viernes, julio 04, 2008

 

Mercados para los pobres en México

Ayudar a los pobres podrá ser caritativo, pero cuando la industria de la pobreza empieza a perder "clientes" porque el mercado está haciendo buenos trabajos, hay que tener cuidado.

El banco Compartamos sabe lo que se siente tener un aura manchada. El banco mexicano se especializa en microfinanciamiento para emprendedores de bajos ingresos en un país que no solía tener una industria financiera al servicio de los pobres. Compartamos no sólo encontró la forma de satisfacer las necesidades de esta población excluida, sino, también, de obtener dinero de ello.

Como resultado, el banco ha estado creciendo a un ritmo acelerado. Con un préstamo promedio de apenas 450 dólares, ahora tiene más de 900 mil clientes, 15 veces más que en el 2000.

Este fuerte crecimiento indica que el modelo con fines de lucro del banco beneficia tanto a prestatarios como a prestamistas. Sin embargo, este triunfo no significa buenas noticias para todos. En el sector económico en el que Compartamos presta sus servicios -la población que percibe unos 10 dólares diarios- la brigada internacional de la caridad está en riesgo de volverse obsoleta. Quizá esto explica porqué la gente que se gana la vida regalando el dinero de otros acusa a Compartamos de la práctica vulgar de obtener "demasiadas ganancias".

Los préstamos a microempresas despegaron hace algunos años, conforme economistas reconocían que los pobres, al igual que la clase media, pueden darle un uso productivo a los créditos. El microfinancista más famoso es Muhammad Yunus, fundador del Banco Grameen y ganador del Premio Nobel de la Paz 2006.

Compartamos tuvo sus inicios en el sur de México, en 1990, como organización sin fines de lucro que extendía créditos para capital de trabajo a pequeños empresarios, como preparadores de alimentos, vendedores y productores de artesanías. En un principio, sus fondos provenían de la beneficencia del sector privado y Gobiernos, y la mayoría de sus clientes eran -y siguen siendo- mujeres. Este grupo es, por lo común, analfabeta, pero también emprendedor y, según ha resultado, un muy buen riesgo crediticio. En lugar de un aval, el banco por lo general acepta el crédito de un grupo de emprendedores que cofirma efectivamente por otra persona.

Después de 10 años, Compartamos financiaba a 60 mil microprestatarios. Pero reconoció que la necesidad por su servicio era mucho mayor. En el 2000, para reunir capital nuevo, formó una compañía con fines de lucro para utilizar capital del sector privado, así como préstamos y subvenciones de agencias gubernamentales y organizaciones benéficas. En el 2002, emitió una deuda por 70 millones de dólares, y cuatro años después, su base de clientes había crecido a más de 600 mil.

Para el 2006, los banqueros en el mundo en desarrollo, que tradicionalmente ignoraban a las clases económicas "C" y D" ("A" siendo los más ricos y "E" los más pobres), empezaron a darse cuenta de que extender préstamos a los emprendedores de menor ingreso es un buen negocio. Un motivo del cambio fue que los avances en el software computacional les permitían a los bancos manejar cuentas más pequeñas de manera más eficiente.

Lo que alguna vez fue desestimado como un mercado no viable se convirtió en una excelente oportunidad, y Compartamos estaba bien posicionado para sacarle provecho en México. El año pasado, la compañía lanzó una oferta pública inicial que fue sobresuscrita 13 veces. Fue entonces que los bienhechores llegaron para cuestionar la ética de la compañía.

En un ensayo publicado en junio del 2007 sobre la oferta pública inicial de Compartamos, Richard Rosenberg, asesor para el Grupo Consultivo de Ayuda a los Pobres -que no es parte del Banco Mundial, pero cuya sede está en sus terrenos-, observa que la demanda de acciones en la compañía fue impulsada, en parte, por "un crecimiento y una rentabilidad excepcionales". Después, reflexiona a lo largo de 16 páginas sobre si el modelo con fines de lucro de Compartamos no concuerda con la meta de levantar a los pobres. Un cuestionamiento similar, aunque mucho menos riguroso, a Compartamos, titulado "Microloan Sharks" (Usureros de los Micropréstamos) aparece en la edición veraniega de la revista Stanford Social Innovation Review.

En sus "reflexiones" sobre "las tasas de interés y ganancias de los microfinanciamientos", Rosenberg escribe que "cobrarles de más" a los clientes bajo un modelo sin fines de lucro está bien, porque se hace por el bien de los futuros prestatarios. Pero cuando las ganancias son para los proveedores de capital a través de dividendos, entonces existe un "conflicto entre el bienestar de los clientes y el bienestar de los inversionistas". Lo que se debe escudriñar no es la comercialización de los préstamos, según se nos dice, sino el "tamaño" de las ganancias.

Lo que se le parece escapar a Rosenberg es el hecho de que él no tiene manera de saber si existe un "cobro excesivo" ni por cuánto se excede. Esa información la puede brindar sólo el mercado, cuando nuevos participantes innovadores vean que pueden ofrecer servicios a un mejor precio. Esto ha venido sucediendo desde que comenzó a surgir el microfinanciamiento con fines de lucro, y el resultado ha sido una mayor competencia. Las tasas han empezado a bajar, incluso a medida que han aumentado la demanda y disponibilidad de servicios.

Cuán mejor hubiera sido, indica Rosenberg, si Compartamos hubiera reunido capital a través de "inversionistas con motivación social" como las "instituciones financieras internacionales", por ejemplo, el Banco Mundial y otros. Cuán mejor, ciertamente, para él y sus colegas que cabildean por la pobreza, pero no así, según parece, para los emprendedores pobres de México.


Anastasia O'Grady es columnista en Wall Street Journal. E-mail: O'Grady@wsj.com

Traducción: Enrique Huerta

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