sábado, enero 11, 2014

 

Izquierda retobona

Hace 37 años, Octavio Paz definió a la izquierda lapidariamente: "La izquierda sufre una suerte de parálisis intelectual. Es una izquierda murmuradora y retobona, que piensa poco y discute mucho. Una izquierda sin imaginación".

La definición de Paz provocó la respuesta inmediata de Carlos Monsiváis, a quien le replicó en forma igualmente lapidaria: Monsiváis es un hombre de ocurrencias, no de ideas.

El término murmurador no exige mayor explicación. Retobón equivale a respondón y rezongón. Eran los años 70. De entonces a la fecha, algunas cosas han cambiado mucho, pero otras permanecen idénticas.

La izquierda no es una, sino varias. Pero todas sus variantes se han convertido en partidos con poder, que se alimentan del presupuesto público.

Allí están el PRD, el PT, Movimiento Ciudadano y, próximamente, Morena. Todos viven del presupuesto, ya sea por las prerrogativas de los partidos o por el control de las tesorerías donde gobiernan, para no hablar de los salarios de regidores, Diputados y Senadores.

Los nuevos calificativos que definen, hoy por hoy, a la izquierda se los ha ganado a pulso y han corrido parejos a su empoderamiento. En todas sus variantes, las organizaciones se han mimetizado con las prácticas del viejo régimen y son más corporativas y clientelistas -para no hablar de la corrupción- que los priistas.

Por lo demás, pese a que en estos 37 años ha corrido mucha agua bajo el puente, ha habido una constante. Desde el nacimiento del PRD, en 1989, hasta el liderazgo de López Obrador, pasando por las victorias de Cárdenas (1997), López Obrador (2000), Ebrard (2006) y Mancera (2012) en la Ciudad de México, el sello de la izquierda ha sido el caudillismo.

Primero se aglutinó y cohesionó en torno de Cárdenas. Luego se alineó (y alienó) a López Obrador, y lo siguió ciegamente en todas sus aventuras y peripecias, desde la toma de Reforma hasta la presidencia legítima.

Sin embargo, durante todos estos años han estado ausentes la crítica y la revisión de su pasado, que Octavio Paz esperaba y le exigía desde los años 70.

Porque las corrientes socialistas (marxistas, leninistas, maoístas, guevaristas, etc.) jamás emprendieron semejante autocrítica. Nunca explicaron ni examinaron su solidaridad incondicional con los regímenes totalitarios de la Unión Soviética, la República Popular China y los hermanos Castro.

Por ello no sorprende que el Partido del Trabajo, que ha formado parte de las coaliciones de la izquierda para alcanzar la Presidencia de la República, se declare marxista-leninista y reconozca a Kim Jong-Un, el dictador de Corea del Norte, como uno de sus guías.

Por el lado de los ex priistas, que encabezaron la disidencia y el rompimiento con el Gobierno de Miguel de la Madrid y luego fundaron el Partido de la Revolución Democrática, la crítica y el examen del pasado han estado igualmente ausentes.

En materia económica, el PRD ha sido, sin duda alguna, el partido de la reacción y el conservadurismo. Se ha opuesto sistemáticamente a todas las reformas: la entrada de México al GATT, la privatización de empresas, la autonomía del Banco de México, el Tratado de Libre Comercio, la reforma del Artículo 27 y un largo etcétera.

Ahora, con motivo de la reforma energética, toda la izquierda, desde los adoradores de Kim Jong-Un hasta los militantes de Morena, pasando por el ala moderada del PRD, se está reagrupando para enfrentar a un fantasma: la privatización de Pemex y la liquidación de la soberanía nacional.

La posición es cerril, arcaica y demagógica. Cerril, porque se obstina en repetir viejas fórmulas, como si fueran mantras. Arcaica, porque no reconoce que el mundo ha cambiado y hay que enfrentarlo con nuevas ideas y propuestas. Demagógica, porque miente a sabiendas y es incapaz de sostener un debate serio.

Una izquierda moderna asumiría las nuevas realidades y estaría discutiendo cuatro cuestiones fundamentales: 1) cómo potenciar la renta petrolera; 2) cómo combatir la corrupción para evitar malos manejos de los ingresos del gas y petróleo; 3) cómo utilizar la renta petrolera; 4) cómo aprender de la experiencia internacional.

Nada de eso está ocurriendo ni ocurrirá. La definición de Octavio Paz sigue siendo cierta: "Es una izquierda que piensa poco, pero que discute mucho".

Una izquierda de la que, hasta ahora, por fortuna, nos hemos librado. Porque la reciente contrarreforma hacendaria es apenas una probadita de lo que habría pasado si hubieran alcanzado la Presidencia de la República, primero en 2006, y luego en 2012.

Jaime Sánchez Susarrey


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