miércoles, marzo 08, 2017

 

Promesa y práctica del populismo

En términos económicos, el populismo es una receta de política económica que promete curar toda suerte de males, principalmente la lentitud o, de plano, la falta de crecimiento de la producción y del empleo; al mismo tiempo, ofrece acabar con la pobreza y reducir la desigualdad. Para el caso, asigna el papel protagónico al Gobierno.

 

Por supuesto, el problema del populismo no reside en los objetivos, sino en los instrumentos. Supongo que (casi) todo mundo está de acuerdo con la necesidad de acelerar el crecimiento. Supongo también que todo mundo coincide en el propósito de erradicar la pobreza, y (casi) todo mundo concuerda con la conveniencia de aminorar la desigualdad. Donde surgen las diferencias, a menudo radicales, es en los medios que propone el populismo para alcanzar los fines mencionados.

 

El populismo ignora o desestima los riesgos económicos que traen consigo sus prescripciones. Específicamente, menosprecia el peligro de aumentar el gasto público y el déficit correspondiente; las consecuencias inflacionarias previsibles de ello; las limitaciones que representan las relaciones comerciales, financieras y cambiarias con el exterior; las distorsiones de precios y de ingresos que provocan algunas medidas específicas, como los controles de todo tipo; y, quizá lo más importante, las respuestas lógicas (defensivas) de los agentes económicos (individuos y empresas) a los principales componentes de la fórmula populista.

 

Las características políticas, económicas y sociales peculiares de cada país imprimen al populismo un sello nacional. Pero el desenlace, a veces dilatado, es el mismo en todas partes: una crisis desastrosa. El final es trágicamente irónico, porque sus aspectos negativos lo sufren principalmente los estratos de la población a los cuales se pretende beneficiar con el esquema. Esta afirmación no es una conjetura teórica, es, sin ir muy lejos en la geografía, la situación de la República Bolivariana de Venezuela al presente, debido a la continuación de las políticas de Chávez, ahora con Maduro. En 2016, según las cifras del FMI, en Venezuela el PIB real cayó 10 por ciento, y la inflación alcanzó 475 por ciento.

 

El populismo económico no es un fenómeno reciente, aunque su resurgencia sea hoy motivo de análisis y de preocupación tanto en economías desarrolladas como en economías "en vías de desarrollo" (para usar el eufemismo en boga, en lugar de "países subdesarrollados"). De hecho, en la historia no tan antigua de América Latina, los deplorables regímenes de Perón, Vargas, Allende, García, Echeverría y Chávez han sido ejemplos meridianamente claros de su operación. En 1991, Rudiger Dornbusch y Sebastián Edwards publicaron una colección de artículos con un título muy atractivo: The Macroeconomics of Populism in Latin America. Antes, en 1989, Dornbusch y Edwards habían publicado un artículo sobre el mismo tema en lo que el National Bureau of Economic Research llama Working Papers.

 

En la actualidad, se han identificado como populistas a Theresa May, Primer Ministro del Reino Unido después del "Brexit", y al flamante Presidente de EUA, Donald Trump. Los líderes de Hungría y Polonia exhiben también inclinaciones de ese tipo. Además, no es imposible que los resultados de la elección general a efectuarse en Holanda este mes de marzo, y los correspondientes a la elección presidencial francesa durante abril y mayo, arrojen propensiones parecidas.

 

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La opinión política no es lo mío. Al respecto, suscribo una más de las frases de Borges: "Es absurdo suponer que todo el mundo puede opinar en política. De política entenderán algunas personas, entre las cuales hasta podríamos incluir a algún político". Consciente del riesgo, termino esta nota con un par de comentarios... políticos.

 

Ciertos analistas han concluido, descuidadamente, que los movimientos populistas se ubican en la derecha del espectro político. Digo "descuidadamente" porque, por ejemplo, se estima que Podemos es el segundo partido político en España, y los observadores lo clasifican como populista de izquierda. Y, desde luego, en América Latina, Chávez y Maduro se autocalificaron como izquierdistas.

 

Los estudiosos de las ciencias sociales aceptan que es difícil definir con propiedad al populismo. En todo caso, ofrecen alguna forma de consenso en un punto central: se trata de una postura política personificada en un líder carismático, quien representa al "hombre común" (al pueblo) contra una "élite depredadora e incompetente". ¿Suena conocido... y ominoso?

 

Everardo Elizondo

El autor es profesor de Economía en la EGADE, Business School, ITESM.


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