante una calificación; quienes no estén ebrios escogerán a los mejores para pilotear, los demás se abstendrán de votar.

 

¿Bajo qué alternativa viajarías? Si te inclinas por los mejores pilotos, prefieres una aristocracia. Si te inclinas por la elección popular, escogiste algo como la democracia.

 

Se nos olvida la etimología de las palabras y además corrompemos su significado. "Aristos", los mejores; "cratos", gobierno, poder. En la antigua Grecia, aristocracia era el gobierno de los mejores, los más capaces y preparados.

 

Ninguna forma de gobierno está exenta de defectos, la aristocracia se pervierte en oligocracia (el gobierno de unos pocos que velan por intereses propios, como lo que sufrimos hoy en México), y en la democracia cuando votan los "ebrios" (sustituye por aquellos que no tienen preparación, porque al sistema no le conviene que estén educados), no se escoge a los mejores sino a los que pudieron aparecer en la estrecha palestra que la oligocracia manipula.

 

El problema no es que en México no tengamos gente capaz para gobernar, el problema es que nuestro sistema político impide que lleguen al poder.

 

Un equipo ganador en cualquier deporte es una aristocracia, son los mejores. Sus integrantes están ahí por méritos, no por influencias ni por designaciones de grupos con intereses particulares (como sucede en nuestra oligocracia).

 

En "El error de Descartes", el neurocientífico Antonio Damasio dice que el filósofo francés hizo un grave daño a la humanidad al separar mente y cuerpo, creando un mito (o verdad aparente) que duró siglos. ¿Es la democracia un caso similar, apostado por dichos célebres como el de Churchill?

 

El reto de nuestro sistema de gobierno es que lleguen a gobernar los mejores (reto difícil ante una mayoría de electores manipulable y con poca educación).

 

Sin que esto suceda, 2015 será un capítulo más de una vieja serie donde la mayoría de pasajeros sin capacidad de elegir escogerán pilotos populares; no tengo que decirte que, en su mayoría, serán pésimos pilotos.

 

Abrocharnos el cinturón servirá de poco.

 

Eduardo Caccia

 

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