domingo, marzo 01, 2015

 

¿Importa la corrupción?

Cuando los "padres fundadores" de la nación norteamericana discutían los elementos que debían incorporarse en su nueva Constitución, Hamilton argumentaba que si se le purga al modelo heredado de los británicos "sus fuentes de corrupción... se creará un gobierno disfuncional: como está en el presente, con todos sus supuestos defectos, es el mejor sistema de gobierno que jamás existió".

 

Para Hamilton la corrupción era un costo inevitable de la vida pública. Al final Hamilton perdió, quedando el sistema integral de pesos y contrapesos que postulaba Madison.

 

La argumentación pública en México, 230 años después, es casi idéntica. Pulula la noción de que, primero, así ha sido siempre y, por lo tanto, así seguirá. Segundo, que en la medida en que la corrupción permite que las cosas funcionen, su costo es menor.

 

Aunque hay mediciones que sugieren un costo incremental (más de 1 por ciento del PIB anual), es evidente que ésta ha ido mutando, y que lo que pudo haber sido válido en el pasado no necesariamente lo es ahora.

 

Lo que debería preocuparnos a todos no es el hecho mismo de que un funcionario se enriquezca en el poder (algo usual), sino el hecho de que la corrupción se ha ido generalizando, sumando a todos los partidos políticos y penetrando de manera incremental a toda la sociedad.

 

Si antes fue un factor que permitía atenuar conflictos o acelerar la implementación de proyectos, sobre todo la obra pública, fuente ancestral de corrupción, hoy se vive un fenómeno de metástasis que podría acabar paralizando no sólo al Gobierno sino al País en general.

 

Luis Carlos Ugalde (Nexos, febrero, 2015) describe la naturaleza y dimensiones del fenómeno, ilustrando la forma en que la corrupción piramidal de la era de presidencialismo autoritario se ha ido "democratizando" al incorporarse todos los niveles de gobierno, partidos y poderes públicos. Peor, su ubicuidad ha generado un amplio repudio en la sociedad, enojo que ha llegado a convertirse en odio.

 

La democratización de la corrupción ha generado un efecto ejemplo que, combinado con la impunidad, se ha propagado hacia otros ámbitos de la sociedad.

 

Mientras que la corrupción de antes era típica de la disponibilidad de información privilegiada dentro del Gobierno (por ejemplo para comprar terrenos a sabiendas de que ahí se construiría una carretera), del uso del gasto público para fines privados o de la interacción entre actores públicos y privados (como las compras gubernamentales), hoy la corrupción es frecuente en transacciones entre actores privados.

 

Más que un fenómeno exclusivamente monetario, la corrupción ha alterado el léxico, el discurso y el modus operandi: podría parecer que se trata de un mero cambio semántico, pero lo que en realidad implica es que deja de concebirse a la corrupción como un "mal necesario" para pasar a ser la única forma de conducir la vida pública.

 

Ese "pequeño" paso implica que deja de haber límites y que todo se vale: todo vestigio de comunidad, sociedad organizada o reino de la ley desaparece y se torna inasequible. La historia demuestra que ése es el mejor caldo de cultivo para liderazgos mesiánicos, populistas y autoritarios.

 

La mayor parte de las propuestas de solución no atacan más que los síntomas. La legislación en materia de transparencia se ha atorado en un conjunto de excepciones que diversas entidades del Gobierno han intentado interponer, algunas más lógicas que otras.

 

Pero la dinámica de esa discusión es reveladora en sí misma: todo el esfuerzo se concentra en transparentar y fiscalizar (importante), no en eliminar las causas del fenómeno. El título mismo del instrumento que se ha propuesto para combatirla es sugerente de sus limitaciones: Sistema Nacional Anticorrupción.

 

El problema de todas las recetas que se han presentado para combatir la corrupción es que no se atreven a reconocer el fondo, sobre todo la razón por la cual ésta se ha "democratizado". En una palabra, nuestro problema no es de corrupción, violencia, criminalidad o drogas. Nuestro problema es la ausencia de un sistema de Gobierno profesional.

 

Pasamos de un patrimonialismo autoritario de corrupción controlada a un desorden patrimonialista en que la corrupción hizo metástasis. Nada va a cambiar mientras no se construya un sistema moderno de Gobierno, con una burocracia profesional y apolítica, anclado en el reino de la legalidad.

 

En tanto eso no ocurra, la descomposición persistirá y la economía seguirá arrojando resultados mediocres. Las reformas son necesarias, pero sin Gobierno y sin ley nada cambiará.

 

Luis Rubio

www.cidac.org  

 

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