sábado, octubre 02, 2021

 

Pulpo corporativo

"Sólo el incentivo de las utilidades y la competencia mantienen a las empresas delgadas, eficientes, innovadoras y concentradas en el cliente". John Steele Gordon

 

Los países más prósperos y libres son aquellos en los que el Gobierno se dedica a gobernar con probidad y eficiencia mientras las personas o las sociedades producen y hacen negocios. No es, sin embargo, el rumbo que está tomando el nuestro.

 

El Presidente López Obrador quiere crear dentro del Gobierno un enorme pulpo corporativo: con "el banco más grande en sucursales en el país y posiblemente el que manejará más dinero", monopolios en hidrocarburos y electricidad, una empresa de reparto de gas doméstico, un nuevo aeropuerto, una línea de aviación comercial, un ferrocarril, una distribuidora de medicamentos y muchos negocios más, algunos de ellos manejados por militares.

 

Es un error que ya cometieron los gobernantes del viejo PRI, particularmente Luis Echeverría y José López Portillo, y que le costó a México una brutal crisis económica.

Los Gobiernos son pésimos empresarios. Poco o nada tiene que ver esto con la honestidad personal de los gobernantes. Los políticos, incluso los más probos, responden a incentivos muy distintos a los empresarios.

 

Un político busca el aplauso, el reconocimiento público, para obtener más y mejores puestos en el futuro, sin importar que deje a las dependencias con pérdidas u otros daños.

 

Una empresaria, en cambio, busca el beneficio de su empresa, porque si le va bien a esta le irá bien a ella. John Steele Gordon, autor de "An Empire of Wealth: The Epic History of American Economic Power" (2004), señalaba: "Los políticos necesitan encabezados periodísticos... Los empresarios necesitan utilidades".

 

Una buena empresaria está siempre atenta a los mensajes del mercado y ajusta precios según la oferta y la demanda. Un político manipula los precios; sabe que subirlos, aunque sea necesario para la empresa, afectará su carrera, y opta usualmente por hacer lo que a él le conviene.

 

Un político puede prometer no subir los precios de una empresa pública, por ejemplo, la gasolina o el gas doméstico, pero una empresaria no puede hacerlo porque sabe que si no se ajusta al mercado pone en peligro a la empresa.

 

La empresaria arriesga su propio dinero. Si los gastos de una empresa, incluyendo impuestos y seguridad social, no le dejan un remanente suficiente, tendrá que cerrarla.

Los políticos utilizan el dinero de los contribuyentes y no se preocupan por las pérdidas. Este uso del dinero gubernamental convierte a las empresas públicas en competencia desleal para las de las personas.

 

Los políticos entregan productos o servicios subsidiados con los mismos impuestos que pagan las empresas. Usan el dinero de las empresarias para robarles clientes.

Tarde o temprano, sin embargo, las empresas públicas desfallecen, se vuelven insostenibles. Eso pasó con las más de mil empresas públicas que llegó a acumular el Gobierno al final del sexenio de López Portillo y cuyas pérdidas produjeron la quiebra del Estado mexicano.

 

El Presidente dice constantemente que quiere gobernar primero para los pobres. Para lograrlo, debe concentrar al Gobierno en la siempre difícil tarea de gobernar: necesita garantizar la seguridad y generar condiciones que permitan y fomenten la inversión productiva en un entorno de libre competencia.

 

Convertir al Gobierno en un empresario más, para que los políticos tengan un mayor aplauso público a costa de los contribuyentes y de la economía, es un grave error que ya cometieron nuestros políticos en el pasado.

 

Son muy claras las consecuencias de construir un pulpo corporativo en el seno del Gobierno.

 

Sergio Sarmiento

 


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