domingo, mayo 03, 2015

 

El plumaje de AMLO

En su entrevista reciente con Jacobo Zabludovsky, Andrés Manuel López Obrador nos informa que su plumaje es de esos "que cruzan el pantano y no se manchan".

 

Por supuesto no evocó a Díaz Mirón -el símil es mío-, sino a otras plumas de mayor calibre que, supone, son como las suyas: las de Mandela, Martin Luther King Jr. y Mahatma Gandhi.

 

La comparación es un insulto. Mientras que Mandela, Luther King y Gandhi elaboraron diagnósticos certeros de los males que enfrentaban sus naciones y programas complejos y detallados para resolverlos, López Obrador es un político de pocas ideas y proyectos simplistas.

 

La corrupción agrava los problemas de México, pero no es la causa única "de la pobreza, la inseguridad y la violencia". Problemas ancestrales como la miseria y actuales como la violencia que ha generado el narco tienen más cabezas que la hidra y requieren de soluciones que ataquen a cada una de ellas.

 

Y aunque está claro que acabar con la corrupción es indispensable para cimentar un Estado de derecho, una democracia plena y facilitar el desarrollo económico, hacerlo no va a llenar las arcas públicas, ni acabará con los impuestos, ni con la deuda pública como promete López Obrador.

 

Acabar con la corrupción dejará de redistribuir dinero, por debajo de la mesa, a los corruptos, pero ese dinero no ingresará al renglón de ingresos gubernamentales.

 

Es inútil arar en otras de sus propuestas porque son estériles: examen de admisión o no, las universidades públicas no tienen lugar para más estudiantes; los "radicales" que denuncia en la entrevista porque convocan a no votar, cuya violencia nunca ha condenado, son parte de su base de apoyo.

 

AMLO no puede defender el voto cuando desconoce sistemáticamente el resultado de elecciones que no le favorecen.

 

La importancia política de López Obrador está en otra parte, más allá de sus declaraciones: en la cultura política que ha alimentado durante decenios. Una cultura política que es lo opuesto de la posición democrática, inclusiva y plural de Gandhi, King y Mandela.

 

La definición más aceptada de cultura política nos dice que es la percepción subjetiva de creencias y valores fundamentales de una sociedad y las expectativas e identidades producto de la historia.

 

López Obrador se ha convertido en el catalizador, portavoz y líder de percepciones y creencias subjetivas que anidaron mucho antes de que él apareciera en escena, en diversos sectores de la sociedad: los partidos de izquierda, el mundo académico, movimientos disidentes y una que otra franja lunática que aboga por la violencia. (Sub)culturas políticas que se nutrieron, entre otros factores, del (justificado) antiimperialismo y la (injustificada) admiración por la revolución cubana.

 

AMLO no busca un cambio "de régimen". Lo que quiere es un cambio de sistema. Para lograrlo ha alimentado una atmósfera de pesimismo, temor y desesperanza ("no se puede esperar nada bueno de este régimen que está podrido"); mandado al diablo las instituciones y fabricado teorías conspiratorias que giran alrededor de enemigos todopoderosos e inasibles ("poderes fácticos", "extrema derecha", "traidores", "integrantes de la mafia") a los que nunca identifica, para evitar que le respondan y tener que probar sus acusaciones.

 

La utilísima vaguedad es uno de los ejes de su retórica política: todos caben en las filas de sus enemigos cuando sus intereses políticos lo requieren.

 

El otro eje es el populismo antidemocrático. En aras de la "salvación del pueblo", todo se vale, incluso inventar fraudes incomprobables que erosionan la confianza del electorado en el voto y la democracia, o violar la ley (ocupando el Zócalo o Reforma y apoyando manifestaciones que siembran el caos).

 

En esta cultura política, el racismo, la difamación y la injuria son medios válidos de lucha, así como todo acto de violencia que erosione la capacidad del Estado para usar la violencia legítima. En el universo político de AMLO la violencia ilegítima es válida y la legítima es siempre "represión".

 

En función de sus intereses, la cultura política que ha fabricado ha sido muy eficaz: ha polarizado a la ciudadanía, acallado a sus opositores y paralizado, más allá de sus errores y aciertos, a dos Gobiernos de diferente filiación partidista.

 

Ciertamente pasará a la historia -que tanto le quita el sueño- aunque jamás gobierne desde Los Pinos. El resto de los mexicanos enfrentaremos la larga tarea de desmontar la cultura política que es ya su peor legado.

 

Isabel Turrent


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