martes, septiembre 05, 2006

 

A callar

 
"¿Y por qué actuaron así nuestros legisladores? Porque son gente con principios."
Andrés Manuel López Obrador
 
 
El PRD y el PT, los partidos cuyos legisladores llevaron a cabo la toma de la tribuna de San Lázaro el pasado 1 de septiembre, han considerado su acción como una victoria. No sólo impidieron que el Presidente de la República leyera su mensaje, sino que también previnieron que lo hiciera el representante de los legisladores del PAN, el diputado Héctor Larios. Fue para ellos una doble victoria: ningún panista pudo hablar el 1 de septiembre.

Esto lo lograron los perredistas sin que hubiera "violencia". No tuvieron que usar la fuerza física para callar a las chachalacas. Simplemente tomaron la tribuna; ningún legislador del PAN quiso enfrentarse físicamente con ellos. Como los bravucones que imponen su voluntad en el vecindario sin que nadie se atreva a confrontarlos, los perredistas festejaron su triunfo. De hecho, Andrés Manuel López Obrador alabó la "dignidad y el decoro" con el que se comportaron los legisladores del PRD.

Lo ocurrido, sin embargo, puede ser visto también como un golpe contra el PRD y, sobre todo, para la izquierda democrática que parece haber perdido presencia dentro del partido. Impedir que un rival político pueda expresar sus puntos de vista no es, ciertamente, un triunfo de la democracia, sino de la intolerancia.

López Obrador y los grupos radicales parecen haber tomado control sobre el PRD. En contraste con lo que ocurrió durante la transición española, cuando el Partido Socialista Obrero Español abandonó el marxismo y se pronunció claramente por una transformación democrática de España, el PRD está optando por el marxismo-leninismo y rechazando la democracia.

López Obrador ha decidido desconocer las instituciones del Estado mexicano y prepara una convención que considerará la posibilidad de establecer un gobierno paralelo o nombrar Presidente a López Obrador. Tanto en el plantón perredista en el Zócalo y el Paseo de la Reforma, como en el bloqueo que sus aliados de la Asamblea Popular del Pueblo de Oaxaca (APPO) mantienen en ese estado, proliferan los lemas de Stalin y otras figuras del socialismo autoritario.

Las encuestas de opinión muestran un deterioro en la popularidad del PRD. Una del Grupo REFORMA mostraba que, de llevarse a cabo una nueva elección presidencial en agosto, Felipe Calderón habría obtenido 54 por ciento de los votos contra 30 por ciento de López Obrador. En una encuesta telefónica después de la ceremonia del Informe, el 77 por ciento de los entrevistados reprobó que los legisladores del PRD hayan impedido que el Presidente Fox subiera a la tribuna a rendir su Informe.

A López Obrador no le importar este deterioro porque, al parecer, ha abandonado ya toda pretensión de llegar al poder de manera democrática. Está reduciendo la base de apoyo del PRD, pero también la está volviendo más radical. La izquierda democrática se va alejando y en cambio el movimiento atrae el apoyo de la APPO, los Panchos Villas, las Panteras y demás organizaciones corporativistas. Esto puede ser perjudicial para una lucha democrática, pero prepara a la organización para una confrontación violenta.

Para el nuevo PRD que está surgiendo del movimiento de López Obrador, la vía electoral es válida solamente en aquellos comicios que ganan él y sus aliados. Los sufragios son válidos en el Distrito Federal, porque ahí venció Marcelo Ebrard, y en Chiapas, porque triunfó Juan Sabines. Podrían serlo también en Tabasco, si Raúl Ojeda ratifica el triunfo al que parece acercarse. Pero no lo son en Morelos, donde ganó el panista Marco Antonio Adame, o en la elección presidencial.

Hubo un tiempo en que la izquierda mexicana era distinta. Su exigencia en los años 60 y 70 era que el Gobierno abriera las puertas a la democracia y a la libertad de expresión. Nunca escuché a un Heberto Castillo, a un Cuauhtémoc Cárdenas o a un Gilberto Rincón Gallardo festejar el que se impidiera a alguien expresar sus puntos de vista. Lo que demandaban era la oportunidad de manifestar sus opiniones y de tener acceso a la vía democrática al poder.

José Luis Rodríguez Zapatero, presidente del gobierno español, ha aconsejado a López Obrador aceptar el resultado de la elección y aprovechar la oportunidad de estar en una oposición fuerte para impulsar un programa de reformas de izquierda. Y sabe por qué lo dice: eso hicieron los socialistas españoles, encabezados por Felipe González, a fines de la década de 1970. Cuando conquistaron el poder por el voto de los ciudadanos en 1982, estaban listos ya para aplicar su programa de trabajo.

Pero a López Obrador no le interesa. Su ejemplo no son los socialdemócratas que construyeron una España fuerte y democrática, sino Lenin y Stalin. Significativamente sus aliados ya no se encuentran en la izquierda democrática sino en las organizaciones corporativistas que fueron la base del PRI autoritario del pasado.

Sergio Sarmiento, El Norte 
sarmiento.jaquemate@gmail.com

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